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Elecciones en Francia 2017

François Fillon, el adalid de la austeridad imputado por corrupción

  • El candidato de la derecha era el favorito hasta que se destapó el Penelopegate
  • Es el primer aspirante con opciones de llegar al Elíseo que concurre imputado
  • El caso lastra su campaña y los sondeos le dejan fuera de la segunda vuelta
  • Con todo, mantiene el apoyo de una amplia capa de fieles y confía en remontar
  • Especial sobre las elecciones presidenciales en Francia 2017

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El candidato de Los Republicanos a la presidencia de Francia, François Fillon, en un acto de campaña
El candidato de Los Republicanos a la presidencia de Francia, François Fillon, en un acto de campaña. REUTERS

François Fillon, un corredor de fondo de la política, afronta estos días el esprint final de la campaña de las presidenciales francesas, convertidas para él en una cuestión de supervivencia: considerado el gran favorito cuando se aupó como candidato de la derecha blandiendo el estandarte de la austeridad, el estallido del Penelopegate, el caso sobre los supuestos empleos ficticios de su familia, le ha colocado al borde de un abismo del que solo puede escapar si consigue la victoria.

De hecho, es el primer aspirante con opciones tangibles de llegar al Elíseo en la historia de la Quinta República que concurre imputado, mientras los jueces investigan si incurrió en los delitos de malversación de fondos públicos, complicidad en el abuso de bienes sociales e incumplimiento de sus obligaciones sobre la transparencia de su patrimonio.

Fillon es imputado por los empleos ficticios de su familia

Esa investigación judicial ha oscurecido cualquiera de sus propuestas de campaña, pero Fillon, que prometió dimitir si llegaba a ser imputado y después se desdijo, lo fía todo al "veredicto de las urnas" agita a su amplia base de seguidores, los fieles a sus mensajes de valores tradicionales, recuperación de las esencias familiares y católicas de Francia, economía liberal y reducción del Estado.

Los sondeos, sin embargo, le colocan en el tercer -e incluso el cuarto- puesto, lejos de la ultraderechista Marine le Pen y del socioliberal Emmanuel Macron, lo que supondría quedar fuera de la segunda vuelta, es decir, el final del camino para este jurista de 63 años que empezó su carrera como periodista y al que, como él mismo ha reconocido, solo la casualidad le llevó hasta la política.

Ascenso desde provincias

Nacido en 1954 en Le Mans, hijo de dos convencidos seguidores del general Charles de Gaulle -un notario de provincias y una profesora universitaria de historia-, Fillon estudió derecho aunque se inclinaba hacia el periodismo: a mediados de los años 70, realizó prácticas como reportero en la agencia AFP.

Sin embargo, un amigo de su padre, el diputado Joël le Theule, le reclutó en 1976 para su gabinete; Fillon le acompañaría en su periplo como ministro de Transportes, primero, y de Defensa, ya en 1980. Para entonces, Fillon estaba recién casado con la galesa Penelope Kathryn Clark, que sería la madre de sus cinco hijos y que, como ahora se ha desvelado, muy pronto empezaría a cobrar del erario público como asistente de su esposo.

Penelope Fillon, esposa del candidato conservador a la Presidencia de Francia, François Fillon, ha sido imputada por diversos delitos relacionados con su implicación en el caso de los supuestos empleos falsos que este le atribuyó en la Asamblea Nacional y en una revista. A Penelope Fillon se le acusa de complicidad y de malversación de fondos públicos, complicidad y receptación de apropiación indebida y receptación de estafa agravada, informaron los medios franceses.

Ese mismo año, Le Theule falleció de un problema cardíaco, literalmente en los brazos de Fillon, que fue quien lo llevó al hospital. Había perdido a su padrino político, pero se convirtió en su heredero: se presentó y ganó todos sus cargos, desde la alcaldía de Sablé-sur-Sarthe hasta el puesto en la Asamblea Nacional. Fillon, con 27 años, era el diputado más joven de la cámara y, desde entonces, solo ha dejado el escaño por exigencia legal para ocupar puestos en el Gobierno.

Con todo, su verdadero salto político tuvo lugar en 1993, cuando el primer ministro Édouard Balladur le convirtió en ministro de Educación Superior e Investigación. Fillon alcanzaba así la primera línea política y ya no la abandonaría, llegando a pugnar en 1999 por la secretaría general del Rassemblement pour la République, como se denominaba entonces la derecha heredera del gaullismo que lideraba el presidente Jacques Chirac.

La venganza de las primarias

Este no le tenía en gran estima: le consideraba un "blando". Tampoco le apreciaba demasiado Nicolas Sarkozy, que en los días buenos solía llamarle "ese pobre tipo"; en los días malos, hablaba de un tipo "cobarde, ambicioso y avaricioso". Sin embargo, le reclutó en 2007 como jefe de campaña y, cuando llegó al Elíseo, lo aupó al cargo de primer ministro, otro salto cualitativo en la carrera de Fillon.

