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Aporofobia

"Me inflaron a patadas mientras me insultaban y se reían"

  • Cuatro víctimas de delitos de odio por aporofobia cuentan cómo han vivido estos episodios de violencia en la calle
  • Responsables de Cáritas Española y Fundación Rais reclaman más recursos para acabar con el sinhogarismo en España

Por
Pedro, víctima de aporofobia

Toni es un valenciano de 45 años que lucha por coger las riendas de su vida. Está en el centro “Mambré” de Cáritas donde trabaja su reinserción laboral y sus adicciones, "entre otras cosas”, asegura. Dice sentirse “a gusto, confiado y seguro, pese a tener que cumplir un montón de normas y seguir las reglas”.

Durante casi una década durmió en cajeros. Recuerda esa época con cierta vergüenza: “Fueron ocho años de aparcar coches, peleas callejeras, pedir y beber”. Un tiempo ya pasado en el que “estaba como cohibido sabiendo que la gente conocida no me miraba como antes y había gente que me negaba el saludo. Sentía tristeza, vergüenza y malas miradas”.

El castigo de la pobreza se vio multiplicado con la violencia sufrida en la calle. Toni es una de las 15.000 víctimas de aporofobia que ha contabilizado el Observatorio Hatento para los delitos de odio contra las personas sin hogar.

FRENTE AL ESPEJO: "Aporofobia: el segundo castigo a los pobres"

“Un día entraron dos personajes y, en vez de pedirme que saliera del cajero, que querían sacar dinero, me inflaron a patadas mientras me insultaban y se reían”, explica Toni sin acabar de comprender aún cómo alguien puede encontrar diversión en agredir a una persona que sólo pretende dormir resguardándose del frío.

“Me sentí indefenso, sin respiración y muerto de miedo hasta que se fueron mientras hablaban de quemarme vivo… Desde entonces no pude volver a dormir tranquilo nunca más”, añade.

El responsable de incidencia en la Fundación Rais, Alberto Hidalgo, asegura que las víctimas de delitos de odio, después de la agresión, pueden regresar a su casa y encontrar un espacio de protección y de confort que en el caso de las personas sin hogar no se da. "Ellos continúan en una situación de riesgo y de peligro incluso después de haber sufrido el delito de odio”, explica.

Pedro: “Me han intentado pegar, pero me he defendido”

Pedro tiene 45 años y ha pasado los ocho últimos viviendo en la calle. Tiene muy claro que “la calle mata”. De hecho, las personas sin hogar tienen una esperanza de vida 20 años menor al resto de la población.

Según los últimos datos de la Fundación Rais, cada seis días muere una persona en situación de calle.

En la calle se pasa muy mal y te llega a dar miedo”, cuenta Pedro al recordar cómo ha sido víctima de infinidad de robos para arrebatarle sus escasas pertenencias.

El responsable de incidencia en Rais asegura que “se percibe a la persona sin hogar como alguien que está ocupando el espacio público de una manera desagradable”, y apunta hacia los prejuicios creados por algunos medios de comunicación que suelen referirse hacia estas personas como "mendigos y vagabundos, deshumanizando a esa persona que vive en la calle" que no lo hace, añade, porque "lo haya hecho una opción personal sino por sus circunstancias y por el sistema socioeconómico en el que vivimos”.

“Me han intentado pegar, pero me he defendido”, dice Pedro mientras recuerda que “la vivienda es un derecho humano porque las personas debemos tener donde vivir, no estar tirados en la calle”.

Y coincide con el responsable del programa de personas sin hogar en Cáritas Española, Enrique Dominguez, en que “la salida del sinhogarismo es la garantía de una vivienda. Queremos que lo garantice la Administración”.

No más delitos de odio contra personas sin hogar

Alfonso: “La gente me miraba con desconfianza”

Caso similar el de Alfonso, que se crió en Albacete y ha vivido en Bilbao, Valencia, Madrid. Siempre entre la calle, pensiones, pisos compartidos y albergues. Ahora mismo está trabajando en una empresa de inserción social de Cáritas como peón en la recogida de textil mientras realiza el programa para "salir con un trabajo digno, tener un sitio donde vivir, comprarme un coche y hacer una vida distinta”.

Uno de las peores sensaciones que recuerda Alfonso de su vida en la calle es que “la gente me miraba con desconfianza sólo por el hecho de vivir en la calle”.

El responsable de sinhogarismo en la institución católica pone letra a la música que tararea Alfonso: “La calle es muy hostil y acaba matando. Siempre han sido los que había que evitar, los que te podían robar… y son ellos los que tienen que cuidarse de nosotros”.

Pedro: “Temo morir de una puñalada”

Pedro tiene 64 años y ha prestado su imagen a una de las campañas de la Fundación Rais para denunciar los delitos de odio contra las personas sin hogar. “La juventud que hay hoy en día no tiene respeto a nadie”, cuenta a cámara este hombre que ha vivido durante 17 años en la calle.

“A mí me pegaron una vez en la calle estando en un cajero, durmiendo, y no es agradable”, relata su experiencia personal antes de exponer sus miedos. “Temo morir en la calle, en una cuneta, en un cajero, en un portal… que venga un día un borracho, algún niñato, un niño de papá y me pegue una puñalada o me pegue fuego”, concluye Pedro.

Para luchar contra la aporofobia hay que evitar que la gente llegue a la calle, hay que prevenir, atajar la situación cuando los menores cumplen 18 años y tienen que dejar el centro donde estaban, cuando alguien sale de prisión y no tiene vivienda, cuando una familia es desahuciado y creemos que se puede”, concluye Domínguez.

Este domingo, 25 de noviembre, Cáritas Española organiza la XXVI Campaña de personas sin hogar con el lema "Estoy tan cerca que no me ves" y el compromiso permanente, en sus 70 delegaciones diocesanas, y con la colaboración de otras entidades comprometidas con el sinhogarismo, de buscar una solución definitva al problema de la pobreza, la falta de vivienda y el sufrimiento de las víctimas de aporofobia.

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