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‘Tsunami Turístico’, cómo reflotar y poner a salvo a ciudades ahogadas por el turismo

  • El documental explora las estrategias de Ámsterdam y Barcelona para frenar el turismo
  • Vecinos alienados por la masificación turística reclaman más ambición a los responsables políticos, que buscan sostenibilidad
Calle Damrak, una de las más transitadas de la ciudad de Ámsterdam
Trasiego habitual de la Damrak, una de las calles más transitadas de la ciudad de Ámsterdam EFE/EPA/KOEN VAN WEE
RAFA LOBO

Que los centros históricos de algunas ciudades se han convertido en un mero decorado invadido por turistas es una queja recurrente en muchas ciudades. “Somos como Mickey Mouse en Disneyland”, exclama desesperada Els Iping, que lleva 45 años viviendo en De Wallen, el barrio medieval donde nació la ciudad de Ámsterdam y más conocido en el resto del mundo como el ‘Barrio Rojo’. “A los que vivimos aquí, nos cuesta llegar a casa algunas noches y también a nuestros amigos, que dejan de venir a visitarte”, continúa Iping, que lamenta que apenas hay sitios donde ir a hacer la compra o quedar con unos amigos y señala que lo peor es que “parte de los turistas piensa que este es un territorio sin ley” donde vale todo.

Para contener el desenfreno y mejorar la convivencia en el ‘Barrio Rojo’, en primavera de 2023 el Ayuntamiento de Ámsterdam prohibió fumar porros en sus calles, adelantó el cierre de locales a las 2.00 y prohibió la venta de alcohol en tiendas y supermercados los fines de semana. También intentó, con polémicas campañas, desincentivar el turismo de juerga. “Son pequeños pasos, pero el número de turistas sigue creciendo, así que hay que ser más contundente para frenarlo”, cuenta a En Portada Edwin Schölvinck, uno de los fundadores de la organización vecinal 'We Live Here'.

Visitantes del Barrio Rojo pasan frente una de las fotos de la campaña ‘I live here’

Visitantes del Barrio Rojo pasan frente una de las fotos de la campaña ‘I live here’ Studio Profielfoto We Live Here

Schölvinck reconoce haberse adaptado. Le encanta vivir en el centro, pero ahora huye de allí para hacer la compra, tomarse algo o ir a nadar cada mañana. “Mi Ámsterdam existe entre las 6 y las 9 de la mañana, cuando los turistas todavía no han desayunado y no han salido del hotel”, nos dice para rematar “a esa hora la ciudad está preciosa”.

Cerrar el grifo al turismo

Para Iping, Schölvinck y otros 30.000 amsterdameses que consiguieron impulsar una iniciativa ciudadana, el principal problema es el número de visitantes. Fruto de aquellas firmas, el Ayuntamiento se comprometió por ley en el año 2021 a algo inédito: fijar un tope de 20 millones de turistas anuales. “Esa ley obliga al gobierno local a tomar medidas en cuanto se superan los 18 millones de visitantes, y ya estamos por encima de 23 millones”, aclara Els Iping para explicar por qué han llevado al ayuntamiento a los tribunales. “No necesitamos ningún incentivo para actuar”, responde el teniente de alcalde de Ámsterdam y responsable de turismo, Sofyan Mbarki. “Hacemos lo que está en nuestras competencias como frenar el crecimiento de las plazas de alojamiento”, continúa para acabar reconociendo que el ayuntamiento no controla “el número de vuelos con destino a Ámsterdam y si el 1% de la clase media de India o China quiere viajar hasta aquí es algo que escapa a mi control”.

Ámsterdam es la capital europea más saturada de turistas. Y la previsión es que siga creciendo: para finales de esta década se esperan 30 millones de visitantes. Su pequeño centro, de apenas 8 km2, es incapaz de digerir esas cifras. Quizá por eso, sea la ciudad que más ordenanzas y restricciones contra el turismo ha aprobado: prohíbe construir nuevos hoteles, ha declarado la guerra a los apartamentos turísticos, a los cruceros y tiene la tasa turística más alta de la UE, un 12,5%, más un 21% de IVA. “Un tercio de lo que se paga por dormir en Ámsterdam son impuestos y es así porque queremos que la gente se lo piense dos veces antes de venir a visitarnos”, afirma Mbarki.

