David Saavedra, exnazi: “Yo me radicalicé, las señales eran clarísimas, pero nadie lo supo ver”
- David Saavedra destaca la importancia de redes de apoyo para prevenir que los jóvenes caigan en el radicalismo
- Asegura que en la radicalización la ideología no es lo esencial, sino la identidad y la forma de interpretar el mundo
David Saavedra es hoy suboficial del Ejército de Tierra, pero, durante casi veinte años, fue un neonazi. Cuando consiguió salir, descubrió que el proceso de desradicalización podía ser tan duro como el de radicalización. No encontró ninguna asociación especializada, ningún lugar donde hablar con alguien que comprendiera lo que estaba viviendo, sin juzgarle. De esa experiencia personal nació la asociación Abriendo Brecha que ahora preside.
Pregunta: ¿Cuándo nació la idea de Abriendo Brecha?
Respuesta: Abriendo Brecha nació en el momento en el que peor me encontraba. Estaba solo, sin nadie con quien hablar o, al menos, sin nadie con quien pudiera hacerlo sin sentirme juzgado por lo que había sido. Necesitaba a alguien que me acompañara, que me entendiera y que no me atacara ni me insultara con el típico “nazi de mierda” o expresiones similares. Y para que nadie tenga que pasar solo por una situación tan difícil como es un proceso de desradicalización, pensé que había que crear algo en España para ayudar a quienes recorriesen ese camino.
P: ¿Cuáles son sus objetivos?
R: La tarea fundamental de Abriendo Brecha es acompañar a los chavales que lo necesiten. Ese es nuestro punto de partida y nuestro primer pilar. Tenemos también otros objetivos como hacer prevención en los institutos, desarrollar campañas de sensibilización para cambiar la perspectiva sobre por qué un chaval se radicaliza, porque no lo hace por ser una mala persona; organizar talleres de acompañamiento para profesores y también para padres. De hecho, hace poco hablaba con mi madre y me contó que, cuando pidió ayuda en mi colegio, la respuesta que recibió fue: “Ya se le pasará”. Tenemos tarea para años y preferimos ser humildes y no plantearnos más objetivos por ahora.
P: ¿Por qué crees que Abriendo Brecha es necesaria?
R: Recuerdo que, cuando estaba en el mundo radical, veía este tipo de organizaciones como una herramienta del sistema para acabar con la única ideología que yo consideraba correcta. Pero Abriendo Brecha es diferente. El acto de pedir ayuda a alguien a quien consideras un traidor o un enemigo supone una barrera enorme. En cambio, resulta mucho más sencillo acudir a alguien que ha estado donde tú estás ahora y que entiende perfectamente lo que estás intentando explicar. No tienes que dar tantos rodeos, porque esa persona pasó por lo mismo, conoce ese lenguaje, esos razonamientos y esas emociones. Intentamos facilitar ese primer contacto. Yo sé que un nazi -yo lo fui- difícilmente irá a un psicólogo o comenzará una terapia. Dentro de ese mundo existe la idea de que los psicólogos forman parte del sistema o están influenciados por determinadas corrientes.
Además, hay otro discurso muy presente: el de que los hombres no deben pedir ayuda porque eso es una muestra de debilidad. Creo que es mucho más fácil que esas personas se acerquen primero a hablar con gente como nosotros. En las redes sociales, hemos de tener mucho cuidado con cómo nos presentamos. Por ejemplo, no nos presentamos como antifascistas, porque no puedes ayudar a una persona y combatirla al mismo tiempo. Estamos en un periodo de polarización, donde no hay grises, sino extremos y o estás posicionado en uno o en el otro lado. Es así de simple. Nosotros tenemos que hacer ese esfuerzo para que los chicos radicalizados o en proceso de desradicalización no nos perciban del todo como los otros. Y, al mismo tiempo, que la gente que nos puede ayudar a llegar a esos chavales tampoco nos perciba como los otros. Es como si tuviéramos que jugar en dos frentes, lo cual es bastante extenuante.
