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Visitamos la única cárcel israelí en territorio palestino

Entre los muros de Ofer

  • Hay más de 700 presos que el Gobierno israelí considera “de seguridad”
  • La prisión de Ofer se abrió en 1988 y se cerró en 1995; se reabrió en 2002

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TVE visita la única cárcel israelí construida en Cisjordania

Los imponentes muros de hormigón de la prisión de Ofer no son los únicos que encontramos a nuestra llegada. Desde la carretera se ve otro muro, también de hormigón, que se interpone entre la cárcel y la población palestina de Beitunia, a sólo tres kilómetros de Ramala, en Cisjordania.

El de Ofer es el único centro penitenciario israelí construido en territorio palestino (territorio ocupado, según las Naciones Unidas); pero dentro no se aplica ninguna normativa de la Autoridad Palestina; tampoco, el Derecho israelí, según nos explica el director de la prisión, el comandante Shalom Yaakov. La cárcel se rige por su propia ley.

Detrás de los muros, hay más de 700 presos que el Gobierno israelí considera "de seguridad": todos son palestinos.

La prisión de Ofer se abrió en 1988 y se cerró en 1995, tras la firma de los Acuerdos de Oslo; pero se reabrió en 2002, al final de la Segunda Intifada palestina. Hasta hace cinco años, los reclusos vivían y dormían en tiendas de campaña (en nuestra visita, aún se ven algunas, con lona de color caqui, que reservan para emergencias). Un incendio en 2008 llevó a que se construyeran las celdas actuales.

Entramos a esta cárcel después de varios años sin que se permita el acceso de prensa extranjera y a pocos días del Día de los Presos Palestinos. Nos invita la Oficina de Prensa del Gobierno de Israel, que nos avisa de que, por norma de la prisión, no podremos entrar con cámaras, grabadoras o teléfonos móviles. Sabemos que para una televisión no poder filmar es un gran impedimento; aun así, no queremos perdernos esta insólita oportunidad.

En la actualidad, hay 5.000 presos palestinos ("de seguridad") en cárceles israelíes, según el Servicio de Prisiones. Es la mitad de los que había en 2007. De ellos, el 64% está cumpliendo condena; el 33% está en prisión preventiva (los llaman "detenidos"); y el 3%, bajo lo que el Gobierno israelí llama “detención administrativa”, una fórmula que, alegando motivos de seguridad, permite mantenerlos recluidos indefinidamente sin juicio y sin cargos.

Los presos de seguridad, nos explica el subcomandante Naftali Shmulevitz, del Servicio israelí de Prisiones, reciben la misma comida, tratamiento médico y servicios que cualquier recluso. Pueden pasar hasta ocho horas al día fuera de la celda, recibir correo, leer periódico... La Autoridad Palestina da a cada recluso una ayuda mensual de 400 NIS, unos 80 euros. Y la familia les puede entregar hasta 1.300 NIS al mes (unos 260 euros).

Pero en el tema de las visitas familiares, hay diferencias. A los internos “de seguridad” sólo los puede visitar su familia directa, es decir, padres, hermanos o hijos; pero no abuelos, ni tíos, ni primo... Según el reglamento, tienen derecho a esas visitas cada dos semanas: se ven a través de un cristal y se hablan por teléfono. Pero, según Shmulevitz, "la visita de la familia se puede convertir en un privilegio, que sea retirado". Otros derechos, como la visita del abogado, la del líder religioso o el tratamiento médico, no se pueden cancelar, nos explica.

Una huelga de hambre, transgresión de las normas

El director de la prisión, Shalom Yaakov, señala que hacer huelga de hambre supone una transgresión de las normas, lo que conlleva un castigo. "Comer es una obligación", asegura. "Aquí dentro hay que guardar un orden. Si los prisioneros cometen errores, los encierro en sus celdas. Este es mi castigo", afirma el comandante.

Visitamos el ala de la prisión en la que están recluidos los menores. La responsabilidad penal en Israel empieza a la edad de 12 años; aunque nos explican que, en la práctica, a los menores de 14 años los liberan en pocos días. De los 710 reclusos, considerados de seguridad, que hay en Ofer, 120 son menores de edad. A la mayoría los han detenido por lanzar piedras.

Cuando llegamos, la mayoría de los chavales está en clase. Hay unos 40 alumnos por profesor (la ley israelí establece que sean como máximo 15) y el docente es un recluso adulto sin formación en Magisterio; pero, al menos, pueden aprender matemáticas, árabe y hebreo.

