Eclipses: el fenómeno fascinante que se convirtió en motor de la curiosidad humana y el progreso
- Según un estudio, pudieron impulsar el pensamiento crítico y el avance económico de las sociedades premodernas
- Presenciar un eclipse en la infancia aumentaba la probabilidad de acabar dedicándose a una carrera científica
Considerados por muchos como el fenómeno de la naturaleza más espectacular de todos cuantos existen, los eclipses solares siempre han despertado fascinación y curiosidad a partes iguales. Pero esa curiosidad pudo tener consecuencias que van mucho más allá del asombro momentáneo. Así lo plantea un estudio publicado en 2024 en 'The Economic Journal' por los economistas Anastasia Litina y Éric Roca Fernández, según el cual los eclipses solares pudieron haber impulsado, durante milenios, el desarrollo del pensamiento crítico y, en última instancia, el progreso económico de las sociedades premodernas.
La idea de partida es sencilla. Un eclipse total es uno de los pocos fenómenos naturales capaces de detener la vida cotidiana sin causar daño alguno. A diferencia de un terremoto o una erupción volcánica, no destruye cosechas ni mata a nadie, pero resulta tan desconcertante que exige una explicación. Esa necesidad de entender lo incomprensible, sostienen los autores, habría ejercitado durante generaciones la capacidad de razonar de las sociedades más expuestas al fenómeno.
Para comprobar esta hipótesis, los investigadores cruzaron el catálogo de eclipses solares ocurridos entre el año 2000 a. C. y 1500 d. C. con bases de datos que recogen información sobre cientos de sociedades tradicionales de todo el mundo, desde su densidad de población hasta la complejidad de su organización social. El resultado fue consistente: cuanto mayor era la exposición histórica a eclipses totales, mayores eran también el desarrollo económico, el nivel tecnológico y el capital humano de esas sociedades, medido mediante indicadores como la escritura, los calendarios o la presencia de juegos de estrategia.
"La evidencia respalda un papel significativo, persistente y gradual de los eclipses", comenta a RTVE Noticias Anastasia Litina, profesora de Economía en la Universidad de Macedonia e investigadora en la Universidad de Luxemburgo. "Las sociedades expuestas a más eclipses solares desarrollaron un pensamiento más complejo, mejor tecnología y asentamientos más densos y organizados". A su juicio, el efecto no se produjo de manera inmediata, sino que actuó lentamente "a través de una curiosidad que se va acumulando en capital humano a lo largo de generaciones".
Laboratorio natural
Litina y Fernández sostienen que los eclipses reúnen unas características muy poco frecuentes que los convierten en un laboratorio natural para estudiar el origen de la curiosidad. "Hay tres cosas que distinguen a los eclipses", explica Litina. "La primera es que son inofensivos. Los terremotos y las erupciones destruyen capital y matan gente, lo que neutraliza o directamente revierte cualquier beneficio cognitivo. La segunda es que son misteriosos pero resolubles. Siguen un patrón, se repiten, invitan a la predicción. Ese es precisamente el tipo de enigma capaz de sostener la curiosidad durante generaciones. La tercera es que son localizados y visibles". Esa combinación, añade, permite comparar sociedades con grados muy distintos de exposición al fenómeno y aislar su posible efecto sobre el desarrollo.
Éric Roca Fernández, profesor de de la Universidad Clermont Auvergne, resume el mecanismo propuesto por el estudio como una cadena de pequeños avances acumulativos. En una sociedad premoderna, explica, contemplar cómo el Sol desaparecía en pleno día era un acontecimiento extraordinario que invitaba a observar, registrar el fenómeno, compararlo con eclipses anteriores e intentar predecir cuándo volvería a producirse. Ese proceso no generaba riqueza de forma inmediata, pero sí podía traducirse en más capacidad de observación, pensamiento abstracto e interés por disciplinas como la astronomía, la geometría, los calendarios o la escritura.
"La idea central no es que un eclipse cause crecimiento económico de manera directa, sino que ciertos fenómenos naturales, cuando despiertan curiosidad y no destruyen recursos, pueden favorecer una cultura de observación y aprendizaje", apunta Roca Fernández a RTVE Noticias. "Esa cultura puede traducirse después en más conocimiento, mejores tecnologías y formas de organización social más complejas".
Según el investigador, en sociedades donde el conocimiento se acumulaba lentamente, pequeñas diferencias en la forma de observar y explicar el mundo podían terminar produciendo consecuencias importantes siglos después. Además, ese conocimiento tenía aplicaciones mucho más amplias que la mera comprensión de los eclipses: el desarrollo de la geometría podía facilitar la división de tierras, mientras que una mayor capacidad de abstracción podía trasladarse a ámbitos tan distintos como la planificación militar o la organización política.
Vidas dedicadas a la ciencia
Uno de los resultados más llamativos del estudio procede, sin embargo, de una base de datos moderna: Wikidata. Tras analizar más de 150.000 personajes históricos con fecha y lugar de nacimiento conocidos, los autores comprobaron que quienes habían presenciado un eclipse total entre los 5 y los 10 o 15 quince años tenían una mayor probabilidad de acabar dedicándose a la ciencia durante la edad adulta.
Litina considera especialmente relevante este hallazgo porque reproduce, a nivel individual, el mismo patrón observado en las sociedades. "Los datos a nivel individual también son llamativos: presenciar un eclipse en la infancia aumentaba la probabilidad de acabar dedicándose a una carrera científica", señala. No obstante, ambos investigadores insisten en que este resultado debe interpretarse dentro de su contexto histórico. Roca Fernández subraya que el efecto es especialmente intenso en épocas premodernas, cuando los eclipses todavía constituían un fenómeno difícil de explicar para la población. A medida que el conocimiento astronómico avanzó y los eclipses pudieron predecirse con precisión, ese efecto fue debilitándose.