Miembros de Abriendo Brecha, asociación de prevención de la radicalización
P: ¿Quiénes integran Abriendo Brecha?
R: Está organizada en varios equipos. En la parte de dirección, que yo llamo en broma “la cúpula” o “las élites”, estamos un policía local de Madrid, una profesora de Filosofía, una exyihadista -que es la vicepresidenta-, otra profesora, otro exnazi y una abogada. Y un joven que todavía está inmerso en el proceso de salida del extremismo y que se incorporará próximamente. Intentamos mantener siempre un equilibrio, aproximadamente un cincuenta por ciento de miembros son personas que han vivido procesos de radicalización y otro cincuenta por ciento profesionales que, aunque nunca hayan pertenecido a ese mundo, comprenden cómo funcionan estos procesos.
P: ¿Por qué decidisteis trabajar con personas radicalizadas de ideologías distintas?
R: En realidad, no fue algo planificado. Simplemente ocurrió. Mi experiencia siempre había estado ligada al nazismo, era lo que había vivido. Pero, a raíz de una entrevista, empezaron a escribirme muchos jóvenes. Curiosamente, no era sobre todo nazis; de hecho, fueron los que menos. Me escribieron extremistas de izquierda, yihadistas, adictos e incluso personas vinculadas a sectas. Lo que más me sorprendió fue que todos me decían que se sentían identificados con mi historia. Aquello me hizo pensar. ¿Cómo era posible que alguien que, desde mi antigua perspectiva, habría considerado un enemigo político se reconociera en mi experiencia? Es cierto que yo el proceso, tal y como lo describo, no lo reduzco a la ideología, hablo de emociones, de sesgos de confirmación, de falacias. Y cuando conversas con ellos, comprendes que el proceso de radicalización es anterior a la ideología y así desaparecen los bandos y ves víctimas iguales de un proceso. Ese es el enfoque de Abriendo Brecha.
P: ¿Por qué son tan importantes los centros educativos y los padres?
R: Yo pertenezco a una generación de transición entre el mundo analógico y el digital. Cuando era adolescente apenas existían las redes sociales. La influencia principal procedía de la familia, los amigos y el colegio. Hoy la situación es distinta. Las redes sociales tienen una capacidad de influencia enorme, probablemente superior a la de esos tres ámbitos tradicionales. Aun así, eso no significa que debamos dar por perdida la batalla en la familia o en la escuela. Los padres siguen siendo la primera referencia de los hijos. El colegio es el lugar donde comienzan las relaciones sociales, fuera del entorno familiar. Si conseguimos fortalecer esos espacios y enseñar pensamiento crítico, gestión emocional y herramientas para analizar la información, será mucho más difícil que un adolescente acabe inmerso en un proceso de radicalización.
Las redes sociales, "el gurú de una secta"
P: Pero también hay que trabajar sobre las redes sociales
R: Sin duda. El problema es que resulta muy difícil competir contra los algoritmos. Funcionan casi como el gurú de una secta: se meten en tu vida y en tu cabeza, conocen tus emociones, detectan lo que te provoca una reacción intensa y te muestran cada vez más contenido similar. Las redes son una industria del odio muy bien engrasada. Sinceramente, creo que, si no hay una intervención política valiente que regule determinados mecanismos, no le veo fin a esta escalada.
P: ¿Las redes sociales están contribuyendo a más radicalización?
R: Sí. Los procesos de radicalización se dispararon con la pandemia y las redes sociales han adquirido un protagonismo enorme. Cuando yo tenía dieciocho o diecinueve años, si en una red aparecía contenido relacionado con el nazismo, desaparecía enseguida. Lo retiraban de la plataforma y te expulsaban. Hoy ocurre lo contrario. Todos los días me llegan vídeos que son propaganda nazi. El algoritmo los impulsa porque generan reacciones muy intensas: unos los comparten y otros los denuncian. Al final, eso se traduce en visitas y en ingresos publicitarios. Las redes sociales son empresas. Hubo un tiempo donde primaba más la moral que el dinero. Pero ya no hay límites éticos.