Contra las colas de TikTok

A Cosmo Ebner, un joven tiktoker que publica recomendaciones de sitios auténticos para los que visitan la ciudad, le parece que la ciudad quiere turistas “con un mayor poder adquisitivo” y que eso es un peligro porque, el turista que viene de juerga “es previsible, sabes dónde está, pero el que viene con dinero se esparce por toda la ciudad y la ciudad acaba volviéndose más cara”. Para jóvenes como Ebner, de 21 años, la ciudad se ha puesto por las nubes. “Solo si eres rico puedes vivir en el centro o, como es mi caso, porque vivo con mis padres, pero no creo que vaya a poder independizarme y marcharme”, concluye. Ebner apunta que los turistas apenas se adentran en la ciudad auténtica, no ven “los problemas provocados por la gentrificación y la masificación turística” y lamenta que los turistas “solo se queden con la versión limpia de Ámsterdam que promueven los algoritmos de TikTok e Instagram”.

Lo saben bien los tres estudiantes universitarios detrás de Tegentrificatie. Junto a los vecinos del céntrico barrio de las Negen Straatjes, protestan en plena calle y han ocupado un puente para expulsar a los turistas que a diario hacen cola para comprar unas patatas fritas cubiertas de parmesano en Fabel Friet. “Estamos aquí para recuperar el espacio público para los vecinos”, nos cuenta Bruno, mientras reparte panfletos explicando la protesta a los turistas, intentando animarles a que vayan a comer algo auténticamente amsterdamés a un sitio que no se haya vuelto viral en TikTok. “Los negocios tienen permiso del ayuntamiento para formar las colas”, nos cuenta el portavoz de los vecinos, Dingeman Coumou, que denuncia que llevan tres años quejándose y que han denunciado al ayuntamiento para que retiren los permisos “porque los políticos están más pendientes de los beneficios económicos que de sus ciudadanos y eso tiene que cambiar”.

Un malestar creciente

Nunca hemos viajado tanto como ahora. Solo el año pasado, 1.520 millones de personas visitaron otro país, según la Organización Mundial del Turismo. Una inmensa mayoría, viajó a una ciudad, no solo para visitarla, sino para vivir experiencias. “Los turistas ya no se quedan en un hotel, separados de la vida cotidiana de la ciudad”, apunta Greg Richards, profesor en las universidades neerlandesas de Tilburg y Breda, y experto en turismo urbano. “Ahora la gente busca alojarse en barrios donde viven los vecinos para tener la sensación de que forman parte, temporalmente, de la cultura local, impulsando problemas para los residentes y también resentimiento”, concluye comparando las protestas de los vecinos en Ámsterdam y las de Barcelona, donde contesta a las preguntas de En Portada.

Agnès Rodríguez, de la Asamblea de Barrios por el Decrecimiento Turístico (ABDT), estuvo en esa protesta que dio la vuelta al mundo en 2024 y lamenta que “solo se hablara de unas pistolas de agua que llevaban algunos manifestantes”. La ABDT lleva 10 años exigiendo al Ayuntamiento de Barcelona apostar por el decrecimiento turístico “porque el turismo tiene la ciudad secuestrada, tiene tanto peso que es imposible vivir sin él”. Rodríguez argumenta que esa dependencia genera vulnerabilidad, como pudo verse cuando la pandemia vació las ciudades de turistas. “La industria turística es extractivista, saca lo que tienen las ciudades, las consume, pero no aporta”, afirma Rodríguez, que concluye que “en Barcelona no hay políticas de sostenibilidad, todo es maquillaje, como demuestra que se esté impulsando la ampliación del aeropuerto del Prat”.

