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La Costa de Marfil de Ouattara afronta la batalla más difícil: la reconciliación

  • Los seguidores de Gbagbo están armados y rechazan frontalmente a Ouattara
  • El odio al norte y a las potencias extranjeras ha sido la marca del régimen
  • El presidente electo tendrá que fiscalizar las posibles matanzas de sus milicias
  • La división de Costa de Marfil va más allá de los bandos de Gbagbo y Ouattara

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La previsible rendición del presidente saliente de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo, no será el punto final a la crisis política que vive el país africano como tampoco su comienzo fue su negativa a aceptar su derrota electoral frente a su rival, Alassane Ouattara, el pasado 28 de noviembre.

La división territorial que vive el país desde septiembre de 2002 entre un norte controlado por las fuerzas republicanas próximas a Ouattara y el sur en manos del Gobierno reconocido de Gbagbo es el reflejo de una separación más profunda: la de una población musulmana a la que se le ha negado la ciudadanía por proceder de países vecinos frente a un sur guardián de las esencias que ha sido alimentado de resentimiento hacia los rebeldes y a las potencias extranjeras por el régimen.

En este sentido, los dos acontecimientos clave ocurridos en los últimos días no suponen una reducción de esta brecha, sino su ampliación: mientras los rebeldes han entrado en Abiyán dejando a su paso acusaciones de violaciones de derechos humanos, la ONU y Francia bombardeaban a las fuerzas de Gbagbo.

"Los bombardeos franceses y de la ONU va a hacer más difícil convencer a la población del sur, que ha sido alimentada durante una década por una virulenta propaganda, que dice que Ouattara es una marioneta de las potencias occidentales”, ha asegurado Anne Fruhauf, analista para África del Euroasia Group en Londres en declaraciones a Bloomberg.

De la prosperidad a la guerra civil

Por eso, la salida de Gbagbo más que un final es una etapa más de una historia que se empezó a torcer cuando se fue el padre de la patria, Félix Houphouet-Boigny, que gobernó durante tres décadas haciendo un complejo juego de equilibrios que le permitió convertir Costa de Marfil uno de los países más prósperos de la zona.

Sin embargo, su sucesor Henri Badié, que fue derrocado por un golpe de Estado en 1999, alimentó la retórica xenófoba contra el norte con el objetivo de deshacerse de su principal rival político, que no era otro que Ouattara.

Las elecciones presidenciales del año siguiente, en la que Gbagbo se haría con el poder, supusieron el desarrollo de un régimen más sofisticado: la eliminación violenta de la disidencia y el veto electoral a los no nacidos en Costa de Marfil para evitar que Ouattara se presentase y que sus seguidores le votasen.

El conflicto se enquistó hasta la guerra civil, que provocó el despliegue de una fuerza de paz de la ONU (Onuci) para dar pasos a una reconciliación que aún no se ha producido, como demuestra lo ocurrido en todo este tiempo.

En él, el régimen de Gbagbo se ha asentado sobre dos bases, para las que la propaganda de la televisión estatal ha sido esencial: por un lado, la defensa de la nacionalidad marfileña contra las fuerzas del norte. Por otro, la denuncia de las injerencias extranjeras, fundamentalmente de Francia pero también de la fuerza de Naciones Unidas, que ha sido blanco de sus ataques.

La importancia de reconocer la derrota

Por eso, el hecho de que el presidente saliente firme por escrito que reconoce la victoria de Ouattara tiene una importancia clave para el futuro democrático del país.

“No voy a firmar eso, ¿por qué debería hacerlo?”, se preguntaba en voz alta encerrado en un búnker en su residencia, rodeada primero y asaltada después por las fuerzas de Outtara.

Tal y como señala Albert Caramés, observador de la Onuci que estuvo presente durante las dos vueltas electorales, “aunque la diferencia de Ouattara fue de 300.000 votos, hay dos millones de personas que apoyan a Gbagbo”.

