Marc Colell, ganador del Premio Café Gijón: "La literatura es un misterio sin sentido"
- El catalán logró el galardón con Las crines, un libro ambientado en la pampa argentina
- La novela, editada por Siruela, llega a las librerías este miércoles
En Las crines, Marc Collel escribe una hermosa carta a la literatura gauchesca. En las páginas del último ganador del Premio Café Gijón de novela, resuenan los pasos del Martín Fierro, que leyó con un glosario, y de la fascinante Don Segundo Sombra.
Un hombre viaja desde España hasta Argentina con una llave en el bolsillo, la de la quinta La Magnolia. Una amiga le ha dejado la casa, el inquilino le irá contando sus experiencias en una breve e intensa novela epistolar. Ambientada en la pampa, no lejos de Mar del Plata, donde transcurría la anterior galardonada del Premio Café Gijón.
"No hay un pájaro, sino miles. No hay una hormiga, sino millones. No hay un campo o un sembrado. Es la tierra lo que hay. Descomunal, abierta, sin precauciones. Ahora entiendo lo que decías, que había que frenar el campo, que se podía comer la casa, meterse dentro".
"Una lengua absolutamente viva"
En la sede de Ediciones Siruela, Marc Collel contesta con calma a las preguntas de RTVE.es sobre Las crines. Un escritor y profesor de secundaria con barba entrecana que ha dejado L'Escala para promocionar su último libro, que llega a las librerías este miércoles.
Pregunta: ¿Por qué la novela se titula Las crines?
Respuesta: Quería un título que tuviera que ver con el caballo, que es un animal relacionado con el trato humano, el cuidado, que se admira. Un animal muy presente, con el que las personas conviven en el campo argentino y que simboliza también otras cosas como la libertad. Por ejemplo, yo he visto en escuelas rurales en Argentina, que los niños van al colegio en caballo y después salen y se van galopando juntos, corriendo.
P: ¿En algún momento barajó otro título?
R: Sí, porque al atardecer en el campo argentino hay un momento, que sale en la novela. Cuando cae el sol, afloran un montón de sapos, salen por el pasto porque hay también insectos, polillas, arañas, animales de todo tipo. La naturaleza sigue muy efervescente. Mi hora favorita es el crepúsculo, hay tantos sapos que uno nunca sabe de dónde salen. A veces se esconden debajo de las maderas o de los trastos, de día buscan rincones para dormir y que no se les seque la piel. Y después, con la humedad de la tarde, salen. Otro título que manejé era La hora de los sapos, la hora en la que ellos salen y toman el lugar.
P: El protagonista quiere un caballo "viejo, manso y perezoso" ¿por qué?
R: El protagonista no conoce estos animales, solo los ha visto de pequeño y fue una experiencia un poco traumática. Él pide un caballo para cuidarlo y no quiere un animal brioso o peligroso al que no se pueda acercar. Tal vez, se identifica con ese caballo, a imagen y semejanza de sí mismo, un hombre más o menos mayor, casi septuagenario. Otros caballos aparecen simbólicamente en la novela, uno que tiene más que ver con la culpa o con alguna especie de pesadilla.
P: ¿Cómo es el narrador?
R: Es un personaje sufriente, que acarrea unas carencias en cuanto a cariños y cuidado. En esa soledad, en esa casa grande y deshabitada que le han dejado, pide este caballo en una búsqueda desesperada también de compañía. Él pregunta: ¿qué hay que hacer para cuidar un caballo? Seguramente aquí en España le dirían tienes que comprarle este jabón, cepillarlo de tal manera... El gaucho, Alfonso Urrutia, que es el hijo de un estanciero, le dice que su caballo tiene pasto para comer y lo único que hay que hacer es ponerle agua. Puede haber otro caballo más simbólico, al que no es capaz de darle de beber. Yo creo que este caballo, Potricox, simboliza también el intento de cuidar a otro, de manera más o menos fallida.
P: Rilke decía que la patria es la infancia. ¿El protagonista de Las crines se siente desterrado?