Los periodistas irrumpimos en medio de su clase. Bilal, de 16 años, me dice que está aprendiendo hebreo porque se aburre. "En los tres meses que llevo aquí, sólo he recibido una visita de mi familia", me cuenta en inglés. Cuando le pregunto por qué lo han detenido, me contesta: "me cogieron cuando tiraba piedras".

Me cogieron cuando tiraba piedras

Aún le queda un mes más entre rejas. Le pregunto sobre el interrogatorio y si ha sufrido malos tratos. En voz baja, confiesa que le pegaron en la cabeza y que le ataron las manos a la espalda con bridas de plástico. El Servicio de Prisiones reconoce que durante el interrogatorio, los menores tampoco tienen asistencia letrada.

Seis meses por tirar piedras

En la otra pequeña aula, un joven de Ramala, de 17 años, me explica que le han caído seis meses de cárcel por tirar piedras. Ya ha cumplido dos; pero en este tiempo, aún no ha podido ver a su familia. "¿Cómo te tratan aquí?", le pregunto. "Bien, más o menos" y con gestos me explica que le han dado algunos guantazos y me enseña las heridas que han dejado en sus muñecas las bridas de plástico con las que lo esposaron para llevarlo ante el Tribunal Militar.

Se acabó el tiempo en este sector. Visitamos también al "ala de Hamás". El Servicio de Prisiones distribuye a los presos palestinos en sectores por organizaciones políticas: Hamás, Al Fatah, Yihad Islámica, el Frente Popular para la Liberación de Palestina o el Frente Democrático. ¿Y qué ocurre con los palestinos que no militan en ninguna organización?, preguntamos. "Los asignamos a la que consideramos y entre ellos se las arreglan", nos contesta el director de la prisión.

Los más de 50 periodistas, acompañados del personal de la prisión, que no va armado, entramos en el pequeño patio interior enrejado, donde a las 12 y media del mediodía llegan algunos rayos de sol.

Antes de entrar, nos piden que hablemos con los "portavoces". Dicen que los propios presos se organizan entre sí para trasladar sus reivindicaciones. Nos presentan a Mohamed, un profesor universitario de Hebrón, con barba recortada y pelo canoso. En correcto inglés, se queja de que lleva 17 meses en detención administrativa y de que en ese tiempo sólo ha visto dos veces a su mujer y a sus hijas.

Critica el sistema judicial al que los someten: "Dependemos de la opinión del juez militar de turno. Primero me llevaron ante uno que dijo que no me consideraba un peligro para la seguridad de Israel y redujo mi período de reclusión en dos meses. Poco antes de la fecha en que debían liberarme, me llevaron ante otro que dijo que no me creía y que no le importaba lo que hubiera dicho el otro juez: ordenó mi reclusión durante dos meses más", nos cuenta Mohamed, con pocas esperanzas de que lo liberen. Y como anécdota, añade: "nos dejan ver la televisión, pero no Al Jazeera".

La comida en la prisión es "kosher"

En torno al patio, están las celdas; pero también, una sala con un televisor, la lavandería y la cantina, donde todos los productos son israelíes. La comida en la prisión es "kosher": sigue los preceptos de la religión judía, a pesar de que todos los internos son palestinos.

En cada celda, de unos 3 metros y medio de ancho por unos cinco de largo, duermen diez presos, en literas dobles. El lugar se ve limpio y con cierto orden, necesario en los pequeños espacios, siempre compartidos.

Este conflicto seguirá sin que nadie haga nada

En el ambiente, en las miradas, flota la desesperanza. Antes de marcharme, un recluso me dice: "Soy de Jordania. Gracias por venir y por vuestro interés. Escribiréis sobre nosotros unas líneas y la gente lo podrá leer; pero eso no cambiará nada. Nosotros seguiremos aquí, presos, y este conflicto seguirá sin que nadie haga nada".

Con su mensaje aún clavado en mi cabeza, el director de la prisión se despide con un recordatorio: "Mucha gente vela por la salvaguarda de los derechos de los reclusos: los tribunales israelíes, el Ministerio de Justicia, las organizaciones de derechos humanos, el Comité Internacional de la Cruz Roja… y vosotros: la prensa".

Fuera, a nuestra salida, decenas de gorriones levantan el vuelo y se posan en las alambradas que coronan los muros de la prisión.

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