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'Isabel': ¿por qué es la mejor serie histórica de la televisión?

  • Protagonizada por Michelle Jenner y Rodolfo Sancho
  • Se ha emitido en más de 80 países
  • Entre sus premios, tiene dos Ondas: mejor ficción y mejor actriz
  • Está disponible gratis y online en RTVE.es

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 'Isabel': ¿por qué es la mejor serie histórica de la televisión?
'Isabel': ¿por qué es la mejor serie histórica de la televisión?

Isabel nunca pasa de moda. La serie que narra la historia de Isabel la Católica, desde su infancia hasta su muerte, es una de las mejores ficciones históricas. Entre otros motivos, ha sido galardonada en varias ocasiones, además de emitirse en más de 80 países.

Destacamos los puntos fuertes de Isabel, que puedes ver en RTVE.es

Michelle Jenner y Rodolfo Sancho como Isabel y Fernando

Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los dos personajes más carismáticos y con más fuerza de la serie están interpretados por Michelle Jenner y Rodolfo Sancho. Los dos actores sacan todo su potencial artístico a la hora de dar vida a los Reyes Católicos.

Isabel ya no puede más. Ha enterrado a su madre, a su hijo Juan, a su hija Isabel, a su nieto Miguel...La reina estalla y se pregunta por qué tiene que padecer tanta desgracia.

Por ello, fueron premiados en varias ocasiones. Michelle Jenner se llevó el Ondas a la mejor intérprete de ficción femenina en el año 2013 por su papel de Isabel. La reina también le dio un Premio Iris, otros dos Fotograma de Plata y un Premio de la Unión de actores por ser la mejor actriz durante la emisión de la serie. Por su parte, Rodolfo Sancho también fue premiado por su interpretación del rey Fernando: dos Premios Iris consecutivos (2012 y 2013), y un Fotograma de Plata.

Ambos se encontraron un tiempo después en la pequeña pantalla en una curiosa y graciosa circunstancia. Michelle volvía a meterse en el papel de Isabel durante uno de los capítulos de El Ministerio del Tiempo, serie que puede verse en Full HD en RTVE.es. Julián, el personaje de Rodolfo Sancho, preguntaba a la reina si se conocían de algo, haciendo así un guiño a su compañera de actuación durante tres años.

Un gran elenco para personajes históricos

Pero lo cierto es que la serie cuenta con un reparto de lujoPablo Derqui da vida a Enrique IV en la primera temporada. Otro de los destacados es Ginés García Millán, en el papel de Juan Pacheco, Marqués de Villena y que intentaba hacerse con el control del reinado junto a Pedro Casablanc, que interpretaba al arzobispo CarrilloEusebio Poncela es el encargado de dar vida al Cardenal Cisneros, mientras que el Gran Capitán fue interpretado por Sergio Peris-Mencheta.

No hay que olvidar los papeles de Juana la Loca, Felipe el Hermoso y Margarita de Austria, tres personajes como mucho poder en la tercera temporada e interpretados por Irene Escolar, Raúl Mérida y Úrsula Corberó, respectivamente. Los tres llevan el peso de la trama sobre el matrimonio de la hija de los reyes.

Otra bronca de Juana y Felipe

La Alhambra se convierte en set un rodaje

La conquista del Reino Nazarí de Granada es el final de la segunda temporada de la serie, y para ello, los actores pudieron meterse más que nunca en el papel de los Reyes Católicos. Además de portar el vestuario típico de la época, pudieron grabar la entrada de Isabel y Fernando en Granada en la misma Alhambra.

Las cámaras de fotos de los miles de turistas que visitan cada día el complejo monumental se cambiaron por unas cámaras de grabación, convirtiéndose así en un set de rodaje. En ella se filmaron los exteriores de la trama relacionada con el reino nazarí, pero sobre todo destaca la entrada triunfal de los Reyes Católicos en la Alhambra de Granada, grabada en el Patio de los Leones.

La Rendición de Granada

Más premios para Isabel

Los actores de Isabel no han sido los únicos premiados. También lo fue la serie en sí, consiguiendo ganar el Ondas a la mejor ficción nacional en el año 2012. Un año después ganó la Antena de oro en la categoría de Televisión.

A la lista también se suman dos Premios Iris (2012 y 2014). Pero además de ser galardonada como mejor serie, Isabel obtuvo otros premios y nominaciones en casi todas las categorías. La tercera temporada suma un total de 10 nominaciones, de las que se llevó 8: mejor ficción, mejor dirección, mejor actriz, mejor producción, mejor dirección de arte y escenografía, mejor maquillaje, peluquería y caracterización, mejor dirección de fotografía e iluminación y mejor música para televisión.

Internacionalmente, también ha sido reconocida. En los Premios ACE de Nueva York, hizo pleno dos años consecutivos. Cuenta con un total de siete galardones entre 2012 y 2013, entre ellos, mejor serie y mejor actriz para Michelle Jenner (en dos ocasiones). Se llevó el segundo galardón de plata del Festival de Hamburgo, mientras que en el Festival Internacional de Televisión y cine de Nueva York se hizo con el Premio Finalista dentro de programas de entretenimiento en general.

La banda sonora de la ficción, compuesta por Federico Jusid, ganó el Reel Music Awards en el año 2013.

Historia y amor

Isabel es una serie histórica ficcionada. No solo se centra en la Historia, sino también en las relaciones personales de los personajes. Así encontramos la historia de amor de Isabel y Fernando, dos reyes que se juntan para algún día unificar sus reinos. Pero el carácter fuerte de los dos hace que las discrepancias también afloraran en el matrimonio.

Isabel - ¡Isabel y Fernando se conocen!

Además, las infidelidades de Fernando no gustaban a la reina, especialmente la que tiene con Isabel de Osorio y que la reina manda a Canarias. A pesar de todo, los dos se querían y siempre fueron un apoyo el uno para el otro.

La reina manda a Osorio a Canarias

No podemos olvidar a Gonzalo de Córdoba. El protector de la reina se termina enamorando de ella, creando un emocionante triángulo amoroso en el que Fernando sale victorioso.

En la tercera temporada, se puede ver cómo Juana la Loca termina enamorándose de Felipe el Hermoso hasta las últimas consecuencias, y convirtiendo su relación en un matrimonio lleno de idas y venidas. Al contrario de Margarita de Austria, que apenas puede disfrutar de su matrimonio con el príncipe Juan.

Juana blasfema, su Dios se llama Felipe

Isabel en RTVE.es

Cada una de las tres temporadas trata tres etapas diferentes de la reina. Son un total de 39 capítulos que puedes ver en RTVE.es

En la primera temporada, conocemos a una Isabel sin infancia, con su madre enferma, y obligada a vivir en la Corte a las órdenes de su hermano, Enrique IV. Lo que no iba a aceptar era la imposición de boda. Por eso rechaza todas las propuestas del rey y termina eligiendo como esposo a Fernando de Aragón. Juntos consiguen que sea la heredera al trono, convirtiéndose en Reina de Castilla tras la muerte de su hermano.

No recomendado para menores de 12 años Capítulo 1 de Isabel
Transcripción completa

(Agoniza).

Majestad, majestad.

¡El rey ha muerto!

¡El rey ha muerto!

¿Qué ha ocurrido? ¿A qué viene tanta prisa, caballeros?

Lo siento, alcaide,

traemos un mensaje para doña Isabel, infanta de Castilla.

¿Sabéis si antes de morir mi hermano dijo algo

o firmó algún documento sobre quién heredaría su corona?

No, alteza.

¿Daréis fe de vuestras palabras?

No tengáis duda de ello.

No hay tiempo que perder; Chacón, preparadlo todo.

Perdón, alteza, hay algo que debéis saber.

Diego Hurtado de Mendoza ha convocado una junta

para dilucidar quién es heredera de la corona:

vos o doña Juana, la hija del difunto rey Enrique.

No hay nada que dilucidar.

Se acabó tener paciencia; ya he tenido bastante.

Alteza, tal vez deberíais esperar la decisión de esa junta.

Al contario, razón de más para darse prisa.

Muchas cosas hemos pedido los Mendoza

y apenas nos dieron migajas.

Pero... No esperaré, Cabrera.

Os ruego que deis a estos caballeros ropa secay comida caliente.

Luego, convocad al comendador, a jueces y a regidores.

Ese es el protocolo, ¿no es cierto?

Portazo

¿Qué os preocupa?

Vuestro marido,

¿qué opinará de no estar presente en la proclamación?

Fernando lo entenderá,

él también ha luchado para que llegara este momento.

¿Y si no lo entiende? ¿No tiene menos carácter que vos?

Entonces, aprenderá algo importante: él mandará en Aragón,

pero quien manda en Castilla soy yo.

¿Malas noticias? El rey Enrique ha muerto.

¿Y a qué viene tanta seriedad? Todo va con nuestros planes.

Hemos ganado la batalla y vos seréis rey de Castilla,

como lo seréis de Aragón.

¿Qué más os cuenta vuestra esposa?

La carta no me la envía Isabel, sino su cronista,

mi amigo Alonso de Palencia.

Ya, ¿y qué os preocupa?

Que quiera proclamarse reina sin mí a su lado.

Dios quiera que no cometa ese error.

Don Rodrigo de Ulloa, contador mayor del reino.

Don Garci Franco, miembro del Consejo Real.

¿Juráis por Dios que el rey, don Enrique,

ha fallecido, que estuvisteis allí para saberlo.

(Los dos): Juro.

¿Dijo el rey en sus últimas palabras, o dejó escrito alguno

que fijara legítimo heredero que reinase en estos reinos?

Juro que ni habló ni escribió sobre el tema.

Así también lo juro.

Apelo al derecho de la infanta Isabel

a suceder en la Corona al rey Enrique como hermana legítima

y heredera universal que es por los Pactos de Guisando.

Y puesto que aquí se halla su alteza

aquí debe ser proclamada, según las leyes de estos reinos.

¿Alguien se opone a ello?

Que así sea.

Bullicio

¡Viva la reina! -(Todos): ¡Viva!

¿Está todo preparado?

Sí, majestad.

Vos id a mi lado, que bien merecido lo tenéis.

Por fin vais a tener vuestra Corona. Y vos vuestra venganza.

¿En que pensáis?

En una niña con la que jugaba al ajedrez.

Isabel,

Isabel, os toca mover pieza.

Pero hay algo que no entiendo de este juego.

¿El qué?

Ser reina es algo muy importante, ¿verdad?

Lo es.

Entonces, ¿por qué solo se mueve de cuadro en cuadro,

si hasta los alfiles y las torres tienen más lustre y movimiento?

Buena pregunta.

¡Mamá!

Hola preciosa.

¿Mi hija juega bien al ajedrez, don Gonzalo?

Aprende rápido, alteza. Ojalá hiciera lo mismo con el latín.

Es hora de ir a rezar.

¿Qué tal ha pasado la noche?

Bien, aunque con ella nunca se sabe.

Está tan feliz, y de repente...

De repente, llama a don Álvaro.

Sí, es como si le viera, como si pudiera hablar con él.

La gente del pueblo ya lo comenta en la plaza.

¿Puedo preguntaros una cosa?

¿Por qué recuerda a don Álvaro y no a su marido?

En todos estos años no la he oído nombrar al rey Juan,

que en paz descanse. Es una larga historia.

¿Se puede saber qué haces cosiendo?

Porque no hay dinero ni para costureras.

El rey Enrique ni responde a mis cartas,

acabo de mandar mensaje de ello al arzobispo Carrillo,

a ver si consigue algo con su influencia.

Pero si Isabel y Alfonso son sus hermanos.

Será que tiene cosas más importantes que hacer.

¿Estáis seguro que este artilugio puede funcionar?

Tendréis un hijo, ya lo veréis, majestad,

he rezado para que así sea.

Mal asunto que la ciencia necesite de oraciones.

No os desaniméis, majestad.

Vuestro problema es el ayuntamiento, nada más.

Si fuese otro, esta cánula no tendría vuestra semilla.

Ahora solo se trata de simular la... -¡Queréis dejar de hablar

y hacer lo que tengáis que hacer, por Dios!

Sí, majestad.

Tranquila, Juana.

Bien parece que dedicáis más tiempo al combate que a los rezos.

Y vos más tiempo a las intrigas que a la espada.

Bien sé que os basta con la palabra

para manejar las cosas a vuestro antojo.

No creáis, ya no tanto, todo va de mal en peor en palacio.

Enrique solo tiene ojos para el advenedizo de Beltrán,

y aún no ha nacido heredero.

Eso me preocupa más, Pacheco.

Si con la segunda esposa tampoco puede,

ya no podrá decir que es víctima de un embrujo.

Hasta la gente del pueblo hace chanzas con eso.

Dicen que es cien veces más fácil estafar a un judío

que el rey tenga un hijo.

Y si no tiene hijos, ya sabemos quién heredaría la Corona.

El infante don Alfonso.

Por supuesto, no iba a ser su hermana Isabel.

¿Una mujer reina de Castilla?

Ruego a Dios que no permita tal barbaridad.

Las mujeres no están hechas para gobernar reinos,

sino para casarse y tener hijos.

Cuando Isabel crezca la casaremos con un príncipe o rey extranjero,

como es costumbre.

Don Alfonso será el heredero.

¿A cazar a Madrid?

¿No podéis hacerme compañía en momentos tan difíciles?

(Alterada): No, claro, preferís ir a vuestra reserva

a hacer compañía a vuestros animales.

Calma, el médico recomendó reposo.

(Grita): No hago más que reposar, Enrique.

Por favor, no quiero estar sola.

No lo estaréis: están vuestras damas.

Y cualquier cosa que necesitéis, Juana, cualquier cosa,

llamad a don Beltrán,

que como mayordomo de la casa real os la conseguirá.

Hay asuntos en los que solo puede ayudar un esposo.

¡No me sigáis, no quiero más sombra que la mía!

Disfrutad de vuestros animales, parece que os place más que yo.

Lo siento, majestad, no os merecéis esas palabras.

Bueno, no le falta razón.

¿Sabéis por qué me gustan más los animales que las personas?

Porque son leales cuando acompañan y nobles cuando luchan;

ellos jamás te traicionan ni te exigen nada.

(Gemidos).

¡Seguid!

Llaman a la puerta

Podéis pasar.

Buenas noches, majestad.

Estáis sola.

Sois muy perspicaz, Beltrán.

Me habéis hecho llamar, ¿en qué puedo serviros?

Majestad, por favor.

El rey ha ordenado que os llamara si necesitaba algo.

¿Me rechazáis?

Jamás haré nada que el rey no me ordene.

Buenas noches, majestad.

¡Qué flores tan bonitas, cómo huelen!

Pues no se hable más.

Beatriz, ¿qué hacéis arrancándolas?

Para vos, majestad.

No me deis ese trato, ya no soy reina.

Para mi lo seréis siempre, señora. -Y para la gente de Arévalo.

Yo no debí ser reina nunca, ¡entendéis!

¡Nunca!

¿Qué le pasa?

(Alucina): Don Álvaro...,

por favor..., tenéis que perdonarme.

(Susurra): Don Álvaro.

(Las dos): Señora, ¿estáis bien?

¡Señora!

Yo solo he cazado uno.

No te quejes, que de latín sabes más que yo.

Pues en la Corte es más útil el latín que cazar conejos.

Ya me gustaría conocer la Corte.

¿Es verdad que ahí se escucha música a todas horas?

¿Y se representan obras de teatro y los poetas leen sus rimas?

Cierto, vuestro hermano en eso es igual que vuestro padre.

Podría invitarnos a visitarla. Todo a su tiempo, Isabel.

¡Mirad!

Esperad aquí.

¿Qué habrá pasado, hermana? No lo sé.

Tenemos que volver a palacio. ¿Qué ocurre?

Nada, pero quiero que cuando lleguemos

os quedéis en vuestros aposentos.

Habéis hecho lo que teníais que hacer.

Estábamos tan asustadas...

(Llora): Hablaba con don Álvaro, como si lo tuviera delante

y nosotras no veíamos a nadie..., de repente se desmayó.

Tranquila, Beatriz, tranquila.

Isabel, ¿qué haces aquí? Es mi madre.

Señora, ahora está descansando... Quiero estar con ella.

Haced lo que os he dicho. Pero...

¡Ahora mismo!

Las órdenes son para obedecerlas.

Pasad, pasad.

Por favor, don Juan, comed con nosotros.

Gracias, señor.

Sabéis que no soy de costumbres morunas.

¿Qué queréis? Hablar con vos.

A solas.

Quieto.

(Suspira): Pacheco, si tenéis que decir algo,

decidlo delante de don Beltrán de la Cueva.

No hablaré delante de este advenedizo.

¿Os atrevéis a insultarme? -¿Acaso no lo sois?

Ocupáis cargos que por linaje, otros merecerían más que vos.

Retiraos, retiraos, retiraos.

Desnudad el torso.

Majestad.

Obedeced a vuestro rey.

¿Veis...

esta cicatriz?

Sí, la veo.

Pero no visteis el espadazo que la causó,

no estabais allí.

Yo sí,

a punto de morir en la frontera mora

y ningún noble hizo nada por evitar mi muerte segura.

Solo Beltrán lo hizo

y estuvo a punto de perder la suya.

Miradla bien, Pacheco, miradla bien,

miradla bien.

Y cada vez que no entendáis porqué le quiero a mi lado,

recordadla.

La recordaré,

pero vos recordad otras muchas cosas.

Hum.

¿Puedo retirarme, majestad?

Por supuesto.

Y vos podéis vestiros.

Con vuestro permiso, majestad.

Sabéis que Pacheco no es santo de mi devoción,

ni yo de la suya,

pero toda Castilla sabe que os ha acompañado hasta el trono.

Pero no sé si lo ha hecho para quedarse con él.

Es una época nueva, Beltrán,

y Castilla necesita hombres nuevos y leales.

Los necesita tanto como yo un hijo, para que cesen rumores y chanzas.

(Indignado): ¿Cómo se atreve a faltarme así?

Y más delante de ese afeminado,

seguro que le gusta más que su esposa, por eso no la preña.

No os creáis los rumores que vos mismo lanzáis.

Recordad que vuestros enemigos decían lo mismo de vos y el rey.

¡No me cambiéis de tema!

He educado a Enrique y he eliminado a todo aquel

que se interponía entre él y la Corona.

(Grita): ¿Y ahora así me paga?

Calmaos, os lo ruego. -¿Por qué habría de hacerlo?

Maldita la necesidad que tenemos de reyes

si son como este.

No le gusta su cargo, todo lo tengo que hacer yo

porque el señor prefiere tocar el laúd,

hablar con poetas

y poblar sus reservas de animales exóticos.

¿Sabéis que le ha regalado el embajador de la India?

¿Oro, especias? No, para qué.

Un leopardo. -¿Un qué?

(Grita): Un leopardo,

una especie de lince pero con menos bigotes.

¿Esto se hunde y a vos os da por reíros?

Tranquilo, aún nos queda una baza importante.

¿Recordáis cuando hablamos de su posible heredero,

el infante Alfonso? -Perfectamente.

He recibido una carta de su tutor, don Gonzalo Chacón, al que conocéis.

De ella se deduce que el rey Enrique no cumple con la retribución pactada

a la muerte de su padre, Juan II,

y que tiene a su madrastra y a sus hermanos Isabel y Alfonso

a dos velas.

