Cuando las pastillas no ayudan a salir del pozo: "Yo era una zombi. Comía, dormía y me bañaba cuando me obligaban"
- Uno de cada seis españoles mayores de 15 años presenta un cuadro depresivo, según el Instituto Nacional de Estadística
- Se estima que en torno a 44.000 personas desarrollan cada año depresión resistente a los tratamientos habituales
Marta tiene 24 años. Hace diez, de adolescente, cayó en depresión. "Lo único que hacía era intentar morirme", afirma. Pasó por varios especialistas, estuvo ingresada y llegó a tomar más de 15 pastillas diarias para mejorar un diagnóstico al que se le sumó trastorno límite de la personalidad y ansiedad. Pero la medicación no le funcionaba. "Era un zombi: comía, dormía y me bañaba cuando me obligaban", reconoce. Empezó a consumir cannabis y tocó fondo. A Nil le recetaron un antidepresivo para la ansiedad, y se enganchó: "El caos en la cabeza desaparecía, pero no era capaz de afrontar los problemas. Estaba en la inopia", revela.
Según la última Encuesta de Salud de España, publicada esta semana, el 16,2 % de la población de 15 años o más presentó un cuadro depresivo, lo que representa un aumento de 1,6 puntos respecto a 2023. En su modalidad más severa afectó a casi la mitad de ellos, con mayor prevalencia entre las mujeres. Por edades, impacta al 5 % de las personas de entre 15 y 24 años; al 7,1 % hasta los 64 y al 8,4% de la tercera edad.
"Solo quería que se acabara ya"
"Todo fue a raíz de cuando yo tenía 13 o 14 años, en la ESO. Me hicieron bullying (acoso escolar) y a partir de ahí desarrollé un trastorno de la conducta alimentaria, depresión y ansiedad y no acabé de salir de ese bucle", explica Marta, que vive en Jerez de la Frontera. Inició así un periplo de psicólogos y psiquiatras que afirma que no le hacían mejorar. Solo la mantenían "estable" en su propia oscuridad. "Mi objetivo no era mejorar, era que llegase el día en el que me pudiese morir y ya estar tranquila. No quería nada más, yo solo quería que se acabara, que se acabara ya", sentencia.
Y fue más allá. "Me he visto en algunos apuros de hacerme cortes y que me hayan tenido que poner puntos, de echar medicamentos fuertes, pero realmente, gracias a Dios, nunca lo conseguí", agrega. Dejó de estudiar y estuvo ingresada en Sevilla y en Madrid. Y llegó un punto en el que, como las pastillas no le hacían "nada" —entre benzodiacepinas, antipsicóticos, antidepresivos y antiepilépticos— optó por otra vía "muy mala", la de fumar marihuana.
Dentro de las depresiones, hay pacientes que no responden a la medicación habitual. Es la denominada Depresión Resistente al Tratamiento, que en España tiene una incidencia media, según un estudio de 2021 del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental con participación del Clínic-IDIBAPS, de 0,93 casos por cada 1.000 personas, lo que significa que cada año hay 44.000 nuevas personas que padecen esta forma de depresión.
Marta Segovia llegó a tomar 15 pastillas diarias contra la depresión Cedida por Marta Segovia
Es el caso de Marta. "Mis padres estaban desesperados por buscar a alguien que me ayudase. Y en 2023, cuando yo ingresé por primera vez en Sevilla, mi madre empezó a buscar mejores psiquiatras, algo diferente, que no hubiésemos probado", afirma. Y es así que apareció la clínica del doctor Álvaro Moleón, psiquiatra también en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla y director Médico del Instituto Andaluz de Salud Cerebral (IASC). Es un referente en la técnica de la Estimulación Magnética Transcraneal (EMT), una modalidad no invasiva que consiste en aplicar, en diversas sesiones, impulsos magnéticos sobre determinadas zonas del cerebro para modificar su actividad mientras se va reduciendo la medicación progresivamente. Es usada principalmente en pacientes con depresión resistente.
