Enlaces accesibilidad

Una generación nacida en Torre Pacheco, pero 'de ninguna parte': "No hay ningún culpable y culpables somos todos"

  • Los retos de la integración cultural frente al ruido del odio: los jóvenes magrebíes sienten miedo y rabia
  • Crónica de una identidad en tierra de nadie: el frágil cristal de la convivencia en la España del mestizaje
La cuarta noche de altercados en Torre Pacheco termina con tres detenidos
EBBABA HAMEIDA (Enviada a Torre Pacheco)

Las calles de Torre Pacheco no disimulan la tensión bajo el sol asfixiante. La localidad de contrastes parece desierta, el calor húmedo a primera hora de la tarde se suma a la ebullición vivida durante los últimos días. El municipio murciano de 40.000 habitantes vive atrincherado por el miedo y aún tiene que asimilar uno de los momentos más tensos de su historia. Es un silencio espeso, de los que preceden a la tormenta, donde la arquitectura de una región agrícola se convierte de pronto en el escenario de una fractura social que nadie sabe cómo coser.

Desde el pasado viernes, las proclamas racistas de grupos de ultraderecha han provocado disturbios y altercados en respuesta a la agresión contra un vecino de 68 años, supuestamente perpetrada por jóvenes magrebíes, el pasado miércoles. Hasta el momento han sido detenidas tres personas acusadas de haber participado en la agresión que se convirtió en el detonante de los disturbios. La noticia, despojada de matices en el hervidero de las redes sociales, ha prendido una mecha que amenaza con quemar décadas de convivencia silenciosa. La cultura, que debería ser el tejido que une, se ha convertido aquí en la trinchera que separa.

Antes de llegar al centro de la ciudad, Hassan y su mujer atienden a medios de comunicación en su local destrozado. El joven de 36 años, con ojos llorosos por el gas pimienta, relata la agresión sufrida por un grupo ultra cuando la noche del domingo al lunes irrumpieron en su local llamado "Don Kebab". "Fueron tan solo cinco minutos. Llegaron encapuchados, con piedras, con machetazos, con mucha violencia y con gas pimienta", relata Hassan. Intentó cerrar la puerta y la persiana, pero no pudo frenarles. "No sabíamos adónde ir. Dos clientes se encerraron en el baño, conseguimos salir por la puerta de atrás, pero había otro grupo de ellos en la plaza. Corrí sin saber adónde, volvieron y entonces tocamos a la puerta de la vecina Raquel y nos dio auxilio", explica.

Piedras tiradas en el suelo, la televisión rota, los cristales de la nevera desparramados en el suelo. Hassan aún no ha recogido los restos de una batalla campal en su local y las pizzas de clientes aún por meter al horno siguen ahí. Calcula que fueron una treintena de hombres corpulentos, vestidos de negro y con la cara tapada, que llegaron a él para ejecutar lo que ellos mismos han llamado como "cacería" de inmigrantes magrebíes. En el suelo, mezclada con el cristal, descansan los resto de una normalidad que saltó por los aires en apenas trescientos segundos.

"Ellos no son de aquí. En el pueblo nos conocemos. Yo soy de aquí y nunca he tenido ningún problema", concluye Hassan, aún en shock y sin saber cómo arreglar los destrozos que tiene entre manos. "Este negocio era el pan de mi familia, de mi padre, de la persona que trabaja conmigo", explica. Su mujer, con una túnica color aceituna y sus ojos negros, asegura con acento extremeño que ella se siente española. "Vine con tres meses y viví toda mi vida en Cáceres", dice, mientras acuna a su hijo de nueve meses. Ese acento, que arrastra las eses con la musicalidad de la dehesa, es el testimonio vivo de un mestizaje que no necesita pasaportes, pero que choca frontalmente con la etiqueta que los asaltantes le han colgado por el color de su piel. Su voz suena a Extremadura, pero sus rasgos, para algunos, siguen siendo extranjeros.

