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Pandemia y Ciencia Bajo Presión: ¿Qué hemos aprendido?

  • Pere Estupinya reflexiona sobre cómo ha reaccionado la ciencia ante el reto de resolver una pandemia
  • ¿Ha cambiado el ritmo al que trabaja la ciencia? ¿Qué ocurre cuando surgen fricciones entre la urgencia y rigor?

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Pandemia y Ciencia Bajo Presión: ¿Qué hemos aprendido?

En noviembre de 2019 -justo un mes antes del brote de SARS-CoV-2 en Wuhan- la revista Nature publicaba un artículo de revisión titulado “A new twenty-first century science for effective epidemic response” advirtiendo que debido a los cambios ecológicos, a la urbanización y al aumento de viajes las epidemias iban a ser más frecuentes, complejas y difíciles de contener. Pedía a los gobiernos y organizaciones internacionales desarrollar urgentemente tanto planes de prevención como de contención y reclamaba que además de herramientas científicas como la inteligencia artificial, la genómica, la cristalografía o las plataformas de vacunas, a la gestión contra las pandemias se integraran ciencias sociales, manejo de crisis, logística, consideraciones éticas y estudios sobre estrategias de comunicación.

Si fuera una advertencia aislada podríamos considerarla casualidad, pero lo cierto es que los científicos llevaban años alertando que una pandemia como la Covid-19 iba a ocurrir, y no se les hizo suficiente caso. Algo de autocrítica debería hacer la comunidad científica al analizar por qué tiene menor peso social del que merece, pero lo cierto es que previo a la pandemia no se escucharon las recomendaciones del colectivo con más y mejor conocimiento del planeta. Una falta de atención para reflexionar y corregir.

Especialmente en un mundo y redes sociales infectadas por farsantes, teorías conspirativas y pseudociencias, la educación debe ser la vacuna y la buena información científica la terapia

Esto cambió de manera radical (veremos si transitoria o no) durante la pandemia. Los científicos tuvieron más espacios que nunca en los medios de comunicación, ganaron miles de seguidores en redes sociales, y se convirtieron en nuestros principales referentes. Algunos conspiranoicos se hacen virales por lo surrealista de las burradas que dicen, pero su impacto real es mucho menor del que parece. A la hora de tomar decisiones colectivas e individuales a quien mayor caso se le hizo -a pesar de que les tocó lidiar con prisas e incertidumbre y en momentos no atinaron- fue a los científicos.

Obviamente la confianza en la ciencia no es universal, pero es innegable que su presencia en medios y órganos de decisión ha crecido sobremanera durante la COVID19. Y aquí viene un primer gran reto: mantenerla. La oportunidad es mayúscula. Los investigadores han aparecido en programas televisivos y radiofónicos de máxima audiencia y nos hemos familiarizado con sus caras, su tono y hasta su lenguaje. No pueden desaparecer tras la pandemia.

Debemos aprovechar esta cercanía con medios y población para mantener su presencia y que nos sigan informando de más temas con su conocimiento y rigor característico. Especialmente en un mundo y redes sociales infectadas por farsantes, teorías conspirativas y pseudociencias, la educación debe ser la vacuna y la buena información científica la terapia. Debemos prestar más atención a la ciencia.

Una ciencia vulnerable

A finales del pasado junio un grupo de cosmólogos anunció el descubrimiento de la colisión entre un agujero negro y una estrella de neutrones 1.000 millones de años atrás. Pero hay truco: las ondas gravitacionales remanentes de dicha colisión no se detectaron en junio 2021 sino en enero de 2020. Un año y medio tardaron los investigadores en analizar, revisar, contrastar y presentar los resultados al público. Y lo mismo ocurre cuando paleoantropólogos de Atapuerca anuncian el hallazgo de un fósil relevante para la evolución humana; en realidad lo desenterraron años atrás y -para frustración de los periodistas científicos- lo estudiaron meticulosamente en secreto hasta confirmar que sus conclusiones son rigurosas y validadas por sus colegas.

Pero la ciencia durante la pandemia no fue así. En momentos de máxima presión y miles de muertes al día a los científicos no se le aceptaba fácilmente un “no lo sé” por respuesta. Eran quienes mejor información tenían, y aunque incompleta, en ciertos momentos las prisas eran más importantes que el rigor. Los investigadores se quejaban de que la sociedad no entendía cómo funcionaba la ciencia, pero en ocasiones parecía que ellos tampoco entendían como funcionaba la sociedad. Se debía tomar decisiones urgentes, con la mejor información disponible, y dar a conocer datos antes de lo que sería ideal.

cuando decimos que “rectificar es de sabios” estamos asumiendo que el aprendizaje se basa en cambiar de opinión cuando las evidencias lo sugieren