R: Se siente desterrado porque le faltan unos afectos muy primarios. Fue tambaleándose por la vida y sufriendo algunas crisis que no se explicitan. Él habla de una soledad que lleva consigo y reconoce el amor que los demás son capaces de dispensarse. Vive esa falta del amor como si le faltara algo, un órgano o un atributo. Y estos niños que no han recibido un afecto directo, viven observadores del afecto de los demás, les duele, lo admiran y lo envidian, y lo pueden vivir también, con rabia o con desesperación. Les falta algo, un relleno, siempre van por el mundo aparentando estar llenos y no lo están.
P: ¿Por qué el personaje principal no tiene nombre?
R: Yo creo que puede estar ligado a esta carencia identitaria que lleva desde pequeño. Es un hombre sin nombre, de todas maneras, cuando llega a Argentina ahí lo bautizan, le ponen un apodo, que es una cosa que los argentinos acostumbran hacer mucho. En los vínculos de afecto o de amor, es extraño llamar a la persona por su nombre completo, por su nombre real. En la novela, lo bautiza este chico joven como Calesita, una calesita es como un tiovivo. Hay un dicho en Argentina que es "tienes más vueltas que una calesita", que es cuando no te decides por algo.
P: ¿Cuándo le llaman Calesita es un punto de inflexión que refleja su integración?
R: Yo creo que sí, lo están incorporando y lo bautizan. En el capítulo del asado, él siente un momento de cercanía, se siente integrado en esa especie de nueva familia, que conforman una serie de personajes insospechados que no esperaba conocer y que lo obligan a vincularse. Son distintas soledades de personas, más o menos carenciadas o con algún tipo de problema, que se encuentran en esa situación y se tienen que ayudar, tanto el pastor, su hija, el hijo de un estanciero que está un poco abrumado ante esta responsabilidad (una estancia es una propiedad gigantesca). Cuando le ponen el apodo, él siente que, de alguna manera, lo están nombrando.
P: ¿Vivió cinco años en Argentina, le pusieron algún apodo?
R: No un apodo muy distanciado de mi nombre, pero nadie me llama Marc. En Argentina, me llaman Marquito, Marquiño, Marquitos. Si es mi cuñado, "mi cuña", "cuña querido" o "purretín", que es como se llama a veces a los niños con cariño. Entonces yo le llamo "purre" a mi cuñado y él me llama "mía". El argentino tiene una vinculación con la palabra muy especial, siempre está con la polisemia, inventando dichos, nuevos refranes, bromas lingüísticas y dobles sentidos, pero no solo escritores o gente del mundo de la cultura. Por ejemplo, en un mercado, en la carnicería, son muy creativos a la hora de hacer bromas constantes con las palabras. Tanto es así, que los jóvenes inventan tanto léxico que, si tú estás en Argentina en una época, te vas y vuelves, las palabras que usan ya están renovadas.
P: ¿Qué recuerda de su primera vez en la pampa?
R: Mi primer viaje fui con mi mujer, ella es argentina y todavía no teníamos hijos. Fuimos los dos solos y del aeropuerto, que está en Ezeiza, cerca de la capital, fuimos para el pueblo, General Belgrano. Mi primer impacto fue la llanura, o sea, la gran extensión de la pampa, que es un paisaje muy particular, un gran espacio infinito, sin cortapisas, simplemente con algunas arboledas o ganado al fondo. Entonces fue un descubrimiento, pero me gusta recalcar que fue un paisaje emotivo, de la gente que me esperaba y me quería sin conocerme. Eso fue muy sorpresivo. La cercanía de la gente, por un lado, y también el paisaje lingüístico. Esta demostración palpable de que la lengua castellana está absolutamente viva y vive en fronteras que, a alguien que reside en España, le resultan inimaginables. Es un lenguaje absolutamente vivo.
P: ¿Cuál es su argentinismo, su palabra favorita de allá?
R: No sabría decirlo. A mí me fascinan los pájaros y allá son distintos. Existe el gorrión porque Sarmiento, en sus afanes europeístas, lo llevó para que criaran y está en las ciudades. La golondrina es igual o muy parecida, pero el resto de pájaros son muy distintos. Entonces una palabra que me gusta mucho es picaflor, que es como llaman allá al colibrí. Además de tentenaire, chupamiel u otras como pájaro mosca y después hay una que, para mí es la más bonita de todas, que se llama porque sí. Si les pones un bebedero con agua y un poquito de azúcar o de néctar van constantemente. Yo no lo hago porque creo que los debe alterar un poco.
