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La vida prestada de Vivian Maier, la niñera fotógrafa

  • Una novela de Berta Vias recrea la vida interior de la fotógrafa estadounidense
  • Vivian Maier cuidó niños durante 40 años y nunca mostró su trabajo
  • La autora está valorada como referente de la fotografía de calle

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LA OBRA DE VIVIAN MAIER EXPUESTA EN VALLADOLID
Imagen de archivo de una muestra sobre Vivian Maier expuesta en Valladolid. (EPA) EFE mbm

Le gustaban los niños, los cementerios y deambular sin rumbo por los arrabales de las grandes ciudades. Vivian Maier (1926-2009) era un fantasma armado con su inseparable cámara rolleiflex al acecho del bullir de una vida sin imposturas.

En cualquier puzle humano es complejo hilvanar las piezas, pero en el caso de Maier, la célebre niñera fotógrafa aupada tras su muerte como maestra de la Street Photography (Fotografía de calle), su enigmática personalidad alimenta la fascinación por su figura. Un icono escondido en plena era del culto a la imagen.

Una atracción quizás cimentada en su empeño de no mostrar jamás al público su titánico trabajo, desperdigado en guardamuebles y descubierto por el historiador John Maloof en una subasta en 2007.

En la mente de Maier

La escritora Berta Vias Mahou se ha propuesto abrir una rendija imaginaria en la mente de Maier. En la novela Una vida prestada (Editorial Lumen) se introduce en su piel a través de conversaciones ficticias con los niños que cuidó y reconstruye un día normal que parte de ingredientes muy reales.

Una reflexión cargada de sensibilidad y agudeza de por qué Maier ocultó sus fotografías, que rescata la voz de la niñera, su alma y sus pensamientos en un preciso diálogo con ella misma y con el lector.

La autora recrea literariamente el interior de Maier tras haber rastreado a fondo su vida en sus instantáneas, en documentales como Finding Vivian Maier y en biografías recientes, que han ordenado el rompecabezas de una mujer extremadamente “culta”, que leía e iba al cine sin parar y que con sus ahorros recorrió en solitario Egipto, Bangkok, Tailandia, Vietnam e incluso recaló en España.

“Vivian Maier era muy autodidacta y con interés enorme por lo que ocurría a su alrededor. Los periódicos los coleccionaba, no los tiraba. Le encantaban las biografías, se sabía poemas de memoria que recitaba a los niños. Era muy polifacética y reservada. Creo que tiene que ver con el hecho de ser fotógrafa, de mirar todo desde fuera. Era una especie de cazadora al acecho, también en su vida porque muchas de las familias con las que vivía las fotografiaba casi sin que se dieran cuenta”, apunta la escritora sobre el carácter de la fotógrafa que ejerció como niñera durante cuarenta años.

Un talento sin límite

Vivian Maier era de origen francés pero tras cortar lazos completamente con su familia vivió gran parte de su existencia entre Nueva York y Chicago, donde también jugó al despiste con su acento y con continuos cambios de identidad.

Su labor como nanny le procuró un techo y le permitió no tener que preocuparse de las facturas, pero por encima de todo le brindó una ansiada libertad de movimientos para captar a los más humildes de la sociedad.

La fotógrafa dispara compulsivamente con la cámara a media altura y acumula decenas de autorretratos velados por sombras y reflejos. Son otra forma de emerger una identidad que nunca pudo situar en primer plano por su condición de niñera. Le permitían encontrar su lugar en el mundo en una búsqueda casi rayana en la obsesión, según ella misma grabó en varias cintas.

El resultado son imágenes hiperrealistas en las que muestra sin juzgar pero trasluce curiosidad como cronista a pie de calle. "Cuando ves sus tiras te das cuenta de que usaba técnicas de consumada fotógrafa y saca lo que quiere con un solo disparo", explica la escritora madrileña sobre la pericia visual de su admirada Maier, convertida en referente fotográfico de la segunda mitad del siglo XX en Norteamérica, a la altura de maestros como Robert Frank o Diane Arbus.

Berta Vias cree que Maier era consciente de su inmenso ”talento” aunque su alergia a las camarillas profesionales y su pudor innato le frenaron a la hora de exponerlo. Las hipótesis se acumulan sobre este punto. Se apunta a causas económicas, a un trauma familiar o incluso a una enfermedad mental acerca del origen de su comportamiento.

Ella sabía que estaba haciendo cosas muy buenas

“Comparando su trabajo con el que hacían otros, ella sabía que estaba haciendo cosas muy buenas”, apunta Vias, que en la novela habla de otras grandes mujeres fotógrafas que sí dieron a conocer su trabajo como Bérenice Abbot o Dorothea Lange.

La niñera fotógrafa murió en el ostracismo y la indigencia, mantenida por tres hermanos a los que cuidó en su infancia. Paradójicamente, las imágenes que dormitaron durante años en trasteros pero que nunca llegó a destruir, cotizan cifras astronómicas.

Un legado colosal, compuesto por más de 100.000 archivos fotográficos de los que queda un ingente material por analizar y que le reivindican como artista visual rompedora y vanguardista.

¿Habría soportado Vivian Maier el éxito? Nadie lo sabe, pero la conciencia de la fugacidad del arte y la vida estaba marcada a fuego en su personalidad, tal y como declaró en una de las grabaciones rescatadas por Maloof. Una idea que recupera Berta Vias en su novela.

“Tenemos que dejar sitio a los demás. Esto es una rueda, te subes y llegas al final, alguien más tiene tu misma oportunidad y ocupa tu lugar, hasta el final, una vez más, siempre igual”. Nada nuevo bajo el sol” (Vivian Maier).

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