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Las cicatrices de la pandemia en el futuro de la cultura y el arte

  • El año deja pérdidas para muchas industrias culturales y un futuro incierto para los creadores
  • Salas de cine, teatros, museos y eventos en vivo esperan que la vacunación devuelva el statu quo

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La Galería Uffizi de Florencia durante su reapertura el pasado mes de julio.
La Galería Uffizi de Florencia durante su reapertura el pasado mes de julio.

Paul Valéry vislumbró en 1934 un futuro en el que, como sucedía ya con el agua o la corriente eléctrica, en nuestras casas “llegaremos a ser alimentados con imágenes y sonidos que surgirán y desaparecerán al mínimo gesto, con una simple señal”. La radio, televisión y sobre todo internet cumplieron sobradamente sus palabras, pero nunca tanto como durante la primavera del confinamiento por el coronavirus. “Si piensas que los artistas son inservibles, intenta pasar la cuarentena sin música, libros, poemas o pintura”, tuiteó Stephen King el 3 de abril.

Industrialmente, el consumo doméstico masivo ha dejado beneficios en algunas de las empresas más poderosas del mundo (Amazon, Disney, Netflix Apple o los gigantes de telecomunicaciones), pero su consecuencia más funesta es dejar temblando al sector cultural tradicional, uno de los grandes damnificados de 2020 junto al turismo y hostelería.

El hundimiento se ha prolongado mientras se suceden las olas epidémicas y las pérdidas de empleo directas e indirectas no tienen el regreso asegurado. En septiembre, la OCDE publicó un estudio que señalaba que la resaca durará años debido a la combinación de varios factores: crisis en los canales de distribución, caída de la inversión, menor turismo, pérdida de poder adquisitivo y reducción de financiación pública y privada.

La predisposición humana a proyectar cualquier tendencia hacia el infinito pronosticó pronto la muerte definitiva de salas de cine, música en vivo, teatros y cualquier actividad presencial. Con la aparición de la vacuna, que cierra el año como la trama de un capítulo en lo alto, muchos vuelven a la hipótesis de recuperación del statu quo: en algún momento del verano las manecillas regresarán año y medio atrás.

Pero suponer que la pandemia no dejará surco suena ingenuo. ¿Serán solo cicatrices o desviará el curso del río cultural? ¿Cuáles son las implicaciones industriales que deja el coronavirus? ¿Y para los artistas y creadores?

Auge del consumo digital y doméstico

La gran hecatombe se llama industria musical, un sector que arrastraba dos décadas de continua fuga de ingresos de ventas físicas y que ha visto como desaparecía de cuajo el suelo de los conciertos en vivo. La caída de ingresos de Live Nation, la mayor promotora mundial de conciertos, se cifra en un 95%. Ni siquiera el consumo en streaming ha crecido significativamente: la música ya era antes de la pandemia un sector completamente digitalizado.

La tensión entre el consumo de cultura presencial (teatro, cines, conciertos, librerías) y doméstico puede verse como un juego de suma cero. En la llamada economía de la atención, el tiempo de consumo cultural de toda la población tiene un límite. A partir de ahí, en la medida de que las necesidades de ficción o música sean satisfechas en un domicilio, el margen se estrecha para el resto.

El libro, último soporte cultural superviviente, queda fuera de esa realidad, toda vez que el ebook no ha podido desbancar la centenaria tecnología del papel. Pero la industria editorial tiene sus propios problemas.

En primer lugar, la agonía de las librerías ha recibido su golpe de gracia en la pandemia, mientras Amazon domina con mano de hierro la distribución online. En segundo lugar, las editoriales dependen del margen de las librerías y las grandes ferias, como la de Madrid, que suponen un buen pico de las ventas anuales, se han evaporado. ¿Y los escritores? Volvemos a la economía de la atención: cada vez hay menos lectores. La literatura fue el arte hegemónico en el siglo XIX y primera mitad del XX, pero su lenta caída en busca del punto de equilibrio con su comunidad de lectores continúa.

El factor miedo del público adulto y mayor

La presencialidad de la era poscovid está asociada a una variable demográfica: el público es cada vez más adulto y sus precauciones o miedos para asistir a lugares públicos influirá en el futuro cultural a corto y medio plazo. Además, los espectáculos se concentran en el centro de los núcleos urbanos, con viviendas cada vez más inaccesibles para la población menor de 40 años, que está siendo expulsada hacia la periferia.

Recuperar o incentivar a ese público joven sería la respuesta natural, pero, pandemias al margen, el envejecimiento de la población mundial está marcando el futuro de la cultura tal vez más que ningún otro factor. En 1970, la población mundial menor de 15 años representaba el 24,7% mientras que en 2018 era solo el 15%. En España ha pasado del 27,8% al 14,8%, mientras que la población mayor de 65 años ha crecido del 9,5% al 21,5%.

No es casual que el gran lanzamiento de animación de Disney de 2020, Soul, aborde ya sin disimulo una temática exclusivamente adulta (la depresión de un hombre que no ha alcanzado la autorrealización profesional). La cultura juvenil de los años 60 y 70, o la búsqueda del adolescente global que marcó los años 80, no serán la piedra angular para la industria cultural del siglo XXI.

¿Crecerá el sector no lucrativo?

