Abriendo Brecha: quienes conocieron el extremismo desde dentro quieren evitar que otros recorran el mismo camino
- La asociación trabaja en la prevención de la radicalización y cree que todavía queda mucho camino por andar en ese campo
- Un exneonazi, una exsalafista rigorista o un policía local son algunos de los impulsores del proyecto
Cuando se entra en una espiral extremista, el problema no empieza con un delito, ni con un discurso de odio, ni siquiera con una ideología. Empieza antes, sobre todo en la adolescencia, en el marco de la búsqueda de una identidad, de la necesidad de pertenecer a un grupo o de la sensación de vacío. Hoy, además, delante de la pantalla de un teléfono móvil o de un ordenador, en las redes sociales.
Son las premisas de las que parte Abriendo Brecha. Muchos de sus miembros lo saben bien, han pasado por ese proceso y han conseguido salir. Trabajan con personas procedentes de procesos de radicalización diferentes: neonazismo, salafismo, yihadismo o extremismo de izquierda. El objetivo no es comparar ideologías, sino comprender cómo una persona termina aceptando que la violencia, el odio o la exclusión son respuestas legítimas
Miguel Herrero, policía local de Fuenlabrada y tesorero de la asociación, asegura que no trabajan “una ideología concreta, sino el proceso de radicalización", porque la radicalización responde a mecanismos muy parecidos. Lo importante no es la etiqueta, sino entender el camino que ha llevado a esa persona hasta allí. Por eso, en Abriendo Brecha insisten en la prevención, la educación y el acompañamiento.
David Saavedra (Pilar Requena)
Una asociación nacida de la soledad de un exneonazi
La idea de crear Abriendo Brecha surgió de la experiencia, profundamente personal, de David Saavedra, autor de Memorias de un exneonazi. Había abandonado el mundo neonazi tras casi veinte años inmerso en él y estaba afrontando completamente solo un proceso de desradicalización. Estaba en su peor momento y no encontraba ayuda: "Solo, sin nadie con quien hablar o, al menos, nadie que no me juzgase por las cosas que había vivido o por la persona que había sido. Pensé que nadie debería pasar por una situación tan difícil de sobrellevar como un proceso de desradicalización completamente solo. Dije: hay que montar algo en España para que, si alguien pasa por lo que estoy pasando yo, no tenga que hacerlo solo."
Esa experiencia marca toda la filosofía de la asociación. No se trata de convencer a nadie de que cambie de ideas. Es más sencillo, pero, también, más ambicioso. Se trata de acompañar a los jóvenes que lo necesiten. “Ese es el punto de partida. Después vienen otros objetivos: trabajar en institutos, hacer campañas de sensibilización, formar a profesores y a padres. Porque conmigo nada de eso existió. Mi madre pidió ayuda en el colegio y la respuesta fue: 'Ya se le pasará'”, asegura David Saavedra, presidente de la asociación.
Pese al aumento de la preocupación por la radicalización, muchos docentes y familias continúan sin disponer de herramientas para distinguir entre una típica “rebeldía” adolescente y el inicio de un proceso de radicalización.
Cómo un adolescente acaba convirtiéndose en nazi
David Saavedra insiste en desmontar uno de los grandes mitos sobre la radicalización. El no empezó odiando, ni deseando la violencia o queriendo formar parte de un grupo neonazi. "Tienes catorce o quince años y estás construyendo tu identidad. Desde fuera también se interpreta así: son cosas de la edad, ya se le pasará. Pero no. El problema es que puede camuflarse como una adolescencia normal y terminar llevándote a lugares muy oscuros", asegura. El detonante fue un documental sobre la Segunda Guerra Mundial. Puede parecer un detalle menor. Pero para él marcó el principio de una transformación: "Ves un discurso atractivo, una estética que llama la atención. En mi caso fue un documental sobre los nazis. Eran extraordinarios publicistas. Vendían un producto, que era su ideología, y lo hacían muy bien. Mi yo adolescente vio aquello y flipó."
