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9S, el asesinato previo a los atentados contra las Torres Gemelas que el mundo ignoró

  • Dos días antes de los atentados del 11S, Al Qaeda asesinó en Afganistán a Ahmad Sha Masud, enemigo de los talibanes
  • Masud llevaba años advirtiendo a Occidente sobre Bin Laden y el régimen talibán, pero la mayoría hizo oídos sordos
Montaje con la imagen de Ahmad Sha Masud, asesinado dos días antes del 11S
Montaje con la imagen de Ahmad Sha Masud, asesinado dos días antes del 11S RTVE
Pilar Requena
Pilar Requena

En abril de 2001, Ahmad Sha Masud, el líder de la resistencia afgana contra los talibanes, viajó a París y Estrasburgo para pedir ayuda y advertir sobre las consecuencias de seguir sin hacer nada frente al régimen talibán. Cinco meses después estaba muerto. Fue asesinado por la organización terrorista en lo que fue el preludio de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington. Pero los talibanes y Al Qaeda no consiguieron, como pretendían, dejar a la resistencia incapacitada para reaccionar ante lo que ocurriría dos días más tarde. Se equivocaron. Los hombres de Masud y el resto de la Alianza del Norte pusieron las botas sobre el terreno cuando Estados Unidos atacó Afganistán el 7 de octubre de 2001.

9S, el asesinato que el mundo ignoró

Una observa el muro en el que se colgaron fotografías y mensajes que trataban de identificar a los fallecidos. Los equipos de rescate todavía buscaban a más de 6.000 desaparecidos EPA / ANJA NIEDRINGHAUS

El atentado que no se supo poner en su contexto

El 9 de septiembre de 2001, dos hombres que se habían presentado como periodistas árabes consiguieron acceder a Ahmad Shah Masud en su cuartel general de Khwaja Bahauddin, en el norte de Afganistán. Llevaban días intentando entrevistarlo y se acreditaron como reportero y reportero gráfico de una supuesta televisión árabe con sede en Londres. En realidad, eran miembros de Al Qaeda. La bomba estaba oculta en el equipo utilizado para la entrevista y fue detonada cuando se encontraban frente a Masud. La investigación posterior estableció que los dos hombres eran tunecinos y que viajaban con identidades falsas y pasaportes belgas robados, con los nombres de personas supuestamente nacidas en Marruecos.

Masud Jalili era su amigo y asesor. Estaba al lado de Masud. Años después fue embajador de Afganistán en España. Recuerda así la terrible experiencia: "El comandante dijo: pregunte; y a la primera pregunta, pum. Estaba a mi lado. Sentí su mano en mi pecho y vi un fuego muy, muy espeso, azul y caliente, viniendo hacia nosotros. Hacia mí. Sentí sus manos. Pensé que era algo que había entrado desde fuera. Después, nada más. El comandante murió. Creo que después de diez o quince minutos a mí me sacaron de allí y abrí los ojos una semana después. Estaba en Alemania”.

Masud era musulmán y combatiente, de etnia tayika, pero no se identificaba ni con el islamismo radical de los talibanes ni con Al Qaeda. Era panjshiri. Su vinculación territorial y política con el valle del mismo nombre hizo que se le conociera, por su carisma y valor, como el León del Panjshir. La Alianza del Norte, la resistencia, estaba dominada por los tayikos y Masud era su principal comandante militar. Su mausoleo, situado al final del valle, se convirtió en lugar de peregrinación. En 2011, su responsable, Qari Rahman, comentaba que Afganistán sentía la falta de Masud y que "era una persona que defendió el país de verdad y lo salvó de las garras de Pakistán y de los talibanes". "Fue un luchador por la libertad, luchó por liberar su país de las manos de los soviéticos; era una persona de fe; creía en Dios. Era un musulmán muy ferviente, pero no un islamista. Era un gran estratega, táctico y también un líder visionario", añade Masud Jalili.

