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Mujeres que no bajan los brazos: historias desde el Mediterráneo

Dos de cada tres mujeres y niñas rescatadas por el Aquarius viajaban solas. La gran mayoría denuncia violaciones, secuestros y extorsiones en Libia. Diez supervivientes de la odisea del Aquarius relatan las razones que las llevaron a arriesgar su vida en el Mediterráneo.

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Migrantes rescatados por el Aquarius en junio
Migrantes rescatados por el Aquarius en junio.

El Aquarius, una embarcación de búsqueda y salvamento fletada por SOS Méditerranée y Médicos Sin Fronteras ha rescatado a casi 20.000 personas en el Mediterráneo central desde que comenzara sus operaciones en mayo de 2016.

Dos de cada tres mujeres y niñas rescatadas por el barco viajaban solas o sin un acompañante varón, por lo que son un grupo muy vulnerable dentro de un contexto de desplazamiento. Dos de cada cinco son nigerianas y, según varios informes, muchas de las que emprendieron el viaje desde Nigeria están siendo objeto de trata para su explotación sexual en Europa.

El "emotivo" desembarco del Aquarius y sus ocho días de travesía

Estos son los testimonios en primera persona de diez mujeres que decidieron huir de la violencia que sufrían en sus países. Aunque proceden de lugares muy diferentes, a todas ellas les une su capacidad de superación y el hecho de haber salvado multitud de obstáculos para lograr escapar de las múltiples formas de abuso a las que estaban siendo sometidas. Tienen algo más en común: desde hace meses, su mayor sueño consiste en alcanzar Europa e intentar empezar una nueva vida en la que todo lo que han sufrido quede definitivamente atrás.

Para muchas de ellas, las horas que permanecieron a bordo del Aquarius supusieron la primera oportunidad en su largo camino para recibir atención médica. La inmensa mayoría había sufrido violaciones, torturas u otras formas de violencia sexual en sus países de origen, a lo largo de la ruta o en el periodo de confinamiento que pasaron en Libia, y casi ninguna de ellas había visto un médico en meses o años.

El equipo de MSF que pasó varios días junto a estas mujeres a bordo del Aquarius tuvo una breve pero valiosa oportunidad para alertarlas sobre los riesgos a los que podrían enfrentarse tras el desembarco y aconsejarlas sobre la asistencia y la protección que podían solicitar en tierra firme.

Estas son sus historias:

Alia, 22 años, de Guinea-Conakri

"Me casé a los 14 años y tuve tres hijos siendo muy joven. Tuve que dejar de estudiar. No tenía trabajo y la vida no era sencilla. Un día una amiga me dijo 'estudiemos en Europa, no es tarde para nosotras'. Dije que sí y nos fuimos. Caminamos por el desierto durante mucho tiempo antes de llegar a Trípoli. Vivimos en una casa. Una noche, vinieron algunos hombres y se llevaron a mi amiga.

Kadjatu me dijo que le habían quitado todo su dinero y que cinco hombres la habían violado

Ella regresó a la mañana siguiente sangrando mucho. Me dijo que le habían quitado todo su dinero y que cinco hombres la habían violado. Yo quería ir a buscarle unos medicamentos, pero ella me dijo que no saliera, porque si lo hacía me atraparían y me harían lo mismo. Me quedé junto a ella. Al poco tiempo, me acercó la mano de su hija de dos años y me dijo: 'lo siento, Alia. Cuida de ella, por favor. Prométemelo, Alia'. Luego me dijo: 'agarra mi mano' y murió así, con la cabeza sobre mis piernas. Éramos amigas desde pequeñas. Y es por ella que hoy yo estoy aquí. Su nombre era Kadjatu.

