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Alejandro Amenábar: "Que Miguel de Cervantes tuviera una relación con su captor está en la categoría de lo probable"

  • Estrena El cautivo, una ficción histórica sobre los años que el autor de El Quijote estuvo preso en Argel
  • Protagonizada por Julio Peña y Alessandro Borghi, y participada por RTVE, se estrena el 12 de septiembre en cines
Llega a los cines 'El cautivo', la nueva producción de Amenábar que nos acerca a Miguel de Cervantes
ESTEBAN RAMÓN

Alejandro Amenábar nunca ha filmado una historia autobiográfica. Por eso, al cineasta hay que rastrearle entre los distintos personajes de su filmografía en los que, dice, siempre se está presente. Sin ningún ánimo de comparación por su parte, es fácil advertir que comparte algo con el Miguel de Cervantes que ha retratado en El Cautivo: un narrador nato que sobrevive asombrando al público.

Interesado por los intentos de fuga del autor de El Quijote mientras permanecía preso en Argel, Amenábar se fascinó por la avanzada libertad sexual que sucedía en ese pequeño rincón de África a finales del siglo XVI. Partiendo de ahí, ha rodado una interpretación en la que deja al público mucho espacio a la deducción y que desafía prejuicios sobre las etiquetas.

Clip en exclusiva de 'El Cautivo': Cervantes descubre Argel

La película no quiere abrir un debate biográfico, sino celebrar la capacidad de narrar a través de un viaje de imaginación histórica. El cautivo sí confirma a Amenábar instalado en un cine histórico que, asegura, le interesa en la medida que conecta con el presente.

PREGUNTA: Si ahora viajases en el tiempo a 1995 para decirle a tu yo de 23 años que ibas a hacer películas sobre figuras como Hipatia de Alejandría (Ágora), Unamuno (Mientras dure la guerra) o Cervantes, ¿tendría sentido para aquel joven?

RESPUESTA: No, me hubiera chocado, sobre todo haber hecho una película sobre la Guerra Civil porque en aquel tiempo era un sambenito de los alumnos de imagen en la facultad: no queríamos hacer películas de la guerra o posguerra, queríamos películas que hablaran de nuestra actualidad, y, en mi caso, quería hacer thrillers. Me habría costado creerlo.

Pero luego es verdad que, quizá por mi educación escolapia, siempre he tenido un punto de preocupación moral, de pepito grillo, y de niño era un poco redicho e historia era mi asignatura favorita, así que por ahí encuentro alguna justificación.

Tráiler de 'El cautivo', de Alejandro Amenábar

P.: ¿Y las películas sobre personajes históricos te interesaban?

R.: No particularmente, pero tampoco recuerdo desecharlas. Por ejemplo: Lawrence de Arabia es una película me apasionó y marcó muchísimo. Y es claramente una película histórica. No les hacía ascos si estaban bien contadas.

P.: Como si fuera Sherezade en Las mil y una noches, Cervantes tiene en El cautivo que narrar para poder sobrevivir, complaciendo a su captor. Como creador, ¿sientes una presión por gustar?

R.: La presión la tienes desde el momento que tienes que pagar facturas. También, inevitablemente, desde el momento que asumes que tu carrera está construida sobre las películas que has generado tú mismo. Llevo 30 años en la profesión y todos mis proyectos, salvo La fortuna, son originales. Para bien o para mal, soy dueño de mi destino. Decido lo que me apasiona y cómo lo cuento: esa es realmente la presión. Luego está la presión del público, que es soberano y decide si mueve el culo o no para ver mis películas, y hasta ahora es lo que me ha permitido financiar los siguientes proyectos.

P.: Me refiero a ese último aspecto.

R.: El concepto lúdico que es inherente al cine es algo que no me gustaría perder. Independientemente de que haya una preocupación moral o intencionada, siempre tiene que haber un envoltorio -que llamo ‘el caramelo’- para que una película produzca placer, ya sea reír, llorar o estremecerse. Esa conexión maravillosa me gusta sentirla como espectador y transmitirla como narrador.

Julio Peña y Alessandro Borghi, en 'El cautivo'

Julio Peña y Alessandro Borghi, en 'El cautivo' @LucíaFaraig

P.: He leído que interesado por la vida de Cervantes, te fuiste sumergiendo en su obra.

R.: Tampoco tanto, me he leído El Quijote.

P.: ¿Y el resto?

R.: No, del resto había leído Rinconete y Cortadillo y El licenciado Vidriera, pero no me he zambullido en Cervantes porque no quería abrumar al espectador ni a mí mismo. No soy un cervantista acreditado. Me he acercado a su figura a través de su experiencia personal y la obra podría decirse que ha sido un daño colateral. A medida que me interesaba la historia de este joven cautivo que trata de encontrar su lugar en el mundo me daba cuenta que es uno de los mejores contadores de todos los tiempos por El Quijote, que es la primera novela moderna. Eso me hizo zambullirme en El Quijote y conectarlo con esa historia.

P.: ¿Y qué has descubierto en El Quijote?

