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Israel pone a prueba el temple de Obama con nuevos asentamientos

  • Los asentamientos judíos provocan el conflicto más serio en décadas
  • Son los aliados y no los enemigos los que ponen a prueba el temple de Obama
  • Clinton suaviza el tono y defiende el "lazo inquebrantable" entre ambos países

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Jóvenes palestinos se enfrentan a pedradas a los antidisturbios israelíes que responden con violentas cargas policiales

El desplante al vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha desatado la cólera de la administración Obama. No es la primera vez que un gobierno israelí anuncia nuevos asentamientos judíos coincidiendo con una visita de su principal aliado. Se lo hicieron a James Baker, a Madeleine Albright y a la misma Condoleezza Rice. Pero "sólo" eran secretarios de Estado. Esta vez han elevado el grado de la humillación.

Y la respuesta ha sido acorde, coordinada por el propio Obama. Biden ha condenado la construcción de 1.600 casas en Jerusalén Este. Condenar es un término muy duro en el lenguaje diplomático, reservado para desafíos como las pruebas nucleares de Corea del Norte o la represión de los opositores al régimen iraní. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, leyó la cartilla por teléfono al premier israelí, Benjamin Netanyahu.

El embajador israelí en EEUU, Michael Oren, ha reconocido que las relaciones entre los dos países afrontan la peor crisis en 35 años, según informa el diario israelí Haaretz. Según Oren, la crisis actual es la más seria con los estadounidenses desde la confrontación entre Henry Kissinger e Isaac Rabin en 1975.

Poner a prueba el temple de un presidente

Cuando Biden dijo en plena campaña electoral que "antes de seis meses el mundo pondrá a prueba el temple de Obama como hicieron con John F. Kennedy" pensaba en otra cosa, probablemente. Porque la prueba ha venido de las propias filas. En casa, Obama intenta que sus propios congresistas aprueben al reforma sanitaria. Fuera, es Israel quien tantea el fuste del Presidente.

No es casual, como analiza el ex embajador norteamericano en Israel, Martin Indyk, vicepresidente del "think tank" Brookings. Netanyahu dice en público que desconocía el anuncio de los asentamientos, pero lo cierto es que sus asesores se habían pasado los últimos meses asegurando a Washington que no habría provocaciones que sabotearan las negociaciones indirectas para avanzar en el proceso de paz en Oriente Próximo.

Pero la provocación se ha realizado a la vista de todo el mundo. Y hay al menos tres razones. El discurso de Obama en El Cairo tuvo la virtud de que por primera vez "Bibi" Netanyahu es más popular en su país que el presidente de EE.UU. Además, el ascenso de los republicanos tras la derrota de Massachusetts pueden tentar al premier israelí a repetir lo que hizo con Clinton cuando perdió la mayoría parlamentaria: pactar con la oposición. Y por último, Netanyahu está seguro de que pase lo que pase, Obama está decidido a impedir que Irán se haga con el arma nuclear.

La sangre no llegará al río

Madeleine Albright llamó a Martin Indyk después de otra ampliación inoportuna de los asentamientos en Cisjordania: "dile a Bibi que deje de preocuparse por su ala derecha y empiece a preocuparse por Estados Unidos". Lo cierto es que nunca se ha desecho el "lazo inquebrantable" entre ambos países, como ha reiterado Hillary Clinton este mismo martes. Sin embargo, el enviado especial norteamericano a Oriente Medio, George Mitchell, no viajará esta semana a la zona, tal y como estaba previsto, ante la escalada de violencia.

El principal lobby israelí en Washington, la AIPAC, ha afirmado que las recientes declaraciones de la administración Obama -las condenas- son un "serio motivo de preocupación" e insta a "dar pasos inmediatos para desactivar la tensión con el Estado judío". Hillary Clinton y Benjamin Netanyahu hablarán en este foro la semana que viene. Y es posible que Biden se entreviste con Netanyahu. Obama está de gira por Australia e Indonesia.

Más allá de las declaraciones, ambas partes tienen intereses sobrados en que las aguas vuelvan a su cauce. El problema es que el desafío israelí ha puesto en jaque toda la agenda exterior de Obama. Si Estados Unidos recula, aparecerá débil y el proceso de paz moribundo. Si aprieta las tuercas, corre el peligro de aparentar dureza con sus aliados pero timidez con Irán. Las "sanciones paralizadoras" siguen sin aprobarse y el reloj corre.