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 ACNUR calcula que la espiral de violencia ha provocado cerca de 350.000 desplazamientos.
ACNUR calcula que la espiral de violencia ha provocado cerca de 350.000 desplazamientos. MSF / Juan Carlos Tomasi

La República Centroafricana se desangra en silencio

  • Las agresiones, torturas, saqueos y encarcelamientos son frecuentes

  • "Las mujeres y los niños son víctimas de una violencia extrema", dice MSF

  • La ayuda humanitaria es insuficiente para atender a las víctimas

  • Hay  más de 350.000 desplazados y 60.000 refugiados

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Nada consigue atraer la mirada a este país olvidado del continente más pobre del mundo. Ni el desplazamiento forzoso de más de 350.000 personas en los últimos meses, ni las matanzas indiscriminadas de civiles, ni los enfrentamientos religiosos inéditos en el país, ni la sombra de que la República Centroafricana se convierta en un refugio de yihadistas y señores de la guerra.

Desde marzo de 2013, cuando el grupo armado Seleka derrocó al presidente François Bozizé, la inestabilidad crónica del país acabó de saltar por los aires. Siete meses después del golpe de Estado las pocas ONG que están sobre el terreno alertan de una oleada de violencia sin precedentes.

Golpe de estado rebelde en la República Centroafricana

La impunidad campa a sus anchas por un país de la extensión de Francia pero con apenas cinco millones de habitantes. Es la dictadura del ojo por ojo. La huida del presidente Bozizé dejó un vacío de seguridad que ahora ocupan los Seleka, por un lado, y los grupos de autodefensa conocidos como antibalaka (antimachete en lengua local), que se han organizado para proteger a sus comunidades cristianas, pero que acaban utilizando los mismos métodos sanguinarios que las milicias a las que combaten. Y, en medio, como siempre, los civiles.

"Uno de mis hijos fue asesinado por hombres armados delante de mí y mi otro hijo huyó, no sé dónde", afirma Kadjidja, una mujer de unos 50 años acogida en la escuela Liberte, tras haber recorrido muchos kilómetros desde su aldea, Zere, hacia Bossangoa. Cuando hablaron con ella los equipos de ACNUR, todavía llevaba puesta la ropa con la que huyó y estaba durmiendo en el suelo porque no tenía esteras ni mantas.

Cacerías humanas

La agencia de refugiados de la ONU calcula que desde que empezó la ofensiva de los grupos rebeldes contra el Gobierno en diciembre de 2012, unas 350.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus casas y hay más de 60.000 refugiados en países vecinos tan vulnerables como la República Democrática del Congo, Chad y Camerún.

El miedo se ha instalado en la población tan profundamente como las armas han proliferado sin control en este país exportador de diamantes. Bossangoa y Bouca, en el noroeste del país han sido el epicentro del horror. Basta un rumor sobre la próxima matanza para que aldeas enteras huyan despavoridas a refugiarse en el primer lugar que encuentran. Duermen en los bosques a la intemperie o se hacinan en iglesias y colegios. Ya no saben distinguir la realidad de las pesadillas. Y es que a menudo se parecen.

La población está aterrorizada

“Las mujeres y niños son claramente diana de ataques indiscriminados. No hay balas perdidas. Los buscan, los encuentran y los matan”, asegura a RTVE.es Aurora Revuelta, la coordinadora médica de la sección española de Médicos Sin Fronteras. Y recuerda el caso de una niña que trató el pasado 9 de septiembre en Bouca, un pueblo de 5.000 habitantes. Cuando la ONG llegó, la mitad de las casas, unas 700, habían sido pasto de las llamas.

"Había una niña que tenía solo 9 años. Consiguió librarse del ataque al pueblo pero luego fue cazada dentro del bosque y la encontramos días más tarde con una herida de bala en el fémur infectada y otra en el abdomen", relata.

En ese ataque MSF atendió a 26 personas con heridas por machete y arma de fuego. “Había un hombre al que incendiaron su casa y dispararon para que no pudiera huir. Consiguió escapar y cinco días después lo encontramos en un estado lamentable, lleno de quemaduras”, relata a RTVE.es Lali Cambra, otra trabajadora de MSF.

