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Entre la incertidumbre y la tranquilidad en las zonas liberadas en El Salvador: "Hablar a un militar ya era un riesgo"

  • RTVE.es habla con salvadoreños que viven o trabajan en las que fueron las colonias más peligrosas de El Salvador
  • El país fue el más violento de América e incluso del mundo durante muchos años

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Varias mujeres venden bocadillos en una calle del barrio de Las Margaritas durante una patrulla antipandillas
Varias mujeres venden bocadillos en una calle del barrio de Las Margaritas durante una patrulla antipandillas

La vida en El Salvador nunca fue fácil. La alta tasa de homicidios lo convirtió en el país más violento de América e incluso del mundo durante muchos años. Los habitantes de las colonias tradicionalmente controladas por las maras lo saben bien, conocen el miedo de cerca.

Un año después de entrar en vigor el estado de excepción, en las colonias ya no se ve a mareros escapando de la policía ni se les escucha huir por los tejados. Ahora se ven niños jugando, los puestos ambulantes llenan las calles y la gente puede cruzar las fronteras invisibles antes establecidas por las maras para ver a sus familias. Se respira libertad y la esperanza de un futuro mejor se abre paso en las colonias.

Pero hay sentimientos encontrados. Entre la alegría de algunos también empieza a surgir un nuevo miedo. Lo que antes era temor a las maras, ahora empieza a ser temor a las fuerzas de seguridad.

Mientras las denuncias de detenciones a personas inocentes empiezan a despertar dudas, policías celebran poder hacer su trabajo en las colonias sin tener miedo de volver a casa y que sus familias hayan sufrido represalias. Luisa, Rosa, Ernesto y Carlos son protagonistas de algunas de estas historias y las han compartido con RTVE.es.

"Criminalizan la pobreza"

Luisa llegó hace siete años a la colonia de Las Margaritas con su familia, hasta allí se mudaron porque son "personas con bajos recursos". Pero eso no los convierte en pandilleros, aunque el gobierno no lo vea así. "¿Qué culpa tengo yo de haberme venido a vivir en una colonia que estaba asediada por las pandillas? Si yo venía a poner mi vida también en riesgo", asegura.

Una mujer vende un refresco en una tienda de La Campanera

Una mujer vende un refresco en una tienda de La Campanera REUTERS/Jose Cabezas

Ella agradece "el trabajo de presidente" pero recuerda que "están criminalizando la pobreza y se están llevando mucha gente inocente", entre ellos su hija Emely, de 22 años. El 17 de octubre las autoridades se presentaron en su casa y se la llevaron acusada de ser la pareja de un pandillero y de trabajar para la mara Salvatrucha.

No la ha visto desde aquel día, cree que está en una cárcel de Santa Ana, una ciudad al oeste del país. Pero no sabe en qué condiciones, ni cuál es su estado de salud. Emely acababa de llegar de Estados Unidos, donde trabajaba, para ver nacer a su sobrina: "¿Y de qué le valió tener una visa a mi hija? ¿De qué le valió tener sus antecedentes penales limpios?", se pregunta la salvadoreña.

Luisa pasó del agradecimiento a reconocer su miedo al ejército: "Cada vez que veo a un soldado se me retuerce el estómago, pero yo dije callada ya no me voy a quedar". "Yo no estoy defendiendo a ningún pandillero, estoy levantando mi cara por mi hija que es inocente", sentencia.

"La tranquilidad ha tardado mucho en llegar"

Vivir en La Campanera implicaba muchas cosas, entre ellas que ninguno de los recuerdos se libre del miedo. "Hablarle a un militar ya era un riesgo", rememora Rosa (nombre ficticio), que vive en la colonia desde que tiene uso de razón.

"Cuando yo era pequeña era muy peligroso salir sola, te podías encontrar una balacera entre 'muchachos' a la vuelta de la esquina", recuerda. Ahora eso ya no pasa, la alegría recorre las calles de la colonia.

Un soldado vigila un parque de una colonia en el que ahora vuelven a jugar los niños

Un soldado vigila un parque de una colonia en el que ahora vuelven a jugar los niños REUTERS/Jose Cabezas

Un sentimiento que fue difícil alcanzar, pero la meta tampoco era ser feliz. La meta era sobrevivir, explica Rosa. "Aquí tenías que aprender a sobrevivir, callabas para sobrevivir, no te metías con ellos para sobrevivir y con eso vivías en paz".

"La tranquilidad ha tardado mucho en llegar", pero finalmente parece que se ha alcanzado y en casas como la de Rosa solo reina el agradecimiento al gobierno.

"Aquí tenemos una oportunidad"

Donde unos ven miedo, otros ven oportunidades. Es el caso de Ernesto, que ha decidido comprar una casa en La Campanera. Los militares y la policía están recuperando muchas casas que habían sido abandonadas por sus dueños debido a la amenaza de las pandillas.

Una de las casas abandonadas por sus propietarios debido a las amenazas de las pandillas y recuperadas por militares y policías en La Campanera

Una de las casas abandonadas por sus propietarios debido a las amenazas de las pandillas y recuperadas por militares y policías en La Campanera AFP/Marvin Recinos

Las viviendas, testigos silenciosos de los horrores de las pandillas, están siendo vendidas a un precio mucho más bajo que en el mercado. Ernesto la ha comprado por eso: "La vivienda no es muy asequible en otras zonas del país y aquí tenemos una oportunidad", cuenta el salvadoreño. "Es un barrio controlado por soldados y eso ahora da tranquilidad", sentencia.

"Lo peor era la respuesta de las pandillas"

En el Salvador había operativos y operativos, lo sabe bien Carlos. Policía Nacional Civil desde hace 20 años, explica que las operaciones más complicadas de su vida fueron en la zona de Soyapango, donde se ubican las colonias de La Campanera y Las Margaritas.

Recuerda que eran "colonias sumamente asediadas por pandillas". "Desde el momento que una patrulla entraba en esas colonias, todos los pandilleros sabían qué policías habían entrado y siempre conseguían escapar", explica.

Un policía registra a un joven en una calle del barrio de Las Margaritas durante una patrulla antipandillas

Un policía registra a un joven en una calle del barrio de Las Margaritas durante una patrulla antipandillas REUTERS/Jose Cabezas

Pero lo peor no era eso, "lo peor era la respuesta de las pandillas" ante la operatividad de la policía. No solo temor por ataques a la policía, sino por homicidios contra sus familiares. Con los ojos vidriosos recuerda cuando un compañero y amigo lo llamó para contarle que la Mara Salvatrucha había asesinado a su mujer. 16 balas que le siguen emocionando. "Desde aquel momento se me encogía el estómago cada vez que mi propia familia no me respondía después de un operativo en las colonias", cuenta.

El temor ha quedado atrás, ahora pueden hacer su trabajo sin miedo. Son conscientes de que todavía queda algún pandillero escondido, pero nada semejante a la fuerza y a la estructura altamente organizada de antaño.