Por si algo le pasara a nuestro rey,

tal vez deberíamos ir pensado en el siguiente.

¿Qué planeáis?

He pensado que si vos colaborarais con algún dinero que añadir al mío,

el infante Alfonso y su preceptor Chacón

nos lo agradecerían cara al futuro.

Me parece buena idea.

Yo mismo se lo llevaré. -Preferiría hacerlo yo,

vuestras relaciones con Chacón no son buenas;

no se habrá olvidado de lo que le hicisteis

a su buen amigo don Álvaro de Luna.

El tiempo lo cura casi todo,

y lo que no, lo cura el dinero.

Sí, pero...

Vos sois experto en rezos y con la espada,

dejadme a mí las negociaciones.

Gracias por vuestras atenciones,

hacéis que nuestro viaje sea doblemente agradable.

Primero, porque es grato encontrar a personas tan queridas.

No tenéis nada que agradecer, excelencia,

en esta casa se atiende bien hasta a los mendigos.

¿Qué no íbamos a hacer con quien viene de la Corte?

Gracias, alteza.

Veo que vuestra hija es digna heredera

de la belleza de su madre.

Y vuestro hijo guarda los modales exigidos

a todo maestre de la Orden de Santiago.

Así lo quiso su padre, el rey, en su lecho de muerte.

Y Alfonso hará honor a tal cargo.

Un cargo de riquezas inigualables.

Lástima que esas riquezas tengan que pasar antes por la Corte,

porque aquí no nos llega ninguna.

Me ha informado el arzobispo Carrillo.

He venido a solucionar el problema.

Muy bien, pues sabiendo ya la buena nueva,

creo que será mejor que negocien los hombres.

Hijos, es hora de ir a dormir.

Don Gonzalo, ya sabéis que gozáis de toda mi confianza.

Creo que yo también os dejaré; soy hombre de acción

y las palabras me marean más que el vino.

La de vueltas que da la vida;

otra vez frente a frente.

Espero llevarme mejor recuerdo de esta ocasión

que de la última vez que nos vimos.

Seré sincero con vos:

sé que hay cosas que jamás me perdonaréis.

Es difícil perdonar

a quien instigó la muerte de don Álvaro de Luna,

mi maestro y amigo.

¿Habéis disfrutado del poder que conseguisteis con ello?

El pasado es como la leche derramada,

ya no se puede recoger.

Hay que pensar en el presente, en el bien de Castilla.

Para mí lo primero es el bien de los infantes

y lucharé por ellos, sin que me duela el pasado.

Me alegra oír esas palabras,

puede que nuestros intereses sean pronto los mismos.

Perdonad que os importune, señora.

¿Qué hacéis vos aquí? -Solo quería hablar con vos.

Sé de vuestros problemas económicos,

sé que yo no soy de sangre regia como vos...

Os ruego me dejéis entrar a mi alcoba.

Escuchadme: yo os podría ofrecer seguridad,

no os faltaría de nada, ni a vos ni a vuestros hijos.

Sois tan hermosa... -¡Os ordeno que os retiréis!

¿Por qué chilláis? No os voy a hacer ningún mal.

(Forcejeos).

Retiraos.

Mi tío, el arzobispo de Toledo, y yo hemos dispuesto adelantaros

todo lo que os debe el rey.

Espero que sea suficiente.

Lo es, y sobra.

¿Queréis decir que este dinero no viene del rey Enrique?

No, el rey tiene otras tribulaciones que espero no perjudiquen al reino.

Supongo que querréis algo a cambio.

Que sigáis cuidando de los infantes

y que les hagáis saber a ellos y a su madre

quién les defiende en la Corte.

(Angustiada): Ayuda, ayuda, por favor.

Ya no sois reina, y si lo fuisteis

fue porque os metieron en la cama de un rey como una furcia.

¡Dejadla en paz!

Vaya, la infanta ha salido mandona.

Hija, vuelve a tus aposentos, por favor.

No hasta que se vaya.

¿Y me vas a obligar tú? No, os voy a obligar yo.

¿Qué hacéis, malnacido?

Nadie que me haya dicho eso ha seguido viviendo.

¡Deteneos!

Guardad la espada, hermano.

Ahora mismo.

Señora, siento esta afrenta.

Será mejor que descanséis, señora.

Y vosotros retiraos, os lo ruego.

Si queréis que colaboremos, atad bien corto a vuestro mastín.

¡Se puede saber qué intentabas!

Nada, lo juro, solo estaba siendo amable.

Pero me despreció, me miraba con asco.

¿Quién se cree esta gente que es, Juan?

No son mejores que tú ni que yo.

Tienes que hacer solo que yo te diga.

¿Entiendes, hermano?

Solo lo que yo te diga.

¿Tres faltas ya? Mi artilugio ha funcionado.

¿Es verdad lo que decís?

Que caiga muerto ahora mismo si no es así, majestad.

La reina está embarazada.

Esto abre un nuevo camino para la medicina

y nadie podrá decir que lo ha conseguido un médico judío.

Podéis marcharos,

os aseguro que seréis pagado con creces.

Gracias, majestad.

(Emocionado): Vamos a tener un hijo.

¿No os alegráis?

Claro, tanto como vos.

Fue la razón por la que me trajisteis a Castilla

y jamás hubiera sido feliz si no os hubiera ayudado él.

Gracias, Juana.

Por eso, me atrevo a pediros un deseo.

¿Cual es?

El futuro de Castilla lo llevo en mi vientre

y nada ha de interponerse entre nuestro hijo y la Corona.

Os he convocado con urgencia, como mis principales que sois,

porque quiero que seáis los primeros en saber la noticia:

la reina está embarazada.

Murmullos

Maravillosa noticia, majestad.

Vuestra felicidad es la nuestra, señor.

Deberíamos festejarlo con el pueblo. No, ya habrá tiempo cuando nazca.

Pero encargaos de difundir la noticia,

estoy harto de rumores e intrigas. Así se hará.

También ordeno otra cosa:

quiero que los infantes Alfonso e Isabel

sean traídos de inmediato; mi esposa así lo desea,

y yo también.

Pero, majestad, la salud de su madre es débil

y apartarles de ella podría traer consecuencias funestas.

Peores consecuencias para ellos y para mi hijo

serían que alguien les quisiera utilizar contra mi persona...

y mi reino.

Me parece una sabia decisión, majestad.

¿Opináis vos lo mismo, Beltrán?

No opino sobre lo que dice mi rey: obedezco.

Curiosa manera de ocultar vuestra falta de ideas.

Rogaría al marqués de Villena que delante de un Mendoza

nadie sea vilipendiado por su fidelidad al rey.

Seguro que no lo ha hecho con esa intención,

¿verdad, Pacheco?

Por supuesto que no, majestad. Menos mal.

Por un momento he llegado a pensar que ni en días tan felices como este

iba a librarme de vuestras disputas.

Os pido la palabra, majestad. Hablad.

Me gustaría ser yo quien traiga a los infantes

doña Isabel y don Alfonso. Concedido.

Señora.

No os llevéis a mis hijos, eminencia, el rey va a tener el hijo que quería,

¿por qué me quita a mí los míos?

Poneos en pie, señora, os lo ruego, poneos en pie.

Ya está todo preparado.

No estés triste, madre.

Solo es un viaje, y por fin vamos a conocer la Corte.

¿Y si no queremos ir?

Si el rey lo manda, tendremos que ir.

Las órdenes hay que obedecerlas, Alfonso.

Estad tranquila, madre.

No sé que va a ser de mí sin vosotros, hija.

Vendremos a veros.

Tenéis que estar contenta; por fin se acuerdan de nosotros.

Si no les importáramos, ¿nos llamarían?

Eso es lo que me preocupa: que les importéis demasiado.

No os preocupéis, seremos cuidadosos y educados

y nunca dejaremos que nadie nos falte a la dignidad y al orgullo

porque somos hijos de reyes

y porque vos nos habéis educado para serlo.

Y dejad de llorar, os lo ruego.

Que no quiero acordarme de mi madre llorando por sus hijos.

Juradme que cuidaréis de ellos.

Con mi vida si fuera necesario, creedme.

Música y bullicio

¡Qué pequeño era Arévalo!

Aquí están.

Isabel, Alfonso, bienvenidos a la Corte.

Gracias, majestad.

Gracias, majestad.

Os presento a don Beltrán de la Cueva,

mayordomo de la casa real, estará atento a vuestras peticiones.

Será un placer serviros, altezas.

¿Dónde está mi hermano, el rey? ¿No viene a recibirnos?

Seguro que su majestad está atendiendo asuntos de gobierno

que no pueden esperar. -Así es, en efecto.

Me han dicho que eres muy piadosa.

Me he permitido colocar

un pequeño altar y un reclinatorio en tu alcoba.

Os lo agradezco de corazón,

así podré rezar por mi madre y me sentiré menos sola.

Estad tranquila,

vuestra alcoba no está lejos de la mía,

por si necesitáis algo a cualquier hora.

Pues, no hay más que decir:

Beltrán, vamos a enseñarles sus aposentos.

Por supuesto, majestad.

Aunque antes pasaremos por la cocina,

seguros que estáis hambrientos del viaje; por aquí.

Golpes

Gemidos

Gemidos

(Reza): "Pater Noster, qui es in caelis,

sanctificétur nomen Tuum,

fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.

Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie,

et dimitte nobis débita nostra".

Gemidos

Gemidos

¡Eminencia!

Eminencia, por favor, abridme.

¡Eminencia!

¿Qué sucede, alteza?

¡Isabel, esperad!

(Solloza).

Isabel, querida, tienes mala cara, ¿dormiste mal anoche?

Me costó un poco al principio,

pero luego pude dormir sin problema.

Buenos días, majestad, ¿puedo pasar?

¿No tenéis que oficiar misa, eminencia?

Venía precisamente para invitar a los infantes a ella.

Señora.

Perdón.

¡No! Que lo limpie él.

Ni se te ocurra hacerlo, Alfonso.

Recuerda lo que nos han enseñado. ¡Limpia lo que has tirado!

Somos hijos de reyes, y mi hermano no va a limpiar nada.

Gracias, pero no es la limpieza tarea de un arzobispo.

Pido permiso para salir de la sala. Lo que gustes.

Así me evitas tener que aguantarte, niña insolente.

Vamos, Alfonso.

¿Sabéis dónde está el rey?

Llevadme donde esté, os lo ruego. Esperadme fuera.

Comprendo vuestra impaciencia por tener un hijo, majestad,

pero todo esto es innecesario.

¿Quién sois vos para decirme lo que es necesario o no, eminencia?

La historia da muchas vueltas, majestad,

y no conviene sembrar vientos porque se recogen tempestades.

¡Ja! ¡Ja, ja, ja, ja!

¡Vino!

Mirad, el rey está practicando con arco.

Sí, estos deben de ser los asuntos de Estado

que le impedían recibirnos.

Ruego perdón por interrumpir vuestra tarea, majestad.

¡Hermanos, qué alegría me da el veros!

No, perdonadme vosotros a mí

por no haberos recibido personalmente

ayer tuve un día muy atareado y hoy..., hoy iba a saludaros...

después de tirar con arco.

¿Qué tal vuestra estancia en la Corte?

Precisamente de eso quería hablaros.

Pues hacedlo con toda confianza, Isabel.

Ruego nos deis permiso

para volver a Arévalo con nuestra madre.

No..., no es tan fácil, hermana.

Entonces, dejad que ella venga a la Corte.

Ella ya reinó la Corte; no es su sitio, Isabel.

¿Por qué nos habéis hecho venir?

Isabel, un rey no tiene por qué dar razones de sus órdenes.

Tranquilo, es mi hermana quien me lo pregunta.

Estáis aquí por vuestra propia seguridad.

Son tiempos convulsos

y cualquier noble sin escrúpulos puede utilizaros de bandera

para intereses mezquinos en contra de la Corona.

Pero nosotros siempre os seremos leales.

Sois muy joven para explicaros todo con detalle,

con el tiempo entenderéis lo que hago.

Y cuando nazca mi hijo podréis volver tranquilos a Arévalo.

¿De verdad? Por supuesto.

Ejercer el poder es muy complicado, tiene sus responsabilidades

y vosotros, como familia del rey,

tenéis que empezar a aprender las vuestras.

Vos, Isabel, sin ir más lejos,

pronto deberéis casaros con quien se os proponga.

Perdonadme, pero yo me casaré con quien quiera.

Cuando llegue ese día, Isabel,

tendréis que mirar por el bien de Castilla

antes que por el vuestro.

Tranquilo, dejadla soñar ahora que puede.

Os voy a proponer algo que creo os gustará.

¿Queréis ser la madrina de mi hijo?

¿Yo la madrina?

Será un honor, Enrique.

Y vos, por la cara que ponéis mirando las dianas,

seguro que estáis deseoso de probar con el arco.

¿Puedo?

¡Por fin habló! (Ríe).

Empezaba a temer que fuerais mudo; claro que podéis.

Tomad. ¡Arco!

Este Enrique nunca dejará de sorprenderme,

es como si fuera dos personas en una.

No recibe a sus hermanos, permite que la reina les humille

y luego les trata con un cariño que emociona verlo.

El rey es capaz de no saludaros un lunes

y acordarse del cumpleaños de vuestros hijos

el miércoles siguiente.

Es peligroso, a veces pienso que algo le falla en su cabeza.

Es el rey.

Esperemos que ahora, con la descendencia, todo se calme.

Por cierto, vos que tenéis tratos con Dios,

preguntadle si el Espíritu Santo ha obrado el milagro

de que se le pusiera dura.

Porque que lo haya logrado

un viejo médico castellano con su ciencia...,

¿quién va a creerse eso?

Prefiero cree en milagros

que en los rumores que por ahí circulan.

Supongo que los conocéis. -¿Que el padre es Beltrán?

Los conozco bien.

Los he propagado yo, ¿quién si no puede haber sido?

Viaja con la reina, la visita en sus aposentos...

Es su obligación: es mayordomo de palacio.

Y al parecer, también el semental.

Y bien pagado.

El rey le ha duplicado sus bienes desde el embarazo de la reina.

Vos seguid de cerca a Alfonso, protegedle.

A él y a su hermana, que sepan que estamos a su lado.

¿Seguís pensando en Alfonso como futuro heredero?

Nunca se sabe.

Si el rey no cambia; algo tendremos que hacer.

(Suspira): Pobres, solo piensan en volver a Arévalo con su madre.

El rey les ha prometido que les dejará partir

en cuanto nazca su hijo.

Exacto:

su hijo.

Porque como sea niña,

que Alfonso e Isabel salgan de esta Corte

será otro milagro.

Tranquila, un poco más.

Un poco más.

Llanto de niño

¿Qué ha sido?

Niña, majestad.

Dejadme que la vea, dejádmela.

Mi niña.

Hola, mi amor.

¿No os acercáis?

¿Acaso la vais a querer menos por ser una niña?

Ya tenéis lo que tanto queríais,

¿podremos volver ahora con nuestra madre?

No es momento de hablar de eso, Isabel.

Laman a la Puerta

Podéis pasar.

¡Hermana!

Tenemos que hablar con Enrique,

tenemos que recordarle su promesa de que en cuanto fuera padre...

¿Qué ocurre?

Que no volveremos a casa, Alfonso.

Pero..., ¿por qué?

Porque es una niña, don Gonzalo, por eso mis hijos no volverán.

Y vos lo sabéis tan bien como yo: un hijo habría asegurado la sucesión.

Una hija casada con un rey extranjero pondría Castilla en manos extrañas.

La vida de mis hijos ya no será la misma

con el nacimiento de esa niña.

No os preocupéis:

moveré Roma con Santiago para protegerles.

Sé que lo haréis,

y que lucharéis, aún sabiendo que tenéis la batalla perdida.

Tengo tanto que agradeceros, don Gonzalo...

Por favor, señora.

Dejadme hablar, por si mañana no puedo.

Vos en vez de odiarme por promover la muerte de don Álvaro,

vuestro maestro,

habéis educado a mis hijos como si fueran vuestros.

Vos no firmasteis su sentencia.

Pero yo... intrigué para que el rey la firmara.

Lo siento tanto.

Por eso... Dios me castiga, don Gonzalo, lo sé.

Por eso hace que me visite el espíritu de don Álvaro,

para recordarme mi pecado.

¿Puedo pediros un favor?

Visitad a mis hijos.

Hacedles saber que su madre los quiere

y los querrá siempre.

Y volved con noticias suyas.

Os juro que lo haré, alteza,

pero antes haré lo que pueda para que vengan a visitaros.

¿Y cómo lo vais a conseguir? Hablaré con los Mendoza.

Solo ellos pueden convencer al rey de que les deje volver.

¿Os gusta?

Temo hablar de arte con su excelencia;

sabéis mucho más que yo.

Siempre tan prudente, Chacón, y hacéis bien

porque esta pintura es peor que el estiércol en una ensalada.

¿Sabéis quién la ha pintado?

No, excelencia. Yo mismo.

Dios mío, soy un pintor desastroso.

Probablemente por eso pago a los buenos pintores,

para que ellos trabajen a su libre albedrío.

Es una forma de equilibrar la balanza, supongo.

Ya sabéis que los Mendoza siempre buscamos el equilibrio.

Y la justicia:

el honor de vuestra familia no admite duda en el reino.

Por eso he acudido a vos.

Gracias por vuestras palabras, pero vuestro esfuerzo es en vano.

¿No vais a hacer nada por los infantes?

No debo.

Vos sois un buen cristiano

y tenéis que saber que su madre está gravemente enferma.

No insistáis,

el rey ha decidido y nuestra misión es obedecer.

No soy un intrigante como Pacheco, que se mueve como una veleta.

Ni queremos ser más reyes que el propio rey,

como quiso serlo vuestro amigo, don Álvaro de Luna.

Nosotros, los Mendoza, debemos ser estables

y no admitimos otras influencias que las del rey.

Y más ahora, que ha tenido a bien

casar a don Beltrán de la Cueva con mi hija Mencía.

Lo siento, don Gonzalo.

Bien,

solo me queda daros las gracias por vuestro tiempo.

No hay de qué,

siempre es un placer hablar con alguien tan culto como vos.

Por cierto,

en unas horas salgo para la Corte a jurar lealtad a la princesa Juana:

si queréis acompañarme...

Iría, pero solo para ver a Isabel y Alfonso

y sé que eso no es posible.

Ya he escrito al rey varias veces sin respuesta.

Eso le pierde a veces a nuestro querido rey:

su falta de elegancia y de cuidado por el detalle.

No os preocupéis, venid conmigo, yo me encargaré de que les veáis.

Os doy mi palabra.

Eso me es suficiente,

nada vale más que la palabra de un Mendoza.

Reunión de nobles con el rey, empieza el teatro.

No hagáis bromas. -¿No veis que todo es una farsa?

Mirad a Beltrán.

¿Qué hace del lado de los Mendoza?

¿No sabéis las últimas noticias?

La hija de don Diego Hurtado de Mendoza

se casará con nuestro amigo Beltrán.

¿Beltrán va a entroncar con los Mendoza?

Y recibirá el condado de Ledesma;

nunca un puto fue pagado tan generosamente.

¿Necesitáis más pruebas?

Bastón de mando

¡Sus majestades los reyes!