9S, el asesinato que el mundo ignoró

Una bandera de Estados Unidos colgada de la valla que rodea el lugar del atentado de las Torres Gemelas EPA / ANJA NIEDRINGHAUS

De hecho, el entonces director de la CIA, George Tenet, lo llegó a considerar como el posible aliado más interesante contra Bin Laden. Según la Comisión del 11S, Estados Unidos llegó a aceptar proporcionarle ayuda técnica limitada para recopilar información sobre Al Qaeda. Masud quería, en cambio, que Washington se convirtiera en aliado de la Alianza del Norte contra los talibanes y que reconociera que combatían a un enemigo común.

Años después, en una conversación con un antiguo comandante de Masud, Baba Hakimullah, en el valle del Panjshir, este dejó clara una de las paradojas de la posguerra afgana: “Los talibanes eran y son nuestros enemigos número uno. Si pudiésemos preguntar a la comunidad internacional, le diríamos: ¿cómo es posible que bombardeasen a los talibanes, sus enemigos antes, y ahora busquen ser amigos? Y resulta que nosotros, que como Alianza del Norte les ayudamos a ganar y venir aquí, ¿somos ahora los enemigos? La suya es una política de dos caras”, comentó enfadado.

Fue asesinado, pero su espíritu sobrevivió

La muerte de Masud no produjo el efecto que sus asesinos buscaban. Al Qaeda no consiguió su objetivo. La resistencia no se paralizó ni desapareció. Los hombres del León del Panjshir sacaron fuerzas de la tristeza y terminaron combatiendo junto a Estados Unidos contra los talibanes. La Comisión sobre los Ataques Terroristas contra Estados Unidos estableció que el asesinato estaba integrado en la estrategia militar de aquel momento. Recoge el testimonio de Khalid Sheikh Mohammed, detenido en Guantánamo, al que se considera el principal arquitecto de los ataques del 11S, era el jefe de propaganda de Al Qaeda. Este relata que Mohammed Atef, jefe militar de la organización terrorista en Afganistán, le había dicho que tenían un acuerdo con los talibanes para eliminar a Masud y que, después, estos iniciarían una ofensiva para hacerse con el país entero porque, al igual que los soviéticos, los talibanes tampoco habían conseguido conquistar el valle del Panjshir. Atef esperaba que la muerte de Masud ayudara también a apaciguar a los talibanes.

Ahmad Wali Masud, hermano del comandante, situó en 2011 la muerte del León del Panjshir dentro de la secuencia que condujo al 11S: “Mi hermano fue asesinado el 9 del 9, dos días antes de lo que ocurrió en Nueva York. Al Qaeda y los talibanes estaban seguros de que tenía que desaparecer el líder de la resistencia dentro de Afganistán, antes de realizar esa operación”.

Para Masud, el Panjshir era mucho más que un lugar de nacimiento: era su refugio, su base militar y el centro de una resistencia que acabaría adquiriendo dimensión nacional. Masud se convirtió en una figura legendaria durante la invasión soviética de Afganistán. Sus fuerzas resistieron repetidas ofensivas del ejército rojo y consiguieron mantener el control de buena parte del valle. Pero su importancia no se limitó a la guerra contra los soviéticos. Masud entendió que la retirada de Moscú no significaba el final de la contienda. Afganistán quedó sumido en una lucha entre diferentes facciones muyahidines y, después, se produjo el avance de un movimiento nuevo, los talibanes, que en 1996 conquistaron Kabul, Masud se retiró hacia el norte y se convirtió en el principal dirigente militar de la resistencia. La Alianza del Norte, o Frente Unido, reunió a distintas fuerzas afganas enfrentadas al nuevo régimen. Sus componentes tenían diferencias políticas, étnicas y militares, pero compartían el objetivo de impedir que los talibanes controlaran todo Afganistán. Bin Laden disponía de entrenamiento, infraestructuras, combatientes y protección política. Los talibanes encontraban en Al Qaeda un aliado militar y financiero. La relación no fue siempre sencilla.

Pero había enemigos comunes y uno de ellos era Masud. Para los talibanes, el comandante panjshiri era el principal obstáculo militar para conquistar el resto del país. Para Al Qaeda, era también un adversario estratégico.

