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Las tumbas a las que nadie lleva flores

  • No existe un recuento oficial, pero muchos migrantes fallecidos en el mar acaban enterrados en nichos anónimos
  • Las repatriaciones de los cuerpos se logran gracias al tesón de particulares y ONGs, y a la solidaridad de otros migrantes

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La repatriación de los fallecidos en el Estrecho: "Si pierdes a alguien y no sabes dónde, el dolor te sigue para siempre"

Salik llegó a España en patera en 2019. Pasó cinco días en el mar y, cuando por fin llegó a tierra, dos días más escondido sin comida ni agua. "Si hubiera sabido que mi mujer quería embarcarse junto a mi hijo nunca lo hubiera permitido". Pero a mediados de octubre los dos subieron a una barcaza que se hundió en alta mar. "Entre todos intentaron protegerlo, pero pasaron mucho tiempo allí y al final mi hijo murió de frío. Mi mujer no sabía nadar".

Todo esto lo sabe por lo que le han contado los tres únicos supervivientes. En total viajaban 28 personas y hay quince desaparecidos, entre ellos su hijo de cinco años. Salvamento Marítimo sí logró rescatar el cadáver de su mujer. "No me dejaron entrar al depósito a verla, pero pude identificarla por una foto".

Gracias a eso, y a los tres mil euros que le han dado sus compañeros de trabajo tras una colecta, ha podido repatriar su cadáver a Marruecos. "Solo me quedaban siete meses para conseguir traerlos. Pero ella quiso darme una sorpresa".

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Salik ha vuelto a Vizcaya, donde trabaja recogiendo fruta. Ahora, debe hacer frente a su duelo y también al del resto de familias de los desaparecidos que viajaban en la patera junto a su familia. "Sus hijos han muerto en el mar y cuando intentan saber qué ha pasado con ellos, no pueden hablar con nadie, no saben a quién acudir. Han conseguido mi teléfono y no paran de llamar para preguntarme, pero yo no puedo hacer nada por ellos".

Todos los caminos llevan a Martín Zamora

En estos casos, todos los caminos conducen a Martín Zamora. Es el dueño de una funeraria de Los Barrios, en el Campo de Gibraltar, que se dedica casi en exclusiva a repatriar a las víctimas que dejan las pateras.

"Cuando la familia en el país de origen ve que su hijo, hermano, primo o lo que sea no se pone en contacto con ellos empiezan a moverse. Llaman a España a otros inmigrantes, llaman a mezquitas de la zona... y al final siempre acaban dando conmigo porque en esos sitios me conocen", cuenta a RTVE.

Desde hace un tiempo su labor es más fácil porque colabora con la ONG Centro Internacional Para la Identificación de Migrantes Desaparecidos. "Tienen sucursales en varios países africanos y cuando cierran el círculo ponen anuncios en radios locales preguntando a la gente si les ha desaparecido algún familiar. Su trabajo es tenido en cuenta por las autoridades españolas, que le dan validez", explica. 

Antes, Zamora iba por libre. Comenzó a repatriar migrantes en 1998, 10 años después de que llegara la primera patera a una playa de Tarifa. "Al principio te lo tomabas como un negocio: Hay 16 cuerpos, voy a buscar a sus familiares y les cobro la repatriación. Pero cuando llegas allí y le dices a un padre que tienes a su hijo en una cámara y que cuesta tres mil euros traerlo, y ves que no tienen nada... qué vas a hacer."

Mil fallecidos que han podido regresar a casa

Martín Zamora vive de esto, pero para él no es un negocio. "No te voy a decir que le ponemos dinero, pero casi". En 2013 se arruinó y tuvo que vender su anterior funeraria. Ahora ha fundado otra y empezado de cero. También se ha convertido al Islam.

"No tenemos grandes beneficios, pero somos pocos y nos da lo suficiente para seguir adelante y vivir el día a día". Nos cuenta que casi todas las repatriaciones se pagan gracias a colectas solidarias: "Tiras de contactos, llamas a amigos, a la mezquita y al final entre todos consigues el dinero y se puede hacer la repatriación".

Asegura que han devuelto a sus casas a más de un millar de fallecidos. Al principio solo en el Estrecho, pero ahora también se hace cargo de víctimas en Almería, Murcia, Alicante porque la ruta de las pateras hace años que ha cambiado y se ha vuelto mucho más peligrosa. Para evitar a la policía marroquí, los migrantes salen desde zonas más alejadas.

Salik y su familia partieron desde El Jadida, al sur de Casablanca. Son como mínimo tres días en el mar hasta llegar a Cádiz. Y por supuesto hay que tener en cuenta la ruta Canaria, mayoritaria ahora y mucho más letal.

A la espera de una muestra de ADN

En el Instituto de Medicina Legal de Granada (IML) tuvieron que hacer una ampliación después del naufragio de una patera frente a Motril les dejara literalmente sin sitio donde colocar los cadáveres. En los últimos años han alojado a más de 50 cadáveres, y solo se ha podido repatriar a dos.

"Uno a Mauritania y otro a Bangladés", dice Nieves Montero de Espinosa, la directora del IML. Ahora mismo solo tienen a un migrante en su depósito, y han conseguido ponerle nombre. Saben que era un chico argelino al que han identificado por su alianza y sus tatuajes. Llevaba encima, como casi todos los que se suben a una patera, su documentación envuelta en plástico para evitar que se mojara en el mar. También una pequeña bolsa llena de tierra, seguramente de su pueblo.

Su familia lo ha reconocido sin lugar a dudas, pero no es suficiente. Algunos jueces exigen una prueba de ADN para autorizar las repatriaciones. Este es, nos dicen, uno de los principales escollos para poder devolverlos a casa. "Necesitamos una muestra de ADN de la familia en el país de origen para poder comparar, pero eso allí ¿quién lo paga? Es caro. Y no existe ningún convenio con los países de origen para gestionar y pagar estas pruebas".

El cadáver lleva seis meses en su depósito y allí pasará "el tiempo que sea necesario", según la directora del IML. "Cuando creemos que es posible identificar a una persona, ésta se queda aquí todo el tiempo que haga falta hasta que podamos devolvérsela a la familia. Pero si vemos que la identificación no es posible son los ayuntamientos de los lugares donde aparecieron los cuerpos los que se tienen que hacer cargo de la sepultura", cuenta.

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Así que según su experiencia, la mayoría de migrantes fallecidos acaban enterrados en nichos anónimos, solo identificados por un número de diligencia judicial. No existe un recuento oficial para saber de cuantos se tratan.

En el cementerio de Algeciras hay dos tumbas así. Una de ellas es de una persona enterrada en septiembre tras pasar alrededor de un año en el depósito. Uno de los funcionarios del cementerio cuenta que tras cinco años los pasan al osario común, aunque identificados con una chapa. "Es por si alguien apareciera para reclamar los restos", dice, "pero sería un milagro".

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