Egipto pasa página tras la victoria de Morsi: de la primavera árabe al verano de islamistas y militares

  • El nuevo presidente tiene los poderes recortados por la junta militar
  • Hermanos Musulmanes y militares negocian el reparto de poder en Egipto
  • La Asamblea Constituyente será clave en la nueva transición egipcia
  • Cuando haya constitución, habrá nuevas elecciones legislativas
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ALBERTO FERNÁNDEZ 

Tras décadas a la búsqueda del poder ejecutivo en Egipto, los Hermanos Musulmanes se encuentran a partir de este lunes con una situación paradójica: tienen un presidente que no era el favorito ni para ellos mismos, con los poderes limitados por el ejército, sin un parlamento con el que desplegar su agenda legislativa y que genera desconfianza en casi la mitad de la población, tal y como demuestra su victoria 'por los pelos' contra el ex primer ministro de Mubarak, Ahmed Shafiq.

Ante esta situación, el nuevo presidente egipcio, Mohamed Morsi, el primero elegido democráticamente, tuvo que hacer un ejercicio de equilibrismo en su primera intervención ante su pueblo que a buen seguro tendrá que repetir en los próximos meses.

Por un lado, apelar a la unidad nacional, proclamando que será "el presidente de todos los egipcios", en una clara apelación a los sectores cristianos y laicos, donde un presidente de los Hermanos Musulmanes genera algo más que desconfianza.

Por otro, unas palabras a la junta militar, agrupada en el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, a los que ha asegurado que ama "con un amor en mi corazón que solo Dios sabe".

Pero, ¿cómo es posible contentar a unas minorías que quieren más democracia y que se sienten excluidas del proceso democrático tras liderar la revuelta contra Mubarak y hacerlo a la vez con los que son su principal obstáculo para un futuro plenamente democrático? Y, forzado a una doble apertura, ¿cómo reaccionará la propia Hermandad, donde hasta hace poco era un hombre gris, y que tiene su propia agenda política liderada por su ideólogo, Jairat el-Chater?

Formar gobierno, primer reto

"Nosotros los egipcios, musulmanesy cristianos, nos enfrentaremos juntos a las luchas internas y conspiraciones que tienen como objetivo nuestra unidad nacional", aseguraba Mursi en un guiño claro a la minoría copta, cuyas protestas por lo que consideran recortes de sus derechos religiosos han acabado con más poder para el ejército, autoerigido como garante de la estabilidad.

Entre los posibles ministros para el ejecutivo suenan el ex director general de Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) y candidato fallido, Mohamed el Baradei, mientras que tendrá que contar con el respaldo de los otros dos candidatos más votados en la primera vuelta tras Morsi y Shafiq: el nasserista laico Sabbahy y el islamista moderado Abdul Futuh.

El apoyo de estos sectores puede hacer que una de sus promesas clave en la campaña, la completa implementación de la ley islámica (sharía) tenga que dejarse para mejor ocasión.

Pero, más allá de los grupos revolucionarios que, en algunos casos con la nariz tapada, apoyaron a Mursi y a los Hermanos Musulmanes en la recta final de campaña, en el otro lado hay un nada desdeñable 48% de egipcios que votaron a Shafiq, un dato aún más sorprendente teniendo en cuenta la abrumadora mayoría que lograron los islamistas y salafistas en las elecciones legislativas.

Según relata el experto del Council of Foreign Relations Ed Husain, "muchos egipcios están cansados de la retórica revolucionaria" y pone como ejemplo lo que vivió en un reciente viaje a El Cairo.

Si hace un año ser acusado de ser un felool -un miembro del antiguo régimen- era un insulto en toda regla, ahora los partidarios de Mubarak y los militares no tienen miedo de salir a la calle y reivindicarse.

"Hay muchos que están cansados de protestas: quieren a los turistas de vuelta, el tráfico fluir en el centro de la ciudad libre de manifestantes y que vuelva la 'vieja' estabilidad", señala el experto.

La presencia de Shafiq o de personas cercanas a él en el ejecutivo podría ser un gesto en este sentido, pero Morsi tiene también que tener en cuenta el otro lado de la ecuación, los propios Hermanos Musulmanes.

El papel de los Hermanos

"Morsi es un accidente de la historia. Realmente es un hombre gris. Creo que la auténtica pregunta es si puede cambiar", declaraba al New York Times Shadi Hamid, del Brookings Doha Center.

Durante la campaña, todas las decisiones de Morsi eran tomadas en acuerdo con el consejo de los Hermanos y, especialmente, con el visto bueno del multimillonario Chater, cuya candidatura fue anulada por los tribunales.

"Hay una oportunidad de que se convierta en un hombre independiente, pero tiene que distanciarse de la Hermandad. En algún punto, Morsi tendrá que empezar a tomar sus propias decisiones y más pronto que tarde habrá tensiones entre Chater y Mursi", relataba Hamid al New York Times.