P: ¿Qué falta en España para mejorar la prevención de la radicalización?
R: Voluntad. Es una cuestión sobre la que hablamos mucho en la asociación. Nos preguntamos por qué prácticamente nadie se pone en contacto con nosotros desde determinadas instituciones. No quiero caer en teorías conspirativas -precisamente porque todos venimos de un mundo donde abundaban-, pero percibo que existe una cierta dinámica que favorece la polarización. El problema es que, muchas veces, determinadas estrategias producen el efecto contrario.
P: En realidad, terminan alimentando los extremismos
R: Exactamente. El problema es que muchas veces no son conscientes de ello. Están tan inmersos en la lógica de la confrontación política que no perciben las consecuencias de determinados mensajes. Sin quererlo, contribuyen a crear un monstruo que luego ya no pueden controlar y que termina volviéndose contra ellos. Por eso, creo que hacen falta dos cosas: voluntad política y menos miopía. Los políticos viven en su burbuja, en su cámara de eco y muchas veces no ven los efectos reales que producen.
La comprensión es la clave para intervenir
P: ¿Qué te habría gustado encontrar y no encontraste durante tu radicalización?
R: Comprensión, sobre todo comprensión. Lo triste es que sigue ocurriendo hoy. Lo veo constantemente en las redes sociales. Cuando comparto la imagen de un chico de quince años haciendo el saludo nazi, muchísima gente ve directamente a un nazi, a un violento, a un tío que mata negros. Lo etiquetan de inmediato. Y muchas veces no saben absolutamente nada de él. Yo, en cambio, veo a un niño de quince años. Ese es precisamente el momento en el que hay que intervenir. Es cuando hay que hablar con él, entender qué le está pasando y trabajar para que no siga avanzando por ese camino. A mí me ocurrió exactamente igual. Ahora miro atrás y recuerdo al David de quince años. Era un niño. No tenía ni idea de casi nada. De hecho, recuerdo que pensé que los nazis eran como un país, Nazilandia. ¿Cómo puedes condenar a alguien que apenas entiende el mundo? Lo que necesita es que alguien le enseñe a pensar. En mi caso ocurrió lo contrario. Recibí odio y rechazo y me convertí en lo que los demás estaban siendo conmigo: una persona incapaz de escuchar, de dialogar y de cuestionarse sus ideas.
P: ¿Quién era David antes de convertirse en un nazi?
R: Era un chico completamente normal, lejos de los estereotipos de familia desestructurada. Mi padre no me pegaba palizas, ni había drogas en casa, ni problemas económicos. De hecho, mis padres siguen casados hoy, una rara avis. Tenía unos padres muy buenos. Mi padre un poco más despegado. Pero mi madre siempre afectuosa, muy cariñosa. Tengo dos hermanos estupendos. Nunca me faltó de nada. Pero había señales que pasaron desapercibidas. Cuando no entendía algo, me frustraba muchísimo y esa frustración me bloqueaba. Esa escasa tolerancia a la frustración tiene mucho que ver con los procesos de radicalización. La gestión de las emociones es clave. Por eso insistimos tanto en enseñar a los jóvenes a reconocer lo que sienten. Intentamos transmitirles la idea de que cuando la rabia empiece a apoderarse de ellos, se pregunten qué está ocurriendo y lo racionalicen, sin caer en el odio y así no acabar entrando en un círculo del que resulta muy difícil salir.
P: ¿Qué necesidades emocionales acabaron llevándote al extremismo?