Miradlos detrás, como perrillos falderos.

Por fin os dais cuenta de la situación.

¡Tiene la palabra el rey!

Bienvenidos, damas y caballeros.

Estamos hoy aquí reunidos por una sola razón:

jurar lealtad a mi hija Juana como heredera de la Corona.

Podéis comenzar.

Los presentes, según sean nombrados,

jurarán lealtad a la princesa doña Juana

postrándose ante ella.

Doña Isabel de Castilla, infanta del reino.

Don Alfonso de Castilla, infante del reino

y excelentísmo maestre de la Orden de Santiago.

Don Alonso Enrique... -¿Vos queréis?

¡Jurar! No tengo alma de mártir.

Pero, si lo que decís es cierto, algo habrá que hacer.

Y se hará:

venid a verme esta tarde y lo sabréis.

Su excelencia don Alfonso Carrillo de Acuña,

arzobispo de Toledo.

Os toca, mirad la cara de la niña; es igual que su padre.

(Susurra): La llamaremos la Beltraneja.

Tal vez tengamos suerte y nos dejen volver ahora.

No te hagas ilusiones, Alfonso.

Llaman a la Puerta

¡Pasad!

¡Don Gonzalo! Alfonso.

Isabel.

Muchas gracias, excelencia.

No hay de qué, lo que prometo lo cumplo.

Contadnos, ¿cómo está nuestra madre? Con muchas ganas de veros.

Por eso me ha enviado, para que le de noticias vuestras.

Pero, ¿está bien?

Muy bien, ha vuelto a coger el gusto de los paseos por el campo.

Le faltáis vosotros, es lo único que le apena.

¿Qué tal vuestra vida en la Corte?

Mal. No exageres, Alfonso.

Mal, mal, no, nos cuidan.

Echamos de menos vuestras clases y las de nuestra madre

pero no tenemos queja.

Pero si acabamos de hablar... ¡Tonterías!

Un día malo lo tiene cualquiera, Alfonso.

Decidle a nuestra madre que estamos bien

y que no tenemos queja de nada.

A veces no te entiendo, hermana.

¿Por qué no nos damos un paseo por el jardín?

Hace un día precioso. Por mí, encantado.

Alfonso, ¿me dejas un minuto con don Gonzalo?

Quiero darle un mensaje para Beatriz.

Os espero fuera.

Vos diréis.

¿Me concedéis unos minutos para escribirle una carta a Beatriz?

No tardo nada, y así podréis llevarla a Arévalo.

Por supuesto, os espero fuera.

No os dejéis marear por las quejas de mi hermano.

Gracias por el consejo.

Isabel, ¿habéis sido sincera en vuestras palabras?

¿Es verdad que estáis bien en la Corte?

¿Es verdad que mi madre está bien?

Claro, ¿por qué os habría de mentir?

¿Y por qué habría de mentiros yo a vos?

Soy hija de reyes, no mentiría nunca.

Ya veo que os manejáis con la responsabilidad

que debe tener una reina.

Si Dios quiere que llegue a serlo, no dudéis de que estaré preparada

y será gracias a vos.

Por la presente declaro

que se me ha hecho jurar forzado y contra mi voluntad

lealtad a la princesa Juana,

que es hija de la reina, pero no del rey.

¿Estáis seguro de lo que afirmáis?

¿Estáis seguro que queréis seguir trabajando de notario?

Sí, excelencia. -Pues escribid, necio.

¿Queréis también dar fe de este asunto?

No, con vuestro juramento basta.

(Os escribo esta carta a vos, Beatriz,

pero quiero que la leáis en alto delante de don Gonzalo y doña Clara,

a mi madre no, que no quiero que sufra).

Perdonad, don Gonzalo,

por no haber sido clara con vos delante de Alfonso.

Aún no entiende ciertas responsabilidades

que, como familia de reyes, tenemos que asumir.

A veces con pena.

(Decid a mi madre que cada día sus hijos la quieren más

y siempre tenemos presente el día de nuestra despedida).

A vos, don Gonzalo, agradeceros vuestros cuidados y atenciones

que más que las de un tutor han sido las de un padre,

pues padre os podemos llamar.

Porque de los pechos de vuestra esposa,

mi querida Clara, me amamanté.

A vos, Beatriz,

mi mejor amiga,

mi hermana,

deciros que os echo de menos

porque aquí no puedo hablar con nadie

ni divertirme, como lo hacía con vos.

Juro que si algún día Dios me lo permite...

(Haré pagar a quienes me están haciendo vivir este infierno,

porque no pondré la otra mejilla,

sino que cobraré ojo por ojo, diente por diente.

Porque no puedo entender verme aquí presa,

lejos de mi familia, que lo sois.

Os quiere, Isabel).

Isabel.

Isabel.

Perdona, Alfonso, se me había ido el santo al cielo.

Está refrescando, deberíamos volver a palacio.

¿Para qué? No hay nadie allí a quien quiera ver.

¿Sabes por qué vengo aquí?

Miro al cielo y me imagino que estoy en Arévalo

y recuerdo a la gente que quiero y no me dejan ver

desde hace cuatro largos años.

No te vengas abajo, hermana.

Enrique ha ordenado celebrar fiesta por tu mayoría de edad.

Sí, pero en esa fiesta no estará madre.

(Suspira): Yo también la echo de menos.

Mucho.

Pero hay cosas que mejor no pensar todo el rato en ellas.

Te equivocas, hay que hacerlo.

Yo no olvido, ni olvidaré nunca.

(Suspira): Vamos a palacio.

Si no te importa, preferiría seguir un rato aquí sola.

Me sorprende que pongáis tanta confianza en mí.

Sé que solo vos podéis interceder por nosotros ante el rey, majestad.

Hmm..., me lo pensaré.

Os lo ruego,

es solo una visita a nuestra madre.

Son años los que llevamos años aquí, desde que se nos trajo de Arévalo.

No sabemos nada de ella,

y su salud ya era delicada cuando nos fuimos.

Pensad en ella vos, que sois madre.

¿Qué sentiríais si os apartaran de vuestra hija?

Os lo suplico.

Por mi hermana y por mí.

Dejadnos a solas.

Levantaos, por favor,

sois el maestre de la Orden de Santiago.

Hablaré con mi esposo, el rey.

¡Gracias, majestad!

Pero antes os pediré un favor.

En la celebración del cumpleaños de vuestra hermana

lo sabréis.

Y si queréis volver a vuestra madre, lo aceptaréis sin queja alguna.

¿Os queda claro?

Sí, majestad.

Música cortesana

Perdonadme, tengo asuntos importantes que tratar.

Vuestro hermano tiene claros sus objetivos.

A veces pienso que Dios dispuso

que tuviera el cerebro en la entrepierna.

Mirad a Alfonso, ¿no le veis muy triste?

Muy triste y muy solo, sí.

Parece que en vez del cumpleaños de su hermana

estuviera en un funeral.

¡Atención!

¡Su majestad la reina y la infanta doña Isabel de Castilla!

Hermano, seguid con la dama de antes,

ya tuvimos problemas con la madre, no los tengamos también con la hija.

Estáis bellísima, Isabel.

¿No es cierto, Alfonso?

El vestido es precioso, hermana. Un poco escotado para mi gusto,

pero cuando a la reina se le mete algo entre ceja y ceja...

Todos sabéis

que no me gustan las celebraciones

y que más de dos personas son multitud para mí.

Pero hoy es un gran día:

mi hija, la princesa Juana, crece sana y feliz

y hoy cumple mi querida hermana su mayoría de edad.

Felicidades, Isabel.

Como regalo de cumpleaños

os concedo algo que esperáis hace tiempo

y que os habéis ganado por vuestra perseverancia:

podéis visitar a vuestra madre en Arévalo.

¡Gracias, majestad! ¿Has oído, hermano?

Pero tengo otro motivo más para estar alegre:

os anuncio el próximo nombramiento de mi fiel Beltrán de la Cueva

como maestre de la Orden de Santiago.

Pero si ese es el título que te dejó padre en testamento.

¿Qué has hecho, Alfonso?

¿Has oído eso?

(Iracundo): No estamos sordos,

no aguanto más, es hora de hacer valer mi juramento.

¿Me seguís? -Sin duda.

¡Aaay!

¡Qué alegría poder volver a veros!

Isabel, estáis hecha una mujer.

Sí, pero recordad que sigo siendo vuestra hermana mayor.

¡Beatriz!

¡Alfonso! ¡Qué alegría!

¿Y mi madre?

¿Dónde está nuestra madre?

Os acompañaré a verla.

El almirante don Fadrique, el conde de Benavente,

el conde Manrique; conde de Paredes, Diego Estuña; conde de Miranda,

el arzobispo Carrillo.

¿Estáis seguro, don Diego? Lo estoy, señor.

Todos preparan algo contra vuestra majestad

bajo el mando de Pacheco.

Y aún... hay más.

Ahorradme la lectura, os lo ruego.

Es un acta notarial,

tiene la misma fecha que cuando firmamos lealtad

a vuestra hija doña Juana.

En ella Pacheco da fe de que juró lealtad por la fuerza

y de que...

Es tan grande la infamia, que me cuesta decirla.

¿De qué da fe ese traidor?

De que vuestra hija es hija de la reina,

pero no vuestra, sino de don Beltrán de la Cueva.

(Grita indignado): Hijo de puta.

Ha estado preparando esto durante todo este tiempo.

Alfonso e Isabel serán sus próximas piezas

si no lo evitamos.

Beltrán... ¡Beltrán!

Hay que traerlos a la Corte de inmediato.

(Susurra): Madre,

somos nosotros.

¿Vosotros?

Sí, Isabel y yo, Alfonso.

No..., tu no eres mi hijo.

¿Dónde están mis hijos?

(Llora): ¿Dónde están mis hijos?

Para esto he regalado la Orden de Santiago,

para ver a una madre que ni me reconoce ya.

¿Dónde están mis hijos? Madre.

Portazo

Madre, tranquila.

Tranquila, tranquila.

Vamos, por favor, comed algo,

que sin comer no se llega a ninguna parte.

Gracias, Clara, pero no tenemos mucha hambre.

Yo también voy a tomar el aire. Os ruego que os quedéis, Alfonso.

¿Para qué, Chacón?

¿Vais a decirme la verdad?

¿Vais a decirme que mi madre ya estaba enferma

la última vez que nos visteis en la Corte?

¿Qué hubierais ganado sabiendo la verdad?

¿Tú lo sabías?

Lo supe desde el instante que le vi la cara a don Gonzalo.

¡Me tomáis todos por tonto! ¿Por qué no me lo dijiste?

Porque a veces es más importante la responsabilidad que la verdad.

Siempre tienes palabras para todo, hermana,

pero a veces las palabras no bastan.

¿Qué está pasando, don Gonzalo?

¿Sigue mi madre en sueños llamando a don Álvaro de Luna?

Sí.

Es hora de que me expliquéis todo lo que tenga que saber.

Era mi maestro y mi mejor amigo.

Nunca nadie defendió a vuestro padre como él.

Luchó contra los nobles que hacen de Castilla un avispero

y eso fue su perdición:

Pacheco logró que el rey firmara su sentencia de muerte.

No lo entiendo,

si eran tan amigos...

A veces los reyes son débiles

y aceptan cosas terribles para conservar el poder.

Pero el rey Juan no pudo soportar la pena por lo que había hecho

y murió en un año; vos teníais apenas tres.

Y mi madre empezó con sus delirios.

¿Y por qué quiso mi padre que fuerais vos mi tutor,

el mejor amigo de don Álvaro?

Por mala conciencia y porque sabía que os sería siempre leal,

y quizá porque yo no tengo la ambición de poder de don Álvaro;

no lo sé.

Me limito a cumplir el honor que me concedió.

Y si no tenéis ambición, ¿qué os mueve a seguir luchando?

Quiero que Castilla se quite de encima

los nobles que le chupan la sangre

y que no dudan en asesinar cuando les viene en gana.

Quiero una Castilla con un rey que mande y no se deje mandar.

Sueño con eso todas las noches.

¿Me permitís compartir ese sueño?

Nada me haría más feliz.

Señor, lo siento,

pero traigo órdenes del rey de llevar a los infantes a la Corte.

Alfonso ya está fuera con mis hombres.

¿Qué ocurre?

No es momento para explicaciones, alteza debemos partir de inmediato.

No sin antes despedirnos de nuestra madre.

Algún día haré pagar a Enrique por todo esto.

Cálmate, Alfonso, hay que mantener la calma.

Debemos evitar mostrar dolor o pena porque eso nos hará más débiles.

Ya llegará el día

en el que los que nos alejan de nuestra madre

se arrepientan de haberlo hecho.

¿Y si no llega el día en el que pase eso?

Juro por Dios que llegará;

no haré otra cosa en la vida que luchar por eso.

Niegan que nuestra hija tenga derecho a heredar el trono,

¿qué más tenéis que pensar?

¡Aquí están nuestras exigencias! ¡Habrán de ser aceptadas!

Un Mendoza nunca traiciona a su rey, ni siquiera cuando se equivoca.

El rey negociará, ha convocado una reunión en la Corte.

Para vivir así, no merece la pena ser hijo de rey,

mejor haber nacido campesino.

Castilla está dividida en dos y Alfonso e Isabel están en medio.

No queremos a nadie a nuestro lado. Será el doncel de vuestro hermano.

¿Doncel? Espía, querréis decir.

Aceptaré todas vuestras condiciones, todas excepto una:

no desheredaré a mi hija.

¡Ni se os ocurra!

No os quiero ver cerca de mi hija

o volveré a prohibiros que paseéis libremente por palacio.

Debemos convencer a los nobles que todavía están indecisos:

ofrecerles cargos en el futuro, sobornarles si es preciso.

Si vais a seguirnos, no os acerquéis más de veinte pasos.

Tienen que pensar que negociamos de buena fe,

darles algo importante.

¿El qué? A Beltrán de la Cueva.

¿Cómo es posible que no lo veáis?

Matadme, y la guerra que tanto queréis evitar

empezará mañana mismo.

¿Por qué nos hacen esto?

¡No sabéis lo que se espera de una mujer de la familia real!

Que tenga más dignidad que la vos tenéis.

Todo está preparado,

el arzobispo Carrillo os espera en las caballerizas.

¡Basta! Quieren que el rey firme, ¿verdad?

Si no, nos matarán.

Yo cumplo con mi obligación. -Tenéis un gran futuro, Gonzalo.

Sois el rey, ¿no?, nacisteis para mandar.

Algún día le diré a la reina lo mucho que la odio.

Por Castilla. (Todos): Por Castilla.

Tengo que evitar la guerra.

¿Calculáis las consecuencias de esa decisión?

¡Viva el rey Alfonso! (Todos): ¡Viva!

¿Qué le daremos a cambio? A Isabel.

Hay que evitar esa boda como sea,

si el rey de Portugal pone sus tropas al servicio de Enrique,

todo lo que hemos hecho no servirá para nada.

Los nobles se están dividiendo, sin Pacheco no son nada.

No voy a negociar con el rey, voy a sacarle de palacio y traerle.

¿Pretendéis secuestrarlo?

Si realmente está pasando algo, cuanto menos ruido hagamos, mejor.

¿Qué está pasando aquí?

Subtitulación realizada por Cristina Rivero.

Capítulo 1 de Isabel

Una vez proclamada reina, la segunda temporada se centra en la guerra de sucesión contra Juana la Beltraneja, que reclamaba el trono de su padre. Tras ganarla, los Reyes Católicos quieren unificar los reinos peninsulares, luchando contra el Reino Nazarí de Granada, y terminando con la entrada en Granada y la partida de Colón a las Indias.

No recomendado para menores de 12 años Isabel - Capítulo 14 - Ver ahora
Transcripción completa

Tendréis un hijo, majestad. -Y si no los tiene,

ya sabemos quién heredaría la Corona.

El infante don Alfonso. -No iba a ser su hermana Isabel.

¿Una mujer reina de Castilla?

Ruego a Dios que no permita tal barbaridad.

(Emocionado): Vamos a tener un hijo.

Quiero que los infantes Alfonso e Isabel

sean traídos de inmediato a la Corte,

mi esposa así lo desea.

No os llevéis a mis hijos, eminencia.

El rey va a tener el hijo que quería,

¿por qué me quita los míos?

Isabel, Alfonso, bienvenidos a la Corte.

Estáis aquí por vuestra propia seguridad,

con el tiempo entenderéis lo que hago.

Y cuando nazca mi hijo volveréis tranquilos a Arévalo.

¿Qué ha sido? Niña, majestad.

¿Qué ocurre?

Que no volveremos a casa, Alfonso.

Os presento a vuestra alteza real,

don Alfonso de Portugal.

Lamento que hayáis hecho un viaje tan largo para nada;

no está en mi ánimo casarme con vos.

¡Alfonso! (Llora): Alfonso, Alfonso...

Dejaré que reine Enrique,

y cuando muera, Dios le dé muchos años,

heredaré yo su corona.

Los partidarios de Enrique no os aceptarán,

querrán ver a Juana en el trono.

El rey de Francia busca esposa para su hermano,

el duque de Guyena.

El rey Luis estaría encantado de que su cuñada fuera castellana.

Podéis creer en lo que os digo, o no creer y seguir luchando,

pero Francia es un reino fuerte,

que me ayudaría a ganar la guerra que surgiera de vuestra negativa.

¿Sabéis que el rey Enrique me quiere casar

con el duque de Guyena, hermano del rey de Francia.

Lo sé, pero Fernando es el candidato ideal:

tiene vuestra edad

y es príncipe de Aragón y rey de Sicilia.

Ese es.

Alteza, permitid que os presente a don Fernando de Aragón.

Majestad, doña Isabel de Castilla.

Por la autoridad que me concede la Santa Sede Apostólica,

os declaro marido y mujer.

Se llamará Isabel, como su madre.

He oído que vais a recibir a Isabel.

Cometéis un error,

un rey no se pliega a negociar con una usurpadora.

Voy a verla.

(Tararea).

Uníos conmigo para conseguir que Juana sea reina de Castilla,

para que lo sea ya. Isabel y yo hicimos esta causa

para que Castilla sea gobernada por sus reyes,

no por sus validos.

No podéis estar por encima de la reina, Carrillo,

y eso es lo que queréis.

¿Qué creéis que hace Pacheco en Extremadura,

contar fanegas de trigo?

Ha ido a ver a la reina Juana, seguro.

Tenemos que extirpar la mala hierba de cuajo.

Don Juan Pacheco, marqués de Villena, ha muerto.

¿Volvéis a Aragón?

Los franceses han vuelto a entrar en Cataluña.

Maldita guerra, que no se acaba. Os necesito aquí, conmigo.

Enrique podría volver en cualquier momento.

Y mi padre y mi pueblo me necesitan allí, Isabel.

¡Majestad!

¿Sabéis si, antes de morir, mi hermano dijo algo

o firmó algún documento sobre quién heredaría su Corona?

Diego Hurtado de Mendoza ha convocado una junta

para dilucidar quién es la heredera: vos o doña Juana.

Apelo al derecho de la infanta Isabel

a suceder en la Corona al rey Enrique,

como hermana legítima,

y heredera universal que es por los Pactos de Guisando.

Aclaman

¿Juráis servirme como a vuestra reina?

¡Por Isabel y Fernando!

