Putin, el espía que modela la Rusia del siglo XXI

  • Su ascenso meteórico al poder en 1999 se cimentó en la Guerra de Chechenia
  • Incrementó su poder ejecutivo tras los secuestros del Dubrovka y Beslán
  • Colocó a Medvédev en el Kremlin para seguir controlando los hilos del poder
  • Estos años se ha cimentado una clase media urbana que ahora le rechaza
Ampliar fotoOperarios retiran un cartel prelectoral de Medvédev y Putin en las elecciones legislativas de 2011.

Operarios retiran un cartel prelectoral de Medvédev y Putin en las elecciones legislativas de 2011.REUTERS

ALBERTO FERNÁNDEZ 

Cuando en 1999 millones de rusos que desconocían quién era, de dónde venía y, sobre todo, qué quería para Rusia, Vladimir Putin se presentaba como el dirigente de una nueva generación, un hombre de acción que iba a acabar con la corrupción, combatir el terrorismo y lograr desarrollo económico.

Trece años después, cuando se prepara para inaugurar un nuevo ciclo en el poder -que podría llegar hasta 2024 al ampliarse los mandatos presidenciales a seis años si es elegido este domingo y reelegido para un segundo mandato- su mirada se dirige al pasado, tal y como dijo en su mitin más multitudinario de campaña.

"Moriremos ante Moscú / Como nuestros hermanos antes de nosotros", entonaba un poema clásico ruso para conmemorar el 200 aniversario de una batalla decisiva contra las tropas de Napoleón, ahora representadas para el hoy primer ministro y mañana previsible nuevo presidente ruso por Occidente y sus 'profetas', la oposición de la clase media urbana que se resiste a vivir una nueva etapa bajo su reinado político.

Este contraste muestra hasta qué punto las cosas han cambiado las cosas en Rusia en estos trece años que, para bien o para mal, han estado marcado por la gestión de este exagente de la KGB de 59 años.

Irrupción desde las sombras

Tras trabajar en la extinta RDA como espía y entrar en el Gobierno en San Petesburgo, Putin hizo una meteórica ascensión en Moscú, convirtiéndose primero en jefe de los servicios de seguridad y luego en primer ministro de un Boris Yeltsin con problemas de salud y alcoholismo e incapaz de atajar una corrupción endémica.

La serie de atentados contra varios edificios de apartamentos en Rusia en septiembre de 1999, que dejaron cientos de muertos, le dieron la excusa para presentarse como el salvador de la patria la guerra de Chechenia, lo que le granjeó una enorme popularidad, aumentada tras la dimisión de Yeltsin.

De esta forma abría una nueva etapa política en Rusia, primero como presidente interino y luego electo en los comicios de marzo de 2000.

Sin embargo, tras hacerse con el apoyo de la opinión pública, Putin vivió su primer y más sonado tropiezo apenas unos meses después de ser elegido con la tragedia del submarino nuclear Kursk, una de las joyas de la marina rusa que puso también en evidencia la decadencia de la antigua superpotencia hegemónica.

Mientras los 118 hombres a bordo se morían de asfixia, el líder ruso pasaba sus vacaciones de agosto como si nada en el Mar Negro, sin hacer declaraciones ni pedir ayuda internacional para salvar a los marineros atrapados en el Ártico. Después de varios días por fin rompió su descanso vacacional, pero se limitó a decir que el submarino se hundió, en un gesto del que años después él mismo se arrepentiría.

La clave del terrorismo

Pero en la primera parte de su mandato contó con un asunto que le permitió ganarse a la población de calle: el terrorismo islamista y sus salvajes atentados y secuestros, como los del teatro Dubrovka o la escuela pública de Beslán, que dejaron cientos de muertos tras expeditivas operaciones de rescate.

Fruto de estas operaciones, Putin consiguió ir aumentando su poder frente a la Duma en lo que el por aquel entonces secretario de Estado de EE.UU., Colin Powell, consideró un retroceso en las bases democráticas establecidas tras la caída de la URSS.