La curiosidad inicial fue interpretada como una adhesión inmediata al nazismo. Sintió que nadie intentaba comprenderle. "Los adultos tradujeron mi curiosidad como si ya estuviera a favor de matar a seis millones de personas. Lo empeoraron todo. Empecé a pensar que ellos eran los que tenían comido el coco y que yo había descubierto una verdad que los demás no eran capaces de ver. Al principio intenté convencerles. Cuando vi que era imposible, me alejé de mi familia y busqué gente que pensara como yo”, recuerda. Permaneció casi dos décadas en la extrema derecha. Hoy sostiene que uno de los principales errores es pensar que la radicalización comienza cuando aparecen símbolos, consignas o discursos violentos.
Empieza mucho antes, cuando alguien necesita respuestas sencillas para explicar un mundo cada vez más complejo. "Yo suelo decir que la ideología llega después. Primero llega la necesidad de pertenecer, de encontrar certezas, de sentir que has descubierto una verdad que los demás no ven”, explica David. Por eso, Abriendo Brecha intenta intervenir antes de que esa identidad quede consolidada, porque salir, advierte, es bastante más difícil que entrar.
Portada del libro 'Memorias de un exnazi', de David Saavedra
Una historia muy distinta que conduce al mismo lugar
Cuando David Saavedra empezó a hablar de su pasado neonazi, esperaba que quienes se sintieran identificados fueran jóvenes atrapados en la extrema derecha. Ocurrió lo contrario. Le escribieron antiguos militantes de la extrema izquierda, personas que habían abandonado grupos sectarios, jóvenes con adicciones o mujeres que habían pasado por radicalización islamista. Y se replanteó muchas cosas: "Yo hasta ese momento solo veía nazis porque era mi experiencia. Pero todos me decían que se sentían identificados con mi historia. Ahí entendí que el proceso de radicalización es anterior a la ideología."
Una de aquellas personas fue Salma Halifa. Hoy trabajan juntos. Hace apenas unos años habría parecido imposible porque Salma cayó en las redes del salafismo más rigorista. "Yo también creía que había encontrado la verdad", confiesa. Salma nació en Melilla hace 31 años. Está casada y tiene dos hijos. Es profesora de Lengua Castellana y Literatura en un instituto y vicepresidenta de Abriendo Brecha. Cuando tenía quince años comenzó un camino muy parecido, en lo psicológico, al de David, aunque de ideología completamente distinta. “Me pilló siendo adolescente, en un momento vulnerable en el que quieres pertenecer a algo. El problema es que cuando empiezas a radicalizarte no te das cuenta. Lo ves como un camino lógico. Como si hubieras encontrado la verdad", explica.
Recuerda el instante en que todo empezó. Una compañera salió llorando de clase. El profesor le había pedido que se descubriera la oreja durante un examen para comprobar si llevaba algún dispositivo oculto. Ella se negó porque mostrarla era contrario a sus creencias. Aquel gesto llamó la atención de Salma. "No entendía por qué alguien podía suspender un examen antes que enseñar una oreja. Pero me impresionó muchísimo la convicción con la que defendía aquello. Eso me atrajo." Empezaron las reuniones con esa compañera y las preguntas. En su familia se definían como musulmanes, pero de una manera cultural. Su madre no llevaba velo. Su padre tampoco era especialmente practicante. La religión no condicionaba su vida cotidiana.
Salma Hadifa (Antonio Ruiz Varia)
Convencida de que había encontrado el verdadero camino
Comenzó a consultar foros, a leer páginas especializadas y a reunirse con jóvenes que estudiaban el Corán. "Era como descubrir un mundo completamente nuevo. Todo me parecía fascinante”, recuerda. Su vida comenzó a hacerse más pequeña. La radicalización no llegó de un día para otro. Primero apareció el hiyab. Después una vestimenta cada vez más estricta. Y, finalmente. el jilbab, que cubre completamente el cuerpo salvo el rostro y las manos. Pero el cambio más profundo fue el interior. "Mi personalidad cambió. Mi forma de hablar cambió. Dejé de escuchar música. Aprendí un vocabulario distinto. Incluso dejé el instituto porque pensaba que aquellas clases no me acercaban al paraíso”, recuerda.
