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Arte

El ilusionista Magritte en cinco trucos

  • Repasamos algunas de las obsesiones en su obra como las series, la influencia de Carroll o el humor
  • Una retrospectiva en el Museo Thyssen de Madrid recorre la trayectoria del genio del surrealismo

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MEDIO SIGLO SIN MAGRITTE, EL GENIO DEL SURREALISMO BELGA
Magritte con su típico bombín, en una imagen cedida por los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica. EFE EFE EFE

René Magritte (1898-1967) se veía a sí mismo como un mago que provocaba con sus obras un chispazo visual en el cerebro. Un pintor con superpoderes que podía otorgar la vida a sus modelos como en el mito de Pigmalión.

Un divertimento con truco, sí, pero también un reto consciente bajo una aureola de misterio: “La mente ama lo desconocido. Le encantan las imágenes cuyo significado desconoce”, remachaba convencido del músculo disruptor de la fantasía que imbricó en múltiples obsesiones: objetos reformulados, diferentes realidades a través del espejo, repeticiones infinitas y juegos de volúmenes. Un metalenguaje extremo enmarcado en una simulada sencillez de combinaciones.

El constructor de la paradoja suprema de Esto no es una pipa sufrió las contradicciones en propia carne. Si bien los sesudos surrealistas capitaneados por Breton no le valoraron como un igual, han sido los artistas periféricos del movimiento como el belga o Dalí, al que Magritte amaba y detestaba a partes iguales, los que han conectado con el gusto contemporáneo.

El triunfo de René Magritte eclosionó en los 60 como precursor del arte pop, algunas de sus series son puro Warhol, y ha fluido sin freno instalándose en la categoría de icono. Sus obras cuelgan en museos de todo el mundo como el Moma de Nueva York (El asesino amenazado, 1926) en un fervor global.

Vista de la obra "Los Valores Personales" (1952) que forma parte de la exposición "La máquina Magritte" EFE / Emilio Naranjo

Es tal la querencia que al Museo Thyssen de Madrid le ha sido imposible reunir todas las obras que tenían en mente. La exposición La máquina Magritte (hasta el 30 de enero de 2022) que ha abierto sus puertas este mes ha sido una carrera de obstáculos con final feliz: tras una década en pos de organizar la muestra, la pandemia la paralizó pero ahora emerge una oportunidad única por la escasez de obra del autor en nuestro país.

La selección, que es una de las incontestables estrellas del arte de este año, se compone de un centenar de piezas entre pinturas, fotografías y películas que irrumpen en el meollo del absurdo espiando al artista entre bambalinas.

“Hay método en su locura”, afirmaba Guillermo Solana, director artístico del museo y comisario de la muestra, y desmenuzaba lo intangible. “Magritte es complicado, cuando crees que lo has atrapado se te escapa”.

Vista de las obras "El mago" (1951) (d) y "La lámpara filosófica" (1936) que forman parte de la exposición "La máquina Magritte" EFE / Emilio Naranjo

Un maremágnum de influencias cimentan el delirio: desde el surrealista Giorgio de Chirico, que le señaló el camino, la imprescindible Alicia de Carrol, la filosofía de Foucalt, que fue su íntimo amigo o los imputs del cine o el cómic. Dos artes que le fascinaban.

A continuación, el universo del ilusionista Magritte a partir de cinco trucos/obsesiones que atravesaron su creación o quizás no porque nada es lo que parece.

1-Objeto y lenguaje: “El arte de pintar es el arte de pensar”

Magritte manipulaba objetos de la realidad cotidiana para cuestionar lo que el ojo ve porque “el arte de pintar es el arte de pensar”. Sus creaciones estaban en diálogo constante con otros artistas, entre ellos Miró, en el que se basó para su célebre serie La traición de las imágenes, en la que jugaba con la deconstrucción del lenguaje y el engaño visual.

A esta selección pertenece el famoso lienzo Esto no es una pipa (Ceci n'est pas une pipe, 1929) que representa la ambivalencia máxima entre la palabra y la imagen.

'Esto no es una pipa', 1929, Magritte, de la serie "La traición de las imágenes" / Mr. and Mrs. William Preston Harrison Collection Los Angeles County Museum Art MOMA

El cuadro muestra una pipa pero en realidad no lo es, según sostiene el autor, sino la imagen que representa una pipa, en una suerte de trampantojo que escandalizó en su momento.

Magritte encuentra nuevos sentidos a las palabras y objetos, que se combinan de todas las formas posibles. “Hay objetos que no necesitan nombre mi pintura nombra sin nombrar lo que ve”.

La repetición es otra de sus señas de identidad oníricas: manzanas, bombines, nubes, cerraduras y palomas pueblan sus cuadros. Es tal el culto a la serie que en sus más de 1.000 pinturas solo hay unos cien motivos diferentes.

