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Un día en la vida de Ceuta: la distancia entre la tensión asumible y la anormalidad absoluta se mide en minutos

  • La crisis por la entrada masiva de migrantes se siente de diversa manera en el centro o en la periferia
  • Los vecinos de las zonas cercanas a los centros de acogida temporal claman por una mayor seguridad
Mujer con carro de la compra y hombre sentado en el suelo, ambos en un espacio exterior pavimentado junto a una pared clara.
Una vecina de Loma Colmenar, barrio de Ceuta donde se ha ubicado un centro de acogida temporal de migrantes Rodrigo García

Ceuta tiene una extensión aproximada de 20 kilómetros cuadrados, solo un poquitín más grande que la madrileña Casa de Campo y más pequeña que el Aeropuerto de Barajas. Pero pese a su reducido tamaño y sus apenas 84.000 habitantes, no en toda la ciudad ha impactado de igual manera la entrada masiva de migrantes de hace un mes. Mientras la vida sigue con relativa normalidad en el centro, los vecinos de las zonas más próximas a los campamentos improvisados o a los centros de acogida han visto cómo su día a día se ha transformado.

Para comprobarlo, nos subimos a un taxi. Lo hacemos en la céntrica calle de Camoens, donde está nuestro hotel. Son las 12 del mediodía y a solo unos metros, en la plaza de los Reyes, cientos de personas se congregan en apoyo a las fuerzas de seguridad, en una de las tantas manifestaciones convocadas desde que comenzó la crisis. Adam, el taxista, ha tenido que dar un rodeo para llegar a nuestro encuentro.

Lleva poco en la profesión, pero lo justo para saber cómo ha variado el ritmo de trabajo en las últimas semanas: "Hay más faena, nos cortan mucho las calles, tenemos que hacer rutas alternativas", nos cuenta. Su compañero de taxi, Mohamed, que hace el turno de la tarde, nos dará más detalles. Aproximadamente un cuarto de hora más tarde llegamos a Loma Colmenar, uno de los puntos más 'calientes' de la ciudad, ya en la periferia sur, no lejos de la frontera con Marruecos.

"No puede ser que todo nos venga aquí a la periferia"

En ese barrio humilde, a solo unos metros del Hospital Universitario de Ceuta, se ha instalado uno de los centros de acogida para alojar a muchos de los migrantes que aún quedan en la ciudad autónoma tras la llegada masiva de finales de julio. Tiene capacidad para 1.200 personas, principalmente de origen marroquí. Al dar una vuelta se puede comprobar que los alrededores son un constante trajín de hombres que van y vienen o que permanecen sentados en cualquier lugar. Ya han sido habituales los momentos de tensión por la disputa entre algunos que ansían tener una plaza en el centro, por lo que la Policía ha tenido que intervenir en ocasiones con disparos al aire para atajar la situación.

"Lo estamos pasando mal. No dormimos, no descansamos. Yo tengo una niña de 8 años que no la puedo soltar ni un minuto; y una de 19 años que quiere salir con las amigas y no puede". Así nos lo cuenta Nadia junto a su casa. "Era un barrio súper tranquilo; los vecinos nos conocíamos todos y, salieras a la hora que salieras, nadie te molestaba. Y ahora estamos en ese peligro. Yo salgo a las 7 de la mañana a trabajar y tiene que asomarse mi marido a la ventana para verme montar en el coche porque me da miedo", reconoce.

Y pese a que durante nuestra visita vemos una gran presencia de agentes y coches de policía, ella asegura que por la noche la seguridad cae. "Pedimos seguridad y que los quiten de aquí (a los inmigrantes), que no puede ser que todo nos venga aquí, a la periferia. Todo para la periferia. Que haya más seguridad, más Policía, que no hay por las noches. Limpieza: las calles están sucias, huelen mal. Debajo de mi ventana no puedo abrir la ventana... huele a pipí", remarca.

Nadia, vecina de Loma Colmenar, en Ceuta Rodrigo García

Cerca vemos pasar a dos mujeres. Todo apunta, por el carro que llevan, que vienen de hacer la compra. "Mucha gente durmiendo aquí cerca de mi casa. Mucho jaleo y mucho ruido", nos dice una de ellas con un sencillo español. Nos cuenta que nació en Ceuta, pero vive en Tetuán.