R.: Lo más interesante para mí es la humanidad, la ironía y saber reírse de uno mismo. Reflejar con humor lo que tiene de patético la vida. Y precisamente el período de su experiencia personal que he retratado es el que ayuda a explicar eso. Acaba volviendo a España para querer contar historias como si no hubiera un mañana porque ha vivido una experiencia traumática, privado de libertad. Y hacerlo de modo complejo y humano se debe muy posiblemente a tomar contacto con la cultura del enemigo, en este caso la musulmana.

P: El cine biográfico crea muchas veces imaginarios colectivos erróneos, más allá de la intención de sus creadores. Probablemente todo el mundo piense que Mozart rivalizó con Salieri, aunque no haya prueba alguna, debido a Amadeus. ¿Te preocupaba ese poder?

R.: Sí, se establecen nuevos mitos. Aunque ahora mismo, en la cultura de la información –aunque a veces se parezca a la cultura de la desinformación- es muy fácil acotar qué es real y qué no. Me gusta que las historias, si se van a vender como basadas en hechos reales, por lo menos sean fieles al espíritu del personaje que retratan. A veces eso es muy difícil cuando cuentas una historia como la de Hipatia que sucedió hace 2000 años e inevitablemente entra en juego la imaginación. Cuando se hace una ficción sobre el pasado se reinventa y el algo que tienes que asumir, pero sí hay cierta responsabilidad. Quizá en Mientras dure la guerra, por ser un tema de sensibilidad a flor de piel, es donde más la he sentido: quería salir a la calle sin que nadie, de uno u otro bando, me escupiera a la cara. Cuando imagino el pasado me hago preguntas muy concretas sobre lo que era posible, lo que era probable, y lo que era absolutamente imposible, para decidir qué camino tomar.

P.: En ese sentido, que Cervantes experimentase una especie de relación homoerótica entra en la categoría de lo posible o probable. Aunque la relación con el Bajá de Argel, más que sexual, parece más una atracción como la del famoso diálogo del fallecido Eusebio Poncela en Martín (Hache): "follarse las mentes".

R.: Sí, que Miguel de Cervantes tuviera una relación con su captor está en la categoría de lo probable. El personaje del Bajá era al comienzo el típico villano dueño de una prisión, pero fue creciendo, humanizándose, y adquiriendo más capas en mi cabeza. En las primeras versiones la atracción era más sexual y luego fue convirtiéndose en una conexión más intelectual. Y ahí está la gracia de una relación de dos personas que tienen avatares similares en su vida: ambos tienen edades parecidas, fueron capturados y a ambos se les ofrece la posibilidad de renegar, y uno de ellos toma el camino del reniego.

Alessandro Borghi y Alejandro Amenábar, durante el rodaje de 'El cautivo'.

Alessandro Borghi y Alejandro Amenábar, durante el rodaje de 'El cautivo'. @LuciaFaraig

P.: El choque entre cristianos y musulmanes de la película resuena en cuestione identitarias de la Europa actual.

R.: Cuando he sentido ganas de mirar al pasado es porque he encontrado conexiones con mi propia realidad o proyecciones hacia el futuro. El choque de culturas sigue ahí. En España han pasado muchas cosas: expulsión de judíos, árabes, la famosa limpieza de sangre. El término 'cristiano viejo' remite a auténtico racismo. Eso estaba hace cuatro siglos y ahora lo estamos viviendo. Cuando ves lo que ha pasado en Torrepacheco: ¿qué eso de la caza del moro? Suena a retroceso. Soy hijo de madre española y padre chileno, mi madre emigró y luego hizo el viaje inverso. En mi familia se ha dado ese concepto de mezcla y siempre apuesto por algo que le pudo pasar a Miguel de Cervantes: enriquecer tu visión cuando compartes otra cultura. Ese conflicto que existió y existe tiene que ver con la capacidad de tolerancia. Sucede en Europa con el recelo a la inmigración. En la medida que seamos tolerantes será posible la convivencia, como fue posible que en Granada convivieran judíos, moros y cristianos.

P.: El Bajá de Argel habla de disfrutar los “pequeños placeres” como clave del arte de vivir. ¿Compartes esa filosofía?

R. Pongo mucho de mí en los personajes. No he hecho películas autobiográficas, pero hay algo de mí en Hipatia; en Unamuno; en Ángela, de Tesis; e incluso en Grace, de Los otros. Cuando le pedía a Alessandro Borghi que pronunciara ese diálogo recuerdo decirle: eso es exactamente lo que pienso de la vida, así que asegúrate de que al público le quede claro.

P.: ¿Y dónde están esos pequeños placeres?

R.: Es un ejercicio de conformismo también. Hay que ser ambicioso, tratar de lograr cosas mejores e intentar mejorar tus condiciones de vida, ¿por qué no? Pero en mi caso, no te voy a decir que soy un estoico, pero me gusta conformarme. Mi madre, que tiene 94 años y está maravillosa, cada vez que hablo con ella me dice: “Aquí, estoy, sigo viva”. El hecho de levantarse por las mañanas ya es suficiente motivo para estar contento.