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Catalina de Erauso nació a finales del siglo XVI en el País Vasco y fue criada para una vida de clausura. Desde niña mostró un carácter indómito, incapaz de someterse a la disciplina conventual. A los quince años huyó del convento donde se formaba como monja y comenzó una vida errante que la llevaría a convertirse en soldado en los territorios de América. Para sobrevivir, Catalina adoptó identidad masculina y vivió durante años como hombre, trabajando, luchando y batiéndose en duelos sin que su secreto fuera descubierto.

Sirvió en distintos ejércitos, participó en conflictos armados, cometió actos violentos y fue perseguida por la justicia en más de una ocasión. Su vida estuvo marcada por el peligro constante, la huida, el enfrentamiento y la construcción consciente de una identidad que le permitiera moverse en un mundo exclusivamente masculino. Catalina no buscó ser ejemplo ni bandera. Buscó libertad.

Tras años de guerra y aventuras, su identidad fue revelada en circunstancias extremas. Lejos de ser castigada como cabría esperar, su historia despertó fascinación en autoridades civiles y religiosas. Llegó a ser recibida por el papa, que le concedió permiso para continuar viviendo como hombre.

La vida de Catalina de Erauso es una de las más extraordinarias del siglo XVII. No fue heroína idealizada ni víctima pasiva. Fue una mujer que se negó a obedecer el destino impuesto y construyó su propia supervivencia a golpe de riesgo, inteligencia y desafío.

Su voz está entre las más influyentes de finales del siglo XX. Buscó a Dios a través de la ciencia porque consideraba que era un camino más directo incluso que el de la religión. Fue cura, revolucionario, escritor, poeta, escultor y teólogo; una persona utópica que miraba la realidad proyectándose al futuro. Pero sobre todas estas facetas, Ernesto Cardenal fue un místico que aplicaba el amor a todo, convencido de que es la única vía de liberación del ser humano. La situación política de su país, Nicaragua, estuvo fuertemente unida a su biografía y obra.

Tras pasar por un monasterio trapense de Estados Unidos, donde conoció al teólogo y activista Thomas Merton, se ordenó sacerdote. Fundó la famosa comunidad campesina de Solentiname, participó en la Revolución Sandinista y fue miembro de su primer gobierno. En esta etapa, la visita de Juan Pablo II a Managua en 1983 dejó una imagen que recorrió el mundo: Ernesto Cardenal arrodillado ante un papa que le reprendía por su actividad política y su cercanía a la Teología de la Liberación. El religioso salió del gobierno tras la eliminación del Ministerio de Cultura y se desvinculó del Frente Sandinista de Liberación Nacional por la deriva autoritaria de Daniel Ortega.

En su poesía, marcada por la intertextualidad y el exteriorismo, destacan títulos como 'Oración por Marilyn Monroe y otros poemas', 'Salmos', 'Gethsemani, Ky', 'Homenaje a los indios' o 'Cántico cósmico', la que muchos consideran su obra cumbre. En prosa sobresalen los tres tomos de sus memorias. Hasta su muerte, a los 95 años, Cardenal siguió viajando, escribiendo, meditando... y amando.

Este documental sonoro, con guion de Libertad Martínez y diseño sonoro de Mayca Aguilera, cuenta con los escritores nicaragüenses Sergio Ramírez y Gioconda Belli, amigos personales de Ernesto Cardenal. Participan también María Ángeles Pérez López, profesora de la Universidad de Salamanca y experta en su obra; Ignacio Dueñas García de Polavieja, docente e investigador de la Teología de la Liberación; y Juan José Tamayo, uno de los referentes en Europa de esta corriente teológica cristiana.

