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Nadal gana el US Open y se convierte en leyenda

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Rafa Nadal entra en el grupo de los mitos del tenis al completar el "Grand Slam"

Palmarés de Rafa Nadal

Títulos de 'Grand Slam' (9): Cinco Roland Garros (2005, 2006,  2007, 2008 y 2010), dos Wimbledon (2008 y 2010), un Abierto de Australia (2009) y un Abierto de los EstadosUnidos (2010).

Títulos de Masters Series (18):
Seis en Montecarlo (2005-2010),  cinco en Roma (2005, 2006, 2007, 2009, 2010), dos en Madrid (2005 y  2010), dos en Indian Wells (2007 y 2009), dos en Canadá (2005 y 2008)  y uno en Hamburgo (2008).

Títulos torneos ATP (14):
Cinco Conde de Godó (2005, 2006, 2007,  2008 y 2009), dos en Stuttgart (2005 y 2007), y uno en Sopot (2004),  Costa do Sauipe (2005), Pekín (2005), Acapulco (2005), Bastad (2005),  Dubai (2006) y Queen's (2008).

Títulos olímpicos (1): Oro individual en los Juegos de Pekín de  2008.

Copas Davis (3): 2004, 2008 y 2009.

Los norteamericanos Don Budge y Andre Agassi, los australianos Rod Laver y Roy Emerson, el inglés Fred Perry y el suizo Roger Federer. Estos nombres que llevábamos repitiendo desde hace dos semanas como si fuera la lista de los reyes godos son los de los tenistas que en la historia de este deporte han sido capaces de ganar al menos una vez los cuatro 'majors': el Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos -US Open-.

Desde el 13 de septiembre de 2010 se añade a esta nómina un español Rafa Nadal, manacorense, que a sus tiernos 24 años se convierte en el segundo más joven en conseguir este mérito (Budge lo logró en 1938 con 22 años) tras vencer en la final del US Open 2010 al serbio Novak Djokovic, tras una larguísima final de casi seis horas, con tres horas y cuarenta minutos de juego y dos horas de parón -otra vez- por la lluvia (6-4, 5-7, 6-4 y 6-2) [Así fue la final del US Open] [Palmarés del US Open]

Qué final para pasar a la historia. Una brillante demostración -y van tantas- de concentración, solidez y calidad, a la que ni la lluvia ni los ramalazos de raza y derroche de su rival, un bravo Djokovic, apartaron del destino que el tenista español había marcado en su carrera, un concierto en dos actos y cuatro partes con el que Nadal ha firmado un nuevo capítulo de su leyenda. Todo un mito viviente para el tenis y el deporte español.

Primer acto: La cabalgata

Dos contendientes que ansiaban ganar esta final, un título desconocido para ambos. Desde el minuto uno el partido estaba marcado para ser histórico, y así lo entendió la propia organización del US Open, eligiendo para que tronara en los altavoces "La cabalgata de las valquirias" de Wagner al saltar los jugadores al Arthur Ashe Stadium. Siguió Nadal saltando y corriendo delante de las narices de su adversario, vestido de un amenazante color negro, para empezar un partido eléctrico desde los primeros golpes.

Ante el reto para ambos de ganar su primer 'grande' en Estados Unidos, tardaron en afinar los golpes en los primeros juegos; con algunos puntos largos y agónicos, se intercambiaron roturas hasta llegar al quinto, en el que Nadal perdió tres bolas de 'break' pero se aferró al juego con esos dientes con los que ha mordido tantos trofeos.

Y el resultado, como tantas veces en estos casos, el juego para el manacorense y un jaque a la estabilidad de Djokovic, que destrozó su primera raqueta. Cuando se llevaban 31 minutos para cinco juegos disputados, Nadal ya había dado el primer golpe. Un físico superior se alió con fortaleza mental y con una buena táctica sobre la pista, moviendo a su rival para que Djokovic no conectara. Así que manteniendo la rotura llegó al 6-4 con el que se cerró el primer asalto.

Segundo acto: La tempestad

Sin embargo, Djokovic se puso en pie y cambió el sufrimiento para ganar sus puntos por la raza, hasta que encontró su ocasión en la debilidad del primer saque del español. En el cuarto juego, aprovechó un rápido 0-30 y una doble falta de Nadal para conseguir la rotura que soltó al tenista furibundo -para bien- de la semifinal ante Federer.

Una racha de diez puntos seguidos del serbio, aupado al número dos del ranking por la máquina de la ATP aun antes de jugarse la final, fue contestada por el español, un martillo pilón en la moral de cualquier rival, beneficiado por el viento a favor y zarandeando al número dos del mundo con golpes formidables, propios del especialista en pista rápida en el que el tenista español también ha sabido convertirse.

Pero una final de un 'Grand Slam' se juega con mucho más que con la raqueta y las piernas. En concreto, la lluvia volvió a intervenir, interrumpiendo el duelo durante casi dos horas cuando había transcurrido una hora y cuarenta minutos de juego y Rafa Nadal iba lanzado tras remontar un 4-1 en contra en pos de un nuevo mazazo en el noveno juego.