Una generación nacida en Torre Pacheco, pero 'de ninguna parte': “No hay ningún culpable y culpables somos todos”

Hassan observando los destrozos de su kebab atacado por los ultra

En Torre Pacheco no se habla de otra cosa. El debate se escucha en los pocos bares abiertos y en la misma calle. Aunque el silencio se impone en San Antonio, habitado mayoritariamente por personas de origen marroquí. Varios coches de Policía Nacional y Guardia Civil improvisan un control y en las arterias de ese barrio no hay un ruido. Cada comunidad tiene una plaza y no quieren hablar con la prensa. Es un barrio que madruga, muchas personas que viven aquí trabajan en el campo y hay familias que llevan más de 30 años viviendo aquí. El paisaje urbano es un mapa de fronteras invisibles donde la integración parece haber retrocedido posiciones a golpe de desconfianza. Aquí, la cultura no es una herencia estática, sino un campo de batalla cotidiano por el reconocimiento.

Los padres de Imad vinieron a este pueblo en los años 80. La llegada de las primeras aguas a la Cuenca del Segura por el trasvase Tajo-Segura en 1979 atrajo a Torre Pacheco una inmigración necesaria para saciar la mano de obra tan demandada por el sector de la agricultura. En origen, muchas de estas personas venían de Marruecos o Ecuador. Esto ha ido trayendo a la localidad mucha diversidad cultural que en San Antonio es muy latente. Imad tiene 23 años y tiene un acento murciano que borra cualquier raíz. Nació aquí y es el primero de los chavales que rompen el silencio sobre lo que sienten estos días.

"Queremos ayudar a encontrar a los culpables"

"Tengo miedo por mi padre porque lo van a discriminar, yo me siento de aquí y nadie me lo puede negar", dice con un tono pasional en un intento de reafirmar una identidad que en estos momentos se encuentra cuestionada. En este barrio hay muchas casas de Gabino Abánades construidas en los años sesenta por la dictadura de Franco en su política de reactivar estas zonas rurales. Las fachadas de cal y ladrillo, que un día albergaron el sueño desarrollista del régimen, acogen en la actualidad a una juventud que busca su lugar en una democracia que se siente extraña. Es el encuentro, a veces violento, entre la España del ayer y el mestizaje irreversible del mañana.

"Este barrio representa a nuestros abuelos, marroquíes y españoles. Yo de pequeño iba a pescar con mi padre y vendía lubina llamando puerta a puerta", explica. No entiende lo que ha pasado. Viajó a Marruecos el pasado mes de junio y llevaba siete años sin ir. "Allí nos llaman awlad eljarej (hijos del extranjero) y se ríen de mi acento y mi familia, se creen que soy españolito", dice con sarcasmo. "¿Y sabes qué? Que a veces ni yo sé de donde soy", se responde. Es el drama de la "generación puente": demasiado marroquíes para ser plenamente españoles, demasiado españoles para ser entendidos en Marruecos. Un limbo identitario que duele en el DNI y que evidencia que la pertenencia es, a veces, un territorio que no te deja echar raíces en ninguna parte.

"Cacería" en Torre Pacheco: Los jóvenes magrebíes sienten miedo y rabia

Le rodean chavales de su edad y más pequeños que le escuchan atentamente. Tiene amigos españoles, ha tenido parejas españolas y sueña con salir de Torre Pacheco para vivir en una gran ciudad. En su permiso de residencia pone "nacido en Cartagena (Murcia)". Aun así, no cuenta con la nacionalidad española. "Hay trabas y complicaciones en todas partes", concluye.

Preguntado por la agresión de los jóvenes a su vecino se indigna al asegurar que ellos también quieren saber quiénes son. "Nosotros queremos ayudar a encontrar a los culpables, pero no pueden meternos a todos en el mismo saco y venir a atacarnos", dice. Mientras, los demás asienten con la cabeza. "No pueden venir a destrozar nuestro pueblo", interrumpe otro. "Nos roban a nosotros también y aquí nos conocemos todos", zanja. Imad de pronto saca el móvil, se mete en su red social de Instagram y empieza a mostrar mensajes de amenaza: "Moro de mierda, te voy a matar" o "Hijo de puta. Vais a acabar mal y España vencerá. España es cristiana y no musulmana". La pantalla del teléfono escupe un odio antiguo que ha encontrado en la tecnología su mejor altavoz, una narrativa que intenta negar la realidad de una España que ya es, inevitablemente, múltiple.

Él, de musulmán tiene la familia y el nombre, dice entre risas, y para demostrarlo muestra sus tatuajes, habituales en España pero prohibidos por el islam. "Hay mucho odio. Nuestros nombres nos marcan", dice. Cree que de cara a los "otros" siempre será el moro. "No importa de dónde yo me sienta", concluye. Su cuerpo es un mapa de símbolos en conflicto: tinta occidental sobre una genealogía que otros se empeñan en ver como una amenaza cultural. Es el mestizaje grabado en la piel, una identidad que huye de los dogmas de uno y otro lado.