El Comisionado para la gestión del turismo sostenible del Ayuntamiento de Barcelona, José Antonio Donaire

El Comisionado para la gestión del turismo sostenible del Ayuntamiento de Barcelona, José Antonio Donaire, durante la entrevista con En Portada PELAYO PRIETO

“El debate no es si turismo sí o turismo no. Más que hablar de crecimiento o de decrecimiento, ahora toca hablar de planificación”, explica José Antonio Donaire, comisionado para la gestión del turismo sostenible desde 2025. Donaire explica que Barcelona apuesta por el crecimiento cero, “manteniéndonos en un umbral de entre 12 y 15 millones y que los que llegan tengan perfiles diferentes y se distribuyan mejor por la ciudad”. Para Barcelona los topes al turismo los marca el Plan especial urbanístico de alojamientos turísticos (PEUAT), aprobado en 2017, y que prohíbe nuevos alojamientos en zonas turísticamente saturadas. Y está por ver qué ocurrirá cuando en 2028, si se cumple lo anunciado, se retiren del mercado 10.000 apartamentos turísticos. “Trabajamos para que los residentes tengan acceso a la vivienda”, asegura Donaire, y para “recuperar los espacios de la ciudad que los residentes consideran perdidos y que sienten que ya no les pertenecen”.

Una ciudad desalmada

La geógrafa urbana de la Universidad de Ámsterdam, Fenne Pinkster, lleva años investigando la perniciosa dinámica que ha llevado a que el 20% de los amsterdameses evite ir al centro de la ciudad. “Existe una desigualdad extrema entre visitantes y residentes, y la transformación en un paisaje más turístico hace que el centro pierda su utilidad para muchos vecinos, que ya no encuentran motivos para visitarlo o no pueden competir con los visitantes”, afirma Pinkster

Conseguir que los vecinos vuelvan al centro es otra de las estrategias del Ayuntamiento de Ámsterdam para combatir la masificación turística. “Hemos prohibido abrir nuevas tiendas orientadas sólo al turismo y estamos intentando comprar inmuebles en el centro para convertirlos en vivienda y alquilar los locales a comerciantes que aporten algo nuevo al centro de la ciudad”, explica el teniente de alcalde Mbarki. Una estrategia costosa y a la que le queda mucho camino para valorar su eficacia. Iris Hagemans, geógrafa urbana especializada en el comercio turístico en el centro de Ámsterdam, cuestiona el rendimiento de “invertir millones de euros en intentar que abra una pizzería en un lugar en el que hay mucha gente buscando una pizza”. Hagemans señala que “al final los comerciantes responden a la demanda del lugar”, que afrontan la competencia de las cadenas de franquicias y el comercio online, y también el hecho de que los residentes “acaban comprando todo en el supermercado”, en lugar de en pequeñas tiendas que han desaparecido.

No opina lo mismo Bonne Rijn, un diseñador de ropa y dinamizador cultural que siempre ha vivido y vendido sus creaciones en el centro. Su tienda, en la turistificada Warmoestaat, es una pica en Flandes. En su sótano alberga un estudio de música, que aspira a convertirse en un centro neurálgico que atraiga a jóvenes y subvencionado por un programa municipal para revitalizar el centro. Para Rijn es una forma de “apoyar iniciativas que devuelvan el arraigo y la identidad local a los barrios, para que no se queden vacíos y sin significado”.

Bonne Rijn señala que “los emprendedores y comerciantes locales no pueden competir en el modelo de negocio del monocultivo turístico”. Por eso intenta impulsar un distintivo oficial que distinga lo que aportan al barrio y sirva de imán para “que los vecinos de Ámsterdam los identifiquen y sepan que merece la pena visitarlos o comprar en ellos”. Él mismo dice que el problema no son los turistas, sino “que no se impulse convertir esa presión turística en un motor que haga florecer lo local para competir con esa economía turistificada”. Conservar lo que hace único y ha mantenido vivo el centro de las ciudades parece ser el remedio más eficaz, como apunta Fenne Pinkster, que reconoce que “preservar lo que todavía queda en pie es un trabajo de los políticos pero también de los propios residentes”.