Decidí que tenía que dejar Libia, pero estaba asustada. Había visto en France24 que las personas morían en lanchas como aquella en la que acabé subiendo, pero me fui de todos modos. Cuando vi acercarse un barco, di gracias a Dios y de inmediato pensé en Kadjatu. La echo de menos. Tan pronto como pisé este barco, lloré. Pensé en ella, en que la he dejado allí. Ella que quería estudiar. Ella fue quien me dio valor para emprender este viaje. Y yo, ahora más que nunca, estoy decidida a estudiar. Lo haré por ella y por mí".

Rim, 24 años, de Siria

"Dejé Siria en 2011 y fui a Libia con mi esposo. Nos dijeron que allí había trabajo. Mi casa en Siria había sido destruida por los bombardeos. En aquel momento solo tenía un hijo de siete meses. Huimos a través de Líbano en coche, luego cogimos un avión a El Cairo y tardamos tres días en llegar a Libia. En ese momento estábamos bien, había trabajo y vivimos felices durante dos años. Mi esposo era pintor de casas. Yo era peluquera y tuvimos otros dos hijos.

Estaba muy asustada por mis hijos pero le tenía aún más miedo a Libia

Entonces, las cosas comenzaron a empeorar: un día, mientras conducíamos, unos hombres armados nos detuvieron. Nos hicieron bajar del coche, se lo llevaron y nos dejaron allí, en mitad de la noche, a solas con mis hijos. Decidimos cambiar de ciudad, pero las cosas ya nunca fueron igual: mi marido seguí trabajando, pero dejaron de pagarle su salario. Cada vez que preguntaba por su dinero, lo amenazaban con un fusil en la sien. Mi esposo decidió denunciar a aquellos hombres a la policía y unos días después le apuñalaron en la pierna.

Para poder seguir trabajando por su cuenta, tuvo que pagar a unos hombres que le extorsionaban. Y según pasaba el tiempo, cada vez le pedían que pagara más y más dinero. Todo lo que teníamos se acabó yendo así. Finalmente, tuvo que dejar de trabajar. Aquello no se podía mantener.

Mientras nos dirigíamos a aquella embarcación, recé. Estaba muy asustada por mis hijos, pero le tenía aún más miedo a Libia. Íbamos dieciséis en un pequeño bote de madera. Durante el tiempo que estuvimos en el agua, el mar estuvo muy revuelto. Vimos un barco libio y les pedimos ayuda, pero no hicieron nada. Finalmente, un gran barco rojo y blanco nos rescató. Creo que eran italianos. Todo lo que quiero ahora es estar a salvo con mis hijos y darles una buena vida, eso es todo".

Awa, 23 años, de Camerún

"Mi novio se marchó a Argelia y me pidió que me reuniera con él allí, así que partí a su encuentro junto con mi prima. Cuando llegamos a Argelia, nos propuso cruzar a Libia y nos dijo que él se uniría a nosotras más adelante. Aceptamos y caminamos durante 14 horas por el desierto hacia Bamako, sin interrupción. Mi prima no pudo soportarlo. Hacía mucho frío. Empezó a decirme que se sentía mal y yo le contestaba que fuera fuerte, pero unos minutos más tarde cayó muerta. Solo tenía 24 años.

Han pasado dos meses [desde que fue violada], pero todavía hay días en los que me siento mal

Quise quedarme junto a ella, pero los demás me dijeron que continuase con el grupo. Y lo cierto es que no sé qué hubiera hecho allí sola. Nada más llegar a Libia, me secuestraron. Me hicieron llamar a mis padres, que enviaron el dinero que pedían tan pronto como supieron que me estaban golpeando. Una vez liberada de mis captores, me detuvieron y me enviaron a la cárcel. Allí, dos hombres me violaron.

Ya han pasado dos meses, pero todavía hay días en los que aún me siento mal. No he vuelto a tener el período".

Awa se hizo una prueba de embarazo a bordo del Aquarius el mismo día que contó su historia. Los resultados confirmaron sus sospechas.

