Las personas sin hogar cuentan sus sueños -y pesadillas- en un coloquio: "No se nos escucha, no se nos pregunta"
- "La calle fue horrible y demasiado peligrosa", explica Brigit, una joven peruana que ha rehecho su vida en España
- "Verte otra vez como persona es más importante que comer", asegura Pilar, vecina de San Sebastián de los Reyes
"Luis estuvo el año pasado en la presentación del Día de las Personas sin Hogar", cuenta Pilar Algarete, directora de Cáritas Madrid, una de las entidades de la red estatal FACIAM para erradicar el sinhogarismo y la exclusión residencial. "Luis apareció veinte segundos en televisión y su hermano le reconoció, le llamó y pasaron la Navidad juntos", dice Algarete al final del coloquio mantenido este jueves entre periodistas y personas sin hogar en el centro de atención a la mujer Concepción Jerónima de Madrid.
"Luis está ahora muy malito en el hospital, pero recuperó su sueño el año pasado", concluye Pilar en el acto en el que se ve una noticia colgada en la percha del lema de este año: "Sin hogar, pero con sueños".
Amanecía llorona la ciudad con mucha nube, mucho tráfico y una lluvia incómoda que ensucia la capital ya de por sí gris y antipática con los que menos tienen. El atasco en la hora punta de las furgonetas blancas se prolongaba hasta más allá de lo habitual. Llegar al número 19 de Concepción Jerónima no es fácil. El local está repleto de compañeros de la prensa, gente que ha vivido en la calle con cargas, representantes municipales con cargo, el padre Ángel, voluntarios y profesionales que acompañan a las personas sin hogar.
La disposición es la de un gran semicírculo de sillas en torno a dos mesitas bajas de color rojo donde hay vasos de cartón y botellitas recicladas de agua sin etiqueta para las cuatro personas en las que converge toda la atención. Elena Rodríguez-Avial, periodista experta en estas lides, presenta y anima el coloquio desde la silla más cercana a la puerta de entrada. En el otro costado, Susana Hernández, presidenta de FACIAM, con una camiseta negra y un logo clásico que reclama "Nadie sin hogar".
Arropados entre las dos, Edgar y Brigit, dos peruanos con sueños rotos y restañados, con pesadillas de las que han despertado y con otros sueños cumplidos que siguen ampliando. Rodríguez-Avial aclara que faltan dos personas. Leydi, una venezolana de 22 años que acaba de encontrar trabajo y no puede faltar, y Pilar, una madrileña de San Sebastián de los Reyes que se ha retrasado pero que está a punto de llegar. Y llega.
El espejo de la precariedad
La presidenta de FACIAM toma la palabra. Arranca con fuerza y con una confesión: "Quienes acompañamos a las personas sin hogar constatamos que vivimos en una pesadilla, la del continuo crecimiento de la precariedad". Las cifras, por desgracia, le dan la razón. El sinhogarismo es un problema social que sigue creciendo. En los dos últimos años el número de personas sin hogar acompañadas desde algún recurso ha aumentado en un 55%. Hay 40.000 en situación de calle. Viviendo en hogares precarios, lo que se conoce como sinhogarismo de tipo 3 y 4, hay dos millones trescientas mil personas.
Y en Europa quieren erradicar el sinhogarismo en la calle para 2030. Pero esto no va de números, va de personas. De Edgar, de Brigit, de Pilar, de los Luises y Leydis de la vida.
Susana Hernández, presidenta de FACIAM. CÁRITAS MADRID
Susana insiste en que esta "pesadilla" no se combate "ni con rabia, ni con lágrimas, ni con empatía", y deja bien a las claras que con la 32 edición de esta campaña pretenden "provocar un movimiento que se traduzca en acercamiento y que este acercamiento se transforme en solidaridad y justicia". Porque "no hay cambios sin sueños ni sueños sin esperanza", juega con las palabras la presidenta de la red de entidades y servicios que ha organizado el acto. Elena da paso a Edgar.
Edgar: de crear una ONG a ser usuario de otra
Nació en Perú hace 37 años y ha sido funcionario en distintos ministerios públicos de su país durante más de 16 años hasta lograr uno de sus sueños: "Ser jefe de recursos humanos". Esto le llevó a fundar una ONG que trabajaba en temas de salud con personas en desventaja social. Su posición económica atrajo la codicia de los delincuentes y le amenazaron de muerte. Tuvo que salir de su país "para sobrevivir", explica con emoción y entre silencios que mantienen al auditorio en tensión.
Viste la misma camiseta que Susana y confiesa que ha pasado una "vergüenza enorme" a la hora de pedir ayuda, sobre todo porque no dejaba de preguntarse: "¿Y si hay alguien que lo necesita más que yo?". Terminó durmiendo en el aeropuerto. "En la T4 conozco más españoles que latinos", confiesa.
