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Los 'robots humanos' que limpiaron el desastre nuclear de Chernóbil

  • Unas 600.000 personas participaron en las labores de limpieza y en la construcción del primer sarcófago
  • Al principio intentaron contener la radiación con robots, pero cortocircuitaban por la altísima radiactividad
Liquidadores, los 'robots humanos' que limpiaron el desastre de Chernóbil
LARA PRIETO (CORRESPONSAL DE RTVE EN MOSCÚ)

Cuando el reactor número 4 de Chernóbil saltó por los aires, unas 200 toneladas de material altamente radiactivo quedaron esparcidas por la central nuclear.

Les tocó recogerlo a los llamados "liquidadores": militares, bomberos, mineros y otros civiles enviados por la URSS al escenario del peor accidente nuclear de la historia.

La llamada

Aleksander Makárov fue uno de los reclutados. Trabajaba como instalador de ascensores en Moscú, tenía 28 años y dos niños pequeños. Un día sonó el teléfono en el apartamento comunal en el que vivían.

"Cojo el teléfono y me preguntan: ¿Aleksander Vladímirovich Makárov? Venga en el plazo de una hora a la oficina de reclutamiento militar”.

No les dijeron a dónde les llevaban, pero ninguno tuvo la menor duda: su destino era Chernóbil.

Las labores de limpieza

"Al principio construimos barracones para los oficiales de la retaguardia. Ayudamos a los lugareños a recoger la cosecha en los campos. Íbamos con camiones de bomberos por los pueblos y limpiábamos guarderías y escuelas. Abrimos zanjas para los tendidos eléctricos y también trabajamos en la retirada de tierra contaminada", explica Aleksander.

Un día le llevaron a uno de los puntos más peligrosos de la central: el tejado del reactor número 3, aledaño al 4, el que había explotado. Al mando estaba el famoso general Tarakánov.

"El general Nikolái Tarakánov estuvo allí todo el tiempo. Y nos mostraba en un monitor (había cámaras en el tejado) por dónde ir, qué coger, qué hacer, dónde estaban las palas, dónde las camillas para que no saliéramos corriendo a buscar nada. Nos guiaba un acompañante. Habían hecho un agujero en el tejado, pusieron una escalera y por ella salíamos al tejado. Salimos corriendo, cogimos las palas, echamos en las camillas trozos de grafito que después de la explosión habían caído en el tejado vecino, y los tirábamos así al reactor que había explotado", recuerda Aleksander con una precisión asombrosa.

Trabajaban a toda velocidad. Había que estar expuestos a la radiación el menor tiempo posible. Él salió tres veces al tejado. La primera estuvo minuto y medio. La última, dos.

"A la tercera vez ya no me querían dejar entrar. Tenía muchos roentgen (unidad de medida antigua del grado de exposición a la radiación). Es verdad que, antes de salir allí, al tejado, nos ponían una placa de plomo en el pecho y otra en la espalda sujetas con cordones. Otra placa en la nuca. Y unas llamadas bragas de plomo. Luego, un delantal de goma muy grueso se enrollaba de delante hacia atrás, otro segundo de atrás hacia delante, y un tercero otra vez de delante hacia atrás. Eran bastante macizos, pesados… Igual todo eso pesaba unos 30 kilos. Además, llevábamos un respirador. Con ese equipo salíamos".

Aleksander trabajó en el tejado del reactor número 3

Aleksander trabajó en el tejado del reactor número 3. A. ZHUKOVSKI

Dice con orgullo que nadie de su grupo intentó esconderse para no salir al tejado, aunque reconoce que en ese momento no eran muy conscientes del peligro. Sí recuerda que, de camino a Chernóbil, les resultaba muy desconcertante ver los pueblos cercanos desiertos.

"Cerca de la central había un bosque, y todavía lo recuerdan como el 'bosque rojizo'. Estaba como cortado con un cuchillo: una mitad, roja. La otra, verde. Así fue como pasó la onda de radiación. La parte rojiza se quemó y la verde no. Era algo extraño. En pleno verano y todo rojizo, como si se hubiera quemado en un incendio".

Los que también se quemaban por la altísima radiación eran los robots que intentaron usar al principio en Chernóbil para las tareas de limpieza.

"Los robots se volvían locos. No resistían esa radiación, simplemente se quemaban. Y ahí estábamos nosotros, los biorobots. Así nos llamaron después, biorobot. No teníamos la sensación de que podríamos no regresar. En cambio, los bomberos que acudieron primero... ellos no sabían nada y se quemaron al instante. Entraron en un infierno tan grande que no tuvieron opciones. A nosotros ya nos ponían plomo, aguantábamos un minuto y medio, o dos como máximo en cada turno. Recibimos radiación, pero no dosis mortales".

La vida después de Chernóbil

Aleksander lleva en la solapa las insignias y medallas que le dieron en reconocimiento por su sacrificio tanto en tiempos soviéticos como en la Rusia actual.

"Sí que nos recuerdan. Nos reúnen dos veces al año. Tenemos beneficios. Nos jubilamos 10 años antes, a los 50. Pagamos menos por el alquiler. No pagamos el impuesto del coche".

Al volver de Chernóbil las autoridades soviéticas le dieron un piso y él y su familia pudieron dejar el apartamento comunal. Tuvo salud para disfrutarlo e incluso una tercera hija. "Me salió muy guapa a pesar de la radiación", bromea.

Muchos de sus compañeros no tuvieron tanta suerte. Oficialmente, 31 murieron en los primeros tres meses por quemaduras o por el llamado envenenamiento agudo por radiación. No se sabe cuántos fallecieron después por los efectos a largo plazo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calculó en su día que en total las víctimas podrían haber sido unas 4.000.

Monumento a los liquidadores de Chernóbil en Moscú

Monumento a los liquidadores de Chernóbil en Moscú. LARA PRIETO

En Moscú, en el parque de la Victoria, hay un monumento a los liquidadores de Chernóbil inaugurado en 2017. Recuerda que con su entrega y sacrificio mitigaron los efectos del accidente y salvaron a Europa de una catástrofe todavía mayor a costa de su propia salud.