Moleón y su equipo han desarrollado el conocido como "Protocolo Sevilla", que ha demostrado eficacia en el tratamiento de personas que sufren depresión y ansiedad a la vez, como le ocurría a Marta, a quien esa terapia le ha alumbrado la luz al final del túnel: "Me veo ahora con casi tres pastillas de todo lo que tomaba y eso es motivación y felicidad, porque significa que hay un fin". Asegura que ha recuperado el control de su vida y ha vuelto a estudiar. Se prepara para ser técnica en cuidados auxiliares de enfermería, pero va más allá. "Tengo mucha ilusión porque quiero estudiar Enfermería y sé que lo voy a conseguir", desvela.
Los pros y contras de los psicofármacos
Según el Centro de Referencia de Atención Psicosocial a Personas con Trastorno Mental Grave (Creap), los psicofármacos se usan para tratar enfermedades de salud mental y trastornos mentales graves. Se clasifican en cuatro grandes grupos: antidepresivos —para tratar la depresión u otra variedad de trastornos—, ansiolíticos —para la ansiedad y el insomnio—, hipnóticos o somníferos —emparentados con los anteriores—, estabilizadores del estado de ánimo —especialmente para el trastorno bipolar— y antipsicóticos, principalmente para tratar la esquizofrenia y los trastornos bipolares.
"¿Los psicofármacos son positivos? Evidentemente cuando están bien prescritos", explica el doctor Moleón a RTVE Noticias. Deben ponerse, asevera, "en un marco temporal concreto, sin dejarlos de forma indefinida, sobre todo los que son más adictivos, como las benzodiacepinas o las metanfetaminas". Esos últimos son fármacos que también emplean los psiquiatras para el abordaje del trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Hay otros, como los antidepresivos o los estabilizadores del ánimo que tienen "menos potencial adictivo".
El psiquiatra remarca que este tipo de medicamentos son necesarios para gran parte de quienes no pueden curarse con un abordaje psicoterapéutico. Pero pueden tener consecuencias negativas, como adicción si no se retiran a tiempo o se pautan de forma indefinida o sin una supervisión estrecha. Y efectos secundarios a nivel cognitivo, fallos de atención, somnolencia, ganancia de peso, disfunción sexual o cefaleas. La aparición de la EMT ayudará, según agrega, a que en los próximos años pueda haber menos pacientes dependientes de benzodiacepinas y de otro tipo de psicofármacos.
Vivir en la "inopia"
Nil, que tiene 27 años y vive en la provincia de Tarragona, acudió en 2021 a su médico de cabecera porque se sentía en una temporada floja, con mucha ansiedad y dándole muchas vueltas a la cabeza. Y le recetó citalopram, un antidepresivo. "Me dijo que era una buena opción para intentar desestresar un poco (...) El tema está en que yo no era consciente de que eso creaba dependencia", relata a RTVE Noticias.
Con esa medicación estuvo poco más de un año. Cuenta que al principio le ayudó a eliminar la sensación de ansiedad y el caos mental, pero se convirtió en un "arma de doble filo", ya que además de no solucionar el origen del problema sentía que vivía en una "inopia", donde nada le importaba, lo que le privó de la capacidad de decidir, le quitó motivación y le impidió afrontar los problemas.
"Al final creas cierta dependencia y tolerancia. Había momentos en los que a lo mejor un día una pastilla ya no me hacía nada y me tenía que tomar dos". Algo que decidía él mismo, pese a las pautas dadas por su médico. "Porque te dan una pauta de medicación al mes y yo pues a lo mejor estaba dos o tres días que no me las tomaba y después llegaba un día que me tomaba dos o tres de tirón... o cosas así. No seguía mucho la pauta, pero el bienestar que aportaba era mayor que la preocupación, de decir, 'lo estoy haciendo bien o mal', pues lo hacía igual", confiesa.
Y llegó el momento en que decidió dejarlas de golpe, algo tampoco recomendable. "Un día en que me excedí un poco con la dosis y me pegó un viaje bastante feo de sentirme mal. Y a partir de ahí dije 'no más', y tuve suerte porque yo me sentía enganchado pero el hecho de dejarlo no supuso tampoco un trauma muy grande en mí", reconoce.
Cuatro años después de dejar las pastillas, considera que quizá hubiera sido más aconsejable empezar con una terapia psicológica antes que con medicación. "Siempre he pensado que los médicos se enfocan mucho en el 'te doy un par de pastillas' y ya está. Creo que los enfoques que se dan en atención primaria y otros niveles sanitarios es bastante pobre", opina, convencido de que se parchean los síntomas en lugar de buscar "la raíz" del problema u ofrecer otras alternativas.
