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Alemania, el gigante de Europa 25 años después de su reunificación

  • Ahora la posición de Berlín juega un papel fundamental en el panorama global
  • La reunificación cuajó tras el Tratado 2+4, que permitió al país volver a ser soberano

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El mural titulado 'Sucedió en Noviembre', de Kani Alavi, sobre una de las secciones de la cara este del Muro de Berlín original
El mural titulado 'Sucedió en Noviembre', de Kani Alavi, sobre una de las secciones de la cara este del Muro de Berlín original

Alemania, que en su reunificación se sentía cómoda en su papel de gigante económico y enano político,  es hoy, 25 años después, un actor clave en cuestiones globales como el conflicto ucraniano, la deuda griega o la crisis de los refugiados.

El año 2015 ha estado marcado en Europa por dos grandes crisis, la de las finanzas griegas y la de los refugiados, y la forma en la que se están encarando ambas no puede entenderse sin las posiciones de Berlín.

Tanto el reparto por cuotas de los peticionarios de asilo como el programa heleno de reformas estructurales y ajustes fiscales son medidas con el sello de la canciller alemana, Angela Merkel, erigida por méritos propios en líder del continente.

En el ámbito internacional, Berlín también ha jugado un papel determinante en los últimos tiempos, implicándose en la resolución diplomática de huesos duros de roer como Ucrania e Irán, aunque evita en la medida de lo posible actuar en solitario y busca siempre el eje franco-alemán.

El acuerdo de Minsk entre Ucrania y Rusia, frágil pero sin alternativas, se logró con la intensa mediación personal de Merkel (y del presidente francés, François Hollande), y Alemania se empleó a fondo en las negociaciones a siete bandas para que Teherán y Occidente lograsen un pacto sobre el programa nuclear iraní.

Además, Alemania se ha implicado en los últimos años en una variada cartera de asuntos, desde los Objetivos del Milenio a la estabilización de Afganistán, pasando por la lucha contra el cambio climático, con el compromiso arrancado al resto de los líderes del G7, en la cumbre celebrada en Baviera, para reducir sus emisiones contaminantes.

Un ascenso gradual

La transformación alemana, que comenzó con la caída del muro de Berlín, ha sido gradual y ha cobrado fuerza gracias a la pérdida de complejos de Alemania y a las dinámicas de la UE, desde la debilidad de Bruselas a la actual postración francesa, pasando por los problemas financieros del sur.

Al término de la II Guerra Mundial, Estados Unidos, Rusia, Reino Unido y Francia convinieron que era preferible una Alemania dividida -primero en cuatro sectores, luego en dos estados- para, entre otras cuestiones, evitar que el país volviese a emerger como una potencia mundial.

La República Federal Alemana (RFA) se concentró durante décadas en la economía -primero en la difícil recuperación de la posguerra, luego a lomos del milagro alemán- y se mostró incondicionalmente fiel a Estados Unidos en los asuntos globales.

Por su parte, la República Democrática Alemana (RDAse sometió sin excepción a los dictados de Moscú, tanto en su política interior como en sus relaciones exteriores.

El Tratado 2+4

La dependencia exterior de la política alemana era tal que el propio proceso de reunificación, planteado a la carrera por el excanciller conservador Helmut Kohl tras la improvisada e imprevista implosión de los regímenes comunistas, tuvo que ser previamente consensuado con Rusia, EEUU, Francia y Reino Unido.

De hecho, la reunificación sólo pudo cuajar tras la firma, en septiembre de 1990, del Tratado 2+4, por el que los cuatro vencedores de la II Guerra Mundial renunciaron a sus derechos sobre las dos Alemanias, permitiendo al futuro país unificado ser totalmente soberano.

Poco a poco comenzó a hacerse visible la transformación de enano a gigante político de Berlín, cuyos primeros frutos fueron evidentes durante las dos legislaturas de gobierno rojiverde del canciller Gerhard Schröder (1998-2005).

El líder socialdemócrata optó por un papel activo en la guerra de Kosovo, que fue la primera misión militar alemana en el extranjero desde la II Guerra Mundial, y, por una combinación de motivos,  decidió no sumarse a la coalición internacional que invadió Irak en 2003 bajo los auspicios de la administración Bush.

Pese a todo ello, tanto el gobierno de Schröder, que rechazó la guerra de Irak junto con Francia, como el de Merkel, estrecha aliada del presidente galo, François Hollande, han subrayado siempre la necesidad de tomar las decisiones en el marco de la cooperación con sus socios europeos.