Olivia de Havilland nació el 1 de julio de 1916 en Tokio, en una familia británica marcada por la distancia y la exigencia. Creció en California con su madre y su hermana, la futura Joan Fontaine, en un hogar donde el talento era estímulo y también competencia. En 1935 entró en el cine tras una etapa teatral y pronto se convirtió en rostro esencial del Hollywood clásico. Su popularidad se consolidó con aventuras y dramas, y en 1939 interpretó a Melania en Lo que el viento se llevó, un papel que le dio prestigio y una nominación. Pero el sistema de estudios la encorsetaba con contratos abusivos y castigos por rechazar papeles. En 1943 decidió enfrentarse a su estudio en los tribunales y el 8 de diciembre de 1944 ganó la apelación que limitó la duración real de esos contratos, una victoria que cambió las reglas del trabajo en Hollywood. Ya libre, eligió personajes más complejos y ganó el Óscar a mejor actriz por La vida íntima de Julia Norris en 1946 y por La heredera en 1949. Su vida personal también tuvo giros decisivos. Se casó con Marcus Goodrich el 26 de agosto de 1946, tuvo a su hijo Benjamin el 27 de septiembre de 1949 y se divorció en 1953. El 2 de abril de 1955 se casó con Pierre Galante, se instaló en París y fue madre de Gisèle el 18 de julio de 1956. Murió el 26 de julio de 2020 en París, a los 104 años, como símbolo de talento y libertad conquistada.

Toni Morrison nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, en una familia negra trabajadora que había huido del Sur para buscar aire. Creció oyendo cuentos, canciones y avisos sobre el racismo, y aprendió pronto que la violencia podía aparecer incluso cuando nadie la nombraba. En su memoria quedó, por ejemplo, la historia de un casero que prendió fuego a la vivienda familiar por una deuda de alquiler.

En 1958 se casó con Harold Morrison, arquitecto jamaicano. Tuvieron un hijo en 1961 y, cuando el matrimonio se rompió, ella estaba embarazada del segundo. Se divorciaron en 1964 y Morrison crió a sus dos hijos prácticamente sola mientras trabajaba y escribía. En 1967 entró en Random House, primero en una división educativa y luego en la sede de Nueva York. Allí se convirtió en la primera mujer negra editora sénior de ficción, publicó y defendió a autores y pensadores afroamericanos, y aprendió a afilar cada frase sin domesticarla.

Publicó novelas que cambiaron el canon: Ojos azules en 1970, Sula en 1973, La canción de Salomón en 1977. Con Beloved, inspirada en un caso real de esclavitud, ganó el Pulitzer en 1988. En 1993 recibió el Nobel de Literatura, primera mujer afroestadounidense en lograrlo.

Murió el 5 de agosto de 2019 en Nueva York, por complicaciones de neumonía. Su legado es lenguaje, memoria y libertad.

Anna May Wong fue una mujer adelantada a su tiempo y castigada por ello. Nació en 1905 en Los Ángeles, hija de inmigrantes chinos, y desde muy joven supo que su destino no estaría en el lugar que la sociedad había reservado para ella. Mientras Hollywood crecía, ella también crecía con una certeza incómoda: quería ser actriz en una industria que no concebía a una mujer asiática como protagonista.

Comenzó a trabajar en el cine siendo adolescente y pronto demostró un talento natural, una presencia magnética y una inteligencia emocional que traspasaba la pantalla. Sin embargo, el racismo estructural del Hollywood clásico la confinó a papeles secundarios, exóticos o directamente humillantes. Le negaron grandes oportunidades, incluso cuando la historia que se contaba era china, y vio cómo esos papeles se entregaban a actrices blancas maquilladas para parecer orientales.

Cansada de los límites, en la década de 1920 decidió marcharse a Europa. Allí trabajó en cine y teatro, fue reconocida por su talento y tratada como una actriz completa, no como una rareza. Regresó a Estados Unidos convertida en una figura internacional, pero el sistema seguía siendo el mismo.

Su vida personal estuvo marcada por amores imposibles, prohibidos por las leyes raciales de la época, y por una soledad creciente. A pesar de todo, nunca renunció a su dignidad ni a su deseo de abrir camino para otras.

Murió en 1961, con 56 años, después de años de lucha silenciosa. Hoy es recordada como una pionera absoluta: una actriz que desafió al cine, al racismo y a su tiempo, pagando un precio alto para que otras pudieran llegar después.