Aumento de trastornos en menos de una década
La Base de Datos Clínicos de Atención Primaria (BDCAP) del Ministerio de Sanidad recoge que los problemas de salud mental más frecuentes en 2024 —el último año con estadísticas disponibles— fueron la ansiedad, con 116,23 casos por cada 1.000 habitantes; los trastornos del sueño, con 93,8 casos, y la depresión, que afecta a 50 personas por cada 1.000. Cifras que han crecido considerablemente desde 2016, cuando afectaban a 61,9, 49,6 y 39,1, respectivamente.
En menores de 25 años, los más frecuentes son la ansiedad (34,6 casos por 1.000 habitantes), seguidos de los problemas específicos del aprendizaje (31,9) y de los trastornos del sueño (27,2). Todos ellos han aumentado desde 2016, con incrementos del 36,4%, 39,4% y 36,3%, respectivamente.
El mismo estudio revela que España es el segundo país de la Unión Europea con menor inaccesibilidad declarada a la salud mental por motivos económicos. El 2,8% de la población declara no haber podido acceder a la atención por ese motivo; la cifra más elevada de la última década. Algo que afecta más a mujeres (3,6%) que a hombres (2 %). Mientras que el grupo de edad más afectado es de 25 a 34 años, (5,9%).
"Mis momentos de depresión han sido provocados por antipsicóticos"
Ramón fue diagnosticado de trastorno bipolar. Desde 1995 ha pasado por numerosos ingresos hospitalarios y ha experimentado momentos de gran euforia, así como fases depresivas e intentos de suicidio inducidos, según su perspectiva, por los propios antipsicóticos que le recetaban. Una medicación que a su juicio frena el cerebro y anula a la persona.
"La mayoría de psiquiatras prescriben ya para toda la vida. Y eso degenera. Entonces sí que se hace crónico y dependiente, porque si lo quieres retirar hay lo que se llama síndrome de abstinencia", argumenta. Y afirma que mucha gente está "sobremedicada" y acaba en pisos tutelados, residencias o "zombificada".
La alternativa a cronificar la medicación en afecciones de salud mental, pasa según él, por ejemplo, por enfoques basados en el diálogo abierto y el acompañamiento emocional de expertos, el autoconocimiento y la espiritualidad. "Algo más humano, porque imagínate cuántas veces he ido yo a urgencias antes y lo único que me daban como solución era un pinchacito, que está en la sangre igual cinco días. Y para casa. Eso no es solución", dice.
Ramón, de 52 años y vecino de Valencia, es presidente de grupos de apoyo mutuo, y revela que actualmente toma estabilizadores del humor y antiepilépticos que espera poder reducir con su psiquiatra en un par de años. De forma puntual, también recurre a la olanzapina o quetiapina, "para bajar un poco el tráfico de pensamientos y emociones".
"La putada es que a veces (la medicación) es necesaria puntualmente, pero ahí está el concepto de cronicidad, que la mayoría de psiquiatras te la alarga y te la alarga y durante ese alargamiento hay gente que la acepta de tal forma que le da miedo. Y sobre todo si tú no sustituyes con tu conciencia, la confianza en ti mismo y tu alma, pues después te quitan un poco de medicación, salta tu historia mental y con unas cuantas recaídas ya tienes miedo a que te lo quiten", concluye.
El consumo de antidepresivos sigue al alza
En 2021, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) llegó a ubicar a España como el país con mayores tasas de consumo de benzodiazepinas, que suelen recetarse para dormir mejor por su efecto ansiolítico, hipnótico y relajante muscular.
Un estudio publicado en 2024 por el Ministerio de Sanidad a partir de la BDCAP revela que, entre 2019 y 2022 y en mayores de 40 años, el uso de antidepresivos mantuvo una tendencia de crecimiento constante, mientras que el de ansiolíticos registró un repunte puntual durante la fase aguda de la pandemia de covid-19 para retornar progresivamente a niveles prepandémicos, y el de hipnóticos y sedantes permaneció constante.
El análisis indica que los psicofármacos son más consumidos por mujeres, personas mayores, desempleados y colectivos de menor renta y residentes en municipios pequeños. También por más españoles que extranjeros. Y, según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, el lorazepam es, por lejos, el ansiolítico más consumido, seguido por el alprazolam. Mientras que el escitalopram y la sertralina son los antidepresivos más recetados.
