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XXX Feria Ibérica de la Alfarería y el Barro

Salvatierra de los Barros, un pueblo que presume de alfareros, arrieros y bruñioras

  • La localidad celebra la XXX Feria Ibérica de la Alfarería y el Barro, del 28 al 31 de mayo
  • Un certamen transfronterizo que comparte sede con São Pedro do Corval, de Portugal
Alfareros, arrieros y bruñidoras de Salvatierra de los Barros - 28/05/2026
Julia Noriega - RTVE Extremadura

Tinajas, cántaros, botijos, jarros, platos... La alfarería de Salvatierra de los Barros cuenta con una larga tradición histórica. La localidad llegó a tener un centenar de talleres, que producían piezas artesanas, que después vendían por toda España. Una tarea, que hacían los arrieros, hombres sencillos que viajaban con burros, que portaban los cacharros en las angarillas, y que iban de pueblo en pueblo. En el Museo de la Alfarería de Salvatierra están detalladas las rutas, que recorrían toda España. También otros países como Francia o Suiza.

Hoy, Salvatierra apenas tiene arrieros, pero sí mantiene alfareros (una docena) y una feria considerada como "la feria monográfica de alfarería y cerámica más importante de Extremadura". Un certamen transfronterizo que comparte sede, desde hace más de tres décadas, con São Pedro do Corval (municipio luso, perteneciente a la Cámara Municipal de Reguengos de Monsaraz). Este año, le toca turno a la localidad española, que ha organizado un amplio programa de actividades: talleres de alfarería con el torno, cocina tradicional en barro, jornadas técnicas dedicadas a las bruñidoras, visitas guiadas... Además, la XXX Feria de la Alfarería y el Barro congrega a medio centenar de alfareros y ceramistas que exhiben y comercializan sus piezas en los puestos que hay instalados entre la Plaza de España y la del Atrio.

XXX Feria de la Alfarería y el Barro de Salvatierra de los Barros

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  • Alfarero en su taller modelando arcilla con herramientas y vasijas de cerámica sin esmaltar en un estante.

    Alfarero de Salvatierra de los Barros (Badajoz) modelando varias piezas en su torno

  • Arriero de Salvatierra de los Barros, vendiendo botijos y otras piezas de alfarería en Madrid

Para el alcalde de Salvatierra, Abel Caro, no es sólo una feria artesanal, "celebra la historia, las raíces de Salvatierra, el trabajo de muchas generaciones de familias artesanas". Una idea en la que insiste Candelario Vázquez, vicepresidente de la Asociación Cultural Amigos de Salvatierra. "Salvatierra ha sido el centro alfarero más importante de toda España. No se le ha dado renombre ninguno, porque fue una labor callada de muchos trabajadores que vivieron alrededor del barro. Hubo un centenar de talleres. La pena es que eso, poco a poco, se ha ido extinguiendo y cada vez quedan menos, unos diez o doce". Le pregunto ¿qué distingue a la alfarería de Salvatierra de los Barros de la que se hace en otras regiones? ¿Qué la hace especial? "El barro, un barro rojo, que se recoge aquí en los campos de la zona, y que tiene una porosidad especial, que consigue da frescor al agua, que sirve muy bien para la cocción de los alimentos... Todas las piezas que se hacían tenían un sentido muy práctico.

Un botijo gigante da la bienvenida a Salvatierra de los Barros

La vida ha cambiado mucho. Las prisas y el estrés se han llevado por delante la costumbre de cocinar en las cazuelas de barro, despacito y a fuego lento. En los pisos, cada vez con menos metros, no hay sitio para macetas y mucho menos para tinajas y jarrones que antes decoraban los zaguanes y los patios. También la nevera y el plástico han arrinconado al botijo, imprescindible hasta hace pocos años para tener agua fresquita en el verano. "Yo animaría a la gente a que volviera a usar los porrones (botijos) por la frescura que da el barro", dice Candelario Vázquez. "Hay estudios que demuestran que su porosidad hace que mientras más calor haga fuera, más suda el barro, lo que consigue ese efecto de enfriado en el interior. Además, no hace falta ni enchufarlo y tampoco contamina".