Masud llevaba años denunciando la presencia de Bin Laden y alertando sobre la transformación de Afganistán en un santuario del terrorismo internacional. Y lo hacía cuando buena parte de Occidente todavía contemplaba el conflicto afgano como una guerra civil lejana. Pero la dimensión internacional de Al Qaeda era ya evidente. Los atentados contra las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania, en 1998, habían demostrado la capacidad de la organización para golpear fuera de Afganistán. El ataque contra el USS Cole, en octubre de 2000, confirmó que Bin Laden podía mantener una campaña en contra de intereses estadounidenses. Y Masud entendía que su país era el territorio desde el que esa red podía proyectarse hacia el exterior.

Una advertencia que llegó antes que el 11S

En junio de 2000, Masud ya intentó explicar a Occidente que el problema afgano no terminaba en la figura de Bin Laden. Lanzó una advertencia que adquirió una dimensión distinta tras el 11S. Masud estaba convencido de que los estadounidenses no habían comprendido la profundidad del problema y les reprochaba que no pensasen más que en eliminar a Bin Laden. Y añadió: "El problema no es solamente él. Esto comienza con un Bin Laden y luego vendrán muchos más". Masud veía que el líder terrorista necesitaba el territorio afgano, la protección de los talibanes y una red internacional capaz de proyectar la violencia fuera del país. Y defendía, frente a los talibanes, un Afganistán con "un islam moderno que permita vivir en Afganistán, con buenas relaciones con el resto del mundo". Su propuesta no era separar la política de la religión, sino oponer un islam abierto y compatible con el mundo exterior al proyecto rigorista de los talibanes.

Masud identificó dos elementos que resultarían inseparables: la supervivencia de Al Qaeda dependía del ecosistema afgano y eliminar a Bin Laden no bastaría para acabar con la amenaza. El 4 de abril de 2001, cinco meses antes de su muerte, Ahmad Sha Masud llegó a París. Era su primera visita a Europa. Había pasado buena parte de su vida en las montañas de Afganistán y, desde la conquista talibán de Kabul, en 1996, permanecía prácticamente confinado en el noreste del país. Por primera vez, podía explicar a dirigentes occidentales qué estaba ocurriendo en Afganistán.

También advirtió sobre el papel de Pakistán y aseguró que “ese país y sus servicios secretos, el ISI, tenían una "influencia determinante sobre los talibanes y sin su ayuda militar y económica los talibanes no podrían resistir". La supervivencia del régimen talibán no podía entenderse sin el apoyo exterior. Su mensaje no se limitaba a denunciar a Pakistán. Masud presentó también la alternativa que defendía. Se definió como un islamista moderado, partidario de un gobierno moderado capaz de enfrentarse al extremismo, y defendió la celebración de elecciones y el respeto de los derechos individuales. En la misma conversación pidió a los países occidentales que apoyaran sus esfuerzos para “reconquistar” Afganistán y explicó que había solicitado a Francia que ejerciera presión sobre Pakistán para favorecer una salida política.

9S, el asesinato que el mundo ignoró

Imagen de las retirada de escombros y limpieza en el World Trade Cneter, días después de los ataques a las Torres Gemelas EPA / TANNEN MAURY

Al día siguiente, 5 de abril, Masud llegó a Estrasburgo. La presidenta del Parlamento Europeo, Nicole Fontaine, había tomado la iniciativa de invitarle con el respaldo de la Conferencia de Presidentes. La institución quería convertir esa visita en algo más que un gesto protocolario. El Parlamento Europeo había condenado la represión de los talibanes, la situación de las mujeres y la destrucción de los Budas de Bamiyán. Fontaine había reclamado que la comunidad internacional pasara de las "denuncias puramente verbales" a una presión real sobre el régimen talibán y sus aliados. El 5 de abril, tras reunirse con Masud, fue todavía más precisa: Pakistán debía "cesar su ayuda al régimen talibán". Consideraba que el apoyo pakistaní constituía una amenaza para toda la región y advertía de que el extremismo talibán podía acabar volviéndose contra el propio Pakistán. El debate europeo no se centraba todavía en una guerra contra el terrorismo como la que comenzaría después del 11S, pero sí identificaba ya un entramado de poder regional alrededor de los talibanes.