Debemos pensar en el futuro: en el vuestro y de vuestra hija.

¿Qué podréis ofrecerme vos en el futuro?

Que vuestra hija sea reina,

con la ayuda de vuestro hermano, el rey de Portugal.

Si quieren guerra, la tendrán.

Porque todos en este reino tienen que tener algo muy claro:

que yo, Isabel, soy la reina de Castilla.

Y solo Dios podrá apartarme de este trono.

Subtitulado por TVE.

(Rezan en latín).

Amén.

Alteza,

es la hora.

Cantos árabes

Sois el soberano de Granada,

no debéis humillaros ante nos.

Tomad las llaves de mi ciudad,

que yo y los que estamos dentro somos vuestros.

Mi señora.

Complace más la gloria

cuando se ha sufrido tanto para alcanzarla.

Castellanos, sabed que vuestro rey Enrique,

queridísimo hermano mío,

murió pocos días ha en la ciudad de Madrid.

Yo, Isabel, he sido reconocida

por las autoridades y ciudadanos de Segovia,

como su reina y señora natural, legítima y universal heredera.

Por la presente os ordeno.

Alzad pendones por mí y reconocedme así,

como vuestra reina y señora natural.

Regidores y señores,

venid desde todos los rincones de mi reino a Segovia,

y juradme obediencia como vuestra única soberana.

Yo, la reina.

Juro servir y seguir a nuestra señora,

doña Isabel.

Como reina y señora natural nuestra, y de nuestros reinos.

Y así guardar su servicio, personas y Estado real.

Y de igual, al muy alto y poderoso príncipe,

rey y señor nuestro, señor don Fernando,

como su legítimo marido.

Juro servir y seguir a nuestra señora, doña Isabel,

como reina y señora natural de nuestros reinos...

La obediencia de Beltrán de la Cueva me sorprende tanto

como la ausencia del resto; ¿dónde está Castilla?

Esperemos que se vayan sumando lealtades,

y al final solo falten los que ya sabemos.

... señor don Fernando, como su legítimo marido.

Como titular del condado y del ducado de Benavente,

os hago entrega, alteza,

de un humilde presente en señal de fidelidad.

Tened vos y vuestro esposo,

al que lamento no haber podido mostrar mi respeto.

En su nombre os agradezco vuestra generosidad,

y la lealtad que nos habéis jurado.

A mi esposo le ocupan asuntos en tierras aragonesas,

pero pronto me acompañará aquí, en Segovia.

Demasiados ausentes.

Nunca pensé que echaría de menos a Enrique.

-Era un hombre lánguido, sin ambición,

tan impotente en el trono como en el lecho.

Pero al menos no era una niña capaz de todo

con tal de ceñirse la corona.

Proclamarse por su cuenta...,

a mi propio padre le habría sorprendido tal osadía.

Juan Pacheco desconfiaba hasta de sí mismo;

tuvisteis ocasión de aprenderlo de él.

Como tantas cosas.

Sí, pero el valor no se enseña.

¿Qué pretendéis?

Un solo hombre no puede levantar a Castilla contra su reina.

Depende del hombre;

vuestro padre no habría dejado que Isabel se proclamase,

de ninguna manera.

Habría sentado a Juana en el trono, incluso sobre el cadáver del rey.

¿Me acusáis de no haber proclamado a Juana?

Os conmino a que hagáis algo para solucionar eso.

Cuanto más tiempo pase,

más ajustada estará la corona en la cabeza de Isabel.

Tenéis suerte de que esté con vos,

pero no esperaré eternamente a que toméis la iniciativa;

porque el bando de los perdedores nunca fue de mi agrado.

¿Y vos?

¿Qué habéis hecho por la causa?

¿Yo? He escrito a Fernando de Aragón.

No os marcharéis a Segovia sin escucharme.

Lo lamento, padre, pero parto hoy mismo.

Voy a proclamarme rey de Castilla, lo quiera esa mujer mía o no.

Me han llegado del puño y letra de Carrillo

nuevo detalles sobre la proclamación,

¡a cual más humillante!

Leed, por si aún no entendéis mi enojo.

Lo que ha hecho Isabel es intolerable, pero dominaos.

La ira pierde a los hombres,

y vos tenéis más que perder que ningún otro.

Es cierto que en esta carta se dan muchos detalles,

y bañados en veneno,

pero el arzobispo parece haber olvidado lo esencial:

vuestra unión es una victoria para ambos reinos.

Nosotros necesitamos a Castilla para protegernos de Francia,

y ellos a nosotros para enfrentarse a los partidarios de Juan.

Si tanto me necesita, ¿por qué actúa como si se bastara sola gobernando?

En Castilla se me trata de legítimo esposo, ¡no de rey!

¿Eso a qué me da derecho? A entrar en su cama y poco más.

Os recuerdo que en Cervera, antes de casaros,

accedisteis a que ella fuese soberana...

¡Pero no accedí a que me faltara al respeto

ignorándome al subir al trono y usurpando mi condición!

Os prometo que reclamaremos lo que os corresponda;

una reparación, si así lo deseáis.

Pero que lo haga un emisario, no vos.

No podéis presentaros en la Corte de ese ánimo.

No, padre, eso es exactamente lo que quiere:

evitar encararse conmigo.

Pero lo va a tener que hacer,

¡y le dejaré bien claro que no habrá reina sin rey!

No recéis más por el alma de Enrique,

hace días que estará disfrutando del cielo...,

o del infierno.

Yo no rezo por él sino por nosotras,

y culpo al Altísimo por habernos abandonado así.

Espero que vos nos seáis más leal que nuestro Señor.

Tanto deseo ver a vuestra hija en el trono,

que le he traído una ofrenda de Reyes.

¿Enrique no fue enterrado con él?

Estoy seguro que preferiría que lo llevara su heredera.

Juana...,

mira. -Alteza.

Qué bonito, es el que llevaba mi señor padre.

Ahora es vuestro, querida.

Lo guardaré yo. -No, quiero llevarlo.

Os lo daré cuando destronemos a la usurpadora.

El marqués de Villena ha venido a prometernos

que no habrá que esperar mucho para ceñiros la corona de Castilla.

¿Verdad?

Porque de vos esperamos mucho más que anillos.

Descuidad,

colmaré vuestras expectativas por ambiciosas que sean.

No presto oídos a promesas vanas.

Si no vais a poneros al frente de esta empresa, decídmelo.

Sé a qué puertas debo llamar, y creedme,

tras ellas hay mucho más poder que entre estas cuatro paredes.

Os he visto murmurar durante las juras,

¿alguna preocupación que me estáis evitando?

Solo comentábamos que hay nobles y regidores

que tardan en venir a Segovia a rendíos pleitesía.

Algunas ciudades han mandado emisarios,

y sabemos que son leales,

pero de muchas no conocemos siquiera la intención:

Madrid no se ha pronunciado.

Es tierra de Pacheco, ¿qué esperabais?

Bastante que lo le haya puesto una corona de paja a Juana,

como hizo su padre con mi pobre hermano.

Además, Castilla es un reino extenso,

y nadie esperaba la muerte de Enrique.

Irán viniendo, como es su obligación,

su tardanza no me extraña.

Quizás son ellos los extrañados,

la proclamación no se hizo del modo habitual.

¿Creéis que me precipité?

En ese momento era la mejor opción.

Y, en todo caso, ya está hecho.

Ahora hay que convencer a los indecisos.

Convendría que Fernando llegase lo antes posible

para que Castilla os viera respaldada por Aragón.

Castilla y vuestros adversarios,

hasta entonces todo apoyo es poco.

Necesitamos a Carrillo.

Estamos hablando de apoyos,

no de un presunto traidor.

Con más soldados y fortuna que cualquier otro;

no lo quiero al servicio de mis enemigos.

Alteza, comprendo perfectamente vuestra indignación.

¿Cómo no indignarse con Isabel, habiendo leído vuestra carta?

Me he limitado a contar lo que hace a espaldas de su esposo,

para que él actué en consecuencia.

Si he causado dolor con mis palabras, lo lamento.

¿Seguro?

Porque a mis años uno sabe

cuándo se escribe desde la preocupación

y cuándo desde el rencor.

No voy a negar que esperaba que mis aspiraciones a cardenal

fueran mejor respaldadas por Isabel y por Fernando,

como agradecimiento a mis años de entrega.

Si seguís entregado a Castilla, tendréis que elegir un bando,

tomar partido.

Lejos de todo y de todos.

Boberías, vos no valéis para ermitaño;

vuestro lugar está en la Corte.

En la de Isabel no creo, alteza.

¿Y en la de Fernando?,

porque creo que va camino de no ser la misma.

Mi hijo está viajando a Castilla, con el enfado de un capitán

y con menos estrategia que un soldado raso.

Se plantará ante Isabel fuera de sí,

y todo lo que nos ha costado tanto unir, saltará en pedazos.

¿Y pretendéis que evite eso yo solo?

(Ríe): No os hagáis de menos;

sabéis que Fernando y vos juntos podéis meter en cintura a Isabel.

Admitid que la idea os complace.

Vuestro hijo no anda ligero de orgullo,

¿y si no se deja aconsejar?

Fernando acaba de darse cuenta de que con Isabel está perdido,

necesita un guía; alguien con astucia y experiencia.

Os necesita.

¡Señor! ¡Entramos en tierras de Castilla!

¡Vamos!

¡Castilla, recibe a tu rey!

¡Paso al rey de Castilla!

¡Viva el rey! -(Todos): ¡Viva!

¡Viva el rey! -(Todos): ¡Viva!

¿Pensáis que acierta la reina en lo de Carrillo?

Si alguien puede convencerle, es ella.

En cuanto a la lealtad del arzobispo,

no sé si su amor a Castilla es mayor que el rencor por no ser cardenal.

Pronto lo sabremos.

Quizá peque de suspicacia,

pero sospecho que mientras nosotros buscamos soluciones,

Diego Pacheco ya habrá encontrado las suyas.

Toda mala fe que le supongamos es poca,

deberíamos hacer algo para que no nos coja desprevenidos.

Viajaré a Madrid para saber de sus avances.

Volved pronto.

Ojalá nos equivoquemos.

Con desesperación os escribo, señor,

buscando luz en estos tiempos sombríos.

Mi hija se ha visto desposeída de su derecho natural al trono

por una usurpadora que ahora reina,

y a la que, para dolor de mi corazón,

habéis decidido servir.

(Continúa la lectura):

"Vos, que lealmente habíais guardado lealmente a Juana,

hasta el día de ayer..."

A partir de ahí, son todo reproches.

Reconocedle la osadía de enviar una carta a la Corte

pidiendo que traicionéis a la reina.

Lo que es osado es pedirme que la apoye:

"Por fidelidad a Enrique"...,

la que ella no le guardó en vida, querrá decir.

(Ríe): ¿Cuál va a ser vuestra respuesta?

Pobre Juanita...

Mi señor,

Dios ha querido brindarnos un refugio en el momento de mayor rigor.

Yo solo pienso en llegar a Segovia,

no veo más que el camino que tenemos por delante.

Si me lo permitís, quizás deberíais mirar atrás.

Algunos dicen no sentir sus manos;

si seguimos, más de uno se quedará sin ellas.

Está bien, dad la orden.

¡Su alteza real del castillo os llama a su presencia!

(Sorprendido): El rey de Castilla.

Espero que no haya inconveniencia en que hagamos noche aquí,

se nos antoja el paraíso en comparación al campo abierto.

Alteza, conde de Treviño a vuestro servicio.

Obispo de Segovia, humilde servidor.

Este alto nos está devolviendo la vida.

No olvidaremos la villa de Turégano en mucho tiempo

¡Salud!

Nos honra, alteza,

y no podremos evitar presumir de haberos dado cobijo.

Podréis presumir de algo más importante:

seréis los primeros en jurarme obediencia

como nuevo rey de Castilla; la historia os recordará por ello.

Obispo, traedme una Biblia para la ceremonia.

Es que...

Con misal bastará.

Alteza, nada nos agradaría más que prestaros juramento,

pero ya lo hicimos hace días,

ante vuestra esposa, la reina Isabel.

Prometimos obediencia a la reina,

y a vos, como legítimo esposo de ella.

Legítimo esposo...

Soy mucho más que el marido de la reina.

Soy vuestro rey, ¡juradme como tal!

Nada más lejos de nuestra intención que ofenderos,

pero no podemos arriesgarnos

a contravenir el juramento hecho a la reina.

Pedid cualquier otro deseo, alteza, os complaceremos con gusto.

Mis hombres y yo dispondremos de vuestra hacienda a voluntad,

nos quedaremos en Turégano el tiempo que nos plazca.

Podéis retiraros.

Murmullos

Si la reina ya se ha hecho con tantas obediencias,

que eche en falta la mía. Mi señor...

No ha requerido mi presencia, luego soy libre de hacerla esperar.

Y nada podrá dolerle más.

"Vuestra presencia en Segovia

se me antoja más importante que ninguna otra,

ya que ansío de vuestro sabio consejo

y de vuestro respaldo.

Si en algún momento he lastimado el alma de vuestra merced,

con actos torpes, ruego me disculpéis,

pues nunca he querido faltar a quien es por mí tan querido

y sostén necesario. Perra...

Al alba, partimos hacia Segovia.

¿Queréis calmaros?

No sé por qué me habéis hecho venir, padre,

las recepciones me aburren.

Si queréis reinar algún día,

necesitaréis algo más que empuñar la espada,

aunque solo eso os divierta.

Alteza. -¡Don Diego!

Cuánto lamento la muerte de vuestro padre,

un gran hombre que vivirá en nuestro recuerdo.

Espero que Dios se lo llevara sin sufrimiento.

Gracias, alteza.

Precisamente, por honrar su memoria, vengo a rendíos visita.

Decid qué puedo hacer por vos.

Invadir Castilla.

¿Cómo?

Isabel se ha proclamado reina de Castilla,

ha usurpado el trono que le corresponde a Juana,

la hija legítima del rey Enrique y vuestra hermana.

Si no reaccionamos a tiempo, nunca podrá recuperarlo.

Don Diego, nadie más que yo quiere que mi sobrina reine en Castilla,

pero... -Eso por no mencionar

lo que le espera al resto de la península.

Ahora que Castilla y Aragón van a gobernar unidos,

amenaza y sometimiento, alteza.

(Ríe): No dramaticemos. -No lo hago.

Solo temo que la mujer que os humilló en su día

rechazándoos como marido,

logre burlar de nuevo vuestro linaje y se imponga.

Alteza, recordad que mis orígenes están aquí.

Quiero ver crecer este reino,

y el valor que tendría para Portugal tomar Castilla, sería incalculable.

¿Qué nobles os han dado su compromiso en esta causa?

¿Cuántos de los grandes de Castilla están con vos?

Medio reino aún no ha jurado lealtad a Isabel.

Eso no significa que estén dispuestos a luchar por Juana;

quiero nombres.

No le he contado a nadie mi plan, por deferencia con vos.

O lo que es lo mismo:

si Portugal no se sacrifica por la causa,

ningún castellano lo hará. -Pero, padre,

no podemos dejar pasar esta oportunidad;

nos están abriendo las puertas de Castilla desde dentro.

Conseguid el compromiso de vuestros aliados

y venid a verme de nuevo, hablaremos entonces.

Alteza, no es momento de esperar. -Ha sido un placer recibiros.

Eminencia reverendísima.

Supongo que yo debo llamaros "mi señora".

¿Qué os ha impedido venir a verme antes?

Imaginaba la Corte abarrotada,

todo un desfile de nobles rindiéndoos pleitesía.

Y pensé que era mejor esperar

a que estuviera tan despejada como lo está ahora.

Entiendo.

Me han entretenido otros asuntos;

tuve que acudir a la llamada del rey de Aragón,

que pidió mi consejo.

Sin querer resultar indiscreta,

me gustaría saber

qué preocupaciones asaltan al padre de mi esposo.

Estaba demudado, casi enfermo de angustia.

No sabe qué esperar de la cólera de Fernando.

¿Cólera?

Proclamaros reina en su ausencia fue trago demasiado amargo para él.

Se sintió ignorado, despreciado.

¿Quién le relató lo ocurrido?

A lo mejor, le dieron a entender una mala intención que no tuve.

Sea como fuere, su decepción se le hace insoportable,

hasta el punto de poder convertirse en un problema de Estado.

Si me permitís,

¿qué mal consejero os recomendó proclamaros

de forma tan arrebatada?

Yo misma.

Y volvería a hacerlo de encontrarme en igual circunstancia.

No fue capricho ni deseo de gloria.

Sencillamente, no era el momento de mostrarse indecisa.

A vos no tengo que explicaros lo que me costó llegar hasta aquí.

Ciertamente, ya que he sido yo quien lo ha hecho posible.

Por eso me resulta absurdo correr ahora tantos riesgos.

Necesitáis a Fernando para asentar vuestro reinado.

Lo sé.

Y, aunque no me arrepiento,

haré lo necesario por reparar el daño causado.

Espero tener vuestro apoyo para lograrlo, arzobispo.

Lo tenéis.

Con corona o sin ella,

sé que vos no pediríais mi ayuda si no la considerarais imprescindible

Arzobispo,

todavía no me habéis jurado lealtad.

Señora,

después de tantos años juntos, ¿es necesario mi juramento?

Más que ningún otro.

¿Cómo os habéis atrevido a llevarme la contraria

delante de don Diego Pacheco?

No entiendo qué fallos le veis a su plan.

Pensad en la avalancha de gastos, problemas y muertes.

La sangría que sufriríamos

para que esos castellanos arrogantes mantuvieran sus privilegios.

Pero haríamos grande a Portugal;

crecen todos los reinos de la península,

mientras nosotros permanecemos acorralados.

Nuestro reino mira al océano. -Decid más bien que lo contempla.

Hemos descuidado nuestra exploración de los mares,

y nuestras conquistas africanas se han estancado.

En tan poco valoráis los esfuerzos de los navegantes.

Vanos los esfuerzos,

¡si lo natural es avanzar hacia Castilla!

Me alegra saber que a mi hijo, el príncipe,

le preocupan las fronteras del reino que heredará.

Más que al marqués de Villena,

que solo nos ve como un instrumento al servicio de sus propósitos.

Hagamos entonces lo mismo.

Una vez Castilla en nuestras manos,

Pacheco y los demás deberán someterse.

Hacéis de menos a la nobleza castellana

tanto como sobreestimáis nuestras fuerzas.

Poseemos recursos de sobra, estamos unidos mientras ellos no.

¡Como rey, el tema está zanjado!

Y como padre, no quiero oíros más.

No es mi intención faltar al respeto que os debo

como padre y como rey.

Es decisión vuestra, y como tal la acataré.

Soy joven,

me ciega la ambición y el afán de gloria.

Tenéis un largo camino por recorrer. -Cierto.

En el trayecto evitaré verme atrapado en el lodazal de vuestros titubeos.

Haced lo que os plazca..., cuando llegue la hora.

Mientras tanto, asumid vuestra condición.

Asumid vos que nadie recordará vuestro reinado.

Portazo

Arzobispo. -Cardenal.

Hermoso anillo,

el rojo púrpura os sienta estupendamente.

Seguro que va a juego con los aduladores.

Me temo que a mí nunca me habría quedado tan bien.

¿Tanto significa la apariencia para vos?