Las muchas vidas de Pier Paolo Pasolini es una biografía del escritor y cineasta italiano, escrita por Jordi Corominas y publicada en la editorial Siglo XXI. Corominas ha recorrido los lugares que pisó el poeta y director de cine para completar un libro que ni santifica ni demoniza a Pasolini, que lo presenta con sus contradicciones y como intelectual contra el pensamiento único.

Informa Íñigo Picabea

Dolores O’Riordan nació entre silencios que nadie se atrevía a nombrar en la Irlanda rígida de los años setenta, y quizá por eso su vida entera fue una búsqueda de voz. En una casa humilde, siendo la menor de siete hermanos, descubrió muy pronto que el piano le ofrecía un refugio y que cantar podía ser una forma de abrir un espacio propio en un mundo que la intimidaba. Aquel talento precoz convivía con una herida íntima que marcaría para siempre su sensibilidad, convirtiendo su música en un territorio emocional único.

A los dieciocho años entró en un grupo local que buscaba cantante. Lo que ocurrió cuando abrió la boca fue decisivo: su voz, frágil y afilada, transformó aquella banda sin rumbo en The Cranberries. En pocos meses pasó de los pequeños pubs de Limerick a escenarios abarrotados. Dreams y Linger revelaron una forma nueva de cantar la vulnerabilidad, pero Zombie fue el estallido definitivo. Escribió esa canción tras un atentado que mató a dos niños y la convirtió en himno mundial. Su interpretación, directa y visceral, parecía llegar de un lugar profundo que solo ella conocía.

La fama trajo éxito, pero no calma. Dolores lidiaba con ansiedad, trastorno bipolar y el peso de un pasado nunca del todo cerrado. Aun así, siguió componiendo, formando familia, buscando una estabilidad que a veces encontraba y otras se le

escapaba entre los dedos. Su vida fue una mezcla de fuerza absoluta y fragilidad intensa.

En enero de 2018 murió accidentalmente en un hotel de Londres, dejando al mundo en estado de shock. Miles de personas la despidieron en Limerick, donde su voz había comenzado. Hoy, cada vez que suenan sus canciones, vuelve algo esencial: la verdad emocional de una mujer que convirtió el dolor en arte y la intimidad en un legado inolvidable.

Cicely Tyson nació en 1924 en Harlem, Nueva York, hija de inmigrantes caribeños, y creció en una casa marcada por el trabajo duro, la fe religiosa y la esperanza. Desde joven se rebeló contra lo que “debía ser” una mujer negra en su barrio. Dejó el trabajo de oficina para seguir su deseo: ser vista, ser voz, ser ella misma. El modelaje la llevó a la actuación. Primero la mirada, luego el guion. Pero el mundo no estaba preparado para ella. Papeles vacíos, degradantes, ridículos, esperaban a muchas mujeres negras. Cicely se negó. Esperó. Resistió. No aceptó menos de lo que merecía.

Su primer gran triunfo llegó en 1972 con “Sounder”, donde interpretó a una madre afroamericana luchando por sobrevivir en el sur racista de Estados Unidos. Ese papel, serio, humano, hizo historia: fue nominada al Oscar, se abrió una puerta para generaciones. Desde ese momento, su carrera se convirtió en una misión: mostrar al mundo que las mujeres negras podían ser protagonistas, no estereotipos.

Dos años después protagonizó “The Autobiography of Miss Jane Pittman”, una mujer que vivía más de un siglo, testigo de la esclavitud, de la segregación, de los cambios. Su actuación, desgarradora, ganó Emmy.

Cicely Tyson no solo actuaba: elegía. Rechazaba roles humillantes, exigía respeto. Su presencia impuso dignidad. Su piel, sus rizos, su fuerza eran un grito silencioso contra el racismo cultural, contra la invisibilidad. Representó a madres negras, mujeres fuertes, víctimas del olvido, portadoras de orgullo. Mostró que “ser negro” no era etiqueta, era identidad, historia, valor.

Amó, sufrió, luchó. Tuvo relaciones tormentosas, prejuicios, dudas, cicatrices. Pero su voz no se quebró. Su carrera abarcó siete décadas. Murió en 2021 con 96 años, dejando un legado que no cabe en premios ni estatuas. Su huella es universal: cada vez que una mujer negra pisa un escenario, ya está caminando sobre sus hombros.