A pesar de las nuevas costumbres y de la falta de relevo generacional aún perviven en Salvatierra una docena de talleres. El alcalde, Abel Caro, subraya que han sabido evolucionar, "han incorporado nuevos diseños y se han adaptado a las necesidades de hoy, sin perder la esencia de un oficio centenario".

Salvatierra llegó a contar con 100 talleres, del que vivían decenas de familias

Alrededor del barro vivía casi todo el pueblo (según el último censo, Salvatierra tiene 1.546 habitantes, aunque en épocas más florecientes ha superado los 4.000 vecinos). No sólo había alfareros, también acarreadores del barro, los que colaban, los que llevaban la leña a los hornos, los arrieros... "Piensa que si había 100 fábricas, éstas necesitaban gente para traer el barro, para colarlo, leña para los hornos, para orearlos, para bruñir las piezas y después había que cargarlas y distribuirlas. Fíjate en toda la gente que tocaba ese barro, la cantidad de oficios que había", explica el vicepresidente de la Asociación Cultural Amigos de Salvatierra.

Destaca especialmente el trabajo de los arrieros. "Ellos tenían sus burros. Cargaban los cacharros en las angarillas y se montaban en trenes, que partían de Badajoz a todas las regiones de España y también en el extranjero. Llevaban la carga y cuando la vendían, volvían a casa con las perras que hubiesen hecho. Pasando todo tipo de penurias y calamidades. Imagínate esos arrieros en los años 50, 60 sin estudios ni idiomas, que iban a esos países de Europa, se buscaban la vida, vendían y después tenían que volver a casa".

Bruñidoras, las mujeres que dan alma al barro, "toa la vida alrreó de los cacharros"

 Si los arrieros fueron importantes, tampoco se quedaron atrás las bruñidoras, también conocidas como bruñeras o bruñioras. Su labor consistía en pulir y decorar las piezas de barro utilizando piedras de río, lo que hacía que tuvieran superficies suaves y brillantes sin necesidad de ningún esmalte. También conseguían una identidad propia, mediante dibujos hechos con una técnica artesanal, que se ha ido transmitiendo de generación en generación. Manuela Pérez Vinagre nos cuenta que nació hija de alfareros, nieta de alfareros y que luego se casó con un arriero, "toa la vida alrreó de los cacharros". "Mi padre estaba en la rueda, hacía los cacharros, pero mis hermanas y mi madre teníamos que coger las tablas donde ellos ponían los cacharros y las subíamos a los doblaos. Las mujeres les poníamos la boca y el piche, que se llamaba gobernarlo".

La Asociación Cultural Amigos de Salvatierra les rinde homenaje con una exposición en Casa Julio Vaca que lleva por lema "Manos que dan alma al barro". Como las de Petri Vázquez García, otra alfarera. Le pregunto ¿cómo se realiza el bruñido? "Cuando la pieza está en su punto adecuado de humedad. Con saliva y una piedra pulida. Tengo la de mi madre y tengo la mía. Tiene que ser con saliva, humedeciendo muy poco, porque con agua se estropearía el botijo, que aún no está cocido". Así alisaban los poros del barro hasta obtener un acabado brillante. El proceso incluía: el listeado (que delimita mediante franjas las zonas decorativas de la pieza, como la panza, la base, las asas o la boca); el motivo decorativo o rameado, formado por dibujos geométricos, florales y vegetales. 

Chingue grande, colegial, mico o pistolo

El trabajo de las bruñidoras se contabilizaba mediante un sistema tradicional conocido como la raya. Cada marca representa una cantidad de piezas terminadas, según su tamaño: Embeleco,18 piezas. Chingue grande, 24. Chingue chico, 30. Colegial, 36 piezas. Mico, 60 y Pistolo, 72 piezas. "A lo mejor para dos rayas te tirabas medio día", comenta Petri. Un trabajo esencial en la alfarería que, sin embargo, siempre estuvo muy poco valorado. Manuela recuerda que apenas se pagaba. "Se cobraba poquísimo. Tenías que hacer dos o tres rayas e irte a dos o tres alfarerías. Yo bruñía en mi casa y en la de los vecinos. Te iban arrayando en una libreta y cuando tenías cinco o seis rayas, te las pagaban y eso te daba para algún caprichino, como comprarte un vestido para las fiestas".