En este tira y afloja entre prisas y rigor hubo errores y tocó rectificar. Se vio una ciencia vulnerable; con contradicciones, diferencias de opiniones y que no comunicaba con la contundencia y seguridad que suele hacerlo tras la publicación de sus trabajos. Pero es que así es el árduo proceso de investigación en el que se quedan encallados tantos trabajos que nunca salen a la luz. Tuvimos la oportunidad de ver la ciencia en directo, seguimos fase a fase los ensayos de fármacos y vacunas, y nos desconcertamos cuando “un día se dice una cosa y otro otra”. Pero es que en esto nuestra herencia genética cae en una trampa. Estamos programados para sentir confianza hacia un líder que muestra seguridad y convicciones inflexibles. Sin embargo, cuando decimos que “rectificar es de sabios” estamos asumiendo que el aprendizaje se basa en cambiar de opinión cuando las evidencias lo sugieren. En realidad deberíamos apreciar que los investigadores un día nos dijeran una cosa porque es lo que creían en ese momento con la información disponible, luego vieran el error y cambiaran el mensaje. Nos marea, pero peor es perpetrar el error.

los científicos están ansiosos por volver a trabajar y publicar con su minuciosidad y ritmos pre-pandémicos

¿Se mantendrá este ritmo acelerado del proceso científico tras la pandemia? Creo que no; que esta presión ha sido excepcional, transitoria, y que los científicos están ansiosos por volver a trabajar y publicar con su minuciosidad y ritmos pre-pandémicos que tantos éxitos les reportan. Quizá la experiencia de la pandemia los hará más colaborativos, más conectados con la sociedad y con la industria, pero los principales cambios llegarán antes y después del proceso de investigación en sí.

Una ciencia más financiada y dirigida

Cuando EEUU impulsó el Proyecto Manhattan el objetivo estaba muy definido: poner todo el dinero y neuronas que hicieran falta en construir una bomba atómica. En la década de los 60 Kennedy hizo lo propio inundando de recursos a la NASA con la misión de que un estadounidense pisara la Luna, ya entrados los 2000 el CERN dirigió gran parte de sus recursos a detectar el bosón de Higgs, y en 2020 vivimos una de las misiones científicas más rápidas y exitosas de la historia: crear no una sino varias vacunas contra la CCOVID19 en un tiempo récord inferior a un año.

Vacuna Coronavirus

El conocimiento que ya se tenía sobre otros coronavirus, como el SARS-CoV o el MERS-CoV, ha permitido avanzar rapidísimamente en el desarrollo de la vacuna.

Cuando en verano de 2020 algunos laboratorios decían que su vacuna podría estar lista antes de terminar el año la gran mayoría de virólogos e investigadores respondían que eso era imposible; que nunca se había desarrollado una vacuna tan rápido. Parecía propaganda. Sin embargo, gracias a las cantidades ingentes de dinero público dispuesto para el desarrollo, pruebas y ensayos de vacunas, a diseños más ágiles de ensayos clínicos y a procesos de aprobación más rápidos por las agencias reguladoras, entre otros factores, el éxito fue descomunal y demostró que cuando la ciencia tiene financiación y dirección, suele responder.

No hay duda que esto permeará en otros ámbitos de la medicina pero también tecnológicos o medioambientales, y es de esperar que tanto a nivel europeo como nacional los presupuestos de ciencia vayan creciendo en los próximos años. Sería decepcionante que no fuera así. Con la experiencia de la COVID19, los políticos no pueden ser tan malos como para no darse cuenta de que se necesita invertir más y mejor en ciencia. Pero unida a esta mayor financiación es posible -y deseable- que se defina también una mayor dirección. Los científicos suelen pedir financiación para las líneas de investigación que ellos dominan y consideran importantes, pero que en ocasiones pueden no coincidir con lo que es más importante para la sociedad que les financia. O al menos, habrá áreas estratégicas para un país que quizá no están del todo bien atendidas por su comunidad científica. En este sentido, sin dejar de financiar la ciencia arriesgada y prometedora que proponen los buenos investigadores, es posible que este extra de financiamiento venga condicionado hacia temáticas más estratégicas y enfoques más aplicados, y que se esté más pendiente de evaluar los resultados de los científicos. No es algo que suela gustar al investigador, pero que quizá debe acostumbrarse y apreciar.

En realidad sería fabuloso que el interés por la ciencia de los responsables públicos fuera tan elevado que se dirigieran a sus universidades o instituciones científicas ofreciendo apoyo y pidiendo ayuda para afrontar problemáticas locales o reforzar economías con un enfoque multidisciplinar y de misión. La ciencia tiene un valor académico incuestionable y que de ninguna manera se debe menospreciar, pero como vimos durante la pandemia, su valor social puede ser todavía mucho más relevante y beneficioso si le damos mayor financiación, atención y dirección. Puede que ahora tengamos todavía preocupaciones más urgentes, pero el análisis de cómo afectó la pandemia a la propia ciencia será de los más interesantes y necesarios. Seguiremos.