No, en verdad;

todos somos pecadores y llegamos a este mundo en cueros.

Por cierto,

he sabido del nuevo embarazo de vuestra señora Mencía,

con este ya contaréis tres vástagos.

Dos por ahora.

Pero no serán las debilidades de este siervo de la Iglesia

lo que os ha traído hasta aquí.

Es un momento importante para Castilla,

no podía perdérmelo.

Espero entonces, que estéis a la altura.

Ahora más que nunca Castilla nos mira,

y quiere ver unidad y lealtad en torno a su reino.

Si no damos ejemplo nosotros, ¿quién lo hará?

Cierto,

ejemplar ha sido el afecto de los Mendoza

hacia Isabel,

ejemplar y fulminante.

¿Deberíamos acaso contribuir con nuestra tibieza

a que Castilla se rompa en una guerra civil?

Nuestra familia no hará tal,

y menos por una cuestión de orgullo herido.

Yo no podría perdonármelo.

Descansad.

Juro servir y seguir a nuestra señora, doña Isabel,

como reina y señora natural de nuestros reinos,

y así guardar su servicio, personas y Estado real.

¿Y la obediencia ante mi rey para cuándo?

Alteza, ¿me habéis hecho llamar?

Provengo de una familia llena de arrojo:

mi abuelo inició las conquistas en África,

mi tío Enrique condujo a Portugal a explorar los mares,

¿y yo?

Vos habéis conquistado nuevas plazas en África.

Nada que mi padre no hubiera hecho ya.

Hace falta mucho valor para evitar las guerras,

y Castilla, aunque rota, es un enemigo temible.

Francia nos ayudaría, lleva años en disputas con Aragón.

Lo último que le interesa

es que su enemigo se haga fuerte uniéndose a Castilla.

Nos apoyaría, sí, pero solo con su bendición.

Luis de Francia no va a arriesgar una lanza por nosotros,

es un conspirador que nunca da más de lo que recibe.

Seguro que se puede llegar a un acuerdo con él.

¿Si le prometemos ayuda para recuperar el Rosellón?

Alteza, le llaman "la araña", porque se mueve con sigilo,

y antes que uno se dé cuenta, ha perdido todo en beneficio suyo.

¿Sabéis que desposó con una niña de ocho años

para ampliar su poder?

Quizá podamos prescindir del rey de Francia.

Si es cierto lo que dice Pacheco,

media Castilla está en contra de Isabel.

Alteza, Pacheco se guardó mucho de exponeros

la principal debilidad de su plan:

que Castilla no acepte una reina impuesta por extraños,

sea legítima o no.

Detesto que arruinéis mis ilusiones,

sobre todo cuando tenéis razón.

Mi señora, hemos recibido noticias de Fernando.

¿Anunciando su llegada? Por fin.

Hace días que dio aviso de que partía de Aragón,

ya tendría que estar aquí.

Al parecer, ha hecho un alto en Turégano...,

más bien, se ha instalado en el palacio del conde.

¿Qué queréis decir?

Que lleva allí varias jornadas.

Quizá la nieve esté dificultando el viaje.

O quizás esté haciéndome pagar con su ausencia

el haberme proclamado en solitario.

(Reza): Padre, impedid que Fernando vuelva ciego de orgullo.

Haced que confíe en mí,

y sepa entender mis razones y comprenderme.

Y conservad su amor hacia mí,

o renovad el que sintió,

y que ahora quizás este apagándose.

Haced que venga.

¿Qué guiso es este?

¿Es que la cocinera ha perdido sus dones?

Mi señor, el conde de Treviño se está quedando sin reservas.

Quizá estamos abusando de su hospitalidad,

son ya días aquí.

¡Y serán meses, si así se me antoja!

Isabel ha jugado con quien no debía.

Vos me conocéis, Peralta,

¡a los 10 años guerreaba en Gerona!

¡A los 15 doblegué a los nobles de Aragón

para que costearan la guerra!

¡Nadie puede darme lecciones de hombría!

Pocos desconocen vuestra fama,

y no faltarían damas para atestiguarlo.

Preguntad por mí en las mancebías catalanas,

allí me temen más que en el campo de batalla

porque cuesta agotarme lo que a un potro.

Aún tiene que nacer la mujer de la que no consiga lo que quiero.

Risas

¡Soldado! ¿Ponéis en duda lo que digo?

No, mi señor.

¡Entonces, a qué esas risas!

(Grita): ¿Creéis que no se dominar a mi esposa?

Mi señor.

¡Si dudáis de mi hombría, decídmelo a la cara!

¡Decidlo! Señor, no ha dicho nada.

Señores, sé que ninguno de los aquí presentes

acepta de buen grado el ascenso al trono de la usurpadora,

pero el lamento es un desahogo que no conduce a nada.

Ahora toca actuar.

He puesto mis fuerzas al servicio del rey de Portugal

para que respalde la confrontación,

pero solo no podré convencerle.

¿Zúñiga?

Contad conmigo.

Isabel no es solo una reina ilegítima,

es el principio del fin de nuestros privilegios.

Pretende reinar.

Risas

Todos sabemos

que Juana no opondría resistencia a ser gobernada;

la política le interesa tanto como un dolor de muelas.

Pero para poner la Corona a su servicio,

habremos de pagar un precio. -Si es la guerra, se pagará.

Es un riesgo,

pero aún lo es más para nuestros intereses

dejar la Corona en manos de quien la tiene ahora.

-Disculpad, pero habláis con ligereza

de sumar vuestras tropas a las de Portugal,

de franquearle la entrada a Castilla.

¿Acaso esperáis

que Alfonso de Portugal luche por nosotros

para luego marcharse por donde ha venido?

No es un rey ambicioso,

si no, poco me habría costado persuadirle.

Que no sea ambicioso no quiere decir que sea estúpido.

Ni él ni quienes le rodean;

una vez dentro de Castilla será muy difícil pararles los pies.

Quizás si vos no fueseis medio portugués

veríais que lo que proponéis es una invasión extranjera.

Es absurdo tener que suplicar vuestro apoyo

cuando un grande de Castilla ya me lo ha dado:

Alonso Carrillo.

Pensaba que no concebía Castilla sin Isabel en el reino.

Su ruptura es un hecho,

y yo he sabido traerle a nuestro bando.

Y con él vienen sus tropas. -¿Y quién nos asegura

que el arzobispo diga hoy una cosa y mañana otra?

Algunos pensamos que el arzobispo es como vuestro padre, Pacheco;

su único bando es el suyo.

Lo siento,

para que yo arriesgue mis recursos exijo un plan más convincente.

Perdonad que os haya hecho madrugar, reverencia.

Siempre confortaré a un alma necesitada de confesión.

Y más si es la vuestra.

El Señor esté en vuestro corazón y en vuestros labios

para que podáis confesar todos vuestros pecados.

In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.

Reverencia,

siento que Dios me está abandonando.

¿Qué os ha llevado a pensar eso?

Mi vida nunca ha sido fácil,

pero todas las penalidades sirvieron para señalar mi destino:

el trono de Castilla.

Mi hermano Alfonso murió de improviso y...,

Enrique se ha ido de igual modo,

allanándome un camino que parecía imposible.

Por decisión divina,

trágica, pero divina,

como bien decís,

señal de que Él quiere veros reinar.

Eso creía yo,

pero ahora las trabas se han multiplicado.

La nobleza no se decide a apoyarme, apenas disponemos de dinero

y Fernando...

De mi esposo solo sé que no hace por volver a mi lado.

Todos sufrimos momentos de angustia e indecisión,

pero eso no quiere decir que... Reverencia, necesito saber

si soy yo la legítima heredera de la Corona.

Si Juana es la heredera de Enrique,

Dios puede estar castigándome por arrebatarle su derecho al trono.

Los Mendoza habéis cuidado siempre de esa niña,

vos tenéis que saber si es hija del rey,

o si es solo una bastarda.

¿Acaso dejó mi hermano testamento escrito

designándola como reina de Castilla?

Solo hay una respuesta,

y os ruego no me obliguéis a repetirla.

Isabel,

vos sois la reina,

y como tal os habéis de comportar.

Vuestra audacia ha desconcertado a todos,

pero el valor que mostrasteis proclamándoos

debéis de mantenerlo ahora,

por muchos enemigos que ello os procure.

Por mucho que irrite a vuestro marido.

Nunca os faltarán conflictos,

porque vuestro destino es mucho más complejo

que el de la mayoría de los hombres.

Pero ya conocéis el resultado

de un reinado marcado por la indecisión,

como el de vuestro hermano Enrique.

Eso es lo último que quiero para Castilla.

Pero y si mostrarme firme como reina pone en contra de mí a Fernando.

Si vuestro esposo es digno de su grandeza,

admirará vuestra determinación.

Olvidad vuestros dilemas,

comportaos como la reina que sois.

Solo así lograréis la mayor gloria para vuestro reino.

Os habéis levantado con el gallo, alteza.

La vergüenza me ha quitado el sueño.

Acabo de mandar un soldado a Segovia para anunciar nuestra llegada.

Llevo días preocupado por mi honor,

y caigo en lo mismo que le reprocho a Isabel:

eludir mis obligaciones y esconderme.

Hablaré con mi esposa

y le demandaré el sitio que me corresponde en Castilla.

Con suerte, no tardaremos en encontrar remedio.

Levantad a los hombres,

reanudaremos la marcha lo antes posible.

Uno ya se ha despertado.

¿Os serviría como disculpa?

Gracias, señor,

pero no os debo perdón alguno.

Sois mi rey.

Preparaos para partir.

Mi señora,

vuestro esposo ha abandonado Turégano

y está de camino.

Gran noticia, alteza.

Así es.

Daré orden para que la ciudad le reciba

como nunca a otro hombre.

Sé que no es momento para dispendios,

pero hay gastos que rentan.

El recibimiento será digno de un rey,

y Castilla será testigo

de la unión y la grandeza de sus gobernantes.

Pero no hay nada previsto.

Si mi esposo ha de esperar

para ser recibido acorde a su rango, esperará.

¿En Navidad?

Así fuera el día de su onomástica.

Señora,

¿no será que queréis hacer esperar a vuestro esposo como ha hecho él?

Desconozco el motivo

de su prolongada estancia en Turégano,

pero creed que mi única intención es honrarle como merece.

¡Alto!

Alteza, traigo mensaje de la reina doña Isabel.

¿Cómo que "de acampar a las puertas de Segovia"?

Alteza, la ciudad se prepara para recibiros como os merecéis.

¿Y acaso ni yo ni mis hombres merecemos dormir bajo techo?

¡Nos quedaremos helados!

Son órdenes de la reina, alteza.

¡Pues, maldita sea!

Reivindicar a Juana como reina aún es solo un afán,

pero si es hijo de su padre,

Pacheco buscará nuevos aliados hasta convertirlo en un hecho.

No querrá volver a la Corte de Portugal

con las manos vacías.

¿Ya ha visitado Sintra?

¿Vio voluntad en el rey?

Os confiaré todo lo que sé,

pero solo si os comprometéis a procurarme el favor de Isabel,

en caso de salir victoriosa de esta disputa.

¿Me pedís que os prometa el perdón real

cuando vos no sabéis aún en qué bando estaré?

No es alto el precio,

dado que soy el único dispuesto a informaros.

Tenéis mi palabra,

pero no la malgastéis contándome naderías.

Al rey de Portugal le faltan ánimos,

pero se antoja fácil de convencer.

El que parece más dispuesto es el arzobispo Carrillo.

Carrillo...

Toses y carraspeos

Ya venían helados del viaje,

aquí acampados, no tardarán en sucumbir.

Dios bendito.

Alteza.

Eminencia.

No tengo permiso de la reina para estar aquí,

pero no dejaba de pensar

en las penurias que estaríais pasando acampados en pleno diciembre,

por eso os he traído abrigo y alimentos.

Habéis hecho bien en imaginaros lo peor,

os agradezco vuestra ayuda.

Lo repartiré entre los hombres, alteza.

Vino aragonés,

me lo ofrendó vuestro padre en la audiencia de hace poco.

No sabía de ese encuentro.

El rey está muy disgustado con vuestra situación.

Me rogó que me pusiera a vuestro servicio

y que os sirviera de consejero personal

en esta nueva etapa de vuestro matrimonio.

Considera que mi experiencia y años en la Corte os ayudarán.

No me ve capaz de solucionar mis problemas solo.

Alteza, Isabel está ingobernable.

El recibimiento es solo una excusa para haceros esperar,

quiere volver a dejar claro quién manda en Castilla...,

y quién no.

Maldito inútil, sabía que no sería capaz.

¿Qué ocurre, madre?

Que ni vuestro tío Alfonso ni la nobleza se decide a apoyarnos.

Pacheco es un aprendiz, nunca debí confiar en él.

Mendoza ni siquiera se ha dignado a contestarnos.

Juana, nos están abandonando.

No sufráis, madre,

yo podré ser feliz sin reinar.

Y vos estáis conmigo.

Preparad el equipaje, partimos esta misma noche.

Vos sois la reina, mi amor,

lo queráis o no.

Isabel, que presume de buena cristiana,

debería saber que una vez una hembra ambiciosa

deseó una manzana y trajo la desgracia al hombre.

¿Qué daños no traerá la que ambiciona un reino?

Por no hablar de que os ha robado un derecho

que por ley natural solo es de varones.

¿Cuál será la próxima humillación? No voy a tolerar otra más.

Y, ¿qué pensáis hacer?

¿Repudiarla?

Si eso queréis,

yo podría interceder por vos ante Roma

para anular vuestro enlace.

Eso no implicaría de por sí

que vos tuvierais que renunciar al trono de Castilla;

podríais conservar la Corona y olvidaros de la esposa.

No volváis a plantear tal cosa.

Ella os ama,

por nada del mundo querría perderos.

Debéis asustarla, amenazarla con romper vuestra unión.

¿Pretendéis que negocie mis derechos a cambio de amor?

Vos sabéis mejor que yo dónde acaba la reina

y dónde empieza la mujer.

Pero si la dejáis sola, su reinado se tambaleará,

y el bando de Juana ganará terreno hasta acorralarla.

Os necesita más de lo que vos la necesitáis.

Os conozco, Carrillo.

Aunque sea por recomendación de mi padre,

vos no estaríais aquí sin un motivo.

¿Qué pretendéis con todo esto?

¿Vengaros de Isabel? No.

Pretendo que mi rey gobierne en Castilla.

Escuchadme bien.

Reinaré en Castilla como un día reinaré en Aragón,

sin cortapisas,

sin quedar por debajo de mi esposa, la reina.

Ni mucho menos por debajo de vos.

¿Seguís de mi lado?

Como vuestro más fiel consejero.

Alteza, mensaje de la reina:

mañana Segovia nos abrirá sus puertas.

Señor, vestid ropas de gala y preparaos para reinar.

¡Viva el rey! -(Todos): ¡Viva!

¡Viva el rey! -(Todos): ¡Viva!

¿Y la reina?

Alteza, vais a recibir la obediencia de toda Segovia.

Por la virtud que me ha sido otorgada,

alteza don Fernando,

me expreso en nombre de la ciudad de Segovia,

y por ella aquí presente,

os prometo fidelidad y obediencia

como legítimo esposo de nuestra señora la reina,

doña Isabel.

Habéis de acercaros vos, alteza, es el protocolo.

Bienvenido.

Una gota de agua no apaga un fuego.

Conversaciones y música cortesana

Me ha evitado todo el día

con la excusa de descansar de su viaje.

¿Cómo va a tener ojos para vos si le acapara nuestro arzobispo?

¿Y esta renovada amistad?

Hermoso traje.

Habéis deslumbrado a toda Segovia.

¿Os ha parecido digno el recibimiento?

Mucho.

No así el haber dormido al raso por capricho de mi esposa.

No podía dejaros entrar en la ciudad como un cualquiera.

Sois el rey. Y vuestro legítimo esposo.

Rey consorte, nada más.

¿Por qué no sois de las que se conforman

con lucir la corona y dejar el mando al varón?

En Castilla la reina tiene derecho a gobernar.

Y agradeced que así sea,

porque aún no hemos engendrado varón,

sino hija.

Y de no tener ella ese derecho,

cualquier extranjero con el que casara,

la dejaría sin Corona y sin reino.

¡Me faltasteis al respeto no esperándome para proclamaros!

Mi respeto por vos es y será el mayor,

pero si aquel día llego a dudar, seríamos vasallos de una niña.

Exigís que esté a vuestro lado,

¡pero qué demonios hago yo en Castilla!

Nunca os engañé cuando os dije

que en Castilla el gobierno sería mío.

En Cervera aceptasteis vuestra posición.

Fernando, siempre he anhelado poder decidir por mí misma.

De niña fui apartada de la Corte

y luego obligada por el rey a separarme de mi madre.

Parecía condenada a casar con alguien a quien no quisiera,

siempre al dictado de los otros.

Sin mi afán por decidir libremente,

nuestro enlace nunca habría tenido lugar.

Tal vez hubiera sido lo mejor para ambos.

Fernando,

¿quién os está poniendo en contra mía?

Esta noche dormiré en otra alcoba.

¡Fernando! Y mañana quiero despachar con vos.

Será mejor que durmáis bien

y que os levantéis con ganas de ceder.

Portazo

Ya le dije a don Diego Pacheco lo que pienso de todo este asunto.

Este asunto es el derecho de vuestra sobrina

a reinar en Castilla.

Tenéis la obligación de defender vuestra sangre

y hacer algo por ella.

Poco hicisteis vos al parir los gemelos de vuestro amante.

Si hasta entonces tenían dudas de la paternidad de Enrique,

aquello acabó por despejarlas.

Para no atreveros con la batalla sois certero haciendo daño.

Disculpad, sois mi familia y no quiero ser yo quien os recuerde

lo que a buen seguro aún os mortifica.

La mayoría son mías,

y estaría encantado de ponerlas a vuestro servicio,

doña Juana.

Son los nobles castellanos los que os están abandonando, no yo.

Desconfían de lo que pueda hacer un portugués en su territorio.

Y sin su apoyo,

cruzar la frontera con mis hombres es un suicidio.

Sintra también es vuestra casa,

quedaos las dos cuanto gustéis.

Si por mí fuera,

ya estaríamos en Castilla, mi señora.

Dados los últimos acontecimientos,

y a fin de demostrar buena voluntad y máximo respeto por su esposo,

su alteza la reina doña Isabel ha tenido a bien

concederle ciertos beneficios.

Ciertos beneficios..., ¡limosnas!

No es eso lo que reclamamos.

¿Y qué es?

Para empezar, denunciamos lo pactado en Cervera,

y a partir de ahí... Si fuera posible

me gustaría que escucharais mis ofrecimientos

antes de rechazarlos.

Proseguid, cardenal.

A saber,

que el rey tendrá autoridad para impartir justicia en Castilla.

Solo si la reina

no estuviese conforme con su sentencia,

podría corregirla.

¡Por todos los santos!

El rey debe tener potestad para juzgar sin la tutela de nadie.

Seguid.

Que el trato recibido por ambos será de rey y reina respectivamente,

pero la propiedad del reino, como se acordó en Cervera,

corresponde a Isabel.

¡No, no y no!

¡No!

Deberíais ser mucho más generosa, alteza, sabiendo lo que os jugáis.