"Pedir asilo para un peruano es esperar dos años para estar legal administrativamente", denuncia Edgar mientras comparte su experiencia vital. Empezó trabajando en obras pero "no di con personas idóneas" dice quitándole hierro al hecho de que un empresario sin escrúpulos no le pagase. "¿Dónde vas a acudir? No puedes denunciar porque no tienes contrato", dice recordando la impotencia de esos momentos.
Edgar vino a España huyendo de las amenazas de muerte en su país CÁRITAS MADRID
El mayor impacto entre las personas que han vivido en la calle es el emocional. "Se pierde la autoestima", asegura Edgar. La frustración de buscar trabajo, de que te cierren las puertas —"no porque no quieran, sino porque tenemos que cumplir ciertos procesos"—, hace mella. "Me he sentido ausente conmigo mismo, fui perdiendo la autoestima". Pero incluso en la adversidad, las redes de apoyo existen entre los más necesitados: "Nos hemos apretado las manos, nos hemos apoyado a medida que hemos podido," dice Edgar sobre los lazos que tejió en el aeropuerto y en los hogares de Luz Casanova. Y toma la palabra Brigit.
Brigit: el sueño de volver a ser 'tú'
También es peruana. Va vestida completamente de blanco roto y luce una sonrisa contagiosa que habla de sus sueños cumplidos antes de contarlos. Brigit se quedó sin dinero y sin documentos. "Ni empadronamiento, ni tarjeta sanitaria", recuerda con voz de pesadilla antes de confesar que "la calle fue horrible, demasiado peligroso", y explica que "quisieron propasarse" con ella porque sólo había hombres. Al final encontró "un grupo de Colombia" y se sintió apoyada porque —aclara para los que no hemos dormido a la intemperie— "en la calle hay personas buenas y no tanto".
Brigit es una joven peruana que ha rehecho su vida en España. CÁRITAS MADRID
Pidió ayuda al SAMUR y pasó por CEDIA antes de entrar en el hogar del programa Nazaria baja a la calle donde le ayudaron con "el empadronamiento". A partir de este punto ella misma empezó a gestionar "las citas del asilo político, la tarjeta blanca, formación en hostelería y un contrato en un restaurante asturiano con el que pude ir ahorrando para salir adelante".
Ahora, Brigit tiene trabajo y vive con su hermano. Es el ejemplo de la importancia vital de la red de apoyo, ese 60% de las personas sin hogar que "sueña con recuperar su red de apoyo para salir de la exclusión". Para ella, el proyecto Nazaria baja a la calle "fue un gran apoyo, demasiado, porque yo me encontraba muy sola". Ha podido traer a su hermano y ahora comparte piso con él. Pero sus sueños se siguen ampliando. "No me quiero estancar solamente porque ya tengo un trabajo en hostelería", confiesa. Quiere seguir formándose, buscando un trabajo que le dé una vida mejor y tener una vivienda propia. Algo que suena a utopía tal y como están las cosas.
Pilar: cuando tantos años se desvanecen
Pilar ha llegado a tiempo para contar su historia. No se ha podido sentar entre Elena y Susana, con Edgar y Brigit, pero se ha hecho oír. Su vida es un ejemplo de las causas estructurales de sinhogarismo. Vivía en San Sebastián de los Reyes, al norte de Madrid. Llevaba once años pagando su hipoteca. Perdió el trabajo y dejó de pagar. Las deudas acabaron en un desahucio y con ella viviendo en la calle. "Estuve comiendo comida caducada en las basuras de los supermercados", explica Pilar sin dejar de mirar a los ojos de periodistas y asistentes al coloquio.
Pilar entrevistada por un medio de comunicación tras el coloquio de personas sin hogar. CÁRITAS MADRID
"Al cabo del tiempo me vi en la calle. Mi hija de 24 años, por edad, lo tenía más fácil... yo preferí alejarme de ella para no ser una carga", recuerda con dolor una decisión que ilumina con luces de neón la carga que sienten a menudo muchas mujeres. Pero coincide con Edgar y con Brigit en algo que resulta difícil de entender para los que aún no hemos tocado fondo. "La mayor ayuda no fue la comida sino que te vuelvan a ver como una persona y no como un desecho tirado en la calle". Porque "la situación psicológica es lo más complicado", lo más importante es "que te vuelvan a convertir en una persona, que te vuelvas a ver tú como una persona". Y dice que sueña con recuperar su vida "con mis medios, sin ayuda".
Toma la palabra Pilar Algarate, directora de Cáritas Madrid, y recuerda que el año pasado estuvo Luis, que está muy enfermo en el hospital, que cumplió su sueño, que la meta es clara que sólo así podremos hacer realidad el sueño de #NadieSinHogar.