"Cuando salimos, piden agua, recargar el teléfono, algunos, dinero...", agrega. También dice, señalando a la ventana, que le han robado algo de ropa. E indica que se han modificado las paradas del autobús urbano y ahora tiene que cogerlo más lejos de la habitual.

Más duro es "El rubio", como se presenta un vecino al que saludamos desde la puerta de su casa, que vemos abierta. "Somos musulmanes, pero españoles 100%", dice sobre él y gran parte de la población del barrio. "Hemos vivido aquí sin puertas, con cortinas, nunca hemos tenido problemas", lamenta. Y ahora, añade, con la llegada de tanta gente ya no pueden.

"Aquí había una convivencia no 100%, ¡1.000 por 1.000!, maravillosa: las cuatro culturas (hebreos, indios, cristianos y musulmanes), nunca hemos tenido ningún problema porque nos hemos criado juntos. Hemos pasado la infancia juntos", recuerda.

El barrio ceutí de Loma Colmenar protesta por la gestión de la crisis migratoria

La relativa calma del centro

En Ceuta —que para quien no lo sepa es casi toda un istmo— todo está cerca: de un extremo al otro no hay ni diez kilómetros.

Adam acaba ya su turno. Nos deja de nuevo en el centro y le preguntamos qué espera que ocurra ahora con la difícil situación de los migrantes: "Que todo se arregle y esté en su lugar. Y ojalá que busquen una solución para esa gente", señala.

Adam, taxista de Ceuta con quien hacemos un recorrido para conocer cómo ha cambiado los barrios la crisis migratoria Rodrigo García

Le sustituye Mohamed. Nos recoge en una céntrica calle. Concurrida de personas —muchas de ellas los periodistas que inundan estos días la ciudad— disfrutando de la vida. Tomando algo en terrazas, comiendo en restaurantes y entrando y saliendo de los negocios. Por el centro se pueden ver a algunos de los migrantes caminar, pero son muy pocos en comparación con la playa del Trampolín, donde se ubican cientos en chabolas precarias, aunque esa es una zona con pocas viviendas y locales comerciales.

"El centro está más controlado. Los que estaban en esa zona, la mayoría, todos los han empujado para acá", dice en referencia a la periferia.

Los servicios públicos esenciales de Ceuta se unen para reclamar soluciones ante la crisis migratoria

"Vi por lo menos a 200 o 300 personas entrando corriendo"

El taxista pone rumbo a la frontera, en el Tarajal, a unos 5 kilómetros, justo donde hace un mes al menos 70.000 personas llegaron a nado hasta la costa española. Casi al llegar, relata que el 30 de julio, primer día de la entrada masiva, llevaba a una clienta en el coche cuando a la altura de una rotonda que pasamos se encontró "por lo menos 200 o 300 personas entrando corriendo".

"La verdad es que tenía más miedo por la clienta que por otra cosa. Me paré. Dejé que pasara la mayoría de la gente y continué, dejé a la clienta y me fui, porque por aquí a mano izquierda, por la parte de la playa del Tarajal, la gente saltaba por los muros", rememora.

Sobre su trabajo diario, afirma que ha bajado muchísimo el número de turistas y sin embargo ha recogido a "periodistas de todo el mundo". Hasta de Indonesia, señala. También se suben a su taxi algunos de los migrantes recién llegados, aunque los elige. "Yo tengo orden de no subir a cualquiera en el taxi", indica.

Mohamed, taxista con el que recorremos Ceuta para conocer cómo han cambiado los barrios con la crisis migratoria Rodrigo García

"Dice mucho la apariencia de uno y eso... Como yo tengo también familia en Marruecos, pues uno sabe ya más o menos", detalla. Y los que se suben, "la mayoría" van con dinero. "No he tenido ningún problema en eso", recalca. En el barrio en el que vive, relata, fue uno de los primeros en ayudar a las personas que llegaron. "He dado ropa, he dado chanclas... que la mayoría venían sin chanclas. Vamos, yo me he quedado con lo mínimo. Pero había otros que se dedicaban a robar, a molestar mujeres", reprocha.

