El hombre que se reía de sí mismo
- Fernando Ónega, reputado cronista de la Transición, falleció este lunes a los 78 años
- Fue director de prensa para Adolfo Suárez y posteriormente trabajó en infinidad de medios
Nieves Herrero estaba en el escenario de los premios Antena de Oro cuando nombró a Fernando Ónega para recoger el galardón. Subió con ese paso sereno y cadencioso del que no va a correr ni así se queme su casa, algo muy propio de los gallegos de la Terra Chá lucense. Ya estaba con el galardón en sus manos dispuesto a soltar unas palabras de agradecimiento al jurado cuando la presentadora del acto se fijó en su hijo pequeño, de apenas unos siete años, que miraba desde la platea perplejo a su padre y a todo aquel escenario de luces y candilejas.
Nieves bajó, lo subió en su regazo y lo plantó al lado del padre. Al chaval casi le dio un ataque de pánico cuando le preguntó qué quería ser de mayor. No sabía qué responder. Su padre entonces le sacó del apuro.
—Quiere ser gilipollas.
Nieves Herrero se escandalizó, pero entre el público brotaron unas risas comedidas.
—¿Y por qué? —se atrevió a preguntar.
—Porque cuando vamos de la mano por la calle siempre me escucha decir: "¡Pero qué coche tiene ese gilipollas!", y sobre todo "¡pero qué tía va con ese gilipollas!".
Para entonces todo el público ya había estallado en una sonora carcajada que se prolongó durante unos minutos. Así conocí a Fernando Ónega, hace unos cuantos años, en el Hotel Samil de Vigo, donde se celebraba la gala. Lo conocí en persona, porque ya desde mi primera adolescencia recuerdo escucharle en Hora 25 de la Cadena Ser, en unas reflexiones tan templadas y moderadas como esa voz inconfundible que le ha caracterizado siempre.
Si el hábito hace al monje, a Fernando lo hizo esa voz tan ondulada, como los valles y montes de nuestra Galicia natal, tan acaída para conversar a izquierda y derecha, eso que ahora nos parece tan difícil.
Por eso quizás Adolfo Suárez pensó en él para su tramo más complicado, el tránsito de la dictadura a la democracia. Por eso fue también la voz de la Transición, el autor de las frases más recordadas del entonces presidente, empeñado en convencer a tirios y troyanos de que hablasen entre ellos. El recordado "Puedo prometer y prometo" lleva su firma, igual que otra frase más alambicada, pero igualmente necesaria ante los malos aires del Bunker: "Hay que elevar a categoría de normal lo que ya en la calle es normal". Es decir, los partidos, los sindicatos, las urnas.
Él también evolucionó a su manera, desde la prensa próxima al régimen a la sala de máquinas de aquella ruptura pactada que fue la Transición.
La vuelta al otro lado
Luego realizó otra travesía no menos complicada, ese ejercicio tan difícil de volver al otro lado, a los micrófonos, a la redacción de un periódico, al plató de televisión. Cultivó todos los géneros en todos los medios y en todos les dio un sello personal y muy transversal, eso tan difícil de conseguir. Por eso la Casa de Galicia donde se instaló su capilla ardiente (dónde si no) acogió a gente tan diversa y variopinta. Ese quizás haya sido su mejor epitafio.
Fernando tenía muchas virtudes y puede que algún defecto, como todos. Entre las virtudes me quedo con esa ironía tan de nuestra tierra y esa tendencia a reírse de sí mismo, algo que desarmaba a cualquiera. Hace seis años, a su hija Cristina y a mí (y a unos cuantos más) nos dieron el premio Madrigallegos. Allí apareció de nuevo sobre el escenario vestido de peregrino dispuesto a hacer de maestro de ceremonias, antes de lanzar el conxuro de la consabida queimada. Esta vez fue alguien del público el que preguntó en voz alta por qué los gallegos contestan siempre con una pregunta.
En vez de recurrir el tópico respondió con una afirmación.
—Eso foi cousa de Maruxa de Campolameiro. Su marido estaba a punto de morir, ya casi con la extremaunción, y desde su lecho de pronto le preguntó a Maruxa. "Ahora que voy a morir, dime por favor si me fuiste siempre fiel". Maruxa lo pensó unos segundos y le respondió: "¿E se non morres?".
El público estalló en una inmensa carcajada mientras comenzaba los preliminares de la queimada. Ese es el recuerdo que me llevo de Fernando Ónega. Una persona que sabía reírse de sí mismo. Mucho más gracioso que reírse de los demás. Dónde va a parar.