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Festival de Cannes

'Tori and Lokita': Nuevo puñetazo en la llaga de Europa de los hermanos Dardenne

  • Los belgas compiten con Tori and Lokita, emotiva denuncia de las penurias de dos menores sin papeles
  • Mario Martone convierte Nápoles en escenario de western crepuscular en Nostalgia

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Mbundu Joely y Pablo Schils en 'Tori and Lokita'.
Mbundu Joely y Pablo Schils en 'Tori and Lokita'.

El estilo de los hermanos Dardenne, que impactó en las pantallas a finales del siglo XX, no se puede decir que fuera nuevo, pero refinaba el realismo documental, creaba una contundente marca y hoy, películas ‘a lo Dardenne’, abundan en todas las cinematografías europeas. Pero la auténtica denominación de origen siempre se ve en Cannes, donde han ganado dos veces la Palma de Oro (Rosetta y El niño) y compiten con cada nueva película.

Dicen los Dardenne que están interesados “en el cine del presente” y no hay asunto más humano en Europa que la inmigración. Progresivamente, los Dardenne han girado su cámara desde los penurias económicas de la clase social más desfavorecida hacia la problemática de la integración. Si en su anterior película, El joven Ahmed, retrataron la radicalización de un niño al islamismo, ahora profundizan en el fenómeno de manera más cruda.

También de manera más emotiva: en Tori and Lokita acompañan a una chica adolescente (Mbundu Joely) y a un niño (Pablo Schils), que viven en el limbo de un centro de menores. Para que la niña, Lokita, consiga regularizar su situación debe demostrar a los funcionarios que es hermana mayor de Tori. Pero su vínculo no es fraterno, sino mayor: sobrevivieron juntos la travesía para entrar en el paraíso europeo. Se necesitan, se cuidan, no pueden ni pensar en separarse un día.

Cuando las entrevistas de los funcionarios detectan incoherencias sobre el vínculo, el pequeño les pregunta: “Ella es todo, ¿qué voy a hacer solo”. El funcionario –el estado, Europa, el primer mundo- ni puede si sabe contestar.

Lokita, cuya obsesión es mandar remesas de dinero a su madre africana, menudea con la droga junto a Tori, transportándola a cualquier fiesta a cambio de una pequeña comisión. Los traficantes, y la mafia que les trajo a Europa reclamándoles una deuda inasumible, asfixian a Lokita explotándola comercial y hasta sexualmente. Semejante panorama turbio se sostiene por la luz del amor entre los dos protagonistas. El humanismo de los directores, que muchas veces ofrece una salida al espectador, se muestra más pesimista que nunca.

Si The triangle of sadness, de Ruben Östlund, complacía en Cannes por torturar gozosamente al pequeño porcentaje de ricos que está por encima de la clase media, los Dardenne apuntan siempre a donde esa misma clase media prefiere no mirar. Es más fácil sentirse agraviado que privilegiado, aunque lo segundo sea una realidad estadística mundial. Como le sucede a Ken Loach, los cineastas belgas tienden a santificar a sus héroes, que no portan sino virtudes, pero sería muy cínico considerarlo un vicio.

Su cine social funciona no por ser social, sino por su contundente estilo que, a lo Bresson, acompaña con mimo cualquier movimiento y acción física de los personajes. Especialistas en cosechar en el palmarés final -El joven Ahmed, ganó mejor dirección siendo menor a Tori and Lokita-, no hay mucha excusa para ignorarla, salvo que hasta a la maestría también puede ser víctima de la costumbre.

Jean-Pierre Dardenne, Mbundu Joely, Pablo Schils y Luc Dardenne, en la presentación de 'Tori and Lokita'. AFP

‘Nostalgia’, la camorra siempre llama dos veces

La cinta italiana Nostalgia, de Mateo Martone, completaba el día de películas competición. La película acompaña a Felice (Pierfrancesco Favino), un hombre que regresa desde El Cairo a Nápoles, la ciudad de la que huyó con 15 años, más de tres décadas después. En el céntrico y popular barrio de la Sanità, se rencuentra con su madre, con viejos fantasmas y también con la emoción de la juventud olvidada.

Adaptación de una novela de Ermanno Rea, la película se recrea en esa mirada fresca del retornado mostrando las texturas de la vigorosa y abandonada ciudad sureña. No hablamos del abstracto Nápoles de Paolo Sorrentino en La mano de Dios, sino de una búsqueda de su autenticidad y algarabía. Morosamente se va desvelando que su marcha tuvo que ver con una muy mala compañía: su antiguo amigo es ahora un peligroso líder camorrista.

Las cuentas pendientes y el paso del tiempo remiten a un western crepuscular urbano. Sin embargo, la sensación de Nostalgia es de gran oportunidad perdida. Funciona cuando de demora en la relación materno-filial, y cuando explora la ligazón de cada uno con su lugar en el mundo; y no tanto como trama de viejas deudas. Pero es un buen recordatorio de que Nápoles y su paisanaje contienen mil historias.