Deberíais compensar

las ofensas padecidas por vuestro esposo.

No han sido tales,

aunque os empeñéis en que así parezcan.

¿Queréis pruebas de cómo ha calado en el pueblo

la humillación a Fernando?

¿Qué es eso?

Una copla que se canta estos días por Castilla.

La escucharon mis hombres en una taberna,

y así la recogieron.

"Isabel y Fernando reinan al revés,

pues gobierna la dama y no el aragonés.

Como Enrique, el rey muerto, ahora Fernando,

cuando está ante una hembra se va achicando".

¡Suficiente!

¿Veis como la fama del rey se ha visto dañada

por vuestras audacias?

Y con la suya la de vuestro reinado,

que, gracias a vos, lleva camino de ser efímero.

Ruego me disculpéis.

Alteza, ¿podríais concedernos un momento?

A solas.

Si el asunto es de importancia para el reino,

bien podemos oírlo los aquí presentes.

No os entretendré, alteza.

Disculpadme.

¿Ahora la reina oculta secretos de Estado al rey?

Es indignante, ¿hasta dónde quieren llegar?

¿Y vos cómo leéis esa burla sin avisarme?

Me habéis dejado en ridículo. Lo he hecho

para que se hicieran cargo de vuestra situación, ¿no lo veis?

De poca ayuda sirve

que mi consejero me humille en público.

No volváis a tomar una decisión por mí.

Espero que sea importante,

Castilla se juega su futuro en esa reunión.

De ahí la urgencia.

Alteza, en esa sala acogéis a un traidor.

Se está gestando una insurrección contra vos,

y Diego Pacheco presume de tener a Carrillo en su bando.

Quizá sea un embuste de Pacheco para ganarse aliados.

Alteza, Carrillo y él se vieron en Madrid

para sumar fuerzas a favor de Juana.

Y Diego Pacheco ha viajado a Portugal en busca de apoyo.

¿Lo ha conseguido?

Alfonso de Portugal no se decide,

los nobles castellanos recelan del portugués.

La capacidad de Carrillo para conspirar no conoce límites.

Y ahora he de verle sentado junto a mi esposo.

Alteza, pocos adversarios son más peligrosos que Carrillo.

Si Fernando cae en sus manos,

vuestro reino puede derrumbarse sin ningún ataque externo.

Era mi obligación intentar tenerle de nuestro lado.

Confío en que no me juzguéis por ello.

Nadie en vuestra situación se mantendría en el trono

sin saber perdonar.

Haré llamar a Carrillo.

¡No! A quien quiero ver es a mi esposo.

Decidle que deseo reunirme con él en privado.

(Irónico): Ahora sí soy digno de ser informado.

¿Vos sabéis de los movimientos de vuestro nuevo consejero?

¿De qué habláis?

Carrillo ha ofrecido su apoyo a la causa de Pacheco.

¿Lo ignorabais?

¿Acaso dudáis de mi lealtad?

¿Cómo iba a aceptar su consejo de saberlo?

Ahora sé por qué me brinda su ayuda.

Carrillo ha encontrado una grieta para debilitarnos,

y esa grieta es nuestro enojo.

Ved cómo se ha comportado en la negociación.

Cuando habla por vos os hace mal gobernante,

y peor hombre de lo que sois.

No seamos como Enrique.

No nos pongamos en manos

de quienes buscan su interés a costa del rey.

No tenéis que convencerme de eso.

Y sin duda,

prescindiré de los servicios del traidor.

Pero no creáis por ello que dejaré de reclamar mis derechos.

Que os concederé hasta donde considere justo.

Aunque yo reine en Castilla, tendréis derechos reales:

podréis impartir justicia,

cosa que yo nunca podré hacer en Aragón;

no lo olvidéis.

Escuchad mis propuestas y sumad las vuestras.

No podemos permitirnos entrar en luchas personales.

Ahora menos que nunca.

A nuestros enemigos les será más difícil derruirnos

si estamos unidos.

Si somos uno.

¿Esto va a ser nuestro matrimonio?

¿Siempre una lucha?

No,

porque aprenderemos a convivir con la grandeza del otro.

Porque nos necesitamos.

Porque nos amamos.

¿Qué diantres estarán haciendo?

Parecéis impaciente por quebrar lo que tanto os costó unir.

Don Gonzalo.

Yo agradezco este rato sin aguantar vuestra ponzoña.

Gran idea leer esa coplilla miserable;

habéis avergonzado a Fernando. -Porque es orgulloso,

porque sabe

que la culpa de esta seguidilla la tiene Isabel, no yo.

La reunión ha terminado.

Fernando y yo acabamos de decidir

cómo vamos a gobernar nuestros reinos.

El acuerdo es sensato,

y coherente con aquello a lo que accedí en Cervera en su día

Alteza, eso es una locura,

os vais a ver sometido para los restos.

Seré soberana en mi reino como él lo será en el suyo,

pero Fernando será en Castilla más que un mero consorte.

No escuchéis, alteza, os ha sorbido el seso.

Conteneos, arzobispo.

Os expulsa del paraíso porque lo quiere para ella.

Ya que mentáis lo divino...,

reverencia, ¿tenéis aquí vuestra Biblia?

Siempre me acompaña.

Poned vuestra mano sobre ella y jurad

que no habéis ofrecido apoyo a los enemigos de mi esposa.

Jurad que no habéis conspirado contra Isabel.

Veo que ya no necesitáis, alteza.

Yo, Isabel, seré reina soberana y propietaria de Castilla.

Fernando, mi legítimo marido, recibirá el tratamiento de rey.

Las monedas y los sellos lucirán los nombres

y los escudos de ambos dos,

el nombre mío siendo el primero,

las armas de la reina quedando delante.

Tendré potestad en Castilla para elegir a mi voluntad

lo gobernadores y los cargos que gestionarán mi reino.

Y para recabar los impuestos, que yo sola administraré;

así como los de Aragón administrará Fernando.

En nuestros reinos impartiremos justicia

como iguales, si estando juntos,

o por libre cada uno y separados.

Todo acto de poder será en nombre de ambos,

y el sello que lo rubrique, será uno solo.

No sabéis lo contenta que estoy porque nuestra disputa haya acabado.

Yo también os he echado de menos.

Mis doncellas aún no me han desvestido.

No vais a hacerme esperar a las puertas otra vez.

¿Sabéis que Carrillo me sugirió que os repudiara?

Incluso en mis momentos de mayor enfado...,

nunca me imaginé sin vos.

Lo celebro,

porque os habría costado la vida abandonarme.

¿Creéis que alguien tan ambicioso como Carrillo

claudicará sin buscar venganza?

Lo que haga o deje de hacer Carrillo me importa bien poco.

Porque olvidáis su poder,

que ahora pondrá al servicio de los otros,

dadlo por seguro. No temáis, Isbel.

Y recordad lo que me dijisteis:

se acabó la debilidad de la Corona.

Se acabó ser títeres al servicio de otros.

Nosotros somos los reyes,

y seremos los primeros en ejercer como tales.

Siempre juntos, Fernando.

Siempre.

¿Vais a pasear esta tarde?

Estaré preparando mi partida,

no tengo nada más que hacer aquí.

Alteza, siento interrumpir vuestro almuerzo,

pero acaba de llegar a palacio don Diego Pacheco,

y viene acompañado, mi señor.

¿De quién?

Alteza.

Sentimos no haberos avisado de nuestra llegada

pero el arzobispo tiene noticias que no pueden esperar.

¿Cuáles?

Isabel y Fernando han firmado un acuerdo en Segovia.

Su unión ahora es muy sólida y están decididos a gobernar.

Malas noticias, me temo, para todos los aquí presentes.

¿Queréis decir que debemos perder toda esperanza?

Quiero decir precisamente lo contrario:

creo que es el momento de atacar.

He reflexionado y he visto con toda claridad

que solo podremos hacerlo con vuestra ayuda.

Cuántas veces he de decíroslo:

Castilla nunca dejará que un extranjero corone a su reina.

Lo hará, si tomáis por esposa a vuestra sobrina.

Vuestra incursión no sería la de un extranjero,

sino la de un rey que reclama el trono para su esposa,

la legítima heredera.

Es una solución magnífica, eminencia.

-Los grandes tomarán partido cuando se anuncie el matrimonio,

no tendrán escusas para no apoyar la invasión.

Sea.

-Cuanto antes,

que Isabel y Fernando aún estén celebrando su acuerdo

cuando suenen trompetas de guerra.

La reina y yo esperamos el nacimiento de otro hijo.

Roguemos a Dios para que nos conceda un varón,

y con él,

la dinastía de nuestros reinos se afiance.

¿No os dais cuenta?

Solo él puede devolveros lo que la usurpadora os arrebató.

Alteza, permitidme que os presente a fray Hernando de Talavera.

Os ruego que os arrodilléis, alteza.

¿Pedís a la reina de Castilla que se arrodille ante vos?

Tenéis que sabe vos, y por vos vuestros señores,

que la princesa Juana pronto será mi esposa;

ella será reina de Portugal, y yo rey de Castilla.

Eminencia. -¿Qué ocurre?

Es la reina, está llegando a Alcalá.

Vítores

En Castilla solo hay una reina,

y esa reina soy yo.

¿Habéis amenazado a la reina con retirarle nuestro apoyo

porque no desea confesar con vos?

Pero, ¿cómo se os ocurre?

¿Os estáis repartiendo el reino de mi hija?

No consentiré que lo hagáis a sus espaldas.

Requiero de vos otro tipo de servicios,

quiero que escribáis mi testamento.

Hoy declaro la guerra por mar y por tierra

contra el rey de Portugal y contra todos mis desleales.

Concededme la regencia,

yo velaré por ella hasta que pueda reinar.

¿Pretendéis usurpar mi derecho al trono?

Allí van los mejores hombres para luchar por la mejor causa.

El rey Alfonso no necesita el oro de nadie para vencer,

y cuando acabe, sabrá ser generoso con quienes le han sido fieles.

Zamora se ha declarado a favor del rey Alfonso.

¡Por Castilla! -(Todos): ¡Castilla!

El rey...,

ha tenido una hija en Aragón.

¿Os encontráis mal?

No hay duda

de que están dispuestos para la batalla.

El momento temido ha llegado. ¿Qué le ha pasado a Fernando?

Subtitulación realizada por Cristina Rivero Moreno.

Isabel - Capítulo 14 - Ver ahora

Con la reina en su máximo esplendor, es la última temporada la que muestra el deterioro de Isabel. Tras las alianzas matrimoniales en las que los Reyes Católicos casan a todos sus hijos con el resto de casas reales de Europa, y la pérdida de algunos de sus seres más queridos, la reina empieza a perder su fuerza física, pero sigue en el trono, ocupándose de todos los asuntos de su reino, así como de sus hijas, hasta el día de su muerte.

No recomendado para menores de 12 años Capítulo 27
Transcripción completa

Juro servir y seguir a nuestra señora, doña Isabel.

Y de igual, al muy alto y poderoso príncipe,

rey y señor nuestro, señor don Fernando,

como su legítimo marido.

¿Conocéis a fray Hernando de Talavera?

Conozco sus escritos.

Es mi deseo que sea mi confesor.

La reina está dispuesta a honraros con un cargo en la Corte:

recaudador mayor del reino.

¡Judío, cabrón!

¡Deja de robarnos y púdrete en el infierno, hideputa!

(Grito de mujer). -¡Soltadla!

¡No, padre!

Os hemos dejado desprotegidos, debemos devolveros a vuestra hija.

El reino de Granada es vasallo de Castilla,

debe pagar sus tributos.

Concederemos una prórroga a cambio de su liberación.

Es un varón, alteza, un varón sano.

¿Pretendéis suplantar a la Iglesia?

Solo nombrar a los inquisidores, que la Corona lleve las riendas.

Mermando el poder de abades, obispos y arzobispos,

evitaríamos que hubiera más Carrillos.

Su cautiverio ha terminado.

En este tiempo se ha convertido en la estrella que me guía,

en mi apoyo,

y he decidido hacerla mi esposa.

Decidme que no negociáis con Francia a mis espaldas.

Dejadnos solos. ¡Me habéis traicionado!

¡A mí y a mi padre, y con vos lo traiciono yo!

¡A mi padre, que se está muriendo!

Recuperaré para la Corona el Rosellón y la Cerdaña.

Quizás ha llegado la hora de emplear instrumentos más eficaces

para acabar con la herejía.

Por la gracia de Dios,

os nombro inquisidor general del reino de Castilla.

¡Ojo por ojo!

Su santidad no solo os ha concedido la Bula de Santa Cruzada,

sino que ha aceptado todas vuestras condiciones.

Por la gracia de Dios,

el príncipe Juan es declarado por estas Cortes

legítimo sucesor al trono de Aragón.

El rey Luis de Francia ha muerto.

Castilla no puede prescindir de las tropas aragonesas,

pero decid a la regente que recuperaré los condados.

¿Don Cristóbal Colón? -Sí.

El rey os recibirá ahora.

¿Qué nos impide llegar a las Indias por el oeste?

Solo vos pensáis que es posible.

Que Alá no permita que nada ni nadie se interponga en mi camino.

No volveremos a poner vuestra vida en peligro;

no tendremos más hijos, Isabel.

Aún he de vencer en la guerra contra Granada,

pero si confiáis en mí, como yo confío en vos,

juntos haremos que vuestro sueño algún día se haga realidad.

Entregad la ciudad a los cristianos o moriremos todos.

Sois la novia más hermosa que jamás he visto.

El príncipe Alfonso es muy afortunado

tomándoos por esposa.

Juan, hijo, ¿qué tenéis?

¿Su vida corre peligro?

Isabel y vos sucederíais a sus padres;

seríais los reyes más poderosos de la Península.

Las calenturas han remitido,

parece que las sangrías y los baños fríos han hecho efecto.

Al parecer, cayó del caballo.

¡Nooo!

¡Noo!

En toda Castilla no hay lugar seguro para los judíos.

Pronto acabará la guerra,

y Granada puede ser una oportunidad para todos nosotros.

La rendición de Boabdil.

Tomad las llaves de mi ciudad,

que yo y los que estamos dentro somos vuestros.

Serán expulsados los judíos que no abracen la fe cristiana.

"Ego te baptizo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti".

El rey de Francia está dispuesto a pactar con la Corona de Aragón.

Devolverá el Rosellón y la Cerdaña sin exigir nada a cambio.

Solamente una condición:

debéis absteneros de intervenir en Italia.

Os deseo la mayor de las venturas en vuestro viaje.

Si Dios me acompaña, la próxima vez que me halle ante vos

vuestro reino se extenderá más allá de los mares.

Subtitulado por TVE.

Mi señor.

Rezos

Nada de cuanto hemos logrado juntos se perderá, os lo juro.

Pues velando por vuestros logros

guardaré memoria del amor que siempre he sentido por vos.

Yo, don Cristóbal Colón,

pongo a nuestro Señor, Dios Todopoderoso, como testigo.

Tomo posesión de estas tierras en nombre de sus reyes,

don Fernando de Aragón y doña Isabel de Castilla.

Y las bautizo con el nombre de San Salvador.

¿Seguimos sin nuevas del almirante? Así es.

Nada bueno le auguro si el invierno se le echa encima en la mar.

Tened fe.

Cuánto habéis porfiado por recuperar el Rosellón y la Cerdaña,

y ahora vais a conseguirlo. Si Dios quiere.

Querrá, y Colón regresará.

Dios recompensa a los perseverantes. Es posible.

Mis mesnadas aguardan en la frontera por si el francés se echa atrás.

Tal cosa no sucederá.

Son nuevos tiempos para los reinos, disfrutemos de ellos.

Mirad,

esta felicidad se la debemos a la paz que tanto nos ha costado.

Es nuestro primer deber hacer que perdure.

Pronto vuestro padre y yo partiremos hacia Barcelona.

Isabel, Juan, vosotros nos acompañaréis.

Madre, ¿en verdad es necesario que vaya con vos?

Firmaremos un acuerdo con Francia de enorme importancia para Aragón.

No podéis faltar.

Nuestro señor ha tenido a bien encomendarnos una gran misión

para plantar cara al turco. -Por supuesto.

La Corona de Nápoles en manos francesas,

ese es nuestro objetivo.

Majestad, seguís convencido

de que el rey Fernando no se interpondrá en nuestro camino.

Solo le interesan los condados, lleva años porfiando por ellos.

Un vicio heredado de su padre.

Como el de engendrar bastardos.

Firmará lo que sea para recuperar el Rosellón y la Cerdaña.

Poco parece importarle Saboya y el Milanesado,

pues los deja en vuestras manos.

Pero el norte de Italia queda muy lejos de Sicilia,

cuya corona ostenta, no así Nápoles.

Ambos anheláis para la cristiandad dominar el Mediterráneo,

pero para disputárselo al turco, antes debéis doblegar al aragonés.

Y así será. -Si Dios quiere.

¿Ponéis en duda la valía de mi ejército,

el más poderoso de Europa?

Bien sabéis que no, mi señor, pues fui derrotada por él.

Escuchad a vuestro chambelán, no menospreciéis al aragonés.

No lo hago,

pero si se alza contra Francia, tanto le servirá su ayuda como a vos.

Queda por asegurar la neutralidad de su santidad.

Id a Roma, agitad ante el papa la amenaza del infiel,

pero no mencionéis Nápoles.

Y aligerar la firma del tratado con Fernando.

Nápoles no es Bretaña, mi señor,

tampoco Aragón.

Tened en cuenta a quién os enfrentáis.

Descuidad.

Me complace que evoquéis nuestro pasado,

dulce fue la victoria en Bretaña,

pues aunque Francia no obtuvo el ducado,

su rey tomó a la duquesa.

Vuestro cabello comienza a perder brillo,

deberíais cuidar más de vos.

¿Acaso no veis qué hermosa sois aún? -Todo lo entregué a mi esposo,

el Señor quiso arrebatármelo,

¿quién soy yo para oponerme a sus designios?

No habéis así, no llevaréis luto toda la vida.

Nunca faltará un príncipe para una infanta de Castilla.

¿Os ha dicho algo mi madre?

Por eso insiste en que les acompañe para firmar el tratado con Francia.

Qué puedo saber yo...

Dejadme, ya termino yo.

Aunque no hay mejor tratado

que el que viene del brazo de una buena boda.

¡Dejadme, marchaos! -Señora.

¡Fuera!

Salid.

(Grita furiosa).

Sé cuanto nos favorece este acuerdo con Inglaterra,

no obstante, entregar así a nuestra hija...

Dudáis.

Mi señora, Francia ha firmado un tratado de paz con Inglaterra;

hemos de evitar que esa alianza se vuelva contra nosotros.

Inglaterra debe estar de nuestro lado, vigilante.

El matrimonio de Catalina con Arturo, príncipe de Gales,

es la mejor garantía. Lo sé.

Pero ya siento la nostalgia

de estos días felices junto a mis hijos,

y Catalina es aún tan niña.

Alteza, con el tratado favorecemos el comercio con el inglés.

Son grandes las ventajas que obtiene Castilla.

Y quién sabe, quizá parte del dinero que Francia entregará a Enrique

acabe en nuestras arcas.

Sea.

Sé cuál es el destino de nuestros hijos.

Conceded a vuestra señora el privilegio de sentir como madre

y decidir como reina.

