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La Zaragoza invisible: los diez municipios más pequeños contra la falta de servicios

  • Los más pequeños de la provincia aragonesa no suman 250 vecinos, frente a los 700.000 de la capital
  • La falta de médicos fijos y vivienda de alquiler marcan el día a día de la resistencia rural aragonesa
Bagüés desde la Iglesia de los Santos Julián y Basilisa
Vista de Bagüés desde la Iglesia de los Santos Julián y Basilisa Manuela Canales | RTVE
MANUELA CANALES (Alumna del Máster Reporterismo 360 RTVE Aragón - UNIZAR)

El motor del autobús suena. Las puertas se cierran. Se oyen los pitidos de la marcha atrás del vehículo antes de iniciar su rumbo por las arterias secundarias de una provincia que pierde población por los bordes. En el asiento 22, junto a la ventanilla, viaja alguien que no ha pagado billete, pero pasa desapercibido. No lleva equipaje, pero pesa. Es una presencia silenciosa que observa cómo el paisaje urbano se desdibuja para dar paso a la árida estepa del Campo de Belchite, a las choperas y rojizas tierras de la Comarca de Calatayud o a los frondosos bosques del paisaje prepirenaico de la Jacetania. Esta pasajera baja en todas las paradas, donde, a menudo, no le espera nadie.

Observa a través de la ventanilla mientras reflexiona: Zaragoza vive una paradoja estadística. La capital aragonesa supera los 700.000 habitantes. La suma de los diez municipios más despoblados de la provincia no llega a 250 personas. Bagüés, Balconchán, Almochuel, Pomer, Pozuel de Ariza, Lobera de Onsella, Mianos, Purujosa, Embid de Ariza y Torrelapaja no son solo puntos en un mapa; son el escenario de una batalla diaria contra el olvido.

La memoria del expolio en las Cinco Villas

El viaje comienza en las Cinco Villas. Bagüés recibe a la visitante con un silencio que solo rompe el viento. Su alcalde, José Alberto Pérez Petroch (55 años), custodia un censo de 16 personas, aunque la realidad es que solo cuatro casas permanecen abiertas todo el año. "Los únicos que hemos aguantado fijos hemos sido los de mi casa", relata con orgullo y cansancio.

La despoblación no fue un proceso natural. En los años 60, las repoblaciones forestales forzaron a las familias a marchar hacia Navarra o Cataluña. Lo que quedó fue un pueblo vulnerable. Pérez Petroch recuerda con amargura los años 90, cuando Bagüés fue literalmente desmantelado: "Venía gente que se dedicaba a los derribos y, como no había nadie que lo impidiese, les pagaban por llevarse la piedra, la madera, la teja, hasta los cabeceros de las puertas y ventanas. Lo desarmaron todo". Es el "limpiado" de un pueblo que se quedó sin ojos que lo vigilaran.

En una oficina, un hombre con camisa azul y chaleco escribe en un escritorio de madera. En el escritorio hay una impresora, una botella de gel y una lámpara, y en la esquina se observa una bandera.

José Alberto Pérez Petroch trabajando en el ayuntamiento de Bagüés Manuela Canales / RTVE

La viajera acompaña a Pérez a dar una vuelta por el pueblo, donde este segundo le explica que tienen un local, justo debajo del ayuntamiento, que emplean como bar. La Asociación de Vecinos y Amigos La Paruela de Bagüés se encarga de mantenerlo abierto los últimos 15 días de agosto, "cuando hay gente".

Local debajo del ayuntamiento que se abre 15 días al año Manuela Canales / RTVE

Mientras le explica que, durante el resto del año el local permanece cerrado, llegan a La Iglesia de los Santos Julián y Basilisa, edificada en el siglo XI. Saca una llave del bolsillo y abre la puerta de madera que permite que nadie entre a robar. Antiguamente contaba con una colección de pintura románica que desde 1966 se encuentra en el Museo Diocesano de Jaca. Ahora se pueden apreciar frescos que imitan esas pinturas, realizados en el año 2014 gracias al IV Taller de Pintura al Fresco. El alcalde recuerda con nostalgia esos tres días de septiembre, cuando el pueblo se llenó de sonrisas y bullicio.

Fotografía expuesta en la iglesia del IV Taller de Pintura al Fresco en Bagüés Manuela Canales / RVTE

La pasajera vuelve a subir al autobús, que avanza por carreteras cuyo estado es la queja unánime de los vecinos. No hay arcén y los fríos inviernos quedan reflejados en la calzada. Los socavones aparecen cada diez metros junto a piedras que se desprenden de las laderas contiguas a la carretera. Han tratado de luchar por ello, pero el último arreglo se hizo hace diez años.

La respuesta que reciben, comentaba el alcalde, es que "así no habrá tanta circulación". Desde el 6 de octubre, el pueblo cuenta, por primera vez, con servicio de autobús interurbano, aunque, según el alcalde, es un servicio que, cuatro meses después, "nunca se ha empleado".

