Enlaces accesibilidad

3 de marzo de 1976: La masacre en Vitoria que dejó cinco obreros muertos y un centenar de heridos: "Gasead la iglesia"

  • Unas 4.000 personas celebraban una asamblea no autorizada en la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria
  • La Policía recibió orden de desalojarlas: lanzaron gases lacrimógenos al interior y dispararon contra los que salían
La masacre del 3 de marzo en Vitoria: 50 años del asesinato de cinco trabajadores

La iglesia de San Francisco de Asís languidece en el vitoriano barrio de Zaramaga. Es una zona de la ciudad que como consecuencia de la expansión urbanística ha quedado cerca del centro, pero sin perder su esencia obrera. El templo, exponente de la arquitectura moderna de finales de los 60 del siglo pasado, fue diseñado por el arquitecto Luis Peña Ganchegui. Hoy es un incómodo recordatorio de la masacre que allí ocurrió hace cincuenta años. Hasta hace unos meses a ninguna institución le importó su creciente deterioro y solo ahora parecen haberse puesto de acuerdo para reparar la cubierta y que pueda instalarse el memorial del 3 de marzo.

Enero de 1976, comienzan las huelgas en Vitoria

A comienzos de 1976 Vitoria no acababa de tomar conciencia de la importante transformación que estaba experimentando. En diez años había doblado su población al calor de una potente industria que atraía a muchos emigrantes en busca de trabajo. El dictador Francisco Franco había muerto apenas dos meses antes cuando las primeras fábricas del cinturón industrial vitoriano se pusieron en huelga. A Forjas Alavesas o Mevosa (la actual Mercedes) les siguieron otras muchas. La pérdida de poder adquisitivo y la falta de libertades sindicales fue la espoleta que hizo estallar el conflicto.

Los huelguistas decidieron desde el primer momento situarse al margen del sindicato vertical franquista y organizarse de forma asamblearia, eligiendo comisiones representativas en cada fábrica. Imanol Olabarria trabajaba en Cablenor y recuerda la tabla reivindicativa común a todos: "Pedíamos 5.000 pesetas de aumento de sueldo, rebaja de la jornada laboral a 40 horas semanales, media hora para el bocadillo, cobrar el 100% las bajas por accidente laboral o jubilación a los 60 años".

A lo largo de los dos meses que duró el conflicto, las muestras de solidaridad con los huelguistas fueron innumerables. En panaderías, tiendas de alimentación o pequeños comercios de la ciudad se les fiaba para ayudar a paliar su penosa situación.

Empezamos a juntarnos para recoger comida y vimos el valor que teníamos, con una organización y lucha que fue impresionante

Las mujeres decidieron activar una dinámica propia en el conflicto. Rosi Iñigo trabajaba en Cremalleras Areitio. "Muchas mujeres eran amas de casa y vivían del sueldo de sus maridos. Empezamos a juntarnos para recoger comida y vimos el valor que teníamos, con una organización y lucha que fue impresionante. Cuando nos preguntaban cómo habíamos aguantado la huelga sin dinero decíamos que tratando de apañarnos. En vez de limpiar los cristales con detergente, lo hacíamos solo con agua. En vez de comer dos platos, solo uno".

Rosi recuerda aquellos días con orgullo. "La mayoría eran mujeres mayores que tomaron una conciencia muy fuerte. Eran luchadoras que dijeron hasta aquí hemos llegado y esto hay que sacarlo adelante porque tenemos razón. Yo era la más joven que estaba allí, ayudando con la comida y con todos los líos".

En el seno de la Iglesia local el divorcio entre la jerarquía y los curas de barrio era evidente. "Había curas profranquistas. También el obispo, Francisco Peralta Ballabriga lo era", apunta el sacerdote Félix Placer. Sin embargo, en barrios como Zaramaga, Arana o Coronación las iglesias se abrieron de par en par para que los obreros pudieran celebrar sus asambleas al abrigo de la Policía Armada. "Los curas de base eran muy cercanos a la gente, muy comprometidos, defendiendo los derechos y la dignidad de todos" subraya Félix.

Antes del 3 de marzo habían fracasado dos intentos de huelga general el 16 y el 23 de febrero. Pero, ante la prolongación del conflicto, la intranquilidad era creciente entre los empresarios locales. Así se lo trasladaron al gobierno en una reunión celebrada en el Parador de Fuenterrabía con el ministro de Relaciones Sindicales, Rodolfo Martín Villa el 29 de febrero. Consideraban inasumibles algunas reivindicaciones.