Cicely Tyson fue guerra y ternura, resistencia y elegancia, alma y presencia. Su vida demuestra que la actuación puede ser digna, valiente y transformadora. Que una voz, un rostro, unas palabras pueden abrir mundos. Que una mujer puede cambiar la forma en que el mundo la ve. Una mujer, una diosa, una rebelde.

Cesária Évora nació en 1941 en Mindelo, en la isla de São Vicente, un territorio pobre de Cabo Verde donde la música era refugio y memoria. Creció marcada por la muerte temprana de su padre y por los años que pasó en un orfanato, donde aprendió que la vida podía ser dura, pero nunca silenciosa. De adolescente comenzó a cantar en bares portuarios, entre marineros, guitarras y humo, y allí desarrolló la voz grave y ondulante que un día emocionaría al mundo.

Durante los años sesenta viajó a Angola para actuar y vivió de la música como pudo, entre amores breves y dificultades económicas. Sin embargo, a finales de los setenta cayó en una depresión profunda y dejó de cantar durante casi diez años. La pobreza era extrema y muchas noches dependía de la generosidad de amigos para comer. Parecía que su destino sería quedar como un recuerdo local, una promesa rota en una isla olvidada.

La resurrección llegó en los años ochenta, cuando un grupo de músicos caboverdianos la convenció de viajar a Portugal. Allí grabó sus primeras cintas y, gracias al productor José da Silva, viajó a París para grabar su álbum internacional “La diva aux pieds nus”. Tenía cuarenta y siete años cuando comenzó realmente su carrera profesional. En 1992 llegó su consagración mundial con el disco “Miss Perfumado” y la canción Sodade, que la convirtió en un icono global. La crítica la celebró por su autenticidad y el público la adoró por su voz que parecía traer el Atlántico en cada nota.

Ganó un Grammy, llenó teatros en Europa y América y llevó el nombre de Cabo Verde a los escenarios más prestigiosos. A pesar de la fama, siguió cantando descalza, fiel a sus raíces. Vivió con sencillez, mantuvo siempre su sentido del humor y nunca se preocupó por la imagen. Para ella, la música era la verdad, no espectáculo.

A partir de 2010 su salud empeoró, pero continuó cantando hasta que el cuerpo ya no se lo permitió. Murió en 2011 en Mindelo, la ciudad que la vio nacer. Hoy es una leyenda africana y universal. Su legado vive en la morna, en la saudade, en esa voz que sigue viajando por el mundo sin perder autenticidad.

Maria Montessori fue la primera médica italiana que revolucionó la educación, la creadora del método que cambió las escuelas del mundo, la mujer que enseñó a educar desde la libertad.

María Montessori nació en 1870 en Chiaravalle, Italia, en una familia culta que valoraba la educación y la disciplina. Desde niña demostró una inteligencia vivaz y una voluntad insólita. Su madre, Renilde, fue su gran aliada y le enseñó que una mujer podía estudiar lo que quisiera. Contra todos los prejuicios, María ingresó en la Facultad de Medicina de Roma y en 1896 se convirtió en la primera mujer médica de Italia.

Su primer trabajo en el Hospital Psiquiátrico de Roma le mostró una realidad que cambiaría su destino: niños abandonados, sin estímulos, tratados como enfermos. Al observarlos jugar con migas de pan, comprendió que su mente pedía trabajo, no compasión. De esa intuición nació su método: una pedagogía basada en la libertad, la observación y la confianza en la capacidad natural del niño.

En 1907 abrió en Roma la primera Casa dei Bambini, en un barrio obrero. Allí los niños, por primera vez, podían elegir, moverse, explorar. No había castigos ni premios, solo un ambiente preparado para el descubrimiento. La experiencia fue un milagro visible: los pequeños que antes parecían indisciplinados mostraban una concentración y una alegría desconocidas.

