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Vuelta 2020

Dos semanas y media

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Así será el recorrido de La Vuelta Ciclista a España 2020

Catorce meses después vuelve la Vuelta a España. Una carrera inusual tanto en fechas como en longitud. 18 etapas. A medio camino entre una gran ronda de 3 semanas y las Dauphiné y Tour de Suiza con 8 etapas. Un ralo experimento que -esperemos- no sea un paso hacia una futura reestructuración de la carrera en únicamente dos semanas.

La prometida gran salida en Utrecht se pospondrá a 2021 –pandemia mediante- y la organización ha optado por no sustituir esas tres etapas iniciales. Tiene cierta lógica si miramos, a simple vista, el serpenteante recorrido norteño dibujado en un mapa. Habría que inventarse pueblos, aldeas o comarcas por las que hacer discurrir la carrera sin pisar la exclusiva de las ya pactadas. Es uno de los problemas de organizar una gran vuelta con una orografía tan diversa.

El norte lo tiene todo, hasta dinero. No así el sur que, para organizar un trazado sin largos traslados, hay que afinar muy bien el tiro o rebajar las exigencias económicas en pos de una ganancia intangible como es el prestigio deportivo. Algo que, de momento, no tiene visos de producirse. El añorado ‘Gran Sur’, la eterna promesa que es Canarias, está siendo fruto de una infinita negociación entre Unipublic y las instituciones insulares.

Por ahora, y puestos que los sueños tardan en cumplirse, tenemos que conformarnos con la disruptiva realidad que supone esta corta primera semana. Empieza en Arrate y acaba en el Tourmalet. El primero, lugar de peregrinación de la Euskal Bizicleta y la Itzulia; el segundo es un sello inconfundible de la Gran Boucle. No sabría ponderar que es más noticiable: si empezar en un puerto de entidad con lluvia y viento o acabar la semana en un desangelado col du Tourmalet, fruto de mitos, historias, aventuras imposibles, periodistas intrépidos y crepes de 'nutella' con emulsión de nieve en la cima.

Abajo, no a pie de puerto del coloso francés, sino en Granada, más concretamente en la Sierra de la Contraviesa hay un puerto de paso con guarismos similares, casi calcados, al Tourmalet. Por allí, Castell de Ferro, localidad granadina donde allá por 1973 pasó La Vuelta a España por última vez, aguarda la oportunidad de convertirse en mito, en parte del imaginario colectivo del aficionado al ciclismo.

El modelo de La vuelta, en una encrucijada

Algo que ya le sobra al imposible Angliru, escenario de la etapa más corta de esta edición. Un descubrimiento como la hamburguesa pero que, si se ingiere año sí, otro también, acaba por provocar colesterol y, ya se sabe, el colesterol del malo puede provocar trombos. En especial este año, situada tras la etapa reina de la Vuelta y con una longitud y dificultad escasa. Para más inri, lo más probable es que el mal tiempo haga situar la meta en el ‘Viapará’. Sería lo lógico, a ver quién lleva la logística hasta arriba con esas pendientes, lluvia y zonas de sombra. Ni el dichoso virus se atrevería a tanto.

Tras una década de éxito, el modelo de La Vuelta se encuentra en una encrucijada. Un trazado enquistado en un devenir de finales en alto «sin ton ni son» (este año se estrenan en este rol la Laguna Negra de Urbión y Moncalvillo) que, a regañadientes, deja espacio para etapas más elaboradas, como la segunda etapa con final en Lekunberri o el etapón gallego entre Mos y Puebla de Sanabria. Esta última diseñada tras la renuncia de Portugal a acoger la carrera. La caravana de la Vuelta se pierde los manjares gastronómicos de Porto-Matosinhos pero, en cambio, los aficionados al ciclismo disfrutarán de la única etapa de fondo y desgaste puro de la ronda española: un trasiego de colinas, puertos y repechos de 230 km.

Esto último es lo que diferencia La Vuelta del Giro y del Tour, el fondo de armario. Francia se viste de Chanel e Italia de Armani. Mientras sus hermanas mayores disponen de puertos encadenados sin fin y una propuesta deportiva más completa, la Vuelta apuesta por ropa de temporada. No hace falta salir afuera para encontrar eso que nos falta, sólo hay que echarle imaginación. Si en Utrecht buscaban viento, ya lo van a tener en Irún. Eso sí, con un coste de tres etapas. Algún pedrusco tenía que perderse en el camino.

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