La factura a pagar tras el accidente nuclear de Fukushima: menos energía, más cara

DARÍO PESCADOR - MADRID 

La situación en Fukushima todavía no está controlada, pero ya se está hablando de la factura que dejará tas de sí. No solo por la reparación de los daños, sino para el futuro de la industria nuclear, que necesariamente tendrá que invertir más en seguridad o desaparecer, generando aún más costes.

Un reciente estudio de Mark Cooper, del Instituto para la Energía y el Medio Ambiente de la UniversiPennsylvania y Chernobil.dad de Vermont, compara el caso de Fukushima con lo ocurrido tras los dos mayores accidentes nucleares de la historia.

La limpieza tras el accidente nuclear de Three Mile Island en 1979 costó cerca de 1.000 millones de dólares y duró 12 años. Sin embargo, para la industria esa fue la menor de las facturas.

El precio de construcción de un reactor nuclear tras el accidente aumentó en un 95%, lo que hizo que el socte de la electricidad nuclear subiera un 40%. Algo parecido sucedió tras el desastre de Chernobil en 1986, cuando el precio de los nuevos reactores subió un 89%, con un aumento de la electricidad generada del 42%.

El mayor coste de la energía nuclear no es el combustible, sino la construcción del reactor. Tras los accidentes, los requisitos de seguridad aumentan, y con ellos los materiales usados (más acero, más hormigón, más sistemas de control) y sobre todo, la duración de la obra, que necesita de personal especializado durante años. El aumento de los costes en los años 80 llevó a cancelar la construcción de reactores en todo el mundo, lo que a su vez acarreó enormes pérdidas financieras.

Las centrales serán más caras tras Fukushima

Tras Fukushima, es de esperar que las nuevas centrales nucleares suban de precio. Además, en las centrales existentes, las revisiones y nuevas medidas de seguridad adicionales que se impongan las convertirá en menos rentables. Con el aumento de los costes, el renaciminento nuclear pronosticado hace apenas unos años es todavía más inviable política y económicamente. Pero el aumento de la factura nuclear no es lo único que habrá que pagar. Abandonar las nucleares también costará dinero.

No es viable abandonar las centrales nucleares de un día para otro. Solo en EEUU producen el 20% de la energía. Todas las centrales de aquel país, incluso con prórrogas, tendrán que ser decomisionadas en 2050. Para sustituirlas, se tendría que estar construyendo dos reactores al año durante los próximos 40 años. No se está haciendo.

Si se arrincona la energía nuclear, la opción a corto plazos son los combustibles fósiles. Tampoco estos salen gratis

Si se decide prescindir de la energía nuclear, a corto plazo la única solución sería sustituirla con combustibles fósiles, algo que tampoco sale gratis. Además del previsible aumento en el precio del los hidrocarburos, el aumento de emisiones de CO2 obligrá a los países a la compra de créditos de carbono, o en su defecto, a utilizar tecnologías de captura y secuestro de emisiones, que a la postre también hacen más cara la factura de la electricidad.

El ahorro de energía se propone como una alternativa para compensar la caída en la producción de electricidad. Por ejemplo, los Verdes en Alemania ven factible disminuir la energía eléctrica consumida en un 12% para 2020. Sin embargo, al mismo tiempo prevén poner en las carreteras dos millones de coches eléctricos. Además, el ahorro en la industria y los hogares parece difícil en el que es uno de los países más eficientes energéticamente. Tampoco hay posibilidades de para aquéllos países con necesidades crecientes, como India o China.

¿Cómo son lo reactores de nueva generación?

Son reactores con seguridad pasiva, que en caso de accidente se refrigeran por gravedad, sin necesidad de electricidad. Son también más pequeños y más baratos de construir. Los nuevos diseños de reactores modulares reducen costes y acortan tiempos de implantación. Otros modelos permiten procesar los resíduos para reducir su radioactividad y los costes de almacenamiento, e incluso utilizar los propios resíduos nucleares como combustible. Parecen la solución ideal.

Por desgracia, los nuevos reactores llegan tarde. Los proyectos actuales acumulan años de retraso y los más avanzados solo se harán realidad entre 2020 y 2030. También es probable un descenso en la inversión en tecnología nuclear a consecuencia de el clima político tras Fukushima, y que eso alargue aún más las fechas de puesta en marcha. Tampoco llegan a tiempo las energías renovables, que necesitarían aún más tiempo para cubrir las necesidades actuales en el mundo.

El punto máximo de extracción de crudo ya fue sobrepasado en 2006, según la OIEA

Esta carrera contrarreloj tiene lugar en el peor momento. Según la Agencia Internacional de la Energía, el pico petrolero (Peak Oil), es decir, el punto de máxima extracción de crudo, tras el cual la producción mundial empezaría a caer, ya fue sobrepasado en 2006. La propia Agencia considera que la extracción de petróleo de fuentes no convencionales mantendrá estable la producción hasta 2035. Ahora bien, esa extracción no convencional también es más cara.

El petróleo no es lo único que se agota. La teoría “Peak Everything” (pico en todo), postulada en el libro del mismo nombre por Richard Heiberg advierte de que se también está alcanzando el máximo en el consumo de agua potable, el aire sin CO2, ciertos minerales o las reservas naturales de pescado. Todas estas cosas hasta ahora habían sido abundantes, y han hecho posible alimentar a la población mundial abarantando la comida. Su escasez puede cambiar drásticamente la faz del mundo y la economía. En ese escenario, la energía nuclear puede aparecer como la menos mala de las soluciones.

El panorama para el futuro parece ser el de un mundo donde la energía será más escasa, y a la vez cada vez, más cara. Con una previsión de que la población mundial alcance 9.000 millones de habitantes en 2050, es el momento de buscar soluciones globales e imaginativas.

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