Pues eso, que vivimos en la época del postureo, del vivir para figurar, del yo que ya no se reconoce en la mirada del amigo, esa persona que te devuelve verdad, límite, cuidado y contraste. Resulta que el postureo, cuenta nuestro filósofos especializado en ética y moral, David Pastor Vico, en su sección "Ágora 3.0", ha roto esa dinámica desplazando la mirada hacia las masas anónimas que nunca podrán sostenerte.
Cuando la vida se diseña para ser vista, deja de ser vivida. La persona se transforma en un producto y el postureo se convierte en un parche, asegura Vico, "un intento desesperado de convencer al mundo —y a uno mismo— de un valor que no se siente internamente"
Pero, "ojo cuidao", si todo el mundo representa una versión falseada de sí mismo, nadie sabe realmente quién es el otro. Y sin verdad, habíamos convenido con Vico, no hay confianza. Y sin confianza, no hay comunidad. Sin comunidad, no hay ciudad. Así que llegamos al punto en que el postureo no es que sea un vicio individual, es que es una amenaza estructural. El postureo pervierte el reconocimiento en el otro, alimenta el espectáculo social y limita el diálogo. ¿Qué hacemos? Se lo preguntas a un aristotélico: es la amistad la que te devuelve la proporción en un mundo de imposturas.