Masud no fue a Estrasburgo a pedir una intervención militar europea. No solicitó armas ni personal militar y pidió, en cambio, apoyo a la resistencia contra el régimen talibán y mayores presiones sobre Pakistán. Y aseguró que “la gente de Afganistán estaba preparada para resistir y defender su país, pero necesita apoyo”. Tras conocer el asesinato de Masud y los atentados de Nueva York y Washington, Fontaine afirmó que ambos episodios formaban parte, a su juicio, de “la misma estrategia” y habló de la connivencia entre el régimen talibán y las redes terroristas internacionales. Masud no estaba prediciendo los atentados del 11S. Estaba explicando el entorno que los hizo posibles.

Estados Unidos también conocía a Masud. La relación había comenzado antes del 11/S y era lo bastante importante como para que la CIA explorara distintas fórmulas de cooperación con la Alianza del Norte. La relación estaba llena de reservas. Washington conocía el historial de la Alianza del Norte y las acusaciones contra algunas de sus facciones. También pesaban la oposición de Pakistán y la duda de que Masud tuviera una base política suficientemente amplia para convertirse en un socio viable. George Tenet, director de la CIA, veía a Masud como un posible aliado contra Bin Laden. La paradoja era evidente:

Estados Unidos disponía de un interlocutor afgano que llevaba años combatiendo a los talibanes y que advertía sobre Al Qaeda, pero la cooperación seguía siendo limitada cuando faltaban apenas unos meses para los atentados.

Masud tampoco concebía su relación con Washington en términos puramente defensivos. Quería que Estados Unidos reconociera que sus enemigos estaban conectados. Su prioridad era expulsar a los talibanes del poder, mientras que la prioridad estadounidense consistía en encontrar la manera de ir contra Al Qaeda sin quedar atrapado en una nueva guerra afgana. La Comisión del 11/S permite reconstruir así una oportunidad que nunca llegó a desarrollarse plenamente. No llegaron a convertirse en aliados estratégicos. Tras los atentados, esa relación cambió en cuestión de semanas. Cuando Estados Unidos necesitó una fuerza afgana capaz de combatir sobre el terreno a los talibanes, la Alianza del Norte se convirtió en el socio indispensable de la intervención. Masud ya estaba muerto, pero la estructura militar que había construido seguía allí.

El 9S, el 11S y la paradoja de la Alianza del Norte

La Comisión del 11S considera que el asesinato fue una operación de Al Qaeda y señala que la ofensiva general de los talibanes contra la Alianza del Norte estaba aparentemente coordinada para comenzar cuando Masud fuera eliminado. Al Qaeda quería muerto a Masud. Dos días después de su muerte, Al Qaeda atacó Estados Unidos. La respuesta de Washington convirtió Afganistán en el centro de la política internacional.

Pero una guerra aérea no podía por sí sola derrotar al régimen talibán. Estados Unidos necesitaba fuerzas afganas sobre el terreno. Y ahí apareció la gran paradoja. Los hombres de Masud seguían vivos. La Alianza del Norte se convirtió en el principal aliado afgano de Estados Unidos. Las fuerzas especiales estadounidenses aportaron inteligencia, coordinación y apoyo aéreo. Los combatientes afganos avanzaron y Kabul cayó el 13 de noviembre. El hombre que Al Qaeda había asesinado para debilitar la resistencia no estaba allí, pero su estructura militar sí.

Peter Bergen, experto en Afganistán y terrorismo, ha descrito el asesinato como el "preestreno", el levantamiento del telón que precedió al 11S. La expresión es útil porque permite entender el asesinato como parte de la lógica estratégica del momento. Masud era el principal enemigo militar de los talibanes. Si Estados Unidos reaccionaba a los ataques de Al Qaeda, era razonable pensar que la resistencia afgana sería un actor fundamental. Eliminar a su dirigente podía parecer una manera de debilitarla. El cálculo fracasó. La resistencia no desapareció y terminó desempeñando un papel decisivo en la caída de los talibanes.

