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José Sacristán entrega su sombrero "mágico" a la Caja de las Letras: "Era como la lámpara de Aladino"

  • La caja fuerte del Instituto Cervantes recibe el depósito del actor de Chinchón
  • A punto de cumplir 89 años, hace pocos días anunció que se retiraba del cine
José Sacristán entrega su sombrero "mágico" a la Caja de las Letras: "Era como la lámpara de Aladino"
José Sacristán ha entregado su sombrero "mágico" a la Caja de las Letras: "Era como la lámpara de Aladino" Alejandro Martinez Velez Alejandro Martínez Vélez / Europa Press
Javier Villuendas
Javier Villuendas

A punto de cumplir 89 años, y con codiciable frescura, la razón que esgrimió José Sacristán para dejar el cine en su caso la entiende hasta quien predica una cultura del esfuerzo extrema. "No quiero madrugar más", le dijo a David Broncano en ‘La Revuelta’ hace unos pocos días. Y todos los medios se lanzaron a dar la noticia, claro. 

Son casi 70 años de trayectoria. Lo merece. Y lo argumentó: los rodajes requieren una dedicación enorme y unos horarios que ya no le apetecen. Seguirá en el teatro, donde solo descansa los lunes, por cierto, ahora con El hijo de la cómica, en el Teatro Bellas Artes. Y este miércoles, casualmente o no, el intérprete ha depositado su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, un nuevo reconocimiento a toda su trayectoria.  

Actor esencial del cine, televisión y teatro de nuestro país, José Sacristán debutó profesionalmente sobre las tablas en 1960, trabajo que, desde 1965, compaginó con el cine, y la televisión hasta hoy. Y qué decir… El viaje a ninguna parte, La vaquilla, El diputado o Magical girl y muchísimas muchísimas más. Ha recibido un Goya y otro de Honor, dos Conchas de Plata del Festival de Cine de San Sebastián o el Premio Nacional de Cinematografía en el año 2021. 

"Mi primer vestuario como actor"

El actor depositó el libreto de la obra de teatro que le cambió la vida (‘La pulga en la oreja’ se titulaba, "de la noche a la mañana todo fue diferente"), también el visor que utilizó en sus tres películas como director o el primer libro de su tío con el que tomó conciencia de la clase obrera así como algunos otros recuerdos familiares que han sido claves para dedicarse a la actuación, como un cuaderno de su padre campesino, que en la cárcel en la posguerra escribía versos, y un una edición del Quijote que su padre cambió en esa misma cárcel de Ocaña en los años 40 por tabaco. Y Sacristán lo ha legado como un tesoro pues fue el primer Quijote que leyó. 

Y también ha hablado de un sombrero con “un efecto mágico, un sombrero que estaba en una caja de cartón en la cámara de mi pueblo en Chinchón. Yo trepaba por las escaleras a la cámara y sacaba el sombrero. Y cuando yo tocaba este sombrero y me lo ponía, tenía un efecto mágico. Podía decir que era como la lámpara de Aladino, como la cueva de Alibaba o la alfombra mágica del ladrón de Bagdad. Fue mi primer vestuario como actor. Este sombrero maravilloso”, de su abuelo materno, que le permitió desde entonces y por siempre fantasear. Sacristán volvió a él en numerosas ocasiones en la charla. Ah, y cuando colocó todo en la caja, bromeó: "Ya no queda nada, ¿me meto yo?".

De hecho, volviendo posteriormente al sombrero "mágico", Sacristán recordaba: "Cuando yo tocaba el sombrero tenía capacidad de ser otros, de fabular. Y también de saber de donde vienes, quién eres. Pertenecer al campesinado castellano de la guerra y la posguerra a mí me impulsa y me da fuera. Yo soy el sombrero, más programas de cine más lo que me pasaba por allí. Y este niño de 88 años se lleva poco con aquel. Tiene su misma idea de lo que se tiene que respetar".