La misma agencia recoge cómo las dosis de antidepresivos han pasado de apenas 65 al día por cada 1.000 habitantes a superar las 100 dosis.
Las mujeres consumen entre 1,5 y 3 veces más psicofármacos que los hombres en todos los grupos analizados. La diferencia más pronunciada se observa en los antidepresivos.
"Rosario, no te puedo mandar más. Estás tomando la máxima"
El estrés, los cambios laborales y las preocupaciones para sacar adelante a sus tres hijos llevaron a Rosario, que vive en Villaverde del Río (Sevilla) y tiene 71 años, a caer en depresión. "Yo lo que intenté era luchar y luchar y luchar. Vamos, mi marido y yo los dos, claro", dice. En ese delicado estado estuvo durante más de dos décadas. "Tengo una bicicleta que me regaló mi hijo el mayor y me entraban ganas de tirarme al río. Porque ya era tan grande la desesperación que ya no podía más. Un día y otro, que son muchos años, 20 años enferma", afirma, convencida de que este mal "primero te jode la vida a ti, pero después también a los demás".
En 2001, tras un año de baja, le concedieron la incapacidad absoluta. Pero la cosa fue "cada vez peor". "De la butaca al sillón, hacía la comida porque no tenía más remedio que hacerla. Una persona que nunca ha tenido depresión no tiene ni idea de la enfermedad", recalca. Y su día a día eran las pastillas. "Me dijo el psiquiatra de la Seguridad Social... 'Rosario, es que no te puedo mandar más. Es que te estás tomando la máxima que hay", revela.
"Coño, yo me puse 20 kilos. Que las pastillas te engordan, y el reposo que yo tenía…", apostilla. Y no notaba que le fueran bien. "Como si no me tomara nada, exactamente igual". Sus hijos le insistían en ir a la playa o a una casa rural y ella no se sentía con fuerzas.
Rosario sufrió depresión durante dos décadas Cedida por Rosario
Y, al igual que a Marta, a ella le funcionó la EMT. Fueron sus hijos los que la animaron a probar suerte. A las 11 sesiones, asegura, ya se encontraba bien. Y ahora se siente curada. Ya no toma más pastillas salvo la del azúcar y la de la tensión. "Pero de depresión, nada", concluye.
Uno de los condicionantes de esa técnica no invasiva de neuroestimulación —con tecnología que requiere gran inversión— es su aún limitada y desigual implantación en la sanidad pública, lo que supone elevadas listas de espera. Y en la privada, los costos son altos. "Mamá, tú por el dinero no te preocupes, que nosotros estamos aquí y lo pagamos", recuerda Rosario lo que le dijeron sus hijos antes de ir a la clínica. "Una vez que tú ya te curas, ni te acuerdas del dinero. (...) La gente pide préstamos para ir al Rocío, para las comuniones, para comprarse un coche... ¿Qué mejor que mis hijos han gastado el dinero en mí?", sentencia.
La prescripción segura
Cristina García del Campo es presidenta de la Asociación de Afectados por Fármacos (ADAF), como el Nolotil y la finasterida, recetada para frenar la alopecia androgénica y reducir la hipertrofia prostática benigna. Pero también recibe consultas por los efectos secundarios de los antidepresivos. Entre los principales problemas de estos, según advierte en declaraciones a RTVE Noticias, están su mal uso, la falta de seguimiento o la ligereza en su prescripción. “Nosotros aquí no estamos en contra de los medicamentos. Pueden salvar vidas. Lo importante es darlos cuando toca y de la forma adecuada”, remarca.
“En ADAF lo que más nos interesa es proteger la seguridad del paciente en la prescripción segura. (...) Si podemos evitar que la gente tenga que tomar todos estos medicamentos o, por lo menos, que no se polimedique, pues esto es lo que queremos hacer, no solo actuar cuando el daño ya ha sido causado”, agrega.
ADAF tiene como fin luchar por la seguridad en el uso de medicamentos y que se respeten los derechos de los consumidores en eventuales negligencias, falta de información o efectos secundarios no advertidos. Cuentan con un equipo médico que asesora en las investigaciones y acciones de la asociación.