Es cierto que son muy niños Catalina y el príncipe de Gales,

habremos de pedir dispensa al papa,

por si las circunstancias aconsejan adelantar sus esponsales.

¿Tan poco os fiáis del rey de Francia?

Toda precaución es poca.

¿Hay noticias de Roma?

A estas horas, Fuensalida debería estar ante el papa.

Sed claro, Fuensalida,

¿acaso vuestro señor y el rey Carlos de Francia

están repartiéndose Italia a mis espaldas?

Os aseguro que no, santidad.

El objetivo del tratado con Francia es otro.

Conozco su interés por recuperar los condados catalanes,

pero a cambio de qué.

En nombre de la Corona de Aragón,

os garantizo que el acuerdo no causará perjuicio alguno

a los Estados Pontificios.

¿Habláis también en nombre de Castilla?

¿La reina Isabel está conforme?

En todo; está al lado del rey.

A veces dos cabezas no miran en la misma dirección.

Castilla mira al oeste y Aragón al Mediterráneo, cierto,

pero sus reyes miran en ambas direcciones.

¡Dejaos de chanzas!

Tanto vuestro rey como el de Francia tienen pretensiones sobre Nápoles.

A mi señor solo le preocupa

que la Corona pase a manos de sus legítimos herederos.

Peculiar legitimidad la de una dinastía bastarda.

Pero tenéis razón,

a mi señor le inquietan las relaciones

que el francés ha establecido con Génova y Milán.

Por eso me envía ante vos.

Decid, santidad,

de colisionar los intereses de Aragón con los de Francia,

¿hacia qué lado os decantaríais?

Solo hay un lado posible para el papa:

el de Dios.

Pero asegurad a vuestro señor

que nuestro corazón está con el reino que nos vio nacer,

y con su rey, por supuesto.

Fernando, ventajista y trapacero como su padre el rey Juan,

que Dios tenga donde menos daño cause.

¿Qué pensáis hacer?

Escribir a la reina de Castilla.

Choque de espadas

¿Malas noticias?

¡Decidme!

¿Hasta dónde estáis dispuesto a llegar

para conseguir los condados?

Quedaos.

Se nace príncipe, pero se aprende a ser rey.

Sabéis de sobra el precio.

No intervendremos en los asuntos de Francia con otros reinos,

siempre que respeten nuestras fronteras.

¿Incluye dejar a su merced a los Estados Pontificios?

No, siempre estaremos junto al papa. Su santidad no lo cree así.

Oíd sus palabras.

"No perdáis ocasión para reiterar vuestros deseos de paz,

más temo que el tratado con Francia encierre el germen de una guerra

de imprevisibles consecuencias para los dominios de la Iglesia.

No discutiré con el papa cuestiones de doctrina,

pero en esto se equivoca.

Ante cualquier disputa con Francia solo él podría mediar y ser juez.

¿De qué guerra habla?

¿Por qué acude a mí para que no permita tal cosa?

Quizá porque ve más lejos que vos cuando mira a Francia.

¿Admitís que la guerra es posible?

Siempre es posible la guerra con Francia,

por eso urge el tratado de paz.

¿Y para qué, si buscáis el enfrentamiento?

¡Estar preparado para la guerra

es la mejor manera para conservar lo nuestro!

Decídselo vos, Chacón.

El papa siempre contará con la protección de Castilla.

No consentiré la guerra con otro reino cristiano,

ni por los condados ni por nada.

Ave María Purísima. -Sin pecado concebida.

Eminencia reverendísima,

me acuso de pecar contra el cuarto mandamiento.

¿Vos?

Contadme en que no habéis honrado a vuestros padres.

No aceptaré que me casen de nuevo.

Si así lo deciden será por el bien del reino,

no debéis ver mal en ello.

Llevándose a mi esposo Dios me indicó el camino,

ahora solo pertenezco a nuestro Señor, eminencia.

Es mi deseo tomar los votos,

y pasar el resto de mis días dedicada a la oración en un convento.

¿Estáis segura?

Cristo me reclama.

Cada noche aparece en mis sueños y me pide que le entregue mi vida.

Alteza, no queráis ser santa antes que monja.

Pensé que vos me comprenderíais. -Y lo hago.

Sé de vuestro dolor y vuestra fe, estáis en mis oraciones,

y doy gracias porque la pérdida no se haya vuelto contra Dios.

Nada ni nadie puede lograr tal cosa.

Vuestra devoción, que tanto os ayuda ante la desgracia,

puede haberos confundido, pensadlo bien.

Qué hay en vuestro deseo de consagraros al Señor,

¿búsqueda de consuelo?

¿Apartaros del mundo para no revivir momentos tan dolorosos?

Mi vocación es firme. -Entonces, nada la torcerá.

Meditadlo,

decisiones de esta trascendencia han de madurar.

Daros tiempo, alteza.

Hacedle pasar.

Finalmente habéis acabado en Portugal.

Una tormenta en el Atlántico me ha traído hasta vos.

¿No ha sido el deseo de hacerme partícipe del éxito?

Así que lo habéis logrado,

con la ayuda de Castilla.

He pensado que os agradaría conocer la buena nueva,

dado que quisisteis arrebatar mi proyecto.

Pero no lo hice.

Contadme, ¿qué hay donde acaba el océano?

Tierras ricas en oro,

gentes y dones de la naturaleza como nunca imaginasteis.

Creí haber arribado al paraíso.

Según he oído que solo ha regresado una nave

con un puñado de hombres flacos y enfermos.

Mas bien parece que regresaseis del infierno.

Os empecináis en no creer en mí,

más no podéis cerrar los ojos ante lo conseguido para Castilla.

Tenéis razón. Dios me la ha dado,

cuando vos y otros sosteníais que era un loco.

A la vista está que mucho erré al no confiar en vos.

Disculpad mi ceguera,

y permitid que compense las ofensas del pasado.

Sed mi huésped,

os lo ruego,

y dadnos detalles de vuestro viaje.

Mientras reparan vuestra nave

la Corona de Portugal os tratará como merecéis.

Mi señora, esa carta demuestra que el papa espera sacar ventaja

confrontando vuestros intereses con los del rey.

¿Cómo va a lograrlo?

Teme que Francia y Aragón se repartan Italia

y quedar él entre dos fuegos.

¿Quiere asegurarse mi respaldo?

¿Acaso ignora que lo tiene?

Castilla no intervendrá en guerra...

Alteza, en el Mediterráneo es Aragón, no Castilla,

el principal valedor de la cristiandad.

Y así ha de seguir.

Los antaño traidores se inclinan ante mí,

hemos reconquistado Granada,

¿no es tiempo ya de vivir en paz?

Cuanto mayor es vuestro poder, mayores son las amenazas sobre vos.

Manteneos alerta, que las fronteras sean respetadas

depende de cuánto os teman en toda Europa.

¿También en los Estados Pontificios? Confiad en vuestro esposo.

Dadle vuestro apoyo, no os opongáis al tratado con Francia.

No lo haré,

pero tampoco lo firmaré a cualquier precio.

¿Ha sido el viaje de vuestro agrado?

Roma es una ciudad de la que nunca querría partir,

y más si obtengo provecho de mi visita.

¿Habéis conseguido que su santidad apoye los intereses de Francia,

o sigue únicamente del lado de Dios? -De Dios.

Pero en su corazón... -Un gran corazón.

Enorme si han de caber en él el rey de Francia y el de Aragón.

Con respecto al papa hemos quedado en tablas,

espero que el provecho de mi viaje entonces provenga de vos.

Rematemos el acuerdo.

¿Condados a cambio de la no injerencia

en los necesarios movimientos de mi rey

para vencer al turco?

¿Qué hay de Nápoles?

Nunca oí a mi señor mostrar interés por ese reino.

Mucho me alegra oírlo, ya que es vasallo de su santidad.

Por lo que no tendréis inconveniente en la cláusula que mi rey añade.

¿Asumible? -Sí, por supuesto,

ningún príncipe cristiano la rechazaría.

Podríamos llamarla "la excepción papal".

Decid pues.

Repeleremos la invasión de los Estados Pontificios,

mi señor acudirá presto en ayuda del santo padre.

Tenéis razón,

ningún príncipe cristiano se opondría a algo tan razonable.

Me alegra que en esto también estemos de acuerdo.

Felicitad en nombre de mi señor a los reyes

por el compromiso de la infanta Catalina.

Disculpad, ¿acaso era un secreto?

Temo que su santidad no lo haya tenido en cuenta.

No, no lo es, pronto se anunciará como merece.

Y mucho nos alegraremos.

Eso nos lleva a la clausula que quiere incluir mi señor.

¿Asumible?

Sin duda lo será para el rey Fernando.

Reverencia, pronto abandonaremos Granada.

Los deberes de fray Hernando le obligan a permanecer aquí,

por ellos preciso de un nuevo confesor.

Cabrera, vos partiréis de inmediato hacia Barcelona,

organizaréis los preparativos para nuestra llegada.

Es nuestro deseo que nos reciba una ciudad dispuesta y segura.

Aguardaremos allí a la delegación francesa,

debemos causar una gran impresión.

Todo lo encontraréis en orden y a vuestro agrado, perded cuidado.

Padres, he de deciros algo.

Voy a tomar los hábitos.

¿Por qué habéis cometido semejante desatino?

No pienso volver a casarme, solo me entregaré al Señor.

¿Tanto os urge demostrarlo como para pasar por enajenada?

¿Acaso no soy la garantía del tratado que vais a firmar?

Qué fantasías son esas.

No hay boda alguna prevista con Francia,

tenéis mi palabra. ¡Claro que no!

Pero si la hubiera, deberíais acatar nuestra decisión.

¡Y ya os adelanto que lo haríais!

Vos sois buena cristiana,

¿acaso dudáis de mi vocación?

Vuestro bien está por encima de vuestros deseos,

y por encima de todo está el bien de Castilla.

¿Qué he de hacer para que me creáis?

Calmaos y confiad en mí, conozco vuestros sentimientos.

¿Estáis segura?

Si mi padre muriese, ¿por el bien del reino os casaríais?

Mi dolor sería tan insoportable que nublaría mi entendimiento,

como os ocurre a vos.

Pero pronto recordaría

que ser reina consiste justo en hacer lo que se debe hacer.

Por mucho que duela.

Mis cartógrafos piensan que hay tierra frente a Guinea,

tierras inexploradas.

No son sino fábulas, leyendas.

Hace cinco años, menos incluso, habría pensado como vos;

pero vuestro viaje lo ha cambiado todo.

Ahora hemos de ver estos documentos con otra luz.

Que se pueda llegar a Asia por el oeste, como he demostrado,

no da veracidad a esas fábulas marineras.

¿No encontrasteis tierra más cerca de lo calculado por los sabios?

O erraban ellos o erráis vos.

Solo puede ser Asia.

Vos habéis regresado del otro lado del océano,

yo poseo estos documentos,

a ambos nos conviene conversar con tranquilidad.

Altezas, noticias del almirante, ha regresado.

Lo ha conseguido, desembarcó en Asia.

Alabado sea el Señor.

¿Dónde ha arribado, en las costas de Huelva?

Solo ha regresado una nave, está en Lisboa.

¿Cómo?

¿Y qué hace en Portugal?

¿Por qué no está ya de camino hacia la Corte?

Una tormenta le empujó hasta allí, la carabela precisa reparación.

Escribidle y que inicie el viaje de inmediato.

Dejad que de esto me encargue yo.

Ni me fío de él ni del portugués,

espero que sepáis lo que hacéis.

Más que el acomodo de los miembros de la Corte,

me preocupa su seguridad,

y la de nuestros invitados franceses.

No temáis, la guardia es de probada confianza.

¿Habéis reforzado la vigilancia en las entradas?

Y en el puerto, y en los de vigilancia adelantados,

no hay ciudad más segura en el principado que Barcelona.

La Guardia Real protegerá a sus altezas,

espero que no sea un problema. -No lo será.

Desde el Consejo de Ciento haremos lo imposible

para que los reyes lo encuentren todo a su gusto.

Sé que así será, Riudecanyes, oíros me reconforta.

Esta visita es de gran importancia. -También para Barcelona.

Seremos testigos de la recuperación de los condados usurpados por Francia

Para todos es un gran honor.

¿Vos conocéis al rey?

Luché en sus mesnadas durante la revuelta Remensa.

Todos debemos mucho a su alteza.

Velaremos por su bienestar como él hace con nosotros.

Estoy seguro que quien elija el cardenal Mendoza

hará que me olvidéis pronto.

Sabéis que no deseo prescindir de vuestro buen consejo,

aunque debamos separarnos.

Si apreciáis mi consejo, atended también mi ruego.

Decid, qué necesitáis.

No soy yo, alteza, es la princesa.

Dudo que renuncie a su vocación, quizá debáis apoyarla.

¿Sabíais vos algo de lo que tramaba?

El arzobispo de Granada debería convertir más infieles

y ocuparse menos de las hijas de sus soberanos.

Os he escuchado, ahora dejad que yo decida.

Ya que hemos de separarnos, mejor en buena armonía.

Esmeraos en el confesor, que no sea un entrometido.

Tengo al mejor candidato. ¿Tiene los pies en el suelo?

Es sabio reputado, se graduó en Salamanca,

bajo la protección de mi sobrino, Beltrán de la Cueva,

que en gloria esté de Dios.

Tiene una larga experiencia de servicio en Roma

y fue vicario general en Sigüenza.

Es tan leal a la Corona como a sus propias convicciones;

Carrillo le envió a prisión por no doblegarse a sus intereses.

¿Plantó cara al mismísimo Carrillo?

Grande ha de ser su ambición. No, alteza.

No es el poder ni la púrpura lo que le tienta,

podría haber llegado a obispo.

Renunció a todo hace ya 7 años para retirarse a La Salceda

y seguir la más estricta observancia de la regla franciscana.

¿No ha mostrado interés en política? El mundo le es ajeno.

Y a diferencia de otros confesores, solo le interesa la vida espiritual.

Podréis conocerle en Barcelona,

se desplazará allí para el capítulo general franciscano.

¿Cuál es su nombre? Gonzalo.

Pero ha adoptado el nombre del santo Francisco,

Francisco Jiménez de Cisneros.

Sé que el papa Alejandro no es de vuestro agrado,

mas le debéis un servicio. -Lo dudo.

Gracias a él Isabel duda de su esposo en sus intenciones en el Mediterráneo

Cualquiera que conozca a Fernando habría de dudar.

Repite a quien quiera escucharla

que jamás iniciará una guerra entre reinos cristianos.

¿La reina no se interpondría en mi camino al trono de Nápoles?

Mucho beneficiaría a Francia que ella, y no Fernando,

rigiese el destino de Aragón.

Vítores

Mi señora, la Ciudad Condal está a vuestros pies.

(Susurra): Traidor.

Maldito seas.

(Rabioso): Sí, sí..., viva la mentira,

viva la traición.

Pronto la Inquisición se irá de Cataluña,

y entonces me aclamaréis a mí, vuestro legítimo rey.

¡El hijo del rey Juan, que en gloria esté!

¡Traidor!

Magnífico recibimiento.

Agradecédselo al fervor de los barceloneses por sus reyes.

¿Está listo el tratado con Francia?

Así es, alteza, pero ha surgido un asunto de la mayor importancia.

Una de las naves de Colón ha llegado a Galicia,

y su capitán,un tal Pinzón, solicita audiencia.

¿Ha vuelto otra nave? Hacedle venir cuanto antes.

No, solo recibiremos a Colón. ¿Por qué?

Mientras sus hombres van llegando a Castilla,

él sigue en Portugal.

Es nuestro almirante, solo él debe rendirnos cuentas.

¿No deseáis conocer qué ha ocurrido? Pronto lo sabremos.

Conminarle a que se presente de una vez ante sus reyes

si no quiere ser declarado prófugo y despojado de sus privilegios.

Así lo haré, ¿alguna otra sugerencia?

Comencemos pues.

Vos sabéis que Portugal cuenta con barcos y conocimientos

para afrontar cualquier empresa.

En eso ningún otro reino os alcanza,

toda la cristiandad admira vuestro poderío en la mar.

Ninguno posee nuestra experiencia, ni las riquezas de Guinea.

Queréis para Portugal

las rutas a las Indias por el este y por el oeste.

Pensadlo,

un explorador bajo mi bandera podría ser el primero

en dar la vuelta al mundo.

Solo vos habéis ido y regresado de más allá del océano,

y solo Portugal puede daros los medios que precisáis.

Castilla me señalaría como traidor.

No seríais el primero.

Pero ningún otro soberano compensaría vuestros servicios,

y vuestra traición.

Alteza, vuestro nuevo confesor os espera.

Decid, ¿qué impresión os ha causado?

No he podido verlo, me dio el mensaje el aposentador real.

¿Desconfiáis, madre?

Es un desconocido al que mostraré mi alma.

No dudo de sus virtudes,

pero me gustaría mirar por el ojo de una cerradura

y observarle tranquilamente,

sin ser escrutada a la vez por él.

En la Alhambra hubierais podido a través de una celosía.

Una reina no debe utilizar el ardid de una concubina.

Alteza, tengo una idea.

Son muchas las buenas cosas que he oído de vos.

Solo soy un hombre imperfecto,

que cuanto más trata de acercarse a Cristo,

más insignificante se ve.

La reina de Castilla aprecia la sencillez y modestia de la Orden.

Son virtudes que todo clérigo debería practicar.

Os adelanto que durante la confesión no será la reina quien esté ante vos,

sino una pecadora más.

En la confesión Cristo es el único rey.

Me alegra comprobar que lo aceptáis tanto vos como su alteza.

Mi señora, mucho me place ver que el reino goza de tal salud

que su soberana puede entregarse a juegos y divertimentos.

Os ruego que nos disculpéis, no penséis que es norma en la Corte.

El pensamiento es el último refugio del hombre.

Ni un emperador con todo su poder

podrá ver nunca lo que hay en la cabeza de uno de sus súbditos.

No era esa mi intención,

pero si consideráis este encuentro como una prueba,

he de deciros que la habéis satisfecho en demasía.

Lo que importa no es cómo uno juzga a los demás,

sino cómo se juzga a sí mismo.

Pensad de esta prueba...,

cómo habéis salido parada vos.

Cisneros pagará su insolencia,

no es hombre para tan alta distinción.

Debéis disculparme.

Nada malo habéis hecho, reverencia,

cumplisteis la encomienda a mi entera satisfacción.

Solo a Cisneros quiero como confesor.

Id y confirmadle en su cometido, y reiterar mis disculpas.

En modo alguno deseo que se sienta ofendido.

¡No! -Es voluntad de su alteza.

Fui a cumplir un deber y me vi envuelto en una comedia.

Pensadlo bien. -Me aparté del mundo hace años.

No voy a abandonar mi retiro. -La reina no se conformará.

¡Que me envíe a prisión! Mil veces lo prefiero a la Corte.

Llevad mi negativa a su alteza. -No.

Vuestra negativa y razones las llevaréis vos mismo;

no voy a ser el instrumento de vuestra soberbia.

No es soberbia, sino deseo de servir al Señor.

Naderías, vais a ir vos.

Y os aviso: sois terco como una mula,

pero no tanto como su alteza.

(Susurra rabioso): Traidor.

Maldito seas.