R: La adolescencia es un momento especialmente delicado porque estamos construyendo nuestra identidad. Durante la infancia somos, en gran medida, una prolongación de nuestros padres. Sus opiniones son las nuestras. Pero llega un momento en el que empezamos a discrepar, a pensar por nosotros mismos. Ese proceso es completamente normal y forma parte del crecimiento. El problema aparece cuando, mientras estás construyendo tu identidad, nadie te explica cómo funciona ese proceso ni los riesgos que existen. Hablamos con los adolescentes de sexualidad, de drogas o de educación vial. Sin embargo, casi nunca hablamos de identidad. Y deberíamos hacerlo, porque es un asunto fundamental. Yo me radicalicé porque no sabía que me estaba radicalizando. No fui capaz de interpretar las señales. Me convertí en una persona monotemática. Empecé a alejarme de mis amigos. Solo buscaba gente que reforzara mis ideas. Las señales eran clarísimas, pero nadie lo supo ver. Ni mis profesores. Ni mis padres. Ni yo mismo. Si los jóvenes conocieran esos mecanismos, podrían reconocer mucho antes lo que les está ocurriendo. Podrían decir: «Espera, esto me suena a lo que dice Abriendo Brecha. Voy a calmarme y pensar». Eso fue precisamente lo que yo nunca tuve. Y en mi proceso de creación de identidad se me coló la radicalización.
P: ¿Qué edad tenías?
R: Catorce o quince años.
“En el proceso de radicalización, la ideología no es lo esencial“
P: ¿Crees que al principio del proceso de radicalización la ideología no es lo fundamental?
R: Yo distinguiría dos momentos. En el proceso de radicalización, la ideología no es lo esencial. Pero, una vez que la persona ya está radicalizada, sí pasa a ser fundamental, porque se convierte en el lenguaje a través del cual interpreta toda la realidad. Si quieres ayudar a un nazi, tienes que comprender cómo piensa y cómo utiliza esa ideología. Si no, te verá automáticamente como un enemigo y ni siquiera escuchará lo que tengas que decir. Pero estoy bastante convencido de que, si yo hubiera nacido en una familia musulmana, probablemente me habría radicalizado dentro del islamismo. Si hubiera crecido en un ambiente profundamente comunista, seguramente me habría radicalizado dentro de Stalin. El molde ya estaba construido en mi cabeza. La ideología es para rellenarlo. Por eso, siempre digo que muchas veces confundimos la ideología con el problema. Una persona radicalizada ve el mundo dividido entre buenos y malos. No es la ideología lo que las define, sino la manera en que interpretan el mundo.
P: ¿Qué papel juegan la soledad, la necesidad de pertenecer o la búsqueda de identidad?
R: Depende. Curiosamente, depende se ha convertido en mi respuesta favorita porque casi nunca existe una única explicación. Es verdad que una persona muy sola o con dificultades para relacionarse puede encontrar en internet un grupo que le haga sentir que, por fin, pertenece a algún lugar. Pero no siempre es así. Yo tenía amigos, mi grupo de siempre. Íbamos al cine, jugábamos al fútbol, la vida normal de cualquier adolescente. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario: la radicalización me fue alejando de ellos. Intenté convencerles. Cuando crees que has descubierto una verdad absoluta, haces proselitismo, crees que les estás ayudando. Yo intenté convertir en nazis a mis amigos, a mis padres e incluso a algunos profesores. Desde mi punto de vista estaba intentando liberarles de unas cadenas que no eran capaces de ver. Y empieza el aislamiento. No podía hacer nada por ellos. Entonces busqué personas que vieran el mundo igual que yo.
P: ¿Qué señales permiten detectar que alguien está en un proceso de radicalización?
R: Hay dos señales para mí fundamentales y que aparecen muy pronto. La primera es la visión del mundo en blanco y negro. Un pensamiento radical funciona exactamente así: unos son absolutamente buenos y los otros absolutamente malos. No existen los matices, los grises, ni las contradicciones. El matiz es la criptonita del radical. La segunda señal es el llamado “pensamiento en bloque”. Consiste en atribuir a todo un colectivo una serie de características simplemente por pertenecer a él. Por ejemplo, “todos los inmigrantes son delincuentes” o “son violadores”. Pero también funciona en sentido contrario. Decir que “todos los inmigrantes son seres de luz” responde al mismo mecanismo mental. No tiene las mismas consecuencias, pero es una generalización que impide pensar. Cuando dejas de ver personas y solo ves colectivos homogéneos, estás dejando de analizar la realidad.
