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Que siga la fiesta

  • La marea roja celebra el título europeo junto a los jugadores en la plaza de Colón
  • Casillas y Torres, los jugadores más aclamados por los aficionados
  • El calor no ha podido con una afición emocionada con sus héroes

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Los aficionados apluden a los jugadores a su llegada a la plaza de Colón.
Los aficionados apluden a los jugadores a su llegada a la plaza de Colón.

Les ha costado marcharse: han botado, han gritado, han jaleado a sus héroes y han repetido hasta la saciedad que son los campeones de Europa. Había muchas ganas, casi necesidad de celebrar un título, y la afición ha exprimido hasta el último instante su encuentro con los jugadores en la Plaza de Colón.

Desde mediada la tarde, todavía bajo un sol intimidatorio, cientos de aficionados han empezado a congregarse en las inmediaciones de la plaza madrileña. En grupos pequeños, al principio, una auténtica marea hacia las 19.30, cuando Carlos Latre empezaba a animar la celebración, ensayando los cánticos, la ola y los aplausos.

En su mayoría son jóvenes, porque la marea roja es un calco de su selección -o viceversa-: jóvenes, alegres, sin complejos. Uno de los cánticos más repetidos, por encima incluso del ya archifamoso "A por ellos", ha sido un verso que no hace tanto hubiera parecido retrógrado: "Yo soy español, español, español". Hoy es unánime.

A por el Mundial

En cualquier caso, lo que la afición canta una y otra vez, como si aún no acabara de creerlo, es el clásico "Campeones, campeones". Pero es cierto, y muchos incluso hacen gala de una recién estrenada confianza en la selección, sospechosa antes del torneo y ahora, en apariencia, infalible. "Dentro de dos años, nos traemos el Mundial", comenta un aficionado valenciano, con la camiseta del Villarreal -que aporta tres jugadores al equipo, más que el Real Madrid-.

Hay más camisetas de otros equipos -del Atlético de Madrid, del Real Madrid, del Valencia- pero predomina, como es obvio, el rojo, ya sea el de la camiseta oficial o el de cualquier otra prenda encarnada. Muchas mojadas, porque los bomberos han tenido que paliar a manguerazos, una vez más, el calor sofocante.

Mientras se suceden las actuaciones -Chenoa, Dover, Pignoise, Merche, entre otros- la gente mira de reojo a las pantallas gigantes. La primera gran ovación es para el seleccionador, Luis Aragonés, y el capitán, Iker Casillas, bajando del avión con la copa en las manos. Sigue la música, pero falta atención y los aplausos son débiles, desganados. "Están en Avenida de América", se impacienta una chica pintada con los colores de la bandera.

Cada cierto tiempo, rompen a corear los nombres de los héroes. Es probable que la selección nacional sea un equipo unido, sin estrellas ni fisuras, pero la afición tiene claros sus favoritos: Casillas y Torres, por encima de todos; Villa Maravilla, Fábregas y Xavi, un poco por detrás. También hay algún recuerdo para el rival: "Adiós, Alemania adiós" y "Alemán el que no bote".

Llegan los héroes

Cuando aparece el autobús empieza la verdadera fiesta. Si los jugadores llevan sus vasos en la mano, abajo no falta el avituallamiento, así que la plaza se convierte en un enorme brindis, con saltos y gritos. El manteo a Pepe Reina en el autobús es jaleado con entusiasmo.

Ya en el escenario, vuelve el grito preferido: "Campeones, campeones". Cuando Casillas lleva al frente al seleccionador, la gente no lo duda: "¡Qué bote Luis!". Y Luis, claro, bota con la gente, que después, al compás que marca Reina, va coreando los nombres de todos, entre los omnipresentes flashes y teléfonos móviles.

Hay cierta extrañeza cuando actúa Manolo Escobar: muchos no saben que es quien canta ese himno oficioso, Que viva España. Pero corean el estribillo con ganas y de nuevo saltan y gritan "Campeones, campeones", "Si, si, si, la copa ya está aquí" y cualquier cosa que les propongan desde el escenario. Los jugadores agradecen su apoyo y la gente siente que un trocito de la copa es verdaderamente de cada uno de los que ha empujado en cada partido.

Con el sol ya desaparecido, termina la fiesta oficial, pero los aficionados se resisten a irse. Hay manteos, nuevos cánticos. Y poco a poco se van desperdigando por las calles de la capital, donde esta noche sigue la fiesta.