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Haití

Haití: recuerdos de una catástrofe

  • Una década después del terremoto que dejó 300.000 muertos, Haití sigue siendo el país más pobre de América
  • Miles de personas continúan sin hogar y padeciendo las secuelas de aquella devastación
  • La reportera de TVE Almudena Ariza recuerda cómo fueron los primeros días en la zona cero

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Equipos de rescate buscan víctimas entre los escombros tras el terremoto de Haití en 2010
Equipos de rescate buscan víctimas entre los escombros tras el terremoto de Haití en 2010. EFE/Orlando Barría

"Parece un milagro poder conectar unos minutos a Internet y estar delante de un ordenador. Parece un milagro en una ciudad con cientos de cadáveres en la calle y miles de personas a la intemperie. Donde no hay agua, comida ni medicinas y los heridos - incluso los graves- son atendidos en plena calle. ¿Digo atendidos? No. Tampoco hay médicos. Los heridos de la calles también esperan un milagro". 

Hace diez años escribía esto desde Puerto Príncipe, en el blog en el que por aquel entonces contaba los detalles de mis coberturas. Esta semana he estado revisando esos textos, que iban acompañados de fotos. Me han hecho revivir aquellos días dramáticos, cuando el país más pobre de América sufrió el terremoto más devastador de su historia, en el que murieron más de 300.000 personas.

Todo está destruido y las comunicaciones no funcionan. Puerto Príncipe está a oscuras y muchas personas se han visto obligadas a hacer barricadas en las carreteras porque muchos duermen en las calles. Hay familias desesperadas que incluso en la noche se afanaban en buscar a sus familiares. 16/01/10.

Cuando ya casi nada importa

En mi blog describía escenas espeluznantes que daban una idea de cómo estaba el país. En unas horas fui testigo de dos de ellas.

La primera transcurrió en plena calle, donde un hombre había sido quemado vivo por sus propios vecinos. Decían que estaba saqueando las ruinas de un comercio. Nadie lo impidió y a nadie pareció importarle. Ni siquiera a la policía. Había otras prioridades.

Hablaba también, en mis notas, de la fuga de presos en la cárcel de Puerto Príncipe, que visitamos unos días después de la tragedia. Cuando llegamos –mi admirado cámara Manolo Ovalle y yo- los cadáveres de algunos presos aún permanecían en el patio de la prisión. Otros tres mil reclusos se habían fugado y campaban a sus anchas por las calles de la ciudad.

Quinta noche de desesperación en Haití

Dentro del recinto, las celdas, aún en pie, mostraban lo que debía ser esa prisión: un infierno de presos hacinados. Nadie buscaba a los reclusos que se escaparon. Nadie parecía hacer nada entonces en Haití.

Llegaban aviones internacionales con ayuda pero la gente seguía en la calle, durmiendo al raso, peleándose por llenar algún bidón de agua y lograr alimentos. Era una batalla diaria contra el hambre.

Continúa el caos en Haití siete días después del terremoto. La ayuda internacional no termina de llegar a la población. Las fuerzas de Estados Unidos han logrado hacer llegar a la capital de Haití, Puerto Príncipe, 45 toneladas de suministros, pero ahora afrontan el reto de distribuirlas por el país, algo complicado por la inseguridad y la falta de infraestructuras en el país. El ex presidente de EE.UU., Bill Clinton, quien ayer voló a Haití para hacer una entrega de suministros y conocer de primera mano cómo progresa la ayuda humanitaria, fue el primero en poner la voz de alerta ante la incapacidad para repartir convenientemente los cargamentos.

El vertedero de Puerto Príncipe

Rescato más historias recogidas en mi blog, que eran también las historias que contaba en mis reportajes. Por ejemplo, la visita al vertedero de Puerto Príncipe, “un gigantesco mar de desperdicios. Nunca antes había visto tal grado de miseria.

Llegamos allí tras cruzar el enorme suburbio de Cité Soleil, el barrio más pobre del país, poblado por familias descalzas y harapientas que viven en medio de la mugre y el barro. Cuando el barrio comienza a desaparecer de la vista se empiezan a vislumbrar las montañas de basura del vertedero, donde descargan los escombros de todos los edificios destruidos por el terremoto.