Ese momento puede llegar más pronto de lo previsto. Los Hermanos Musulmanes, con Chater a la cabeza, han anunciado que seguirán en la plaza Tahrir hasta que se les devuelva el poder a un parlamento que ahora esta cerrado a cal y canto por los militares, que se han autoadjudicado el poder legislativo en un decreto aprobado la semana pasada.

"La revolución que viene será menos pacífica y más violenta. Será difícil controlar las calles. Algunos partidos, no los Hermanos Musulmanes, pueden llevar a más violencia y extremismo. Cuando el pueblo encuentra la puerta del cambio pacífico cerrada es una invitación a la violencia", ha advertido Chater.

Las palabras del líder islamista no hacen más que ilustrar cómo el proceso revolucionario emblema de la primavera árabe se ha convertido en un 'verano' donde las viejas rencillas entre los Hermanos Musulmanes y los militares se han convertido en el eje de la transición egipcia, dejando de lado a laicos y jóvenes.

Control militar

Así, si los militares habían prometido ceder el poder a 30 de junio, con un presidente, un parlamento y una asamblea constituyente en marcha, ahora esa cesión será meramente testimonial, porque su control sobre Egipto ha aumentado de manera exponencial.

Los pasos seguidos por la junta militar en las semanas anteriores y posteriores a los comicios han ido segando la hierba bajo los pies de los Hermanos Musulmanes, que soñaban con un poder absoluto que ahora es poco más que simbólico.

En primer lugar, pese a derogar la ley de emergencia han institucionalizado su poder en la seguridad interna del país autorizando la detención militar. Luego, tras la polémica sentencia del Tribunal Constitucional, se adjudicaron por decreto el poder legislativo tras la disolución del parlamento.

Además, se han declarado a sí mismos autónomos de cualquier supervisión civil y se han dado poder absoluto en los asuntos militares, teniendo la potestad de nombrar ellos mismos al ministro de Defensa.

Por útimo, pero no menos importante, se han dado un papel en la Asamblea Constituyente, encargada de elaborar una Carta Magna que delimitará definitivamente los poderes del presidente, del parlamento y de las fuerzas armadas.

Solo después de que esta nueva Constitución se apruebe habrá nuevo parlamento -hasta entonces el legislativo seguirá en manos del ejército- y, más aún, cuando la Constitución sea aprobada habrá que elegir de nuevo a un presidente. O, lo que es lo mismo, para los militares Mursi es una especie de presidente interino.

La Asamblea Constituyente, el campo de batalla

De lo que ocurra en el seno de esta asamblea dependerá en buena medida el futuro de Egipto. En principio, este organismo se ha salvado de la quema de la disolución parlamentaria, pese a que sus miembros fueron elegidos por el parlamento en manos de los islamistas.

Tras la disolución de la primera asamblea por una corte administrativa precisamente por el excesivo peso de los islamistas, la nueva asamblea, formada unos días antes de las elecciones, está presidida por el juez decano del país, en un guiño al poder judicial, reacio también al poderío de los Hermanos.

A cambio, la nueva asamblea tendrá muchos más controles que la anterior, que trabajaba directamente para el pueblo. Ahora, una serie de actores, entre ellos el presidente, el líder de la junta militar el primer ministro o un quinto de la propia asamblea, pueden pedir que cualquier artículo del borrador sea reconsiderado antes de ser sometido a una consulta popular.

Finalmente, si la asamblea se niega será el Tribunal Constitucional el encargado de decidir si el artículo recurrido va en contra de los objetivos de la revolución, que puede bloquear de facto el trabajo de la asamble.

Y aquí entra el último movimiento de la junta militar, que puede en caso de que el trabajo de la asamblea esté bloqueado formar una nueva por su cuenta en el plazo de una semana y reducir el debate dentro de la misma de seis a tres meses.

Más aún, un tribunal está ya examinando la legitimidad de la actual asamblea, que podría ser anulada como la anterior debido a que los miembros del parlamento extinto se votaron a sí mismos para estar en la Asamblea Constituyente.

Si se repite el fallo, Morsi se encontraría en la siguiente situación kafkiana: mientras no haya Constitución, no tendrá parlamento y estará sometido al control legislativo de los militares pero cuando haya Carta Magna, ésta sería dictada por una asamblea próxima a los militares y él mismo tendrá que dimitir y someterse a nuevos comicios.

Ante esta situación, de nuevo el acuerdo entre bastidores de las dos fuerzas más poderosas de Egipto parece inevitable.

"Nadie debe dudar de que va a haber un acuerdo, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas tiene los tanques y las armas y los Hermanos comprenden eso. Deberá haber algún acuerdo temporal para compartir el poder, habrá que dar y recibir", concluye Hamid.

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