Jeanette, 32 años, de Guinea-Conakri

"Mi marido murió de sida el pasado mes de junio. Yo también soy VIH positivo, pero he estado tomando antirretrovirales desde 2012. Cuando mi esposo murió, sus padres me echaron de la casa junto a nuestros cinco hijos. Mi madre tampoco nos quería en su casa. Solo mi hermana, que también tiene cinco hijos, nos recibió. Pero para mis hijos, el estigma que sufrían en la escuela era demasiado grande. Decidí dejar el país e intentar llegar a Italia.

Caminé durante dos semanas por el desierto, atravesando Argelia en dirección a Libia. En el camino me violaron dos hombres; primero uno y luego el otro, por turnos. Uno sostenía el rifle contra mi cabeza mientras que el otro me violaba. Vi a una niña morir después de haber sido violada por estos mismos hombres.

Uno sostenía el rifle contra mi cabeza mientras que el otro me violaba

Recuerdo que hacía mucho frío. Luego, la persona que nos llevaba nos golpeó. Llegué a Trípoli a pie. Fui directamente a la playa y allí abordé una barca. Cuando estábamos a la deriva en el mar, pasé mucho miedo. Vomité, pero aguanté. Y entonces fue cuando fuimos salvados. Ahora lo que me gustaría es que mis hijos pudieran venir también, porque no puedo vivir sin ellos".

Aida, 41 años, de Libia

"Hay demasiada violencia en Libia. Salir de casa se ha vuelto muy peligroso. Como mi marido es maestro de escuela y mi padre trabajó en la Embajada de Libia en Italia, la gente cree que somos ricos. Ya han intentado secuestrar a mis hijos varias veces.

Un día, sacando la basura con nuestro hijo de 11 años, dispararon a mi marido en la pierna. El niño tuvo que conducir el coche para llevarlo al hospital. ¡A su edad! En otra ocasión, lo secuestraron de camino a la escuela. Nos pidieron tanto dinero que tuve que vender todo mi oro. Pero ni aun así tenía suficiente para pagarles; mis hermanas tuvieron que ayudarme.

Tenía que elegir entre morir en el mar o morir asesinada, así que opté por la opción del mar

Ya no se puede vivir en Libia. Mi hijo de 18 años huyó a Alemania sin decirme nada. Lo supe cuando llegó allí. Entonces, decidí subirme yo también a una de esas barcas. Tenía que elegir entre morir en el mar o morir asesinada, así que opté por la opción del mar. Ahora que estamos a salvo, podré ofrecer a mis hijos una vida mejor y reunirme con mi hijo mayor en Alemania".

Kate, 32 años, de Costa de Marfil

"Abandoné mi país porque allí todo resulta muy difícil. La vida es dura, la vida es cara, nada funciona. No estaba bien. No dormía. Tenía pesadillas. Mi madre me habló de Italia y me dijo que en Italia hay paz, hay trabajo, hay libertad. En fin: todo lo que un ser humano necesita.

Decidimos partir. Tomamos un vuelo a Túnez y desde ahí caminamos a través del desierto para atravesar la frontera. Al llegar a Libia, fuimos asaltados por los grupos armados rebeldes, que nos golpearon y nos llevaron con ellos. Un día nos subieron a una barca, nos insultaron y nos golpearon antes de dejarnos de nuevo abandonados.

Después de seis meses, un periodista francés vino y nos pidió que habláramos con él, pero teníamos miedo porque sabíamos que si nos veían hablando, nos pegarían. Salí de allí gracias a una señora libia que estaba buscando a una trabajadora. Me daba de comer y luego comenzó a decirme: '¿Italia?' Yo le decía que no, que solo quería volver a casa, pero una noche me subió a su coche y me llevó a la playa. Y fue ahí cuando vi la barca en la que acabaría subida. Tenía mucho miedo, temblaba y lloraba: '¿pero qué he hecho tan mal en mi vida?', me preguntaba.