3 de marzo, triunfa la huelga general

Imanol Olabarria cree que la convocatoria de huelga general el 3 de marzo fue un éxito porque estaba mejor preparada. "Desde primeras horas de la mañana observé una gran agitación en la Policía Armada. Patrullaban la ciudad en sus jeeps, enseñando los cañones de sus fusiles por las ventanillas. Me pareció una actitud que hasta entonces no habíamos visto". Imanol recuerda que hubo enfrentamientos muy duros hacia el mediodía en la Avenida del Generalísimo, hoy Avenida de Gasteiz. Allí se produjeron los primeros heridos de bala.

A esas horas, en el gobierno civil de Álava se encontraba el gobernador civil, Rafael Landín y un enviado del gobierno central, el director general adjunto de Seguridad, José Antonio Zarzalejos Altares. Hasta allí acudió el responsable de la inteligencia militar en el País Vasco, Ángel Ugarte al filo de las 14 horas. "Les aconsejé que trataran de evitar la asamblea prevista para las cinco de la tarde en la iglesia de San Francisco de Asís. Pero les advertí que, si los trabajadores lograban entrar en el templo, no la disolvieran. No me hicieron caso".

A partir de las cuatro y media de la tarde, grupos de huelguistas comenzaron a llegar a Zaramaga para participar en la asamblea fijada para las cinco. El periodista José Antonio Abasolo, que cubría el conflicto para La Gaceta del Norte entró en la iglesia cuando todavía era posible. "Había una especie de calma chicha a esas horas. Como la calma que precede a la tempestad. Los convocantes yo creo que pensaban ir a la asamblea para ratificar el éxito de una huelga general que había paralizado la ciudad. Cuando llegó la policía cerró los accesos. Un agente, no sé si cabo o sargento, entró en la iglesia con el casco antidisturbios y enarbolando un papel blanco. Pensé que era una orden gubernativa".

Presintiendo el peligro, Abasolo decidió salir con el carnet de prensa en la mano. "Un policía vio el carnet y se quedó sorprendido. Aceleré el paso y oí gritar seguidle, seguidle. Me dieron dos porrazos en la espalda mientras trataba de alejarme".

En el interior se agolpaban ya cerca de 4.000 personas. Félix Placer llegó poco antes de las cinco de la tarde. "La tensión se palpaba. Había hombres, mujeres y gente joven. Un poco de todo. La policía, que ya rodeaba la iglesia, instó a abandonarla". Viendo el cariz que tomaba la situación, llamamos al Obispado para que no dejaran entrar a la policía, apelando al Concordato pero el obispo prefirió mantener, según consta, un prudente silencio, y dejó actuar a la policía" recuerda este sacerdote.

Lo que pasó entonces, lo narraba la propia Policía Armada a través de su emisora de comunicaciones: "J-2 para J-3 y J-1 procedan a desalojar la iglesia. Si desalojan por las buenas vale, si no a palo limpio. Desalojen la iglesia como sea. Cambio. Está repleta de tíos. Fuera estamos rodeados de personal. Vamos a tener que emplear las armas. Cambio. Gasead la iglesia. Cambio".

La policía entró con fusiles y gasearon la iglesia

Félix no olvida lo que pasó a continuación. "Creo que serían las cinco y diez cuando la policía entró con fusiles y gasearon la iglesia. La gente no podía respirar y cundió el pánico. Rompieron claraboyas para que entrara aire. Fuera les esperaba la Policía Armada".

Alberto Olalde era uno de esos jóvenes que estaban dentro de la iglesia. "Sin avisar empezaron a tirar botes de humo y pelotas dentro. Nos estábamos asfixiando. Salí fuera como pude y me junté con mi hermano, al que habían puesto tibio. Él se fue a casa y yo volví para ayudar a los que trataban de salir. Empezamos a tirar piedras a la policía. Vi como salían de sus autobuses y disparaban con sus metralletas". Félix Placer confirma los hechos. "Vi con mis propios ojos desde una de las claraboyas de la iglesia como la policía disparaba con fuego raso, a matar. Ahí cayeron Ocio, Romualdo Barroso y los demás".

La propia policía coincidía en el relato a través de su emisora: "Esto es una batalla campal. Manden fuerza para aquí. Ya hemos disparado más de 2.000 tiros".

Olalde recibió un tiro en la espalda. "Me agaché a coger una piedra y en ese momento recibí un impacto de bala". Muy cerca suyo estaba Pedro Mari Martínez Ocio, el primero de los trabajadores asesinados aquella tarde.