El reciente anuncio del cierre del Teatro Pavón Kamikaze en Madrid ejemplifica perfectamente un relato que se multiplica en todo el mundo: una iniciativa privada ya herida y que la pandemia ha rematado. Contaba con el reconocimiento social y éxito entre el público teatral, pero la suma no era suficiente.

La pandemia podría ensanchar lo que en EE.UU. llaman sector no lucrativo: la ópera, teatro o ballet principalmente se financian por las desgravaciones fiscales de las donaciones filantrópicas. El icónico cierre de Broadway hasta mayo de 2021 (de momento) demuestra que las artes escénicas no pueden sostenerse con ninguna reducción de aforo.

En el caso de los museos -que se han lanzado al mundo virtual en 2020- se añade la crisis del turismo y su dependencia pública. Si el peligro del arte en el mercado puro es su aplanamiento al gusto de las mayorías, el del arte guiado por lo público es –citando a Marc Fumarioli- que el estado “se arrogue el papel de guía cultural, promotor del arte de vanguardia y árbitro del gusto”.

En el polo opuesto, las artes plásticas contemporáneas son de largo el sector menos afectado. Las subastas se han adaptado como un guante a la era de la videollamada, y la relación entre acaudalados compradores privados y artistas no se ha inmutado. El único nubarrón en el horizonte será la capacidad de compra de nuevas obras a cargo de museos que puedan sufrir recortes presupuestarios.

En manos de los gigantes de internet y telecomunicaciones

La pandemia ha acelerado -aún más- la oferta de contenidos. El año dorado de las plataformas ha coincidido con el inicio de la cruenta guerra entre sus principales actores, que incluyen gigantes como Amazon, Apple, AT&T (dueña de Warner) o Disney, cuya principal víctima son las empresas de exhibición de cine, cerradas primero y huérfanas de contenido en su tímida reapertura.

Desde esa perspectiva, la decisión de Warner de estrenar todas sus películas de 2021 en su plataforma HBO Max antepone el interés del gigante de las telecomunicaciones AT&T que la tradición de Warner como gran estudio socio de los exhibidores.

Críticas a Warner por su anuncio de estrenar a la vez en salas y streaming en 2021

Si en la industria cultural tradicional existía cierta lógica entre la oferta y la demanda, en la nueva era todo es más difuso. La transición de una cultura de productos a una de servicios ha convertido a las obras audiovisuales en combustible que hace girar la rueda de internet, pero sus cifras de consumo se mantienen deliberadamente opacas. El debate sobre si las cuentas de Netflix (o Spotify) no cuadran y es una burbuja sostenida por los fondos de inversión continúa (aunque en Wall Street las acciones de Netflix han subido este año un 50%).

Para los creadores audiovisuales, la victoria de California del norte (Silicon Valley) vs. California del sur (Hollywood) de momento tiene la ventaja de la entrada un flujo de dinero impensable hace 10 años. El riesgo de mantener una burbuja audiovisual para Amazon o Apple es irrisorio y los creadores pasarían así a beneficiarse de una especie de mecenazgo indirecto, aunque el precio pueda ser cierta homogeneización de las formas, la marginación de lo experimental, y la disolución de la autoría, que muchas veces es empresarial (Netflix, Pixar).

Neofilia y acumulación de contenidos

La hoguera de contenidos de plataformas e internet, que necesita renovarse constantemente, alimentan de paso la obsesión por la novedad. En la avalancha de estrenos –y volviendo a la economía de la atención- se acumulan horas y horas de producciones imposibles de asumir para los espectadores. Más teniendo en cuenta que el catálogo suma gran parte de la historia audiovisual. La circulación se impone al contenido en sí.

La acumulación tiene un impacto sobre el valor que el receptor otorga al producto artístico, convertido en un bien abundante y ubicuo, que corre el riesgo de perder del todo el aurea y carácter sacro que tenía en el siglo XX.

¿Y el arte sobre la pandemia?

El rastro de la gran epidemia de gripe de 1918 en el arte es difuso. Pese a las monstruosas cifras de mortalidad, la pandemia estaba circunscrita en un planeta en llamas: La I Guerra Mundial, colapso del Imperio Otomano, formación de las repúblicas soviéticas. Un mundo en el que se derrumbaban las antiguas convicciones morales y trascendentales a diario: una transformación tan acelerada que tenía su correlato en el arte, con la explosión de todo tipo de vanguardias que promulgaban el final de toda norma.

¿Y 2020? Haciendo la analogía inversa, el arte lleva décadas de cierto estancamiento en sus formas, posiblemente porque la historia –algo positivo en algunos aspectos- ha calmado su curso turbulento. Pese a la revolución de la distribución provcada por Internet, una serie como Friends continúa siendo generacional para los veinteañeros de los 90, 2000 y 2010. El espíritu de los tiempos está congelado.

En La máquina del tiempo, H.G. Welles imaginó un futuro en el que habitaban los Eloi, criaturas sin conflictos, y, por tanto, sin apenas formas artísticas. Si, como dice Javier Cercas, la pandemia no tendrá quién la escriba porque carece de épica, los artistas todavía tienen mucho drama alrededor para inspirarse y, sobre todo, una máxima para no olvidar: ningún futuro está escrito.