"Yo voy a Marruecos como siempre"

La imagen actual junto a la playa del Tarajal en nada se parece al caos de hace un mes. En el puesto de café y bocatas Puerta de Europa los parroquianos conversan pausados. A pocos metros carga su carro de la compra otro Mohamed, que cuenta que acaba de volver de Castillejos —la primera ciudad marroquí tras pasar el puesto fronterizo— de hacer unas compras. Dice que es de Ceuta, del barrio del Príncipe, pero va mucho al país vecino, donde trabajó toda su vida. Ahora está jubilado.

"Yo voy a Marruecos como siempre. Mi día a día no ha cambiado absolutamente nada" en estas semanas, reconoce. Y cuando se le consulta cómo ha vivido la entrada de migrantes, no duda: "Pues como lo ha vivido todo el mundo. No es agradable encontrar niños por todas partes. Al salir de casa encontrarlos dormidos cerca de tu vivienda tapados con una manta. No es agradable que llamen a tu puerta a cada momento. Pero bueno, se puede llevar", expresa, antes de marcharse a la parada del bus urbano carro en mano.

Mohamed, vecino de Ceuta que habitúa a viajar a Marruecos Rodrigo García

Del Tarajal ponemos rumbo a la barriada del Príncipe Alfonso, donde en estas últimas semanas ha habido un campamento para mujeres y niñas migrantes organizado por una asociación vecinal, con el que se busca que tengan un refugio y no estén en la calle, hasta que logren acudir a uno de los centros instalado por las autoridades.

"Esto es una ruina. Aquí hay niñas que no deberían ni estar. Yo he subido ahora por una pelea que han tenido para ver lo que está pasando", resalta Sana, una vecina de la zona. "Hay niñas buenas y hay niñas que son de la calle, para no decirte otra cosa. La niña quería coger el desayuno y la querían quitar de la cola. Y la otra niña no ha querido quitarse de la cola. Han empezado a llamarle puta. ¡Me cago en tu puta madre! Te voy a monear, te voy a coger en la calle, tú sabes. Y acabamos de venir a hablar con ella", espeta. Y asegura que hay casos de prostitución. "Usted viene por la noche aquí y ve los hombres que están parados ahí afuera porque han probado y vienen a por ellas. Los propios emigrantes vienen aquí y se quedan ahí afuera".

"Yo estoy con una ansiedad que ni te digo. No puedo salir. Mis hijas acaban de bajar de Málaga. Han estado el mes entero desde que han entrado (los migrantes) en Málaga en la casa de mi madre, con dos cuartos y toda la familia ahí y dormían en el suelo", reconoce.

Mujer y migrante, un doble riesgo en Ceuta

Por último, a solo tres minutos en coche vamos a las inmediaciones de la mezquita de Sidi Embarek. Junto a ella, otra asociación de vecinos organiza otro campamento también para mujeres y niñas. Anuar es uno de sus voluntarios: "Llegará el momento en que no vamos a poder porque ya estamos cansados", lamenta.

Él es del barrio de La Reina. Trabaja como autónomo y vive con su madre, hermana y sobrina. Y ha sacrificado irse de vacaciones para no dejarlas solas.

"Hago reformas de casas y todo eso. Incluso con la invasión... bueno, con esto que ha pasado, no he podido ir a trabajar a las casas porque ya la gente estaba escondida, no iban a trabajar, no salían a la calle y tú no puedes hacer tu trabajo", enfatiza.

Anuar, vecino de Ceuta y voluntario en un campamento de mujeres migrantes Rodrigo García

Tiendas llenas, sin control y sin existencias. Así recuerda los efectos de la entrada masiva: "Tuvimos que hacer barreras a la puerta del barrio para que no entren los inmigrantes para dentro, porque ya se estaba liando, se estaba mezclando todo el mundo. Hemos estado ahí ayudando en lo que podemos, hemos dado de todo: ropa, comida, donde dormir, mantas, de todo para que la gente no pase frío en la calle, para que la gente no se quede sin comer", cuenta.

"Es algo normal, es humanidad", concluye.