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Los canteros vuelven a la Catedral de Sevilla, en sus cubiertas trabajan la técnica artesanal con la que fue construida

  • La restauración recupera la piedra original y los métodos tradicionales tras los problemas del hormigón
  • Los canteros trabajan como hace siglos y dejan su propia marca en cada pieza, igual que sus antecesores
Vuelven los canteros a la Catedral de Sevilla
Ángela Ruiz / RTVE Andalucía

Para llegar al taller donde trabajan los canteros de la Catedral de Sevilla hay que recorrer un camino que parece detenido en el tiempo. Una altura de doce plantas de estrechas escaleras de caracol conducen hasta una puerta cerrada con un cerrojo del siglo XV. Al cruzarla, desaparece el ruido de la ciudad y solo se escucha el sonido del cincel golpeando la piedra.

Allí, lejos de las miradas de los visitantes, un pequeño grupo de artesanos mantiene vivo un oficio que parecía condenado a desaparecer y que hoy resulta esencial para conservar uno de los monumentos más importantes de España.

La imagen sorprende porque, durante décadas, la restauración del patrimonio apostó por materiales modernos y procesos industriales. En muchos edificios históricos el hormigón sustituyó a la piedra original con la intención de acelerar las intervenciones y abaratar costes. Sin embargo, el paso del tiempo demostró que esas soluciones no siempre eran compatibles con construcciones levantadas hace siglos. En la Catedral de Sevilla, los problemas derivados de esos materiales hicieron que los responsables del templo tomaran una decisión: volver a trabajar exactamente igual que lo hicieron quienes levantaron el edificio.

Según explica el arquitecto encargado del templo, Miguel Ángel López, las técnicas empleadas hoy apenas difieren de las utilizadas entre los siglos X y XI e incluso guardan similitudes con las empleadas en el antiguo Egipto. La piedra sigue siendo el material protagonista y procede, en su mayor parte, de las históricas canteras de San Rafael, en El Puerto de Santa María, aunque también se obtiene de otros puntos según las necesidades de cada intervención.

El conservador de la Catedral, Aimar Morán, explica que únicamente se sustituyen aquellos elementos que resultan irrecuperables por su avanzado estado de deterioro. En esos casos, la nueva pieza se talla utilizando herramientas y materiales muy parecidos a los empleados hace siglos. El objetivo no es solo reemplazar una piedra dañada, sino respetar la forma de construir del monumento para garantizar su conservación durante generaciones.

Ese trabajo recae sobre los canteros, profesionales que combinan la precisión técnica con la sensibilidad artística. Cada bloque de piedra requiere horas de observación antes de comenzar a trabajarlo. Después llegan los golpes de cincel, medidos con exactitud para reproducir molduras, relieves y elementos decorativos que deben integrarse perfectamente con los originales.

Un oficio con historia

Daniel López es uno de esos artesanos. Reconoce que comenzó a trabajar la piedra por curiosidad, pero que pronto quedó atrapado por un oficio que terminó convirtiéndose en su vocación.

Ahora participa en una de las restauraciones más complejas del templo: el remate ornamental de la crestería, uno de los elementos decorativos que coronan parte del edificio y que exige una enorme precisión para reproducir cada detalle.

Su compañero británico Jeremy Fensen destaca que trabajar en la Catedral cambia por completo la percepción del edificio. Cada jornada, asegura, permite comprender el enorme esfuerzo realizado por quienes levantaron el templo hace siglos, cuando no existían herramientas eléctricas ni maquinaria moderna. Esa experiencia, explica, genera un profundo respeto por los antiguos maestros canteros y por la extraordinaria calidad de su trabajo.

El proceso mantiene incluso una tradición medieval prácticamente desaparecida. Igual que ocurría durante la construcción de la Catedral, cada cantero deja una marca personal sobre la piedra que talla. Miguel Ángel López recuerda que esas señales servían antiguamente para identificar el trabajo realizado por cada artesano y garantizar así el cobro de las piezas elaboradas. Hoy esas marcas vuelven a formar parte de las nuevas intervenciones, estableciendo un diálogo entre los canteros del siglo XXI y quienes levantaron el edificio hace más de quinientos años.

Mientras miles de turistas recorren cada día la Catedral de Sevilla, pocos imaginan que, varios metros por encima de sus cabezas, continúa desarrollándose un trabajo muy parecido al que hicieron los primeros constructores del templo. Golpe a golpe, los canteros siguen escribiendo una nueva página en la historia del edificio, dejando su huella sobre la piedra para que dentro de varios siglos otros artesanos puedan reconocer que, en este tiempo, hubo quienes dedicaron su vida a conservar uno de los grandes símbolos del patrimonio sevillano.