Optimismo melancólico

En la presentación de esta honra, Luis García Montero, el director del Instituto Cervantes, ha apuntado que no es solo la recepción de un legado particular sino "la conciencia de que lo que estamos custodiando no son solamente unos objetos sino una manera de encarnar la cultura española a lo largo de más de seis décadas". Y también recordó una expresión que les une, la del optimismo melancólico, "una forma de mirar al mundo en el que se sabe que el tiempo pasa, que nada permanece para siempre y que detrás de una ilusión hay un derrota. Y que de la derrota van a surgir nuevas ilusiones", comentaba el poeta mientras Sacristán escuchaba emocionado, impresionaba su concentración.  

El Goya por ‘El Muerto y ser feliz’ comenzó el acto explicando que le iba a "costar articular palabra, aunque sea mi oficio" para acto seguido explicar cuáles y por qué son los objetos que ha decidido entregar en la caja 1324 e iniciar un despliegue de anecdotario y memoria por instantes apabullante. Y no menos divertido. "La gente se va a ir muy preocupada del estado de tu memoria", ha ironizado David Trueba, participante en el acto. 

Con su compañera de vida, Amparo Pascual, como testigo de vida, y Trueba y Natalia Menéndez como testigos a secas, el intérprete ha recordado que él quería ser de pequeño Tyrone Power ("y me he quedado en esto") , una fórmula que repetiría después con aún más gracejo cuando reflexionó acerca de su potencial real para el cante: "Soy una tonadillera frustrada. Yo quería ser Juanita Reina y me he quedado en esto”. Y también ha recordado sus inicios formativos durante la mili en Melilla leyendo a Stanislavski para aprender ‘El método’, aunque no entendiera nada entonces. A día de hoy, fracciona: “Mi método sigue mitad Stanislavski, que es la teoría. Y mitad la Niña de los Peines, que es la práctica. Ella decía: ‘El verdadero flamenco empieza donde acaban las facultades'"

"Insisto en lo de la conciencia de clase"

Entonces Trueba ha "invitado" al encuentro a Fernando Fernán Gómez, cuando este le comentó una vez que la gente iba al teatro a ver equivocarse a los actores. Y, por tanto, le ha preguntado al actor por su mayor error sobre las tablas. Sacristán se ha desviado un poco del tema y ha hablado de "la tos insolente" de alguien alguna vez o demasiadas veces en el público. Y cuando eso ocurre, mira "al energúmeno" y repite lo que acaba de decir. "Solo lo puedes hacer tres o cuatro veces, claro". Una vez le ocurrió que su mujer al día siguiente fue al cine y escuchó a dos señoras que comentaban: "Fui a ver lo de Sacristán, está viejo. No para de repetirse".

"O ayer, por ejemplo. Fue un día que tuve que decirlo: 'A todos muchísimas gracias por la generosidad de vuestro aplauso y a algunos, por favor, cuidaros los bronquios", provocando la risa del personal. Y después añadir: "Recuerdo en el estreno de Amadeus, en el Apolo, que es una cosa inmensa. Ahí dije: 'Muchas gracias. Gracias por vuestro aplauso y gracias por vuestra presencia, sobre todo en algunos casos dado el precario estado de salud.... que hayáis venido al teatro hechos una puta mierda no sabéis cuánto lo agradezco".

Y llegado al final, tras aquel apunte sobre la excelsa memoria de Sacristán, el actor ha evocado los cuadernos que su padre copiaba en la cárcel, el de las poesías, una en concreto titulada Un duro año, recitando "Monte arriba, cara al viento, buscando reposo y calma, íbame yo muy contento, dándole descanso al alma... y por no leerlo entero, había unas ovejas...Detrás de ellas, lentamente, dando al aire una canción y sacando indiferente su mendrugo del zurrón, venía un pastor, un niño, un imberbe zagalejo, que me inspiró ese cariño que es tan súbito en un viejo. —¡Hola! ¿eres el pastor? —Sí señor, ¿qué se le ofrece? —¿tienes padres? —no señor. —¿cuantos años tienes?– Trece. –¿Y cuanto ganas, amigo? —Un duro. —¿al día? ¡anda maño! —¿Un duro al mes? — ¡que no, digo! —¡Un duro al año! II Le dejé que se marchara y en el monte me senté, y avergonzado, la cara en las manos oculté... No sigo". Y el salón de actos ha prorrumpido entonces en un sonoro y largo aplauso, interrumpido por él cuando ha concluido: "Insisto en lo de la conciencia de clase".