Su paso por el Hôtel de Matignon es representativo de su habilidad política: ha sido el único primer ministro que ha completado todo el mandato de un presidente de la derecha y, pese a los fuertes recortes impuestos por su Gobierno -la reforma que elevó la edad de jubilación de los 60 a los 62 años fue conocida como ley Fillon- , el desgaste político fue para Sarkozy, que resultó derrotado por François Hollande en las elecciones de 2012.

El ex primer ministro François Fillon obtiene una clara victoria frente a su rival Alain Juppé en la segunda vuelta de las primarias del centro-derecha francés. Fillon logra en torno al 67% de los votos, mientras que Juppé se hace con algo más del 32%.

Fillon había hecho valer su perfil moderado y sobrio, alejado de los aspavientos de su presidente, que solo lo mantenía en el cargo porque era fácil de manejar: "Su problema es que no es un macho alfa", fanfarroneaba este mismo año Sarkozy en una reunión de amigos, según la revista Marianne. El mismo perfil, en cualquier caso, que Fillon hizo valer en las primarias de noviembre de 2016, cuando se tomó cumplida revancha de todos los desprecios de sus correligionarios.

Todo el mundo daba como favorito a Alain Juppé, pero Fillon supo convencer a las bases con un mensaje de recuperación de los valores tradicionales, cercano incluso a las propuestas del Frente Nacional, y de liberalismo económico, con la promesa de austeridad para devolver el equilibrio a las cuentas estatales. Arrasó en las primarias y, ante el hundimiento de la izquierda, parecía destinado al Elíseo.

A un paso del Elíseo

En su trayecto a la cima, Fillon había pasado de ser un gaullista social, con tintes euroescépticos, a un liberal sin ambages, tradicional solo en la defensa de los valores morales que él identifica como parte de la esencia de Francia. Así, propone limitar la adopción a las parejas heterosexuales, se ha mostrado siempre contrario al aborto y es partidario de restringir la inmigración y de reservar la nacionalidad para aquellos extranjeros plenamente integrados.

En el ámbito económico, defiende suprimir la jornada laboral de 35 horas semanales -que ya diluyó como primer ministro al eximir de tributación las horas extraordinarias-, elevar la edad de jubilación a los 65 años y reducir el gasto público en 100.000 millones de euros durante los cinco años de mandato, con una promesa estrella para lograrlo: despedir a medio millón de funcionarios públicos.

El nuevo líder de la derecha francesa, Los Republicanos, tiende al liberalismo radical en la economía. En su discurso demuestra que busca restaurar la autoridad del Estado y volver a los valores morales tradicionales.

Sus adversarios han tildado su programa de "ultraliberal" y Fillon se ha ganado el calificativo de thatcheriano. En cualquier caso, los franceses parecían dispuestos a llevarle hasta el Elíseo: en enero, los sondeos le concedían en torno a un 26 % de intención de voto y le colocaban en la segunda vuelta frente a Marine le Pen, a la que vencería con facilidad porque hasta la izquierda se vería obligada a apoyarle para cerrar el paso a la ultraderechista.

Sin embargo, esas previsiones quedaron destrozadas cuando la prensa empezó a destapar sus corruptelas familiares: primero fue Le Canard Enchaîné, que reveló que su mujer no había ejercido como asistente parlamentaria pese a haber cobrado 900.000 euros por ello; después, todos los demás, que han desvelado desde préstamos de empresarios amigos sin declarar hasta trajes caros aceptados como regalo, algunos hace tan solo unas semanas.

Las urnas, veredicto final

El adalid de la austeridad aparece ahora ante los franceses como un político ambicioso y amante del dinero, que pregona recortes mientras abusa de los recursos públicos para sostener, entre otros lujos, el castillo familiar de Solesmes. Fillon defiende que toda su actuación fue legal, aunque admite errores éticos, y achaca todo el asunto a una operación de la izquierda para desbancarle

Pero los jueces ven indicios claros de delito, como demuestra su imputación y la de su mujer. Muchos franceses le han retirado su confianza, lo que le ha hundido en las encuestas. En el peor momento, cuando decenas de compañeros le retiraban su apoyo, su partido intentó apartarle de la candidatura, pero Fillon resistió, sobre todo porque, al descartarse Juppé, no había ningún sustituto solvente.

François Fillon ha tenido el baño de multitudes que deseaba

Lo cierto es que Fillon mantiene una base sólida de seguidores, que le acompañan en mítines multitudinarios y que le siguen apoyando contra todas las circunstancias: su respaldo electoral se ha mantenido en torno al 18 % en los sondeos, lo que le permite conservar alguna esperanza.

Al menos, ha desmentido a quienes le tenían por blando y se ha revelado como un candidato tenaz y correoso, que apura sus opciones a sabiendas de que no tiene retirada posible ni cuartel en la derrota. Él mismo ha ligado su suerte a las urnas y la primera vuelta será el verdadero veredicto sobre François Fillon.

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