Las normas comenzaron a invadir todos los aspectos de su vida. No eran solo grandes decisiones. También las pequeñas. Cuando tuvo un bebé, a los 19 años, “me regalaban bodies con ositos o peluchitos. Lo tiraba todo porque pensaba que los ángeles no entrarían en casa, si había figuras con ojos. Parece absurdo cuando lo cuento ahora, pero entonces todo tenía sentido", asegura. Se fueron rompiendo los vínculos con las amigas de siempre y con los familiares. Su madre le recordaba que ella había luchado precisamente para escapar de muchas de aquellas imposiciones cuando vivía en Marruecos. Pero Salma estaba convencida de que estaba haciendo lo correcto: “Hacía proselitismo con mi familia porque pensaba que les ayudaba.”
Todo empezó a romperse un día cuando se dio cuenta de que no le gustaba la vida de casa, cambió de ciudad, se fue a Granada con su marido y su hijo para estudiar Filología Hispánica. Conoció personas diferentes y comenzaron las dudas. "Un compañero gay me ayudó muchísimo sin saberlo. Nos hicimos muy amigos y yo pensaba: son personas normales. Todo aquello empezó a romper mi manera de entender el mundo." Poco a poco fue abandonando el salafismo. Pero reconstruirse tampoco resultó sencillo porque, como advierte, “cuando toda tu personalidad está construida alrededor de una ideología, el día que desaparece ya no sabes quién eres. Me costaba hasta comprar ropa porque no sabía qué me gustaba realmente. Era volver a construir una identidad desde cero."
Varias jóvenes del grupo salafista con el que compartió formación religiosa intentaron desplazarse a territorio controlado por el autodenominado Estado Islámico en Siria. Ella no siguió ese camino, pero aquel desenlace terminó de convencerla de que los procesos de radicalización nunca deben minusvalorarse. Cuando escuchó por primera vez en un podcast a David Saavedra pensó: “¿Cómo puede ser que un exnazi esté describiendo exactamente lo que yo he vivido? No compartíamos ninguna idea, pero el proceso era prácticamente igual." Ese descubrimiento acabaría convirtiéndose en uno de los pilares de Abriendo Brecha. La ideología cambia. El mecanismo psicológico apenas lo hace.
David Saavedra con estudiantes (Abriendo Brecha)
"Si solo actuamos cuando aparece la violencia, llegamos demasiado tarde"
Cuando David Saavedra le habló de la asociación que quería crear, Miguel Herrera, que conocía por su trabajo el mundo de la radicalización, entendió que había un vacío que nadie estaba cubriendo. Su primer contacto fue por Memorias de un exnazi. Escribió una reseña del libro y comenzaron a intercambiar mensajes. "Me explicó la idea que tenía en la cabeza y enseguida le dije que contara conmigo. Había tratado con personas que expresaban su radicalización desde el Código Penal. Empecé a pensar en lo que había ocurrido antes. ¿Dónde habían estado las instituciones? ¿Quién había acompañado a esas personas antes de que llegaran hasta allí?”, asegura.
Y la respuesta resultó desalentadora. Muy pocas veces hay alguien. Herrera cree que uno de los grandes obstáculos consiste en la forma en que la sociedad percibe a las personas radicalizadas. Cuando alguien escucha la palabra "nazi" o "yihadista", explica, deja automáticamente de ver a la persona. Solo queda la etiqueta. "Tenemos muy asumido que una víctima de violencia de género, una persona con una adicción o alguien que sale de una secta necesita apoyo psicológico y social. Sin embargo, cuando hablamos de radicalización, parece que esa persona deja automáticamente de ser vulnerable. Solo vemos el delito o la ideología. Y eso hace que lleguemos tardísimo", advierte y explica que, si solo se interviene cuando ya hay violencia, las posibilidades de éxito son mucho menores. "La prevención siempre resulta menos visible que la intervención policial, pero es mucho más eficaz. Si conseguimos actuar cuando un adolescente empieza a aislarse, cuando rompe con todo su entorno o cuando empieza a construir una visión completamente polarizada del mundo, probablemente evitaremos problemas mucho más graves años después", sentencia.
