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La solemne firma de la Charta Magna Universitas, el 18 de septiembre de 1988 en Bolonia.UNIVERSIDAD DE BOLONIA
DANIEL FLORES - MADRID Nunca es sencillo precisar estas cosas, pero parece haber consenso en que
la de Bolonia es
la universidad más antigua del mundo: su creación se fecha en 1088, cuando se instituyó la escuela de Derecho en la que destacó el jurista Irnerio; posteriormente han pasado por sus aulas, entre otros, Dante, Copérnico, Paracelso, Pico della Mirandola y Umberto Eco.
Allí, nueve siglos después, medio millar de rectores y miembros prominentes de la comunidad universitaria europea firmaron, en los actos organizados para celebrar el
900º aniversario de la fundación de la universidad, la
Carta Magna Universitaria, la semilla de lo que ahora es el proceso de Bolonia.
La iniciativa partía de una propuesta de Bolonia a otras universidades históricas europeas, como París, Salamanca o Lovaina, buscando una
colaboración que mejorase la enseñanza ofrecida a los estudiantes en todo el ámbito europeo. Un directorio de ocho miembros -entre ellos dos españoles, el entonces rector de la Universidad de Barcelona, Josep María Bricall y el presidente de la subcomisión para universidades del Consejo de Europa, Manuel Núñez Encabo- elaboraron el texto en enero de 1988, que quedó también abierto a las universidades no europeas.
Así, en la
Charta Magna Universitas -a la que
ya se han adherido más de 600 universidades de todo el mundo-, se encuentran ya los
dos objetivos básicos de todo el proceso: "las universidades alientan la movilidad de los profesores y de los estudiantes, y estiman que una política general de equivalencia en materia de estatutos, de títulos, de exámenes (aún manteniendo los diplomas nacionales), y de concesión de becas, constituye el instrumento esencial para garantizar el ejercicio de su misión contemporánea", dice el texto.
La Declaración de La Sorbona En aquella reunión de Bolonia, la Conferencia de Rectores Europeos evaluaba los resultados de una iniciativa puesta en marcha un año antes,
el programa ERASMUS, que echó a andar en el curso 1987-1988 a partir de una propuesta francesa y que se ha convertido en la mejor herramienta para fomentar la movilidad de los estudiantes universitarios europeos.
Aunque respaldadas por el gobierno francés que presidía François Miterrand, las becas Erasmus habían nacido, al igual que la Carta Magna Universitaria, en el ámbito académico. Hubo que esperar una década para que se produjera el primer impulso político de envergadura para la construcción de un espacio universitario europeo.
De nuevo, coincidió con el aniversario de una gran universidad europea, en este caso, los
800 años de la fundación de la Universidad de la Sorbona. En mayo de 1998, reunidos en París, los ministros de Educación de Francia, Reino Unido, Alemania e Italia pusieron las bases de lo que después sería el proceso de Bolonia.
La
Declaración de la Sorbona incorpora ya conceptos clave en el futuro desarrollo de lo que, en aquel momento, se denominaba
Sistema de Educación Superior Europeo. Así, se planteaba "el reconocimiento internacional de la titulación de primer ciclo como un nivel de cualificación apropiado", mientras que el posgrado se diferenciaba entre "una titulación de máster de corta duración y una titulación de doctorado más extensa".
Sobre la movilidad, el objetivo marcado era que los estudiantes
pasaran al menos un semestre en universidades ubicadas fuera de sus países y se menciona ya el sistema de créditos ECTS (Sistema Europeo de Transferencia de Créditos).