"Soy más español que ellos"

Rayan nació en San Javier, en la zona norte de la comarca del Mar Menor. "Estoy cotizando el año entero. Le doy 'mandanga' al curro. Me da mucho miedo que les hagan algo a nuestros mayores y a los niños. Aquí somos gente trabajadora y humilde", interrumpe indignado desde el coche. Siente mucha rabia y frustración. "Yo nací aquí y soy más español que ellos", dice. Tiene 20 años y reconoce que no ha querido estudiar y que no para de trabajar.

Una generación nacida en Torre Pacheco pero 'de ninguna parte': “No hay ningún culpable y culpables somos todos”

Mural en una de la plaza donde se juntan los jóvenes en San Antonio

Más jóvenes se suman a escuchar. Algunos llevan mascarillas, capuchas improvisadas y visten de negro uniformes para que no se les reconozca. Tienen miedo. Zakaria muestra el video de los destrozos que sufrió su coche y que se hizo viral. Tiene 18 años, acababa de sacar el carnet de conducir y llevaba tres meses con el coche. "No queremos guerra, pero estamos preparados para defender a nuestro barrio", dice. Todos le aplauden. La juventud, en este rincón de Murcia, se agrupa en una suerte de resistencia emocional frente a una etiqueta que los excluye del sistema que ellos mismos sostienen con su trabajo. Reclaman su derecho a ser parte del relato cultural de este país sin pedir perdón por su origen.

El 30% de la población en Torre-Pacheco es migrante, hay censadas unas 68 nacionalidades de todo el mundo. Además, en la región "se vive una paradoja demoniaca, aquí tenemos a los inmigrantes más ricos y los más pobres. Los que nos molestan son los pobres", explica Fernando Vera Albaladejo, es periodista de Torre Pacheco trabaja que en Onda Regional y está especializado en deportes. Su análisis es que el conflicto no es solo de fe o de origen, sino de clase social, de una jerarquía invisible que decide qué cultura es "exótica" y bienvenida, y cuál es vista como una amenaza al orden establecido.

En los años ochenta los primeros en llegar fueron hombres marroquíes solos, después reagruparon a sus familias y posteriormente trajeron a su estructura social y elementos culturales. Posteriormente, comenzaron a venir de otros países latinoamericanos y de otros puntos de África. La pregunta que se hace este periodista: "¿Por qué las demás nacionalidades han avanzado y crecido en la estructura social y los magrebíes no?".

"No se trata de una lucha entre dos bandos"

Es una pregunta a la que es difícil responder. Lo cierto es que a partir del colegio se produce un divorcio y una "separación como el agua y el aceite" en los niños de diferentes comunidades. "Todo necesita de un contexto en cuanto a mano de obra, a vivienda o acceso a la educación", añade. Los empresarios y los pachequeros son conscientes de que necesitan a esta población para el trabajo. La integración, en este caso, parece haberse quedado en los libros de texto, mientras que en el recreo y en la calle la realidad dicta sus propias normas de segregación. El mestizaje real, el que ocurre en las plazas y no en los discursos, sigue siendo una asignatura pendiente.

Insiste en señalar que la situación es mucho más compleja y que lo ocurrido necesita de muchos matices. "No se trata de una lucha entre dos bandos, sino de una realidad multifactorial", señala. Hay muchos elementos que han desencadenado en esto y todo ha sido multiplicado por mil por la propagación de bulos y noticias falsas. 45 antidisturbios se sumarán hoy al dispositivo de 90 agentes de seguridad ya desplegados. El periodista local asegura que esto puede pasar en cualquier barrio de España. "No hay ningún culpable y culpables somos todos", concluye Vera Albaladejo. Bajo el sol de Torre Pacheco, la herida sigue abierta y recuerda que la cultura de la convivencia es un cristal tan frágil como la puerta del 'Don Kebab' que Hassan intenta, en vano, volver a encajar. Una identidad compartida que, en los días de furia, parece más un espejismo que una realidad.

Una generación nacida en Torre Pacheco pero 'de ninguna parte': “No hay ningún culpable y culpables somos todos”

Prensa y vecinos la pasada noche en Torre Pacheco