2- El humor: “La vida me obliga a hacer algo, por eso pinto”

'Tentativa de lo imposible', 1928. Toyota Municipal Museum of Art. VEGAP

La principal diferencia entre Magritte y los surrealistas franceses a los que se acercó en una estancia parisina fue el sentido del humor. El belga utilizó la ironía como arma de debate mientras que Breton, Elouard y compañía recurrían al movimiento para exorcizar demonios personales.

“Magritte conservó hasta el final el espíritu rebelde de lo dadá”, explica Guillermo Solana. En pinturas como Perspectiva: el balcón de Manet (1949), un grupo de ataúdes mira desde un balcón en una parodia del mundo del arte mientras que el autorretrato La lámpara filosófica es pura irreverencia ya que transforma su nariz en un elemento onanista con pipa incluida.

La pátina de normalidad, siempre cultivó la imagen de hombre campechano y casero, escondía una imaginación maravillosa y un torrente de ingenio punzante, considerado estandarte del cáustico humor de Bélgica, un país que sus propios ciudadanos califican de surrealista.

3- Mimetismo y escala: Alicia a través del espejo

'Sheherazade'.1950, Vedovi Gallery Bruselas, VEGAP

“En 1927 Magritte hace un descubrimiento sorprendente. Las cosas se pueden convertir en otras. En el mimetismo ‘magrittiano’ son los elementos lo que imitan a los seres. El agua imita al ave”, señala el comisario de la exposición.

En Delirios de grandeza el torso de una mujer se divide en tres partes como si fuera un telescopio. La imagen pertenece a un pasaje de la obra de Lewis Carroll un autor que le fascinaba al igual que Poe y su carácter gótico. Carroll veneraba la fantasía y además era matemático. Una mezcla irresistible para Magritte que bebió sin complejos de Alicia en el país de las maravillas, como ejemplo, en la colección Sheherazade los ojos y la boca suspendidos sobre un paisaje se asemejan al poder de invisibilidad del gato de Cheshire.

En la obra del pintor todo crece y mengua en un juego constante con la escala de los objetos, que se agigantan hasta llenar toda la habitación en una analogía de lo que le ocurría a Alicia cuando toma una poción mágica y crece. El pintor también exalta la visibilidad de los objetos con otro truco: elevándolos hacia el cielo y sacándolos de su medio.

4- Forma y fondo: la metáfora de la ventana enmarcada

Museo Nacional Thyssen- Bornemisza

'La llave de los campos', 1936. Museo Thyssen-Bornemisza© VEGAP Museo Nacional Thyssen- Bornemis

Durante toda su existencia, el pintor belga ahondaría en el estudio del espacio real frente a la ilusión. La influencia del collage está en todas partes pero estalla entre 1926 y 1931 con planos horadados y motivos geométricos multiplicados.

Los elementos ocultan y revelan a medias en una inversión entre forma y fondo como los bombines con agujeros. Los cuerpos sólidos se convierten en huecos donde aparece un paisaje o contenidos diversos como madera, cortina y suelo.

“El cuadro es una ventana abierta a través de la que se cuenta una historia. Magritte abre todas las posibilidades de esta teoría pictórica, a veces reduciéndolo al absurdo con cuadros con imágenes similares, otras veces le otorga al cuadro el don de la transparencia y nos deja la duda de si realmente estamos viendo lo que creemos ver. En una resolución extrema el cuadro ventana se enmarca a sí mismo con su reverso”, señala el experto del Thyssen.

5- Cabezas cubiertas: ¿trauma o juego?

El rostro oculto es una de las constantes en la obra de René Magritte. Nos esconde la cara a través de diferentes soluciones creativas como el hombre de espaldas que recorre su trayectoria artística. Cuando aparece de frente, un objeto suspendido delante tapa su rostro, razonan desde la pinacoteca.

'El gran siglo', 1954. Kunstmuseum Gelsenkirchen. VEGAP

Especialmente inquietante son las figuras cubiertas con un velo mojado que se asocian al suicidio de su madre cuando el pintor tenía trece años. Su cadáver fue encontrado con la cara cubierta con un camisón.

Magritte siempre negó esta versión y subrayaba que lo que representaba el cuadro no estaba vinculado al tema. Un azar que se extendía al título que a veces decidía entre su grupo de amigos. Guillermo Solana también derrumba el mito y cree que el artista pudo inspirarse en la fotografía El enigma de Isidore Ducasse de Man Ray.

Su mayor exponente de este tipo es la célebre Los amantes (1928), propiedad del Moma neoyorquino, que no se muestra en Madrid. Una imagen icónica que ha calado en el cine y la publicidad. Un ejemplo: una escena de Los abrazos rotos de Almodóvar se inspira en su inquietante lienzo.

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