Pero junto a los escombros llegan también restos humanos, cráneos, pies, cuerpos deformados... "El lugar está lleno de sombras que parecen espectros" -escribí yo entonces-. "Son grupos de hombres, mujeres y niños que revuelven entre la basura sin que parezca importarles encontrar cadáveres desmembrados entre los desperdicios. Llegan camiones enteros y las sombras se abalanzan para recoger todo lo que pueden. Revuelven la basura con sus propias manos, con la ansiedad de quien puede encontrar un tesoro. Hay grupos de jóvenes con los rostros cubiertos y los ojos enrojecidos por el humo y el polvo. Levantan unos hierros con las manos y nos miran desafiantes"

Podrían haber acabado con nosotros tras habernos robado, me comentó entonces Ovalle.

A nadie le habría sorprendido, le dije yo.

Manolo y yo estábamos allí, como figuras representantes de otro mundo, el que en cierta medida les había empujado a ellos a ese infierno, a esa vida indigna en la que ya casi nada importa.

La ONU, en sus últimas estimaciones habla de 112 mil muertos y 194 mil heridos. En Puerto Príncipe, 13 días después del seismo se repiten los problemas en el reparto de comida, agua y medicamentos.

“Llévame contigo, llévame contigo”

Haití me rompió el corazón y abonó en mí una suerte de desconfianza hacia la gestión internacional de las crisis, pero también me hizo admirar la resiliencia de algunos seres humanos. En especial de los niños.

Y aún recuerdo al pequeño Ronaldson, al que conocí en un campamento improvisado de personas sin hogar. Durante horas estuvo detrás de mí, tirándome del pantalón. Repetía en creole "llévame contigo, llévame contigo".

Ronaldson tenía 10 años y estaba solo. Su familia había muerto y dormía en una de las gradas del estadio de fútbol.

Quienes andaban por allí me contaron que la única compañía del niño era Inmaculade, otra niña de solo 11 años. La pequeña tenía quemaduras en los brazos porque el día del seísmo había salido corriendo a la calle y se le cayó encima un bol de aceite hirviendo de un puesto ambulante de comida. Su familia estaba en paradero desconocido.

Ronaldson e Inmaculade junto a Almudena Ariza en un campamento para personas sin hogar en Haití.

Ronaldson e Inmaculade junto a Almudena Ariza en un campamento para personas sin hogar en Haití.

Los tres, Ronaldson, Inmaculade y yo nos hicimos entonces una foto. Y me preguntó dónde les habrá llevado la vida. "Llevo doce días viendo cadáveres, heridos en la calle, rostros de dolor por todas partes. Miseria, sufrimiento, hambre, desesperanza... Pero hoy la sonrisa de unos niños me ha hecho pensar en la enorme capacidad de los más pequeños para recuperarse de los desastres".

La única historia que puede arrancar alguna leve sonrisa, de las que escribí entonces, es la que habla de los juguetes de los niños. Hice varias fotos que mostraban cómo los más pequeños se divertían, entre los escombroscon los "juguetes" que ellos mismos se fabricaban.

Unos botes de zumo y batidos, unas piedras y un cordel les resultaba suficiente para disfrutar, sonreír u divertirse. Eso que solo un niño es capaz de lograr incluso en los momentos en los que el mundo a su alrededor se tambalea. Y me alegro que fuera así.

Niños haitianos fabrican sus propios juguetes tras el terremoto de 2010.

Niños haitianos fabrican sus propios juguetes tras el terremoto de 2010. cropper

"El futuro de este país -decía en aquel texto- depende de la ilusión y la esperanza de los niños de hoy. Ojalá que a las nuevas generaciones no les falte energía para superar esta desgracia". Qué equivocada estaba. La desgracia iba a prolongarse mucho tiempo.

Han pasado diez años y los haitianos siguen siendo los más pobres de América. Miles de personas continúan sin hogar y padeciendo las secuelas de aquella devastación. Es el país con más ONG per cápita pero donde la ayuda se enfrenta a los mayores obstáculos por la corrupción y el desgobierno.

Si Haití fuera el paciente de un hospital sería ese enfermo crónico, el más antiguo del centro, cuya curación definitiva los médicos dan por perdida. Hablemos, leamos y contemos estos días sobre Haití, como hicimos hace diez años. Y confiemos en un gran empuje mundial que lo clasifique, de nuevo, como “enfermo prioritario y curable” que necesita de nuestra atención. De ello depende la vida de once millones de personas.

Almudena Ariza, durante su cobertura del terremoto de Haití

Almudena Ariza, durante su cobertura del terremoto de Haití

* Almudena Ariza es corresponsal de TVE en París y en 2010 estuvo en Haití en la cobertura del terremoto

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