Son las exigencias del francés. Sí, es un añadido de última hora.

Maldito hijo de mil padres.

Mucho pide por unas tierras que no le pertenecen.

Decidme, señor, ¿la reina aceptará? Dejadlo de mi cuenta.

Lo que es bueno para Aragón habrá de serlo para Castilla.

He de advertiros que, de rechazarse la nueva cláusula...

El rey Carlos no firmará el tratado, lo sé.

Yo sabré convencerla.

¿Hemos de permitir que Carlos se entrometa

en el futuro de nuestros hijos por recuperar los condados?

Conteneos, señora.

¡Pedís mesura, cuando vuestra osadía nos compromete de ese modo!

¿No dice que Francia deberá aprobar las alianzas matrimoniales

que establezcamos con otros reinos? Lo dice.

¡No somos vasallos del rey Carlos!

¡Vuestro afán por recuperarlos os ha hecho enloquecer!

Los franceses tratan de evitar

que nos aliemos con otros reinos que lleven a su aislamiento.

Yo haría lo mismo, de lo contrario sería un loco.

¡De loco es ser rey y consentirlo! Pienso como vos.

Antes de que nuestros hijos tengan edad para casarse,

se habrá roto ese tratado.

¿Vais a firmar un acuerdo que no vais a cumplir?

La palabra de un rey es sagrada.

Será el rey Carlos el que lo rompa.

Francia pretende apropiarse de Nápoles con nuestro beneplácito,

¿pero acaso puede llegar sin pasar por los Estados Pontificios?

¿Y no hemos de auxiliar al papa si algo así ocurriese?

¿No os habéis leído esa cláusula?

Entonces, el acuerdo es una farsa.

¡Solo buscáis la guerra!

¡Utilizáis a vuestros hijos y al papa como señuelo!

¡No lo consentiré!

Me anticipo a los movimientos del francés, nada más.

Si él se detiene, nada ocurrirá.

Pero eso no va a suceder.

Vuestras maniobras son propias del turco,

¡no de quien aspira a defender la cristiandad!

¡Habrá guerra!

¡Queráis vos o no, señora!

Y yo voy a hacer para ganarla todo lo que esté en mi mano.

Aunque para ello antes tenga que venceros a vos.

Vítores ¡Traed mi caballo!

Gritos

¡Fernando!

No lo matéis.

El rey ha dicho "no".

¡Fernando!

Tranquilo, tranquilo.

(Grita): ¿Dónde está el físico?

Decidme, ¿qué necesitáis? Un milagro.

Nadie debe entrar ni salir de la ciudad.

Las puertas están cerradas y la guardia en sus puestos.

¿Y las galeras?

Ya he comunicado vuestra orden.

Tumulto

¿Vive? -Es una herida muy profunda.

Si la espada no hubiese dado contra su gruesa cadena,

le hubiese cercenado la cabeza.

La ciudad es un caos, hay gentes en armas por todas partes.

¿Gente organizada? -Solo confusión: si está muerto o no.

Estamos en grave peligro, hay que proteger a la familia real.

He ordenado que entren las galeras. -¿Pensáis que la reina embarcará?

Debemos proteger al príncipe.

¿Qué sucede, cómo está mi padre? -Todo irá bien, altezas.

¿Vive el rey?

Dios os ha devuelto a nosotros.

Bullicio exterior ¿Hay revueltas?

Todo se calmará cuando sepan que vivís.

Ayudadme. No podéis levantaros.

Es la única manera de que nadie aproveche la confusión.

Tienen que verme, saber que vivo y que la autoridad real se mantiene.

¿Queréis mataros?

Vítores

¿Estáis bien? Estoy bien, estoy bien.

Fernando, ¿estáis bien? Sí.

¡Fernando! ¡Ayuda!

Está en manos de Dios,

nada podemos hacer por salvar su vida.

Nadie ha de vernos flaquear en esta hora.

Debemos sujetar con firmeza las riendas de la Corona.

La vida del rey no ha de estar en entredicho,

de lo contrario, los tumultos no cesarán.

Cualquier incertidumbre ha de ser despejada.

Así es, Aragón tiene un rey, un heredero jurado en Cortes,

y una regente dispuesta a mantener la autoridad real.

No todos la aceptarán la legalidad de buen grado.

El reino sufre en esta hora amarga.

Pero el futuro está a salvo.

Que el Consejo sancione la sucesión vigente,

y poned al príncipe en lugar seguro y cercano.

Escribid a las cancillerías,

que sepan que estamos preparados para hacer frente a la eventualidad.

Lo haré de inmediato, alteza.

Cabrera, sofocad cualquier conato de rebelión;

el orden ha de mantenerse a toda costa.

La guardia real está en alerta desde el primer momento.

Se ha ordenado el acercamiento de toda tropa leal.

El Consejo de Ciento está a nuestra disposición.

Bien.

Chacón,

quiero la verdad, cueste lo que cueste.

Delira Son los judíos,no sehan ido,

están maquinando siempre con su dinero...

Antes ha hablado de moros y de unos remensas rebeldes.

(Grita): Basta, basta.

Me hizo jurar que no diría nada, él sabía la verdad:

el tirano tenía que morir.

¿Qué verdad es esa?

Que el rey...,

soy yo.

Mi padre era el rey Juan, que en gloria esté.

Grita de dolor

¿Quién os pidió que callaseis?

(Jadea): Fue...,

el Espíritu Santo.

Grita de dolor

Ríe

Tumulto

Llevadme a mí en su lugar, os lo ruego, mi Señor.

Sed magnánimo con mi reino y con mis hijos.

Alteza, toda Barcelona reza con vos.

Vuestro dolor es inmenso, debéis apartar esos pensamientos.

Si no le hubiese desafiado, nada de esto habría ocurrido.

¿Creéis que Dios ha querido castigaros?

Mucho castigo para semejante falta.

Apenas quedaría nadie en la Tierra si Dios obrase así.

Si queréis aliviar vuestra alma de carga tan pesada...

aquí me tenéis.

Ave María Purísima. Sin pecado concebida.

No voy a aceptar

que un loco, un iluminado haya puesto en peligro el reino.

Tenéis razón en dudar,

si sus vecinos le dan por loco, en la ciudad no ha obrado como tal.

Y hace dos años heredó los bienes de su padre,

cosa que un loco nunca hubiese podido hacer.

¿Quién está detrás?

Pienso que son dos los caminos que nos llevarán a la verdad.

Hablad.

Si es un hijo del rey Juan sería una cuestión personal.

¿Podría ser hijo del rey?

No sería el primer bastardo no reconocido.

¿Y cuál es el segundo camino?

Canyamars era un remensa.

¿Luchó en la revuelta? No.

El rey solucionó ese conflicto, ¿por qué atentar contra él?

Hay nobles que no se sienten compensados

por lo que les pagaron sus remensas.

Y muchos payeses no pudieron emanciparse.

¿Sufrieron fuerte castigo los sublevados?

No pocos murieron en batalla,

y nadie ha olvidado al ejecutor de Pere Joan Sala.

Ahí puede esconderse la verdad.

Traedme a quien esté detrás de este loco.

Daré con él, os lo juro.

¿Aún no se sabe si Fernando vivirá?

El rey es fuerte, y pese a ello cabe esperar lo peor.

¿Y si tal desgracia ocurriese? -La reina sumiría la regencia.

Buena cristiana, no pondría reparos en nuestros planes contra el turco.

No lo hará,

si el rey fallece surgirán revueltas en Aragón.

Conviene tener a Isabel entretenida aplacándolas.

En particular, en los condados catalanes,

y podríamos socorrerla con nuestras tropas.

Si muere Fernando, tendríamos el camino libre en Italia

sin perder el Rosellón y la Cerdaña.

Tenedlo todo dispuesto,

mientras tanto, yo rogaré por el alma del aragonés.

A todas horas rezo por su recuperación.

Pensáis que os equivocasteis no poniéndoos de su lado.

Me utilizaba en su pugna con Francia por Nápoles.

En ausencia de un rival poderoso, más teméis más al rey Carlos.

Si muere, ¿quién podrá detener al francés?

Espero que Dios atienda mis ruegos,

pero si se rompe el equilibrio de fuerzas

tendrá que entregar Nápoles al rey de Francia.

¿Haréis de Carlos el dueño del Mediterráneo cristiano?

Si utilizamos nuestras cartas,

conseguiremos la protección contra el infiel.

¿No confiáis en el respaldo de Isabel?

Pienso que dará prioridad al luto por su esposo,

y a los asuntos de Castilla. -Como vos por la Santa Sede.

¿Solo Castilla y Aragón son los aliados contra Francia?

Quizá la insistencia de Fernando nos haya hecho descuidar

las relaciones con otros reinos.

No encontraréis mejor momento para enmendar el error.

Os he llamado para solicitar vuestra ayuda.

Mi hija dice que Cristo aparece en sus sueños.

Contra nuestro deseo,

pretende tomar los votos y profesar en un convento.

Confiaré en vuestro criterio:

si veis que tiene vocación, aceptaré que profese.

Pero si pudierais evitarlo...

Mi hija está llamada a otras servidumbres,

además, no sería buena monja.

El rango no impide la fe, la vocación ni la humildad.

No hablo de las comodidades a las que renunciaría,

sino de su carácter.

¿Tan segura estáis?

Sí,

lo conozco bien,

es el mío.

Os amo.

Pensé que nunca volvería a decíroslo.

Más que a la muerte,

temía que dudaseis del amor que siento por vos.

Nunca más me enfrentaré a vos.

¿Puede el agua del mar no ser salada?

Os quiero por cómo sois,

no tratéis de convertiros en otra,

no me privéis de la sal.

No dudéis del celo de nuestra actuación, alteza.

Canyamars no parece relacionado con conspiración alguna.

¿Cómo llegáis a tal conclusión?

No era violento ni hablaba del Gobierno.

¿Amigos, mujeres? -Apenas hablaba con nadie.

Pero era remensa. Sí,

y su familia pudo aprovechar el arbitrio del rey.

No participó en la revuelta, ni contactó con ninguno.

Habrá más motivos para tan vil acción.

Además de los nobles y de los remensas,

están los contrarios a la unión de reinos,

piensan que el rey se dedica más a Castilla que a Aragón,

los que no olvidan la implantación de la Inquisición,

conversos descontentos, moros resentidos,

navarros que quieren situar al reino en la órbita francesa,

castellanos dispuestos a disentir contra Aragón...

¡Basta!

Cualquiera ha podido ser, alteza.

Detrás quizás solo hay lo que vemos.

Hemos de contentarnos con un demente.

Nada nuevo ha revelado, y no le ha faltado tormento.

¿Alguien que no esté enajenado lo hubiera soportado?

El rey se ha salvado,

pronto se dictará vuestra sentencia.

Preparaos para una muerte cruel.

Vuestros amigos os han abandonado, estáis solo.

Contadme qué os movió y ayudadme a hacer justicia.

No podréis salvaros,

pero vuestra muerte no será tan terrible y dolorosa

y vuestra alma abandonará el mundo en paz.

¿Acaso hay alguien que no desea abandonar

este valle de lágrimas?

Vos, con todos vuestros privilegios,

¿ no estáis solo, dejado de la mano de Dios?

Solo un demente lo negaría.

Vos no lo sois.

¿Vais a decirme pues quién os ordenó atentar contra el rey?

Fue...

el Espíritu Santo.

Él me lo mandó porque yo soy el rey.

¡Pinzón ha llegado a Castilla, he de volver!

Comandaba una de mis naves, es un traidor,

y solo desea mi mal, si la reina le recibe.

¿Tanto os puede perjudicar? Tengo que ir a Barcelona,

sus mentiras no pueden pasar por verdades.

Si os preocupa Pinzón, lo puedo arreglar.

He de obedecer a la reina,

solo yo puedo dejar constancia de mi viaje.

Está bien, partid.

¿Regresaréis? Os lo garantizo.

Confío en vuestra palabra, aquí os esperamos.

Preparaos.

Llevaréis una carta, y debe llegar a Roma cuanto antes.

¿De qué sirve creer que ha habido conspiración

si no podemos tener al conspirador?

No debemos mantener viva tal sospecha

si no podemos resolverla.

Quedémonos con el loco.

¿Lo darán por bueno? Estoy convencido, alteza.

Pues que así sea.

La sangre derramada alimenta la causa.

Mejor entonces un loco que un mártir.

Nuestro primer afán es olvidarlo nosotros y el reino.

Vos le visteis, Chacón, ¿realmente le faltaba cordura?

Sin duda, alteza.

Pedid en mi nombre al Consejo clemencia.

Trató de mataros, ¿no dará pie a otros intentos?

Si es loco, debemos mostrarnos magnánimos,

las gentes lo aprobarán.

Dejemos que otros carguen con su condena.

El rey es magnánimo y ha pedido su clemencia,

atended y cumplid lo que os pide.

Si la clemencia es virtud en un rey,

el rigor para este Consejo no debería serlo menos.

¿Negáis la clemencia que otorga el rey?

El castigo ha de estar a la altura del crimen,

en ello va el honor de Cataluña y nuestra adhesión a la Corona.

Y el aviso para locos y cuerdos.

Los reyes celebran vuestro feliz regreso,

os darán audiencia lo antes posible.

¿Se debe el retraso a la llegada... de Pinzón?

No hubo lugar.

Pinzón murió, ¿no lo sabíais?

No.

Han sido tiempos confusos, todo se ha retrasado,

y los reyes quieren recibiros como os merecéis.

Haced llegar mi gratitud a sus altezas.

Alteza, vuestro sufrimiento ha terminado.

¿Venís a liberarme? -Os liberarán vuestros vasallos.

¿Están conmigo?

Son miles, listos para la rebelión.

No desfallezcáis sois nuestro legítimo rey.

El fin del usurpador está pronto.

Mucho demoramos nuestros asuntos, la delegación francesa está aquí.

No hay asunto más importante que vuestra recuperación.

La herida no va a impedirme firmar ese tratado,

y espero que vos tampoco.

¿Aún os oponéis?

Confío en vos,

y sé que solo juntos mantendremos lo ganado al enemigo.

Según firmemos el tratado,

iremos a descansar y recibiremos a Colón.

Sois la mejor reina porque sois la mejor mujer.

Tened cuidado, por Dios os lo pido.

¡Aquí viene el asesino!

Abucheos

Cada parte de su cuerpo que haya participado en el crimen,

sufrirá su castigo.

Se le cortará la mano derecha con la que lo hizo.

Y los pies, que lo llevaron hasta allí

Y se le sacarán los ojos que lo vieron,

y el corazón con que lo pensó.

Y la multitud podrá vengarse después, con piedras y fuego.

Doy gracias a Dios, en mi nombre y en el de mi Señor,

por veros tan restablecido.

Y yo os lo agradezco,

convencido de que siempre he estado en vuestras oraciones.

Pero no demoremos la firma de nuestro acuerdo,

mis mesnadas aguardan ansiosas en la frontera

la orden de entrar en los condados.

Pronto estarán en su derecho.

Sirva este tratado para hacer justicia

y permitir así sellar una paz duradera entre los reinos.

¡Por Castilla y Aragón. (Todos): Por Castilla y Aragón.

¡Por Francia! (Todos): Por Francia.

Alteza, la princesa desea comunicaros algo.

Mi señora,

no tomaré los votos.

Fray Francisco ha sabido mostrarme

que muchos son los modos de servir a nuestro señor fuera de un convento.

Creedme, todas mis decisiones, aún tomadas por el bien de Castilla,

nunca tienen otro fin.

Madre, sé que así os hago feliz.

Es vuestra felicidad la que procura la mía.

Entonces, para que así sea, debéis hacer algo por mí.

No volveré a casarme.

Amé una vez y voy a ser fiel a su recuerdo.

Dadme vuestra palabra de que respetaréis mi decisión.

Se hará como vos queráis.

Veo que no me equivoqué al confiaros tan delicada cuestión.

Mi señora, nadie ansía más que yo una vida de retiro.

Bien lo sé.

Sin embargo, conocer vuestra vida y compartir vuestro dolor

me han convencido de que soy más necesario aquí.

Cómo no habría de convencer a vuestra hija.

Señor Colón,

os hacíamos en Portugal.

A punto estábamos de declararos prófugo.

Grave error habríais cometido.

¿Qué nos traéis para recompensar nuestra paciencia?

La ruta a las Indias por el oeste, como prometí,

y riquezas, alteza.

Riquezas de aquellas tierras que os asombrarán.

¡Adelante!

Altezas, grandes cosas aguardan a vuestro reino,

por haber creído en mí.

Y juntos, os prometo que las llevaremos a cabo.

Habéis tardado tanto en venir desde Lisboa

como en ir a las Indias y volver.

Siempre he navegado peor en las Cortes que en la mar.

Decid, ¿sois el mismo servidor fiel que se fue?

A la vista está, alteza.

He de saberlo.

Os explicaré todo lo ocurrido en Portugal.

Dejaos de explicaciones,

el pasado no me preocupa.

Pero quiero estar segura

de con quien me enfrentaré en el futuro.

Ese futuro que vuestra hazaña ha teñido del color del oro.

Confiad en mí, alteza, como siempre lo habéis hecho.

Entonces, guardad mejor las apariencias.

Procurad que vuestras torpezas no pongan en entredicho la lealtad.

No volverá a suceder, os lo juro.

necesitábamos un aliado poderoso, y Dios nos lo ha concedido.

Bienaventurados los que trabajan por la paz.

Decidle a vuestro señor, el rey Juan,

que el Tratado de Alcáçovas será respetado.

El Atlántico pertenece a Portugal.

Ha llegado el momento.

Acudiréis a la Santa Sede, defenderemos al papa del invasor,

pero las condiciones las dictaremos nosotros.

¿Está Colón camino de las Indias?

Los reyes ordenan otra expedición.

¿Desde cuándo una gran noticia se encaja con pesar?

Desde de todos están convencidos que alcancé las Indias anteriormente.

Francia ha entrado en Italia con casi 50.000 soldados.

¿Vais a coronaros rey del Mediterráneo?

Os debería conceder el papa ese título.

Deseo casar a mi hijo con una hija de los reyes.

Desde hoy ostentáis el cargo

de provincial de la Orden Franciscana.

¡Abrid inmediatamente!

¡Corred!

Nada se interpondrá en nuestro camino,

nada.

Si ese valenciano corrupto se resiste a ser invadido,

levantaré mi espada y le depondré sin dudarlo.

¿Pensáis tomar Roma por la fuerza?

Que las huestes de Gonzalo Fernández de Córdoba

avancen contra los franceses,

y que las milicias sicilianas hagan otro tanto.

¡Detenedle!

Ese hombre vende sus conocimientos al mejor postor,

su codicia es insaciable.

Desde hoy, mi armada impedirá

la salida al Atlántico de vuestros barcos.

De cada barco nuestro que hundan, arderán cien suyos.

No os liberaré de la clausura

¡hasta que hayáis purgado con lágrimas vuestros pecados!

La ruta abierta por el almirante conducen a tierras ignotas,

Portugal no va a permitir que solo Castilla lo disfrute.

¿Debo desautorizar un pacto entre reinos cristianos?

Colón es leal a Castilla, sus barcos regresarán.

Ahora y siempre.

¿A cambio de qué?

Subtitulación realizada por Cristina Rivero.

Capítulo 27

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