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Las razones de la "indignación" en Brasil: de la subida del transporte a los gastos del Mundial

       
  • La subida del transporte urbano dio pie a las protestas 
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  • Las manifestaciones se han organizado en las redes sociales 
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  • Rousseff hace frente a los gastos de la Copa del Mundo con una economía ralentizada

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Miles de estudiantes se manifiestan ante el Congreso Nacional este lunes en Brasilia
Miles de estudiantes se manifiestan ante el Congreso Nacional este lunes en Brasilia AFP AFP PHOTO / Evaristo SA

La revuelta de los "20 céntimos" (por la subida del precio en el billete de autobús) o la del Movimiento del Passe Livre (transporte gratuito) es ya la mayor ola de descontento que ha sacudido Brasil en los últimos 20 años.

Aparte de los actos de violencia aislados, las manifestaciones pacíficas han sido nutridas: 65.000 personas en Sao Paulo, 100.000 en Río, 15.000 en Portoalegre, 20.000 en Belo Horizonte.

Como antes en los países árabes, como el 15M en España o la revuelta del parque Gezi en Turquíalas manifestaciones, mayoritariamente protagonizadas por jóvenes, se convocaron por las redes sociales sin un liderazgo claro y ajenas a partidos políticos, aunque en las marchas era posible ver las banderas de formaciones de izquierda.

Junto a las máscaras de Anonymous, símbolo de la protesta global, los lemas también resuenan de convocatorias anteriores, en otros lugares: "El pueblo ha despertado"; "Perdonen las molestias, Brasil está cambiando", "Pan y circo, no" y "No somos terroristas, queremos la paz".

Del transporte a los gastos deportivos

La ola se inició la semana pasada en Sao Paulo y el motivo inicial era la subida de precio del transporte urbano, cuyas tarifas se han incrementado un 6.67% en junio. Como ejemplo, en Río el billete pasó de costar 2.75 reales a 2.95 reales (algo más de un euro). El salario mínimo es de 232 euros.

La primera concentración, de 5.000 personas, estuvo convocada entre otros por el Movimento Passe Livre (traducible por Movimiento para el Transporte Gratuito) nacido en 2005 en el Foro Social Mundial para defender el derecho a la movilidad.

"El transporte es un servicio público esencial, derecho fundamental que asegura el acceso de las personas a los demás derechos como, por ejemplo, la salud y la educación", se explica en su página, donde se asegura que 37 millones de brasileños están excluidos del uso del transporte público por no poder pagar la tarifa.

Actualmente, el Movimiento aboga por la "expropiación del transporte colectivo" y su gratuidad para todos. 

Una vez en la calle, la reivindicación inicial se ha transformado en una exigencia general de mejores servicios públicos y mayores inversiones en educación, salud y saneamiento.

"El brasileño pasa la mitad de la vida pagando impuestos. Y la otra mitad en la cola, esperando ser atendido por los servicios que pagó", declara al diario O Globo el estudiante de Belo Horizonte Arther Henrique.

A la presidenta, Dilma Rousseff, se le reprocha la gestión del dinero invertido en los fastos internacionales que Brasil acogerá de aquí a 2016. El país alberga estos días la Copa Confederaciones de fútbol; en julio, el papa participará en la Jornada Mundial de la Juventud en Río; en 2014 se celebrará la Copa del Mundo y en 2016 los Juegos Olímpicos.

"Peleamos por esta tontería de dinero que se gastó para mostrar los nuevos estadios para todo el mundo, mientras lo que necesita el país es más inversión en salud y educación", explica Mariana Godois, de 19 años, a Efe.

Colectivos como el Comité de Perjudicados por la Copa 2014 denuncian además irregularidades en las obras: "sobreprecio, falta de respeto al código ambiental y desalojos forzosos de familias sin una debida reubicación".

"La gente se manifiesta contra el sistema", dice a Reuters Graciela Caçador, vendedora paulense de 28 años. "Durante muchos años, el Gobierno ha estado alimentando la corrupción. Se han gastado miles de millones en constuir estadios y nada en educación y salud", añade.

Demandas de un progreso más rápido

La protesta ha sorprendido porque los brasileños han mejorado su nivel de vida desde que Inazio Lula da Silva inició una política de erradicación de la pobreza, continuada por Rousseff.

"En Brasil ha aumentado la clase media, y eso aumenta las demandas", explica, en declaraciones a RTVE.es, Susanne Gratius, investigadora del FRIDE. "La segunda fase de la transformación del país es tener más reclamaciones sociales (...) La gente demanda más justicia social y más derechos".

La subida de los precios por el boom económico, especialmente en las ciudades, perjudica a los grupos que aún viven en la exclusión social, explica Gratius. "Hay programas sociales, pero la gente no ve que los resultados sean rápidos", subraya.

"También tiene que ver con la visibilidad: Brasil está en el punto de mira internacional, y ahora este movimiento tiene una plataforma desde la que protestar", añade la investigadora del FRIDE.

Por su parte, Fabricio Borges, investigador analista del CIDOB, señala que los brasileños tienen serias dudas de que la inversión en infraestructuras deportivas revierta en la población. "Se está gastando más de lo previsto", dice, mientras el país necesita "más inversión en transporte público, que es caro e ineficiente".

Borges no cree, sin embargo, que la presidenta brasileña vaya a convertirse en el objetivo de los manifestantes. "No es una protesta contra Rousseff. Los políticos son un blanco, pero Dilma no, al contrario de lo que ocurre con el primer ministro de Turquía".

La economía echa el freno

De momento, en efecto, Rousseff conserva el favor de los brasileños, según las encuestas. Pero las cosas pueden ponerse difíciles para la presidenta, porque la economía nacional no está boyante.  

Este mismo lunes, los analistas del mercado financiero redujeron sus previsiones de crecimiento para la economía nacional. Para el año próximo, según el Boletín Focus del Banco Nacional de Brasil, las perspectivas de crecimiento son de un 3,20%, con una inflación del 5,80%.

Con la subida de la cotización del dólar (2.17 reales) y la salida de inversiones financieras, el margen del gobierno para atajar la inflación se reduce.

En un país que conserva aún una estructura económica y social tremendamente desigual (54,7% en el Índice de Gini según los últimos datos de que dispone el Banco Mundial), y donde el 21,4% de la población vive aún bajo el umbral de la pobreza, es imprescindible un crecimiento económico alto y sostenido para mantener las políticas sociales.

Quienes se manifiestan le advierten a Rousseff precisamente eso, que su prioridad debiera ser la continuación de la mejora de las condiciones de vida de la mayoría, y no la organización de fastos deportivos a mayor gloria de la imagen exterior del país.

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