Con la llegada de enero, el calendario cinematográfico europeo se intensifica. Este sábado 17, Berlín acoge la 38ª edición de los Premios del Cine Europeo (European Film Awards), los primeros grandes galardones del año y un termómetro de lo que vendrá después: Goya, Oscar y otros certámenes internacionales.
La ocasión sirve como excusa perfecta para detenernos en algunos de los estrenos europeos de los próximos días, películas muy distintas entre sí pero unidas por una misma preocupación: retratar, desde múltiples miradas, la fragilidad y la resistencia del ser humano.
Uno de los títulos más esperados es la producción británica El sendero de la sal, debut en el largometraje de la directora Marianne Elliott, procedente del teatro. La película adapta las memorias homónimas de Raynor Winn y nos presenta a Raynor y Moth, un matrimonio que, tras perder su hogar y recibir un diagnóstico devastador de una enfermedad degenerativa, decide lanzarse a una caminata de más de mil kilómetros por la costa suroeste de Gran Bretaña.
Lo que podría parecer un apacible viaje paisajístico se revela como un drama íntimo sobre la pérdida, la precariedad económica y la dignidad.
El día a día de los protagonistas son mochilas pesadas, tiendas de campaña baratas, pies doloridos y la angustia cotidiana de sobrevivir con apenas 40 libras semanales. La naturaleza se convierte en un tercer personaje, testigo silencioso de una historia honesta, poco novedosa en su planteamiento, pero profundamente humana.
También desde la intimidad, aunque en un entorno radicalmente distinto, Turno de guardia se adentra en el mundo de la enfermería. La película acompaña a Floria durante un largo y agotador turno de trabajo, mostrándonos sin estridencias la presión constante, las decisiones límite y la carga emocional que afrontan estas profesionales.
Leonie Benesch, candidata al Premio Europeo a Mejor Actriz, encarna a una mujer comprometida con su vocación hasta el extremo. La directora suiza Petra Volpe convierte la crisis silenciosa de la enfermería —visibilizada especialmente durante la pandemia— en un relato cinematográfico que no solo busca emocionar, sino también generar debate social.
La lucha, entendida tanto como combate físico como forma de resistencia vital, vertebra la propuesta cinematográfica del canario José Alayón. Ambientada en Fuerteventura y rodada en 16 mm, la cinta se adentra en la lucha canaria a través de la relación entre Miguel y su hija Mariana, ambos luchadores, que intentan recomponerse tras la muerte de la madre.
Este deporte ancestral, previo a la colonización y profundamente ligado a la identidad del archipiélago, funciona como metáfora de una vida marcada por la dureza, la pérdida y la necesidad de no dejarse caer. La película, que llega a los cines el 30 de enero, encuentra en el paisaje áspero de la isla una textura emocional que refuerza su discurso.
El viaje continúa hacia el futuro con Arco, una película de animación francesa dirigida por el dibujante de cómics Ugo Bienvenu. Ambientada entre los años 2075 y 2932, la historia une a Arco, un niño procedente de una Tierra reconciliada con la naturaleza, e Iris, una niña que vive en una sociedad hiperautomatizada, climáticamente inestable y emocionalmente desconectada.
Lo que comienza como una aventura con ecos de E.T. se transforma en una fábula ecológica que huye del pesimismo distópico y apuesta por la esperanza y la ternura. A través de una relación infantil, la película plantea una de las grandes cuestiones de nuestro siglo: qué lugar debe ocupar la tecnología en la vida humana y qué futuro queremos construir.
Por último, La mirada del flamenco, coproducción entre Chile y varios países europeos —Francia, Alemania, España y Bélgica—, confirma el valor del cine como espacio de colaboración internacional y el compromiso del cine europeo con otras cinematografías con menos medios económicos.
La película del chileno Diego Céspedes mezcla realismo mágico, western, telenovela, humor y tragedia para retratar una comunidad queer en una cantina del desierto del norte de Chile a principios de los años 80. La enfermedad, nunca nombrada pero siempre presente, atraviesa el relato como una sombra constante, evocando la pandemia del sida a través de gestos, rumores y cuerpos vulnerables.
Lejos de la épica, el director propone un relato feroz sobre el deseo, la persecución y las maternidades disidentes, sostenido por el humor y el cuidado mutuo como formas de resistencia.
De la costa británica a un hospital europeo, de un terrero de lucha canaria al futuro animado, estas películas confirman que el cine europeo sigue empeñado en observar al ser humano. Ya sea desde historias reales o ficciones.
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