Su método se expandió por Europa y América, convirtiéndose en una revolución pedagógica. Montessori afirmaba que la educación debía servir a la paz y no a la obediencia. Cuando el fascismo intentó apropiarse de su obra, se negó. Cerró sus escuelas y partió al exilio. Vivió en España, la India y los Países Bajos, siempre enseñando, siempre defendiendo el pensamiento libre.

Su vida privada también estuvo marcada por la fuerza: tuvo un hijo, Mario, a quien tuvo que dar en adopción y no pudo criar por las convenciones sociales, y que más tarde se convirtió en su compañero de trabajo y su heredero intelectual.

María Montessori murió en 1952, a los ochenta y un años, en los Países Bajos. Hoy su nombre sigue vivo en miles de escuelas de todo el mundo, donde los niños aprenden en silencio, libres, guiados por su curiosidad natural.

Fue una pionera que cambió la idea de educación y de infancia. Creyó en el poder creador del niño cuando el mundo aún no lo hacía. Su revolución fue una lección de inteligencia, ternura y valor: el poder de educar sin dominar. Una diosa, una rebelde con bata blanca.

Karen Blixen nació en 1885 en Rungstedlund, Dinamarca, hija de un militar aventurero que le enseñó a mirar el mundo con hambre de horizonte. De él heredó la pasión por lo desconocido. Cuando tenía diez años, su padre se suicidó y la herida de esa pérdida marcó toda su vida. Lejos de rendirse, transformó la melancolía en deseo de vivir intensamente.

En 1914, mientras Europa se precipitaba hacia la guerra, Blixen se casó con el barón Bror Blixen-Finecke y partió con él a Kenia, donde levantaron una plantación de café al pie de las colinas del Ngong. Fue allí, en medio de la sabana, donde se convirtió en pionera: la única mujer blanca que dirigía una hacienda en África Oriental Británica. Su matrimonio fracasó pronto, y la enfermedad —una sífilis que la acompañó toda la vida— la hizo más fuerte. Con valentía y elegancia, resistió las deudas, la soledad y las normas que le imponía el mundo.

En Kenia conoció al aviador Denys Finch Hatton, el gran amor de su vida. Su relación, libre y apasionada, fue una historia de entrega sin promesas, interrumpida por la tragedia: el avión de Finch Hatton se estrelló en 1931. Ese mismo año, arruinada y sola, Karen regresó a Dinamarca. En su maleta llevaba tierra africana y una historia que necesitaba contar.

De ese regreso nació Lejos de África, publicada en 1937 bajo el seudónimo Isak Dinesen. El libro la consagró como una de las grandes narradoras del siglo XX. Hemingway la admiró, la crítica la veneró y el público descubrió en su voz una mezcla única de elegancia nórdica y ardor africano. Sus Cuentos góticos y Las historias del destino confirmaron su talento singular: una literatura de belleza exacta, entre la memoria y la leyenda.

Pasó sus últimos años en Rungstedlund, débil pero lúcida, rodeada de pájaros y amigos. Murió en 1962, mirando el mar. Décadas después, Memorias de África llevó su historia al cine, pero su verdadera película había sido su vida: una mujer que desafió las reglas, que amó sin miedo y que escribió para no desaparecer.

Karen Blixen fue una pionera de alma y palabra, una diosa y una rebelde.

Tove Jansson nació en la finlandesa Helsinki en 1914, en una casa de esculturas, pinceles y dibujos. Su padre, Viktor Jansson, era escultor; su madre, Signe Hammarsten, ilustradora. De él heredó la disciplina, de ella la imaginación. Desde niña quiso pintar el mundo a su manera, sin obedecer a nadie.

Cuando Europa se hundía en la guerra, Tove empezó a publicar caricaturas políticas que desafiaban al nazismo. Mientras las bombas caían sobre Helsinki, ella dibujaba criaturas redondas, de hocico dulce y mirada melancólica. Así nacieron los Moomin, una familia de seres fantásticos que enseñaban a resistir con bondad. Sus historias, escritas y dibujadas por ella, se convirtieron en símbolo de paz, tolerancia y libertad. En 1945 publicó su primer libro y el éxito se extendió como un milagro.

