La OMS cree que el brote de ébola en la República Democrática del Congo puede controlarse en tres meses
- El brote ha dejado ya 2.325 muertos y se ha extendido a seis provincias congoleñas
- La variante Bundibugyo no dispone aún de vacuna autorizada ni de tratamiento específico
La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que aún es posible frenar en un plazo de tres meses el brote de ébola que afecta a la República Democrática del Congo, pese a que los contagios avanzan actualmente con mayor rapidez que las medidas desplegadas para contenerlos.
El organismo había señalado a comienzos de agosto que ese periodo podría bastar para revertir la propagación del virus. Sin embargo, desde entonces la situación ha empeorado y el brote se ha extendido ya a una sexta provincia del país.
El responsable de la OMS para la gestión de esta emergencia, el doctor Thierno Baldé, ha explicado desde la ciudad congoleña de Bunia que el objetivo sigue siendo viable, aunque depende de que la respuesta internacional disponga de los recursos necesarios.
Declaraciones que chocan con los datos
Las declaraciones del funcionario de Naciones Unidas llegan cuando los datos de contagio presentan un panorama mucho menos halagüeño. La epidemia, declarada oficialmente el pasado 15 de mayo, ya se ha convertido en el peor brote de ébola registrado en la República Democrática del Congo.
El último balance del Instituto Nacional de Salud Pública congoleño eleva a 4.945 los casos confirmados y a 2.325 los fallecidos, después de que en solo 24 horas se notificaran 101 nuevos contagios y 33 muertes.
Estas cifras superan las del brote que afectó al este del país entre 2018 y 2020, que dejó 2.299 muertos, y convierten el actual en el segundo más mortífero documentado en el mundo, únicamente por detrás de la epidemia que causó más de 11.000 fallecidos en África occidental entre 2014 y 2016. La transmisión alcanza ya seis provincias congoleñas, después de que la semana pasada se confirmara en Bas-Uélé la muerte de una persona infectada.
La expansión se atribuye a la detección tardía de numerosos casos, la precariedad de los servicios sanitarios, la inseguridad provocada por los grupos armados y las dificultades para acceder a algunas comunidades. También complican la respuesta la movilidad de la población, la desinformación y la desconfianza hacia los equipos médicos.
Buena parte de los nuevos contagios y fallecimientos se están produciendo fuera de las cadenas de contactos conocidas, lo que apunta a la existencia de focos de transmisión que todavía no han sido identificados.
El brote está causado por la variante Bundibugyo, para la que todavía no existe una vacuna autorizada ni un tratamiento específico, aunque se están realizando ensayos clínicos con varias opciones.
Por el momento, la OMS ha enviado más de 200 especialistas y alrededor de 300 toneladas de suministros, mientras Naciones Unidas ha anunciado otros 30,5 millones de dólares para reforzar la respuesta. La epidemia está considerada desde mayo una emergencia de salud pública de importancia internacional.
La desconfianza y los bulos dificultan la respuesta sanitaria
Una de las problemáticas para el control efectivo del brote es la desconfianza hacia las autoridades por parte de las comunidades. Los estudios comunitarios de la Federación Internacional de la Cruz Roja (IFRC) muestran que parte de la población todavía cuestiona la existencia de la enfermedad o contempla con recelo la respuesta sanitaria. Algunos centros de tratamiento son percibidos como lugares "donde la gente va a morir", una idea que favorece el rechazo de los traslados y, en algunos casos, ha desembocado en agresiones contra el personal humanitario.
Uno de los altercados más graves se produjo el 21 de mayo en Rwampara, en la provincia de Ituri. Una multitud incendió dos tiendas con ocho camas instaladas por la organización médica ALIMA en el hospital general de la localidad, después de que la familia de un futbolista considerado caso sospechoso rechazara que hubiera muerto de ébola y reclamara su cuerpo para enterrarlo. Los seis pacientes atendidos en esas instalaciones continuaron recibiendo cuidados en el hospital, mientras la Policía empleó gases lacrimógenos y realizó disparos de advertencia para dispersar a los manifestantes.
Voluntarios de la Cruz Roja vestidos con equipos de protección personal trasladan el cuerpo de una víctima de la enfermedad del virus del Ébola desde el centro de salud de Rwampara, en la provincia de Ituri AFP
También en junio, los equipos sanitarios fueron expulsados del campamento de desplazados de Kpangba, de unas 30.000 personas, cuando intentaban rastrear a quienes habían estado en contacto con dos mujeres fallecidas. Algunos residentes negaban que las muertes estuvieran relacionadas con el virus y los sanitarios no pudieron continuar el seguimiento de los contactos.
En otro incidente ocurrido el 1 de junio en Bunia, varios voluntarios de la Cruz Roja resultaron heridos cuando una multitud trató de abrir un ataúd durante un entierro seguro, alentada por el rumor de que estaba vacío. Uno de los trabajadores tuvo que ser evacuado a Kinshasa y permaneció allí 46 días.
Entre las informaciones falsas documentadas figuran que el ébola ha sido inventado para obtener financiación internacional, que determinados remedios tradicionales permiten prevenirlo, que los productos desinfectantes sirven para envenenar a la población o que los equipos de la Cruz Roja se apropian de los cadáveres para traficar con sus órganos. Estos rumores dificultan la notificación temprana de los síntomas, el rastreo de contactos, la desinfección de viviendas y los entierros seguros.
No obstante, la desinformación es solo uno de los factores que explican las dificultades para controlar la epidemia, junto con el conflicto armado, las carencias del sistema sanitario y los problemas de acceso a determinadas comunidades. La OMS ha advertido de que siguen produciéndose muertes en domicilios y fuera de los centros de tratamiento y de las listas de contactos conocidos, lo que revela la existencia de cadenas de transmisión todavía sin identificar.
Para reforzar la confianza, la OMS ha recibido una ayuda de tres millones de dólares de la fundación Wellcome destinada a ampliar los estudios sobre cómo perciben las comunidades el brote y qué barreras encuentran para acceder a la atención.
Las evaluaciones realizadas hasta ahora han señalado la necesidad de comunicar con mayor rapidez los resultados de las pruebas, reducir los retrasos de las ambulancias, mejorar la capacidad de recepción de los centros y facilitar el acceso a líneas telefónicas de información.