En realidad, podrían ser muchas más. Caramés relata cómo pese a que el proceso fue avalado por la Comisión Electoral Independiente hubo problemas en el proceso de identificación del censo (solo votaron 5,7 millones de los 21 millones de marfileños) y con el armamento con las milicias del norte, controladas por Outtara.

El Consejo Constitucional –el más alto tribunal del país pero controlado por las milicias de Gbagbo- anuló los resultados en provincias del centro y el norte del país por el uso de la violencia y el fraude, con el objetivo de dar la vuelta a las elecciones.

Esa anulación, cuestionada por la comisión independiente y la comunidad internacional, tendría que haberse acompañado, según Caramés, por la convocatoria de nuevos comicios en cumplimiento del artículo 64 del código electoral marfileño, pero no fue así, dejando en evidencia que la clara intención de Gbagbo era perpetuarse en el poder.

En su último informe antes del estallido de las hostilidades, el International Crisis Group acusaba a Gbagbo de aferrarse al poder de manera premeditada y de “chantajear y usar violencia contra civiles que percibía como seguidores de Ouattara”.

El reto del desarme

Pero la espiral de violencia contra la población civil que ha dejado un millón de desplazados, centenares de muertos -decenas de ellos en los últimos días- es poco probable que cese con la caída de Gbagbo.

Si éste accede a reconocer su derrota y se exilia a algún país vecino -Togo, Angola y Sudáfrica son los principales candidatos- seguirá habiendo una legión de partidarios que se agrupa en torno a los llamados 'Jóvenes Patriotas', un movimiento estudiantil liderado contra Charles Goude.

Frente a ellos, están las milicias republicanas controladas por el primer ministro de Ouattara, Guillaume Soro, que también es su ministro de Defensa.

Estos dos actores, Goude y Soro, son tanto o más importantes en el proceso de desarme y reconciliación que se iniciaría tras la salida del presidente.

"La gran cantidad de armas que hay en el país es un primer problema", según Manuel Manrique, experto en las relaciones África- Europa de Fride.

"Incluso si Gbagbo se va, sus seguidores están aún fuertemente armados y estarán muy frustrados. La situación de seguridad en Abiyán es probable que se vuelva muy impredecible por algún tiempo", predecía Hannah Koep, analista para Costa de Marfil de la consultora Control Risks.

El Gobierno de unidad

Así las cosas, a medio plazo esa tensión solo se podrá calmar con un Gobierno de unidad que incluya a personalidad políticas del sur e incluso miembros del partido de Gbagbo en puestos como vicepresidente o primer ministro.

El International Crisis Group propone que haya un pacto entre el aprtido de Ouattara y el de Gbagbo para que formen gobierno hasta unas eventuales elecciones legislativas.

En la misma línea, Jendayi Frazer, especialista en África del Council of Foreign Relations, considera que un escenario "en el que el ganador se lo lleve todo no es deseable".

Pero, aunque como señala Manrique, lo deseable es que Ouattara sea el presidente de todos los marfileños, no solo de los del norte.

La masacre

Para ello, otro de los retos que tendrá por delante será su propia relación con las fuerzas de Soro, así como la exigencia de sus responsabilidades por lo ocurrido durante la ofensiva en el oeste del país, especialmente en la ciudad de Duekoué.

El fiscal de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, ha iniciado investigaciones preliminares por los "asesinatos masivos" en esa ciudad, donde la ONU ha identificado una fosa común con 200 cuerpos y la Cruz Roja habla de una matanza de 800 personas.

"Ouattara siempre ha tenido cuidado de mantener distancias de los rebeldes del norte pero su las fuerzas republicanas están implicadas en las atrocidades eso hará las cosas mucho más difíciles", explica Koep.

Esta ciudad es un símbolo de la división étnica, con una gran cantidad de población extranjera que se dedica al cultivo del cacao, y también de las tensiones latentes en el país más allá de los nombres de Gbagbo y Ouattara.

"Ouattara tiene una tarea política grande y difícil por delante", resume Rinaldo Depagne, del International Crisis Group, a Bloomberg.

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