Miguel Herrera (Pilar Requena)
Familias y educadores no saben qué hacer
David, Salma y Miguel coinciden en que las familias y las escuelas son clave. "No podemos pedir a una familia que detecte algo para lo que nunca ha recibido formación. Igual que enseñamos a reconocer determinadas señales relacionadas con la salud mental o con las adicciones, también deberíamos enseñar a reconocer determinados indicadores de radicalización", explica Miguel. Por eso, una parte del trabajo de Abriendo Brecha consiste en impartir talleres y charlas en centros educativos, formar a docentes y participar en encuentros con profesionales de distintos ámbitos. No buscan ofrecer recetas simples, sino explicar cómo funciona un proceso que rara vez responde a una única causa.
Los tres coinciden también en que Internet ha cambiado radicalmente la velocidad con la que se producen estos procesos. David necesitó mucho tiempo para encontrar personas que compartieran sus ideas. Hoy basta con unos cuantos clics. Salma descubrió comunidades enteras que respondían a todas sus preguntas. Internet no es solo una herramienta, para muchos adolescentes es donde construyen su identidad. La asociación insiste en que la respuesta no consiste únicamente en prohibir. Hay que enseñar a dudar. A contrastar. A convivir con la complejidad, porque una de las características de cualquier discurso radical son respuestas sencillas para problemas complejos.
"Las redes sociales son una industria del odio extraordinariamente bien engrasada. Premian los contenidos que generan emociones intensas porque producen más visitas y más ingresos. Antes un contenido claramente nazi desaparecía enseguida. Ahora me llegan cada día vídeos de propaganda que el algoritmo promociona porque generan reacción”, advierte David. Miguel va más allá. A su juicio, los propios algoritmos castigan la moderación. "Hoy parece que, si no te defines por una ideología, por una religión o incluso por alguien a quien odias, no existes. Las redes premian el discurso radical porque genera interacción. El sentido común apenas tiene espacio."
David Saavedra y Miguel Herrera durante una entrevista en RNE (Pilar Requena)
Llenar un vacío
David y Salma creyeron de adolescentes haber descubierto una verdad que los demás no entendían, se fueron aislando progresivamente y terminaron construyendo toda su identidad alrededor de una única visión del mundo. Los describen la salida como un proceso largo, doloroso y profundamente solitario. Cambian las banderas. Cambian los símbolos. Cambian las referencias religiosas o políticas. Pero el mecanismo es sorprendentemente parecido. Abriendo Brecha lo ha constatado y sostiene que los procesos psicológicos que llevan a posiciones extremas presentan numerosos elementos comunes. Y comprender esos mecanismos resulta imprescindible para prevenir futuras radicalizaciones. La asociación cree que sigue existiendo un espacio prácticamente vacío entre la prevención y la intervención policial. Es precisamente ahí donde quieren situarse. Acompañando. Escuchando. Trabajando con familias, profesores y jóvenes antes de que aparezca la violencia. David no encontró a nadie cuando decidió abandonar el neonazismo. Nadie que entendiera lo que estaba viviendo.
Salma está convencida de que “no existe una personalidad determinada que lleve a la radicalización. Lo que existe es un momento de vulnerabilidad. Por eso la adolescencia es una ventana de radicalización porque estás perdido, buscas respuestas y los discursos radicales te ofrecen certezas para todo y no tienes que convivir con la incertidumbre."
Abriendo Brecha y sus miembros son conscientes de que sus recursos son muy limitados. Pero creen que es necesario actuar antes de que sea demasiado tarde. No para justificar a quienes han abrazado el extremismo. Sino para impedir que otros jóvenes recorran el mismo camino que Salma o David para sentirse escuchados y ayudar a padres y a educadores a identificar lo que está ocurriendo. “No supe leer mis propias señales. Te vuelves monotema, te alejas de tus amigos, buscas gente que te da la razón. Era todo muy claro visto desde fuera y nadie lo supo ver. Cuando alguien tiene respuesta para todo, desconfía”, concluye David.