Tiempo para la ducha y la reflexión y los dos contendientes volvieron muy enchufados, con las fuerzas físicas intactas, y empezó una nueva final, pero la línea ascendente cambió de lado. Un resucitado Djokovic evitó la rotura de Nadal y entró repartiendo sartenazos a diestro y siniestro, manteniendo a raya al español, buscando su revés, restando salvajemente hasta que consiguió su propósito, arrebatarle la iniciativa y el servicio a Nadal, igualando aún más el encuentro (5-7).

Tercer acto: La gran batalla

El ceño de Nadal estaba más fruncido, pero no de rabia, sino de concentración. Señal de que el manacorense no estaba tocado ni mucho menos, y al tenis volcánico del serbio respondió con contundencia, aprovechando un pequeño bajón de guardia para endosar una temprana rotura en el tercer juego. Nadal se comía la bola con derechas explosivas, devorando el tenis de su rival, pero la defensa numantina de Djokovic impidió que ampliara su ventaja con un 4-1.

Se vivía un gran tenis que hacía que valiera la pena el remojón de los presentes en la pista neoyorquina y la noche en vela de los espectadores europeos. Sólo la falta de resolución del español con las bolas de rotura de que disponía -un pobre porcentaje del 19% entonces, 32% al final del partido- y los derechazos de Djokovic impidieron acelerar el cierre de la tercera manga.

Y gracias a eso, se vieron los puntos más trepidantes del partido, con intercambios larguísimos y poderosos, cambios de ritmo y dirección radicales, precisión y brutalidad, que a la hora de la verdad desbarató Nadal con trallazos inverosímiles con su servicio, a 203km/h, a 208km/h. A golpe de dos 'aces' cerró el gran duelo del tercer parcial (6-4), y Djokovic abría los brazos y maldecía a más no poder.

Cuarto acto: Entrada en la historia

Si durante el partido había asumido riesgos, 'Nole' no se escondió en el cuarto set, pero sus golpes buscando la línea no siempre entraban y se empezaba a sentir entre la espada del 'Matador' y la pared. Protestaba consigo mismo, protestaba por el público que no guardaba silencio y entre la desconfianza y el desconcierto, con una nueva raqueta -otro talismán de los de Nadal-, consiguió la rotura en el tercer juego.

Ahí capituló Djokovic, desinflado, e impotente ante un rival impenetrable de mente e invulnerable en lo físico, que apuntilló el set con otra rotura en el siguiente servicio del serbio. Controló el set, atemperando las jugadas de Djokovic, condenado a tirarse al vacío sin red, intentando al menos no perder el Abierto con su servicio.

El serbio, que también hizo grande el partido en su segunda final en Nueva York, se concedió ese consuelo y el de festejar irónicamente los últimos puntos, aunque fueran con la ayuda de la red. Nadal, apretando en el estómago los últimos nervios, un torrente de emociones, finiquitó el partido en el octavo juego para alcanzar su sueño, el de todo un número uno del mundo, el del 'Grand Slam' y el 'Golden Slam', el mejor año de su carrera.

Tercer 'Grand Slam' de la temporada

Nos sobrecogió con sus lágrimas en Roland Garros, como si no lo hubiera ganado ya cinco veces, después de un 'annus horribilis' en 2009; ganó en la hierba de Wimbledon como si fuera el jardín de su casa. Se tomó un respiro de la Davis, una de sus competiciones fetiche, para preparar de manera concienzuda su asalto al cemento de Nueva York, que había pisado en siete ediciones, pero donde no había pasado de semifinales.

Porque así es este deportista, un labrador de sus éxitos, un picapedrero que ha esculpido minucioso su talento, que escruta en sus propias debilidades para convertir sus puntos débiles en nuevos flancos para el ataque. Ha mejorado la técnica y potencia de su saque, más golpe plano y menos 'topspin' a la bola, ha perfeccionado su revés, ha afinado los matices, porque tenía entre ceja y ceja este torneo.

Con tan sólo 24 años, aspira claramente al honor de ser el mejor deportista español de todos los tiempos: Nueve grandes, 18 títulos de Máster, tres Copas Davis y una medalla de oro olímpica, nada más y nada menos, con una progresión indiscutible y siendo un ejemplo profesional y humano dentro y fuera de las pistas.

Y añádase también que este tenista tiene una medalla de oro olímpica, lo que significa que es dueño también de lo que en el mundo del tenis se llama Golden Slam, o 'Grand Slam Dorado', un título honorífico que en toda la historia de este deporte sólo han logrado Andre Agassi y Steffi Graff, ésta con el mérito de haberlo hecho todo -oro en los Juegos Olímpicos incluído- en el mismo año, 1988.

El tenis de Nadal ya no conoce límites de superficie ni de técnica, está en la historia y continúa escribiéndola al lado -o enfrente- del mejor tenista de todos los tiempos, Roger Federer. Sólo le queda ganar la Copa Masters, algo que podría lograr este mismo año en Londres. Aún queda mucho Nadal por representar.

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