Lloré de nuevo, pero esta vez de alegría, porque entendí que Dios me había salvado

Los otros me decían que todo iba a ir bien y que dejara de llorar, pero cuando estábamos en el mar y las olas empezaron a ser cada vez más altas, sentí miedo de nuevo. Eran tan altas, tenía tanto miedo… Tras 11 horas a la deriva, por fin vinieron a rescatarnos. Lloré de nuevo, pero esta vez de alegría, porque entendí que Dios me había salvado.

Ahora que estoy viva, solo pienso en poder reunirme con mis hijos: los dos varones que dejé en Abidjan, muy pequeños todavía, y la pequeña Nadia, que pronto cumplirá nueve años".

Audrey, 29 años, de Costa de Marfil

"En Costa de Marfil, la mutilación genital femenina está prohibida. Pero mis tías me la hicieron cuando tenía 12 o 13 años. Me hizo mucho daño, sangraba mucho. Mi padre no quería, pero mi familia política nos obligó. A mi hermana y a mí. La mutilación elimina el placer y por eso es difícil encontrar un novio después. Sufrí mucho. Cuando finalmente encontré a alguien, quedé embarazada, pero tuve un aborto espontáneo a los 9 meses y mi chico me dejó. En ese momento, decidí dejarlo todo, irme a Italia y tener hijos en un país en un país más seguro.

Pero en el camino, los problemas se sucedieron. En Libia, me secuestraron y me encerraron en una casa. Disparaban cerca de nuestras orejas, nos golpeaban. Una noche uno de los hombres que nos cuidaba me violó. Se cubrió la cara con un pañuelo. Todos lo hacen. Cuando terminó, estaba tan asustada que me vino la regla.

Uno de los hombres que nos cuidaba me violó. Cuando terminó, estaba tan asustada que me vino la regla

Escapé y logré subirme a una barca en dirección a Europa, pero el motor se rompió nada más salir y no pudimos dejar Libia. Volví a intentar el cruce un mes más tarde, pero los libios nos atraparon y nos llevaron a la cárcel. Ahí también nos golpeaban. Mis compañeras de hecho fueron violadas. No teníamos comida y necesitaba dinero como fuera para salir de ahí. Mi hermana logró enviarme algo y entonces me dejaron irme. Me escondí en la ciudad durante dos meses y luego volví a intentar cruzar: sabía que corría el riesgo de volver a esa prisión si me atrapaban, pero no podía continuar así. Lloraba todo el tiempo.

Tuvimos suerte; el Aquarius nos encontró y ahora estoy a salvo. Yo sé que puedo tener una vida normal en Europa. Soy costurera, podría trabajar, pero independientemente de eso, lo que quiero verdaderamente es ser una gran mujer; una mujer luchadora, una mujer que no baja los brazos".

Salam, 34 años, de Eritrea

"Dejé Eritrea hace cuatro años porque soy cristiana. Y los cristianos son perseguidos en mi país. Nos encarcelan. Además, tenía miedo del servicio nacional [servicio militar]. Yo soy graduada universitaria, así que decidí huir a Sudán para trabajar en Jartum como institutriz particular. Así me mantuve durante un tiempo, hasta que un día decidí partir. Para mí, Europa representa una tierra de oportunidades, de paz y de seguridad.

Es como la guerra [...] Siempre tuve mucho miedo de que nos violaran, nos mataran o nos vendieran como esclavas

Fui a Libia en un coche. Allí me quedé en una casa con otras personas durante siete meses. Afuera, en las calles, aquello es como la guerra. A veces venían hasta la casa para llevarse gente. Nunca me pasó. Pienso que quizás me dejaran tranquila porque sabían que estaba al cuidado de una mujer enferma, pero siempre tuve mucho miedo de que nos violaran, nos mataran o nos vendieran como esclavas.

Finalmente, logré subirme a una lancha de goma con 115 personas más. Fuimos salvados por Open Arms y luego trasladados al Aquarius. Ahora espero que todo mejore. Espero poder continuar mi educación y convertirme algún día en abogada".

