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Paul Delvaux en el Thyssen, poética de esqueletos y sexo imaginado

  • El museo Thyssen define en una retrospectiva el universo de Paul Delvaux
  • La muestra puede visitarse entre el 24 de febrero y el 7 de junio
  • La colección del belga Pierre Ghêne nutre el grueso de la exposición

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Paul Delvaux, "Crucifixión", (1954)
Paul Delvaux, "Crucifixión", (1954) VEGAP

Un mundo algo surrealista habitado por mujeres desnudas de grandes pechos que parecen la misma mujer y esqueletos que parecen el mismo esqueleto recorriendo paisajes hipóstilos del pasado clásico mezclados con estaciones ferroviarias en las que figura como una constante un vagón que parece el mismo vagón. “Uno se siente llamado a vivir en el mundo de Paul Delvaux, a habitarlo, a explorarlo”, confiesa a RTVE.es Guillermo Solana, director artístico del museo Thyssen-Bornemisza.

Solana reflexiona sobre el armazón iconográfico que sostiene el universo del pintor belga Paul Delvaux (1897-1994), reunido y organizado de manera excepcional en la exposición Paul Delvaux, paseo por el amor y la muerte, que podrá visitarse en el museo Thyssen entre el 24 de febrero y el 7 de junio.

La muestra distribuye temáticamente más de medio centenar de obras en cinco salas “que concentran los núcleos del imaginario del pintor”, describe el responsable: Venus yacente y El doble (parejas y espejos), ambas pobladas de desnudos femeninos, Arquitecturas con reminiscencias del mundo clásico, Estaciones, una irrupción de trenes y andenes surrealista, y los esqueletos de El armazón de la vida.

Entre las pinturas, La Venus dormida I realizada en 1932 "marca el inicio del estilo que caracteriza al pintor", explica Solana, y aclara los orígenes del motivo: una visita que Delvaux realiza al museo Spitzner en Bruselas, "una especie de museo médico y morboso, excéntrico y ambulante, donde hay una Venus de cera que respira, un esqueleto, una serie de dispositivos que muestran los efectos de las enfermedades venéreas, y a partir de ahí empieza su serie de Venus dormidas de las que pintará hasta cinco a lo largo de su vida”.

Expresionismo, surrealismo y Delvaux

“En los años 20 le influye Modigliani. También empieza a meterse en el mundo del expresionismo flamenco influido por Permeke y Smet, pero en el año 34 descubre a los surrealistas en la exposición Minotaure”, apunta Solana. A partir de este momento el artista belga define sobre el lienzo un imaginario que le acompañaría durante una larga vida. Una existencia que atraviesa la gran tormenta que es el arte moderno durante el siglo XX sin sufrir erosiones.

“En Delvaux hay muy pronto una fascinación por lo griego, por la Acrópolis, por Pompeya, por la resurrección del mundo antiguo, un mundo un poco de ruinas, muerto y resucitado, como lo son sus propias figuras, que parecen volver del más allá”, describe el responsable, y continúa definiendo las sensaciones que evocan los personajes que habitan ese escenario como “el misterio del amor y la fascinación por el sexo de un adolescente melancólico”.

La feminidad de Mujer ante el espejo (1936) y La escalera (1946), convive sin disparidad con las calaveras que protagonizan Crucifixión (1954) o Los esqueletos (1944). Delvaux encadena los rostros de sus mujeres a una ausencia onírica pero equipa sus cuerpos con pechos que hablan en voz alta. Y mientras ellas se deslizan en algún lugar del espacio-tiempo psicológico, una legión de esqueletos toma el mando de lo cotidiano.

"El artista dice que sus esqueletos no son la muerte, él quiere sacarlos un poco del encasillamiento. Manifiesta que para él son la estructura del hombre, y esto remite al puro placer artístico y lúdico de dibujar el esqueleto. Son esqueletos animados, vivos”, aclara el director artístico y añade: “Hay una especie de humor negro, algo de la fantasía de Tim Burton de La novia cadáver, algo de broma macabra”.

El sexo de un voyeur y la devoción del coleccionista

“El propio Delvaux no explica sus cuadros", reflexiona Solana, y continúa: "El artista es un gran pintor erótico, y decía que, para él, la pintura era el sentimiento poético. Eso fue algo que le ayudaron a descubrir los surrealistas, la poesía en la pintura. Delvaux menciona en muchas ocasiones la búsqueda de un sentimiento, la búsqueda de una atmósfera. El consigue esto a través de elementos figurativos obsesivos, que vienen en muchos casos de su infancia, que son irracionales, que no se sabe explicar cual es su atractivo pero que estan ahí siempre”.

Una diversidad concretada en una forma de crear que también sedujo a Pierre Ghêne, quien desde la década de los 70 alimenta una colección de este autor que ya sume centenares de obras, la mayor parte de ellas en el museo de Ixelles en Bruselas. Solana relata la relación que llevó a la muetra que ahora ofrece el Thyssen: “Tras su colaboración en la exposición de El surrealismo y el sueño, que ofrecimos 2012, Pierre Ghêne nos sugirió esta posibilidad y puso a disposición su colección (…) de esta manera hemos podido montar esta retrospectiva con un presupuesto razonable”.

"Hay un puñado de 7 a diez obras maestras muy icónicas. Con obras desde los años 30 hasta los años 70, están reunidos los temas esenciales”, pero el mundo del pintor belga también atrapó a otros, rememora Solana: “Michel Butor en un catálogo de Delvaux hace varias décadas construyó una ficción a través de los cuadros del pintor y de sus personajes. Cada uno de sus cuadros es como el comienzo de una historia”.

“Delvaux es un gran creador de mundos”, declara Solana, pero “era un solitario reprimido y es más un mundo de voyerismo y de exploración, entre deseante y un poco ansiosa del mundo del sexo y el mundo femenino”.

Para él el pudor acaba tras el pelo del pincel, y sobre la trama del lienzo "las mujeres de Delvaux son tremendas, inquietentes, monumentales, con esos grandes ojos, un poco sirenas, que llaman quién sabe a qué, quizás al desastre”, relata Guillermo Solana.

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