Según Litina, este cambio resulta lógico. "A medida que mejoró la predicción de los eclipses, el fenómeno fue perdiendo su misterio y su capacidad de sacudir a la gente hacia el pensamiento". El ligero repunte observado durante el Renacimiento sugiere, sin embargo, que el papel de los eclipses volvió a transformarse: dejaron de ser únicamente un fenómeno que exigía una explicación para convertirse en una oportunidad de observación y refinamiento del conocimiento dentro de una cultura que empezaba a valorar cada vez más la investigación sistemática.
Según el estudio, presenciar un eclipse en la infancia aumentaba la probabilidad de acabar dedicándose a la ciencia. Rene Mansi RENE MANSI / GETTY IMAGES
Explicaciones sobrenaturales y pensamiento crítico no son incompatibles
Los investigadores también trataron de averiguar si esa relación entre los eclipses y el desarrollo podía explicarse por la religión, dado que durante milenios estos fenómenos fueron interpretados como presagios o manifestaciones sobrenaturales. Sin embargo, los resultados apuntan hacia otra dirección. Los pueblos más expuestos a eclipses no mostraban una mayor propensión a desarrollar vocaciones religiosas, lo que refuerza la idea de que el principal mecanismo fue la curiosidad y el razonamiento, más que la búsqueda de consuelo espiritual.
Litina, no obstante, introduce un importante matiz. "Es una tensión legítima y conviene precisarla. Sí encontramos una asociación positiva entre la exposición a eclipses y la complejidad de las creencias en un dios supremo en el Atlas Etnográfico. Así que no estamos afirmando que la religión no juegue ningún papel". Lo que muestran los distintos conjuntos de datos, explica, es que esa relación desaparece cuando se analiza el folclore y que, a nivel individual, haber presenciado un eclipse no aumentaba la probabilidad de acabar desempeñando una ocupación religiosa. "Tomado en conjunto, todo apunta a que la religión no es el canal principal".
En realidad, añade la investigadora, las explicaciones sobrenaturales y el pensamiento crítico no son incompatibles. "Tratar de explicar un eclipse a través de la mitología sigue exigiendo construir una narrativa, identificar causa y efecto y transmitir ese razonamiento a lo largo de generaciones. El esfuerzo cognitivo se produce independientemente de que la conclusión sea científica o religiosa. Lo que importa para nuestro argumento es el proceso de pensamiento, no la respuesta a la que llega". Con el tiempo, sostiene, ese ejercicio intelectual fue acumulándose en forma de capital humano y favoreciendo explicaciones cada vez más precisas y complejas.
Los autores encontraron además indicios de ese proceso en distintos indicadores culturales. Las sociedades más expuestas a eclipses desarrollaban antes la escritura, mostraban mayores avances en geometría y registraban con más frecuencia juegos de estrategia. Para Roca Fernández, estos elementos reflejan habilidades cognitivas relacionadas con la planificación y el razonamiento abstracto.
"Un ejemplo sencillo es comparar tres tipos de juegos", explica. "Lanzar unos dados y ver quién obtiene la puntuación más alta es básicamente un juego de azar. Una carrera o un combate dependen sobre todo de fuerza, velocidad o habilidad física. En cambio, un juego de estrategia exige planificar, anticipar lo que hará el rival, gestionar riesgos y tomar decisiones con información incompleta". Que este tipo de juegos aparezca documentado en una sociedad, añade, sugiere que esas capacidades eran especialmente valoradas.
El investigador pone como ejemplo el Juego Real de Ur, practicado en Mesopotamia hace unos 4.600 años. Aunque incorporaba elementos de azar, también obligaba a tomar decisiones estratégicas sobre cuándo avanzar, qué piezas mover y qué riesgos asumir, una lógica similar a la del backgammon moderno.
La escritura y la geometría encajan en el mismo esquema. Comprender un fenómeno celeste tan infrecuente no basta con observarlo una sola vez: es necesario registrar lo ocurrido, transmitir esa información y compararla con observaciones anteriores. La geometría resulta especialmente importante porque la predicción de eclipses depende de entender la posición relativa del Sol, la Tierra y la Luna, así como sus ciclos y alineamientos. Precisamente por eso, el estudio detecta un mayor desarrollo de estos indicadores de capital humano en las sociedades con una exposición histórica más intensa a eclipses.
Poderoso motor del conocimiento
Los autores insisten, sin embargo, en que sus conclusiones no deben extrapolarse sin más al presente. El hallazgo de que quienes contemplaban un eclipse total entre los cinco y los quince años tenían más probabilidades de dedicarse después a la ciencia corresponde principalmente a épocas en las que estos fenómenos seguían siendo difíciles de explicar. En la actualidad, la situación es muy distinta.
"Hoy sabemos perfectamente qué es un eclipse y podemos predecirlo con enorme precisión", señala Roca Fernández. "Pero eso no significa que haya perdido valor educativo. Al contrario: precisamente porque lo entendemos, puede ser una oportunidad muy potente para mostrar a los niños que la ciencia permite explicar y predecir fenómenos que parecen extraordinarios". Para los autores, ese sigue siendo el principal legado de los eclipses: recordar que el asombro, cuando va acompañado de preguntas y de herramientas para responderlas, puede convertirse en un poderoso motor del conocimiento.