Farida, 21 años, Togo

"En nuestro país hay muchos problemas por culpa del Gobierno. La Policía te detiene, hay siempre violencia, vienen a tu casa, la gente te golpea… Yo me fui con mi hermana mayor. Mi hermano mayor está en prisión desde hace cinco años; él mismo fue el que me convenció de que me fuera. Fuimos a tomar un bus y al poco perdí la pista de mi hermana. No sé dónde está, yo seguí. Tomé el bus hasta Agadez y luego llegué a Libia.

No sé ni cómo, de pronto estaba metida en una habitación con un grupo de hombres que me golpeaban. Me dijeron que llamara a mi madre para pedirle dinero. Yo les dije que mi familia no tiene dinero y ellos siguieron golpeándome. Más tarde, un hombre me ayudó a salir de allí y me metió en una barca en dirección a Europa. No sé cuánto pagó por mi viaje, pero me advirtió que tengo que dárselo de vuelta cuando llegue a Europa. Pasamos toda la noche en el agua.

Por fin voy a llegar a un lugar donde las personas no te pegan y donde puedes trabajar

Yo nunca había visto el mar y tenía mucho miedo. Luego vimos al Aquarius. En aquel momento solo pensé: 'por fin voy a llegar a un lugar donde las personas no te pegan y donde puedes trabajar'. Yo sé que soy capaz de hacer cualquier trabajo que me ofrezcan".

Susan, 25 años, Camerún

"Abandoné Camerún a los 17 años, cuando mi madre murió. No conozco a mi padre. Fui a Guinea Ecuatorial para trabajar en el servicio doméstico. Luego llegó la crisis y empezaron a expulsar a los extranjeros. Volví a Camerún. Un señor me dijo que podría salir de esta situación si me iba a Europa, pasando por Libia. Pedí un préstamo y le di el equivalente a 2.000 euros, lo que en principio cubría la totalidad del viaje desde Níger hasta Europa.

A veces apagaban cigarrillos sobre mi cuerpo. Luego se reían y me pedían que les diera las gracias

Tomé un avión hacia Libia. Luego, el amigo de mi contacto me explicó que la siguiente etapa tendría que hacerla a bordo de una barca. Sentí miedo. Quería volver a casa, pero me advirtieron de que aquello no era posible. 'O te vas en barco o te mueres aquí'. Al cabo de un mes, atacaron la casa en la que nos tenían esperando hasta que llegara el momento de subir a la barca y me llevaron a la cárcel. Me golpearon y me exigieron 800 euros para liberarme. Mi contacto dijo que él no podía ayudarme y yo no tengo familia, así que me obligaron a quedarme en aquel lugar soportando sus torturas. A veces apagaban cigarrillos sobre mi cuerpo. Luego se reían y me pedían que les diera las gracias.

Un día nuestros captores bebieron mucho, así que aproveché para escaparme junto a un grupo de personas. Al poco tiempo fui arrestada por la Policía y llevada a un campo. Nos daban una botella de agua y medio pan al día. Cada persona solo podía utilizar los baños una vez al día. Me dijeron que si me acostaba con tres o cuatro de ellos, me liberarían. Cuando me negué, me golpearon. Un amigo finalmente pagó y fui liberada, pero de nuevo volvieron los problemas: el vigilante de la casa donde me quedaba me vendió.

Afortunadamente, alguien se apiadó de mí y me ayudó a salir de ahí y tomar un barco. Era un viernes por la noche, sobre las 11. Calculo que en esa lancha de goma iríamos más de 200 personas. Estaba todo oscuro. Nos sentamos y empezamos a rezar. El agua entraba poco a poco en la lancha, hasta llegar a la altura de nuestras caderas. Luego llegó el barco de Open Arms, que nos sacó de allí. Más tarde nos trasladaron hasta el Aquarius. Estoy contenta ahora. Siento que es un nuevo comienzo. Espero poder estudiar en Europa y convertirme en auxiliar de enfermería. Desde que soy pequeña, ese es mi sueño".