Malaria y enfermedades crónicas

Es difícil saber el número de víctimas que se ha cobrado ya esta sangría silenciosa. En un solo ataque el pasado 9 de octubre murieron al menos 60 personas en la ciudad de Gaga, a unos 250 kilómetros al noroeste de Bangui, la capital. Los antibalaka atacaron un puesto de la milicia progubernamental y los barrios musulmanes. Horas después, combatientes de Seleka tomaron represalias contra los cristianos del pueblo. Este modus operandi se repite por casi todo el país.

Hasta ahora la mayoría cristiana del país (80%) y los musulmanes habían vivido en buena sintonía con episodios de tensión puntuales. En cambio, desde el golpe de Estado, cada vez hay más ataques religiosos. Los combatientes utilizan una retórica sectaria con fines políticos y la espiral de violencia no hace más que crecer.

“La población está aterrorizada”, lamenta la portavoz de ACNUR en España, María Jesús Vega. En agosto, miles de personas utilizaron el aeropuerto internacional de la capital como refugido improvisado. Pero no siempre hay cobijo. "El otro día cuatro niños que se habían escondido en un bosque murieron de frío y malaria", afirma a RTVE.es.

Los que huyen hacia los campos y los bosques se encuentran fuera del acceso de las organizaciones humanitarias. Con la estación de lluvias proliferan los mosquitos, el vehículo transmisor perfecto de la malaria, y el riesgo de contagio se multiplica en un país donde la malaria ya es endémica. Solo en el primer trimestre del año, los casos habían aumentado un 33%.

La combinación de malaria, sarampión y desnutrición es letal

"La combinación de malaria, sarampión y desnutrición es letal, especialmente en menores. Ya hemos tratado a niños con anemia. Huyen con lo puesto y no tienen ni agua, ni comida, ni medicinas. Como haya un brote de cólera será difícil controlarlo", advierte Cambra, de MSF.

Como resultado de la falta de recursos médicos y la baja calidad de los mismos, en la RCA desde hace mucho se está viviendo en silencio una crisis médica crónica. Las tasas de mortalidad infantil se sitúan por encima del umbral de emergencia. Han llegado incluso a triplicar las del campo de refugiados de Dadaad en Kenia, donde la población vive en condiciones deplorables. Y la oleada de violencia, que se prolonga ya varios meses, no hace sino empeorar la situación.

"La violencia les priva además de sus medios de subsistencia. Tienen tanto miedo que huyen y abandonan sus campos y cosechas", añade Cambra.

En la República Centroafricana, un 67% de la población vive con menos de un dólar al día. Las familias suelen tener problemas para garantizar a sus hijos el acceso a una alimentación sana, a los servicios de salud y a la educación

Situación de emergencia

Los ataques indiscriminados también se han cebado con el personal médico y humanitario, víctimas de agresiones y saqueos, lo que ha restringido aún más la capacidad de movimiento de las ONG. Por eso, desde MSF hacen un llamamiento al gobierno de transición para que sus trabajadores puedan atender a la población más vulnerables con unas mínimas garantías de seguridad. ACNUR pide, además, que se detengan las "devoluciones forzosas" de centroafricanos. 

"Los que antes no eran considerados como refugiados ahora deberían serlo", advierte María Jesús Vega.

La RCA es el segundo país con la esperanza de vida más baja del mundo

La ONU estudia, a petición de Francia, el envío de cascos azules para restablecer el orden. Pero los centroafricanos necesitan ayuda ya. No entienden de burocracias ni análisis de riesgos. Están atravesando uno de los momentos más vulnerables de su historia y la atención y ayuda humanitaria que reciben son "ridículas".

En esa lucha por sobrevivir, invisibles al mundo, 40.000 han cruzado a la República Democrático del Congo. Algunos han sido recibidos por familias que ellos mismos acogieron en la RCA la pasada década cuando quienes se desangraban eran los congoleños.

Simon acoge a 23 refugiados en sus casa. "Ellos han huido por las mismas razones que yo. Ahora me siento obligado a darles la bienvenida", asegura en Libengue, al otro lado del río Oubengui, la frontera natural entre ambos países y testigo de un exilio de ida y vuelta.

"Corrimos en todas direcciones cuando los rebeldes entraron en Bangui. Dejé atrás a toda mi familia. Tengo tres hermanos y hermanas y no sé dónde están", asegura a su lado Lucas, un fotógrafo de 25 años que espera volver pronto a la otra orilla donde, probablemente, morirá a los 48 años, la esperanza media de vida de este país al que llaman la "Cenicienta" de África.

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