P: ¿Cómo comenzó tu radicalización?
R: Empezó con un documental. En realidad, el documental fue solo el detonante. Yo ya tenía una manera de pensar muy rígida y probablemente ya existían elementos de pensamiento en blanco y negro. Recuerdo que mi padre estaba viendo un documental sobre Hitler y yo me quedé fascinado. El nazismo fue extraordinariamente eficaz desde el punto de vista propagandístico. Aquellos desfiles, las antorchas, la disciplina, la sensación de orden, los discursos multitudinarios. Todo eso impresionaba muchísimo a un chico de quince años. Recuerdo que le pregunté a mi padre: -¿Quién es ese hombre? Y los adultos son expertos en enmierdar situaciones sencillas. El me respondió: -Un loco. Aquella respuesta produjo el efecto contrario. Yo no veía a un loco. Veía a un tío capaz de llenar estadios. No encajaba con la explicación que me había dado mi padre. Y ahí apareció la primera grieta. Pensé: “A lo mejor los adultos no saben tanto como yo creía”. A partir de ese momento empecé a preguntar. Preguntaba a mis profesores, por Hitler, por el nazismo. Casi siempre recibía desprecio o silencio. Nadie se sentó a hablar conmigo. Nadie me preguntó por qué me interesaba aquello. Estoy convencido de que habría bastado alguien que me hubiera dicho: -Ven, David. Cuéntame qué te llama la atención. Si alguien hubiera mantenido esa conversación con normalidad, probablemente mi historia habría sido completamente distinta. Pero nunca ocurrió. Y, por desgracia, sigo viendo que muchas veces continúa pasando lo mismo en los centros educativos. Yo me acuerdo cuando mis padres, por fin, reaccionaron. Me pusieron La Lista de Schindler. Eso habría tenido efecto al principio, pero yo ya estaba inmerso en la ideología y me reforzó en mi creencia de que mi padre era un borrego, al que le habían comido el coco.
P: Después encontraste a personas que terminaron de radicalizarte
R: Sí. Empecé a buscar por internet a otros nazis. Hasta entonces toda mi imagen sobre ellos procedía de lo que me habían contado: grupos violentos que salían a pegar palizas a inmigrantes. Cuando les conocí, descubrí otra realidad. Al menos la que yo veía con quince años. Encontré chicos educados, normales, hablaban con tranquilidad y sabían muchísimo más que yo sobre historia, política o filosofía. Recuerdo perfectamente el miedo con el que acudí a la primera reunión. Pensaba que me iban a pegar o que habría personas violentas. Fue lo contrario. Me recibieron con un abrazo. Me trataron con cariño. Me hicieron sentir importante. Fue decisivo, el mismo mecanismo que utilizan muchas sectas. La acogida emocional. La sensación de haber encontrado, por fin, un lugar donde perteneces. A partir de ahí empecé a quedar con ellos continuamente. Disfrutaba, aprendía cosas nuevas todos los días, aunque todo estuviera interpretado desde el prisma de la conspiración. Una característica del pensamiento conspirativo es que no necesita demostrar nada. Cuando una explicación falla, siempre aparece la conspiración como respuesta, sirve para resolver cualquier contradicción.
P: ¿Cuándo comenzó realmente tu proceso de desradicalización?