9S, el asesinato que el mundo ignoró

Obreros durante las labores de limpieza de los restps del World Trade Center días después de los ataques del 11-S EPA / TANNEN MAURY

El hijo: la resistencia vuelve al Panjshir

Veinte años después, la historia parece repetirse. En agosto de 2021, los talibanes vuelven al poder en Kabul. Entonces, apareció Ahmad Masud, hijo del comandante asesinado. Tenía doce años cuando su padre murió. Su Frente Nacional de Resistencia se ha convertido en una de las principales organizaciones armadas contrarias al régimen talibán.

Pero las condiciones son muy diferentes a las de 2001. Por eso, Masud hijo ha combinado la resistencia armada con una estrategia política y diplomática. Explicó que las operaciones del Frente tienen un propósito defensivo frente a “la tiranía, el barbarismo y el terror de los talibanes”. Y añadió una frase significativa sobre el apoyo exterior: “No queremos ayuda militar o dinero de Occidente”. Busca apoyo político para que Afganistán pueda formar un gobierno legítimo. La frase muestra también la ruptura provocada por la retirada de 2021. Masud ya no espera que Occidente vuelva a Afganistán con tropas. Pero quiere que no legitime políticamente a los talibanes y que apoye una alternativa afgana.

Masud no se olvida de su padre y considera que “al fin y al cabo, la situación a la que nos enfrentamos no parece tan diferente de la que vivió mi padre”. La comparación no es sólo sentimental. Su argumento es que Afganistán vuelve a quedar relegado mientras otras crisis dominan la agenda internacional. Y no intenta ocultar la influencia del León del Panjshir. Al contrario, la presenta como la base de su misión. Su asesinato marcó a su familia y su visión de Afganistán. Masud hijo quiere terminar el trabajo de su padre, pero su objetivo no es perpetuar una guerra familiar, combina la resistencia armada con la búsqueda de una solución política.

No reclama el regreso de las tropas occidentales ni plantea una repetición de la intervención de 2001. Lo que pide es no confundir estabilidad con legitimidad y que la comunidad internacional mantenga abierta una alternativa política afgana. La continuidad con su padre es más conceptual que militar. Ahmad Shah Masud pedía a Europa que apoyara una resistencia que consideraba necesaria para abrir una salida política. Ahmad Masud intenta mantener esa resistencia mientras reclama precisamente una solución política. Hay dos décadas de distancia entre ellos, pero una misma preocupación: que Afganistán vuelva a ser un problema que el mundo sólo mira cuando es demasiado tarde.

El asesinato de Ahmad Sha Masud no provocó una reacción mundial comparable a la que se produciría dos días después. No hubo discursos presidenciales ni una intervención militar. El mundo todavía no sabía que estaba a punto de entrar en una guerra. Masud había advertido sobre el escenario que se desencadenaría. Había combatido a los soviéticos. Había resistido a los talibanes. Había denunciado la presencia de Bin Laden. Había explicado en Europa la relación entre los talibanes y Pakistán. Había mantenido contactos con Estados Unidos. Y había pedido que se comprendiera que Afganistán no era sólo una guerra civil. Así que, cuando Washington necesitó fuerzas afganas para derrotar a los talibanes, recurrió a los hombres de Masud.

Esa es la paradoja que convierte el 9S en una pieza esencial de la historia del 11S: el hombre eliminado para descabezar la resistencia dejó detrás una fuerza que se convirtió en uno de los principales instrumentos de la intervención estadounidense. Veinte años después, su hijo ha vuelto a levantar la bandera de la resistencia. La historia no se repite de la misma manera. Pero la advertencia sí.

En 2001, Masud pidió a Occidente que no mirara hacia otro lado. Su asesinato fue el último gran golpe de Al Qaeda antes del 11S y el prólogo de la guerra que transformaría Afganistán y el orden internacional. Dos días más tarde del asesinato de Masud, Al Qaeda atacaba Estados Unidos. El asesinato eliminó al principal enemigo afgano de los talibanes cuando Al Qaeda se disponía a desencadenar la operación que llevaría a Estados Unidos de vuelta a Afganistán.