Borja Domecq: "Criar toros bravos es una pasión que no tiene hora de cierre"
- El trabajo minucioso es necesario para el reconocimiento de una ganadería que se quiera preciar
- La selección genética profesionalizada cobra cada vez más importancia
La ganadería Jandilla, que cría sus toros bravos en la finca “Don Tello” de Mérida, participa durante 2026 en doce corridas en otras tantas ciudades de España y el sur de Francia. Son 74 de sus astados los que toman parte en estos festejos donde se calibra, como dice Borja Domecq Noguera, copropietario del hierro, el encaste y la bravura de sus reses.
Fue su padre, Borja Domecq y Solís, quien adquirió esta dehesa extremeña en 1999 para dar continuidad a la ganadería. Y desde 2016 su hijo, del mismo nombre, gestiona la finca. Comparte la propiedad con su hermana Fátima y ambos encarnan una de las ramas de la cuarta generación de un linaje entregado por entero al mundo de la lidia. En 1930, su bisabuelo, el ganadero gaditano Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio fundó esta vacada cuidando de sus primeras reses en Vejer de la Frontera.
El encaste del ganado hace más fácil que el hierro perdure
Hoy, Jandilla es un nombre destacado en el universo del toro. Borja Domecq asegura que para llegar a esa distinción el trabajo concienzudo y disciplinado a lo largo de todo el año es fundamental e imprescindible. “Nada es por casualidad,” explica, “todo comienza con la selección genética de sementales y madres para buscar un tipo de encaste que embista bien en la lidia”.
“Hay un trabajo detallado y bien medido en el cruce de ejemplares“
Para él, el toro de Jandilla debe responder a un fenotipo muy identificable: un astado fino de hechuras, alzada media, cuello largo y lomo recto. Pero la morfología del animal no lo da todo. “Hay que saber llevar la crianza con tino,” matiza, “y para eso se necesita un trabajo en equipo donde se unan como piezas de un puzle el ganadero, el mayoral, los pastores y los auxiliares de campo. Borja Domecq pone un ejemplo de esa tarea minuciosa que da idea de la entrega que requieren las ganaderías de reses bravas. Recuerda cómo su padre, cuando compró la finca “Don Tello”, determinó que cada cercado donde pastan los toros tuviera una pendiente en su configuración. “Al animal,” dice, “no le gusta que cuando llegan las semanas lluviosas su espacio vital esté encharcado, de tal forma que si dispone de una parte alta en su terreno siempre tenderá a descansar en ese lugar”.
“El toro huye del terreno encharcado y con lodo“
Saber identificar lo que cada plaza demanda
Esa minuciosidad en el trabajo, detalla el ganadero, es la que explica que criar una cabaña de reses bravas sea como un negocio que cubre los tres turnos del día sin horario de cierre durante los doce meses del año. “Hasta tal punto,” asegura Borja Domecq, “que el ganadero incluso debe estar pendiente de qué tipo de toro quiere cada plaza y cada ciudad. Por ejemplo, al aficionado de Sevilla le gusta el toro guapo y elegante de hechuras, al de Madrid el toro grande, con más cara y bien rematado, y al de Pamplona el morlaco descarado de pitones que provoque un murmullo entre los espectadores cuando salte a la arena”. Sobre esta base, termina diciendo el empresario, criar toros bravos es el oficio más sugerente de los que se pueden disfrutar a cielo abierto en contacto permanente con la dehesa y la naturaleza.