P: Escribió Las crines en Cataluña, ¿necesita cierta distancia con la realidad para poder nombrarla?
R: En este caso ha sido así. Los escritores y cualquier persona, lo que hacemos es vivir y vamos sumando experiencias, vivencias y cosas que nos pasan. Y después, lo conjuramos en unas palabras y tratamos de comprender el mundo del caos, lo que nos pasa y de fijarlo en un material textual. Escribí este libro en la distancia, seguramente lo podría escribir ahí también, pero soy lento en procesar las cosas y a veces necesito alejarme, físicamente o dejar un tiempo, como si las experiencias tuvieran que dejarse reposar para ser nombradas. Es como escribir sobre el verano cuando estás teniendo frío, imaginar la enfermedad cuando estás sano, imaginarte sano cuando estás enfermo. No sé, la literatura es un misterio sin sentido.
Marc Colell, premio de Novela Café Gijón 2025. Siruela
P: ¿Le irrita tanto como a su protagonista la frase: "No se haga usted problema"?
R: Es una frase un poco irritante porque en la novela aparece precisamente cuando te tienes que preocupar por algo. Es una expresión que puse en la boca de un par de personajes para hacerlos más reales, porque muchas veces trabajo los personajes para darles forma y vida también en su manera de hablar. Es una frase que un poco sí que me irrita, ahora que lo dices, porque este "no se haga problema" es como decir "para mañana estará listo" y tal vez nunca va a ser así.
"La chica solo escuchaba, detrás de la barra, mientras preparaba las bebidas. Era muy joven. Me fijé en sus manos. Parecían de otro cuerpo. Rojas, arrugadas, llenas de marcas, de cortes recientes, de cicatrices."
P: Describe unas manos que parecen ajenas al cuerpo. ¿Qué papel juegan las manos en sus obras?
R: Creo que las manos, como la propia cara, marcan la esencia o hacen a una persona muy reconocible. Si pensamos en nuestros seres queridos, conocemos las manos muy de memoria. Y las manos son testigos del trabajo, de cómo las han usado. Alguien cuando escribe, aunque sea de manera no consciente, está obligado a ver sus manos constantemente y escribir es algo que, después queda plasmado en un libro, que ya es un objeto, pero hay un trabajo físico que generalmente la gente no aprecia, que es teclear o escribir con un lápiz. Entonces las manos seguramente estarán presentes en mis libros y yo no lo había pensado tanto.
P: ¿Qué pasa con los perros en Las crines?
R: En este libro, ejercen una función bastante terrorífica de jauría, una especie de masa que busca su sustento de la manera que sea y con la que el protagonista tiene que lidiar y combatir. En Argentina, el perro es otro animal que está muy presente en las casas y en las calles de los pueblos. Muchas veces están sueltos fuera de la propiedad. Los perros viven fuera de la vereda, más o menos sueltos y son animales muy queridos.
P: Por último, ¿cómo concibe la escritura?
R: Trabaje el género que trabaje, ya esté escribiendo una novela o esté escribiendo relatos, siempre voy a una distancia muy corta con la escritura. O sea, lo que voy consiguiendo es una oración, es una frase. No hago apuntes, nunca tengo guiones, ni tomo notas, ni esquemas de mis personajes y lo que hago es enfrentarme al texto. En el proceso de escritura me acerco a partir de donde lo había dejado, lo que me interesa son las palabras y un poquito más las oraciones. Si leo un párrafo o un pequeño capítulo y no se sostiene a nivel expresivo, lo saco, deja de interesarme. Me gusta mucho la poesía y a veces termino las oraciones, con la prosodia, sin tener la palabra. Una frase tiene una especie de melodía que viene como prefigurada y casi que la lleno con palabras. Me gusta una literatura del cuidado expresivo y para mí el estilo reside justamente en ese cuidado y en esas pequeñas insistencias que cada escritor tiene como su pequeña marca personal.
Marc Collel se despide cortés, satisfecho con sus alumnos, a los que tienta con fragmentos de poesía o de cuentos de Mariana Enríquez, con ganas de volver a casa, mirar el mar, ("la pampa azul" de Güiraldes), pasear a su perro por el bosque y seguir dando vueltas a las voces narrativas de su nueva novela.