La gincana sanitaria: cuando el médico busca al enfermo

Se sube una pasajera nueva y se sienta a su lado. Es enfermera de la zona en el Campo de Daroca, Mónica Moreno. Su jornada laboral consiste en ir de pueblo en pueblo atendiendo a los pacientes. "Haces más rato de coche que de consulta", revela la enfermera. Cuando llega al pueblo, enciende todo, pasa consulta y se mueve a otro pueblo. Siempre lleva encima un ordenador y un botiquín con "un poco de todo" porque "nunca se sabe qué se va a necesitar". Lo que más le gusta de su trabajo es que sus pacientes son "gente súper agradecida, que valora muchísimo el trabajo".

A veces la conexión en los pueblos no es buena y eso no permite "ver la agenda, ni las historias de los pacientes, ni registrar las cosas". Ante este problema, la sanitaria apunta todo en papel y cuando vuelve al mediodía a Daroca, lo traslada al ordenador, "es trabajar dos veces con mucha menos información porque no puedes ver nada del paciente", confiesa.

Es trabajar dos veces con mucha menos información porque no puedes ver nada del paciente

En municipios como Balconchán o Almochuel, la visita sanitaria es un bien escaso. Según la normativa actual del Departamento de Sanidad del Gobierno de Aragón, la frecuencia de las visitas médicas en los consultorios locales depende directamente del número de tarjetas sanitarias. Pérez Petroch confirma esta realidad: "Viene el médico si alguien lo pide, pero si no, tienes que bajar tú". En algunas zonas, se establecen "taxis comunitarios" para que los vecinos del pueblo puedan acudir a consulta. Además, se cita a los pacientes de acuerdo a cuándo tienen que ir a municipios más grandes, se trata de "adaptarse a la vida del propio paciente". Moreno revela que su labor es "más social que sanitaria".

El bar de Pomer: el último muro contra el silencio

El autobús sube hasta los 1.100 metros de altitud para llegar a Pomer, en la frontera con Soria. Allí, el bar de Donka, una búlgara de 58 años, es el último muro contra el silencio. Aunque censados hay 26 habitantes, realmente solo viven cuatro personas fijas todo el año. La pasajera decide entrar en el local, donde se encuentra al alcalde desde hace casi 40 años, Millán Martínez, charlando con el cartero, Manolito, que viene desde Jarque de Moncayo.

La parada en Pomer es diaria para él y, aparte del correo, le trae a Donka dos barras de pan y huevos. Mientras comentan que los vendedores ambulantes que llegan al pueblo "no sacan ni para el café que se toman en el bar", aparece un ingeniero agrónomo, Santiago Segovia, quien lleva 20 años viniendo a cazar desde Madrid. El alcalde de Pomer reconoce que son las licencias de caza parte de lo que permiten al Ayuntamiento pagar la luz y mantener los servicios mínimos. Sin la caza y sin el bar, Pomer sería un conjunto de casas vacías. Define a los vecinos del pueblo como "buena gente" y no sabe qué ocurrirá cuando él falte.

Hay casas, pero no hay hogares para alquilar

La pasajera se pone a pensar de nuevo en su asiento del autocar y recuerda lo que leyó hace un par de días. Para combatir la extinción, surgen plataformas como Pueblos Vivos Aragón. La coordinadora del proyecto, Elena Giral, advierte que el deseo de repoblar choca contra el problema de la vivienda cerrada: "Hay casas, pero no hay hogares para alquilar". La plataforma ha conseguido en algunos casos convencer a los propietarios de alquilar estas casas a profesores. Así, en verano, sus hogares quedarían vacíos para acoger a los dueños. El perfil de personas que acuden a esta plataforma es "gente sola" o "parejas sin hijos y con perro". El 40% de estas solicitudes son personas extranjeras buscando una vida nueva. Desde que comenzó el proyecto en 2017, en las zonas de Zaragoza en las que trabajan, se han instalado 24 familias, lo que equivale a 60 personas aproximadamente.

El autobús llega a Torrelapaja, donde la juventud mantiene un fuerte vínculo con el pueblo, condicionado por la falta de oportunidades. En agosto, el censo salta de 15 a 400 personas en un estallido de cenas y convivencia. "Es nuestro refugio", confiesa Noelia Navarro, una joven de 20 años que vive en Zaragoza, pero define Torrelapaja como su pueblo desde que nació. Su amor es estacional. La falta de empleo, la dependencia del coche y la progresiva desaparición de los abuelos condenan al municipio a ser un "pueblo de fin de semana". El censo oficial es solo una sombra de la agonía invernal.

Al finalizar la ruta, el autobús regresa a la estación de Delicias. El conductor revisa el pasillo y, en el asiento 22, encuentra un rastro de frío persistente. Aquella viajera que recorrió los diez pueblos más pequeños de Zaragoza, que habitó las casas expoliadas de Bagüés y el bar vacío de Pomer, revela finalmente su identidad. No era una vecina ni una cronista: la pasajera era la soledad.

Ella es la única que nunca se baja en la última parada. Se queda allí, acomodada en el silencio de los inviernos de Pomer o Bagüés, que forman parte del 40% de municipios aragoneses en riesgo de extinción. Mientras plataformas como Pueblos Vivos y los gobiernos locales trabajan por rehabilitar viviendas y garantizar servicios básicos, la soledad espera paciente, sabiendo que, en esta Zaragoza invisible, ella siempre tiene asegurado el billete de vuelta.

RTVE

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