Pero Tove no era solo autora de cuentos. Fue también pintora pionera del modernismo finlandés, una de las primeras artistas en romper con el academicismo. Sus murales y lienzos exploraron la luz del norte y el movimiento del mar, combinando emoción y libertad. En sus cuadros había la misma fuerza que en sus historias: el deseo de vivir sin miedo.

En los años cincuenta conoció a la artista Tuulikki Pietilä, con quien compartió más de cuarenta años de amor y creación. Juntas construyeron una cabaña en una isla del golfo de Finlandia, donde vivían sin electricidad ni teléfono, rodeadas de mar y silencio. Allí Tove escribía y pintaba, mientras el viento hacía temblar las ventanas. Ese refugio se convirtió en el corazón de su vida y en el escenario de sus libros más maduros.

Tove Jansson fue una mujer que eligió su propio destino. No se casó, no obedeció modas, no pidió permiso. Fue ilustradora, novelista, pintora y poeta visual. Transformó el miedo en ternura y la soledad en belleza. Murió en 2001, a los ochenta y seis años, en su ciudad natal. Hoy su nombre sigue vivo en los museos, en las librerías y en las generaciones que crecieron con los Moomin.

Su legado no es solo artístico: es una lección de coraje y libertad. En cada trazo suyo palpita la idea de que el arte, cuando nace del alma, puede cambiar el mundo con una sonrisa. Tove Jansson, una diosa, una rebelde.

Fede Cardelús y la historiadora María José Rubio cuenta la historia de María de Toledo. Nuera de Cristóbal Colón, fue la primera virreina consorte en Hispanoamérica y destacó por su inteligencia y por defender los derechos del pueblo indígena.

Vera Atkins fue Vera Atkins fue la espía que no fallaba, La inglesa de hielo, la mujer que dirigió una guerra sin disparar una sola bala. Nacida en Rumanía en 1908, hija de padre judío y madre inglesa. Entró como agente al Special Operations Executive, la unidad secreta creada por Churchill para desatar la resistencia desde la sombra. Durante los años más duros de la Segunda Guerra Mundial, reclutó y entrenó a agentes, muchos de ellos mujeres, para misiones en la Francia ocupada.

No era un rostro visible, sino el cerebro silencioso detrás de los paracaídas y las claves cifradas. Cuando los suyos desaparecían, ella misma los buscaba entre ruinas y prisiones nazis. Su elegancia era su armadura; su memoria, su arma más precisa.

Terminada la guerra, viajó por Europa rastreando los nombres borrados, identificando cadáveres, restaurando identidades. Nunca pidió reconocimiento ni rindió cuentas. Murió en 2000, a los 92 años, sin haber contado todos sus secretos.

Fue la mujer que dirigió una guerra sin disparar una sola bala, la que hizo del deber una forma de amor. En su escritorio, al morir, quedó una nota: “Los nombres no deben borrarse. Nunca.”

Nacida en Túnez en 1938, Claudia Cardinale creció entre tres lenguas y una infancia marcada por la guerra. A los dieciséis años había vivido un episodio terrible: fue violada. De aquel hecho nació su hijo, Patrick, al que crió en silencio, lejos del escándalo. A los diecinueve años, un concurso fortuito la llevó a la Mostra de Venecia y cambió su destino. Llegó al cine por accidente, pero lo habitó con naturalidad y dignidad. En los años sesenta encarnó el esplendor del cine europeo con títulos como Rocco y sus hermanos, El Gatopardo o 8½. Su voz grave y su magnetismo la hicieron única. En Érase una vez en el Oeste fue la figura femenina más poderosa del western. Detrás del mito, había una mujer fuerte y discreta que defendió su independencia en un mundo dominado por hombres. Se negó a posar desnuda, a ser moldeada, a perder el control de su imagen. Vivió grandes amores con Franco Cristaldi y Pasquale Squitieri, con quien tuvo una hija. Su vida entera fue un acto de resistencia elegante: una libertad sin manifiestos. Murió en Francia en 2025, a los 87 años, como la última gran dama del cine europeo. Claudia Cardinale fue belleza, talento y orgullo, fue una diosa sin artificio y una rebelde sin estridencias. Una mujer que no pidió permiso ni perdón.