R: Empezó cuando nos asomamos a la violencia. Hasta ese momento había habido muchos años de militancia: campañas de propaganda, pegadas de carteles, presentarnos a elecciones. Todo eso respondía a la misma lógica con la que antes intentaba convencer a mis amigos, a mis padres o a mis profesores. Yo creía haber descubierto una verdad y sentía la obligación moral de difundirla. Pensábamos que solo nosotros veíamos la realidad y que el resto de la sociedad tenía el cerebro lavado. Como no conseguíamos convencer a nadie, la frustración iba creciendo. Y cuando una persona está convencida de que lucha por una causa absolutamente justa, acaba creyendo que cualquier medio está justificado para defenderla. Primero intentas cambiar las cosas por vías legales. Después empiezas a pensar que eso no sirve para nada. Y el siguiente paso ya es otro, el terrorismo. Nosotros nunca hablábamos de terrorismo. Hablábamos de resistencia. Ese cambio de lenguaje es muy importante porque hace desaparecer la barrera moral. Empiezas a pensar que la violencia no es una agresión, sino una obligación. Y cuando me quise dar cuenta, estábamos construyendo el que iba a ser el primer grupo terrorista nazi en España. Pero llega el momento en que te planteas que siempre has asociado a tus enemigos, los marxistas, con grupos terroristas, aunque no sea verdad, tú lo ves así. Y la disonancia se dispara. Y ves que ahora vas a ser como los rojos. Y ahí algo se abre.
P: ¿Cómo te desenganchaste?
R: Fue muy duro, piensa que no solo era todo mi entorno, sino que aún por encima yo no tenía herramientas para relacionarme con gente que no fuese como yo, porque yo los seguía viendo como borregos. Yo no podía cambiar eso. Y te somete a una soledad que es insoportable, una soledad no elegida. Eres un traidor para unos y un nazi de mierda para otros.
“Tenía un arma de fuego [...] una noche decidí suicidarme“
P: ¿Y cómo conseguiste salir de esa soledad?
R: De milagro, literalmente. Tenía un arma de fuego. La había comprado años antes convencido de que algún día tendría que defenderme de la supuesta invasión que imaginaba. Una noche decidí suicidarme. Me metí la pistola en la boca. Y ocurrió la escena más absurda de mi vida. Mi perra, que había sufrido malos tratos y tenía una relación muy extraña con la comida, me vio con la pistola en la boca y creyó que estaba comiendo. Se acercó moviendo el rabo, relamiéndose y esperando que le diera un trozo. Imagínate la situación. Yo llorando. Completamente borracho. Con una pistola en la boca.
Y mi perra esperando que compartiera la comida. Me hizo tanta gracia aquella escena que, por un instante, dejé de pensar en suicidarme. Fue apenas un segundo. Pero bastó para romper la espiral en la que estaba. No pensé que suicidarse estuviera mal. Pensé otra cosa mucho más sencilla: “¿Qué va a pasar con mi perra, si me mato ahora?” Estábamos en un hotel. No había nadie que pudiera hacerse cargo de ella. Así que me dije: “Bueno, ya me suicidaré otro día”. Puede sonar absurdo. Pero esa fue la idea. Y ese pequeño aplazamiento terminó salvándome la vida.
P: Toda tu vida radical está en tu libro “Memorias de un exnazi”
R: Yo reniego muchísimo de ese libro. Odio el título, la portada. No estoy de acuerdo con la mitad de las cosas que escribí, porque he seguido avanzando, aprendiendo. Pero ese libro me salvó la vida porque me dije que cuando lo terminase el libro, pensaría en el suicidio. Tardé cinco años en escribirlo. Durante ese tiempo conocí a otra gente. El blanco y negro de mi cabeza se fue disolviendo, el pensamiento en bloque también. Conocí a un chico de origen migrante. Yo solo entendía la inmigración desde la conspiración de las mafias y todas estas cosas. Me abrió el marco de entendimiento a un nivel que no te puedes ni imaginar. La idea del suicidio cada vez se fue haciendo más pequeña. Una vez que publiqué el libro, empecé con las charlas, abriendo brecha, y ahora ayudo a otras personas para que no recorran el mismo camino.