Otro caballo de batalla han sido los medios de comunicación independientes, con el caso de la periodista Anna Politkovskaya como principal ejemplo.

Conocida por su cobertura de la Guerra de Chechenia y las denuncias de violaciones de derechos humanos, la periodista de Novaya Gazeta es asesinada en 2006 tras denunciar la deriva autoritaria de la Rusia de Putin en un caso que pone en el ojo de huracán el respeto a la libertad de prensa en el país.

Más control

Tras un juicio en el que no estaban acusados ni el autor material ni el intelectual de su muerte, las autoridades rusas anunciaron recientemente su intención de reactivar la investigación, en un intento de lavar la cara al sistema judicial ruso mientras su familia asegura que aún no se sabe la verdad del asesinato.

El otro objetivo de la acción del presidente ruso para hacerse con el poder total en Rusia son los oligarcas rusos que hicieron su fortuna en los años 90 con la complacencia de Putin.

El caso que sirve para mandar una seria advertencia a ese colectivo es el de Mijaíl Jodorkovski. Detenido en 2003 tras varios avisos para que dejase el país y la petrolera Yukos, fue condenado en 2005 a ocho años por evasión de impuestos, un proceso del que acusó al Kremlin de estar detrás.

Pese a sus múltiples apelaciones, la puntilla le llegó a finales de 2010, cuando fue condenado a otros seis años de prisión. Entonces su abogado acusó a Putin de ser el auténtico instigador de la sentencia.

Relevo controlado

Con un mayor control sobre el parlamento, los medios de comunicación y el poder económico, Putin llegó al final de su doble mandato con un país controlado, pero que no podía seguir gobernando por mandato constitucional.

Pero para entonces el llamado Clan de San Petesburgo, formado por sus colaboradores que conoció en su época en la segunda ciudad del país, estaba lo suficientemente asentado en la élite gobernante como para dejar, al menos sobre el papel, las riendas del país a uno de sus más prominentes miembros y hombre de su absoluta confianza, Dimitri Medvédev.

Medvédev, más tecnócrata y con un perfil aparentemente menos hostil a Occidente, es elegido en los comicios de 2008 de formar abrumadora pero le reserva a Putin el puesto de primer ministro, desde dónde puede seguir dominando el panorama político ruso en la sombra.

Durante cuatro años, la pregunta que se repetía una y otra vez era si Putin se iba a presentar otra vez pero finalmente Medvédev cedió y renunció en favor de su mentor, que a cambio le nombrará primer ministro, según el acuerdo que ambos presentaron ante el congreso del todopoderoso partido Rusia Unida en septiembre del año pasado.

La frustración urbana

Con lo que no contaba Putin es con la frustración de buena parte de la clase media urbana ante la repetición de su presencia en el Kremlin, que se materializó en unos resultados legislativos peor de lo previsto y entre acusaciones de fraude.

Curiosamente, ese colectivo, formado en Moscú y San Petesburgo, se ha beneficiado del crecimiento económico estable entre el 6 y el 7% que ha vivido el país durante los años de Putin, oscurecidos solo por el crack financiero de 2008.

Muchos de ellos creen que esperar a 2024 es demasiado para hacer realidad sus aspiraciones democráticas, pero una mayoría silenciosa, ubicada sobre todo pero no solamente en la Rusia rural, sigue confiando en Putin de forma abrumadora como hombre de estabilidad que evite el caos.

Y, sin embargo, cuando vuelva al Kremlin de donde nunca se fue realmente, Putin verá que algo ha cambiado.

"Todo estaba despejado para él a comienzos de los 2000: para proteger Rusia, para lograr sus ambiciones, para llevar a cabo sus reformas liberales. Ahora esa claridad no existe", concluía ígor Mintusov, un consultor político que ha trabajado en varias campañas políticas, en declaraciones a la agencia Reuters.

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