Imanol Olabarria llegó tarde a la asamblea. Ni siquiera pudo entrar en la iglesia. Se quedó fuera ayudando a los heridos. "Vi una persona en medio de la calzada, tendido. Se intentaba mover pero no avanzaba. Estaba con manchas de sangre. Me acerqué refugiándome entre coches. Lo agarré de la ropa y lo retiré. Al dueño de un coche que iba a arrancar en ese momento le dije que me dejara montarlo. Se negó porque estaba sucio de sangre y le respondí que o se lo llevaba o se quedaba sin coche". Al cabo de unos años en la sede de la asociación Martxoak Iru "noté que una persona no dejaba de mirarme. Me dijo que era a quien yo había ayudado la tarde del 3 de marzo. Era un trabajador de Forjas Alavesas al que la policía le había dado dos tiros".

De nuevo la emisora policial acertaba en la descripción de lo que había pasado. "Aquí ha habido una masacre. Cambio. De acuerdo, de acuerdo. Oye, pero de verdad, una masacre". La jornada se saldó con cinco muertos y más de cien heridos.

Dos días después tuvieron lugar los funerales en la catedral de María Inmaculada. Familiares de los muertos y compañeros llenaban el templo y abuchearon la presencia del obispo Peralta Ballabriga. Le acusaban de no haberse opuesto a la entrada de la policía en San Francisco de Asís. Fue el párroco de esta iglesia el encargado de leer una homilía elaborada por sacerdotes de la diócesis y que el obispo censuró en algunos de sus extremos. "No es lícito matar, no es lícito matar así. Lo dijo Dios: no matarás. Y esta palabra, palabra sagrada de nuestro Dios, ha sido cruelmente profanada por las muertes absurdas de estos hermanos nuestros", clamaba la homilía.

Al término del funeral, tomó la palabra Jesús Fernández Naves, el líder más carismático de las comisiones representativas de los obreros en huelga. "Queremos deciros que estos son hermanos nuestros. Estos muertos son nuestros. Son de todo el pueblo de Vitoria. Solo un puñado de patronos se excluyen de esta unidad. No pueden estar en el mismo lugar los asesinados y los asesinos. Pedimos un juicio popular a los responsables".

Pensamos que iban a atacarnos, pero decidimos seguir con los féretros a cuestas

A hombros de sus compañeros, los féretros recorrieron la ciudad hasta el cementerio, acompañados por miles de ciudadanos indignados. "Fue impresionante el acompañamiento, los aplausos. Hicimos el recorrido a pie y al pasar junto al Gobierno Civil había policías con material antidisturbios. Pensamos que iban a atacarnos, pero decidimos seguir con los féretros a cuestas y con las coronas de flores" recuerda Rosi Iñigo. "La calle estaba acordonada por la policía, pero no pasó nada. Estábamos conduciendo a los muertos con un respeto profundo. La policía no intervino, pero su actitud era amenazadora. El miedo se palpaba en la gente" añade Félix Placer. Imanol Olabarria cree que "las 80.000 personas que acudieron a los funerales eran un aval a la lucha que habíamos mantenido".

Al cabo de unos días, la patronal aceptó la tabla reivindicativa a la que se había opuesto durante los dos meses de conflicto. Los principales líderes obreros fueron detenidos y encarcelados en el centro penitenciario de Carabanchel, quedando libres cinco meses después.

Aspecto de una calle de Vitoria el día 4 de marzo de 1976 EFE

Judicialmente se encargó la instrucción de los sucesos a un tribunal militar. En la declaración del capitán de la Policía Armada, Jesús Quintana Saracibar, al mando de los efectivos que asaltaron la iglesia de San Francisco de Asís afirma que "una vez requeridos repetidamente para que procedieran al desalojo de la iglesia y ante la negativa y el escándalo producido, fueron lanzadas bombas de gases y se emplearon asimismo otros medios antidisturbios". El juez instructor, coronel de Infantería Cipriano Pérez Trincado. dio por sobreseído el caso.

El historiador, Carlos Carnicero, autor del libro La ciudad en la que nunca pasa nada sobre los sucesos del 3 de marzo lamenta que "nunca ha habido una versión oficial. Sabemos los hechos bastante bien. Pero no sabemos muy bien si la forma de disolver la asamblea fue ordenada o decidieron los propios policías en ese momento (…) y luego el gobierno aprovechó para aleccionar a la población y que hechos similares no se repitieran".

En las tumbas de los cinco muertos no faltan flores cada tres de marzo. Toñín, hermano pequeño de Pedro Mari Martínez Ocio confiesa que "cuando llegan estas fechas los sentimientos están a flor de piel". Ellos, las familias de quienes fueron arrebatados por la violencia policial siguen pidiendo verdad, justicia y reparación.

Los cinco muertos del 3 de marzo

Francisco Aznar Clemente. 17 años. Nació en Asturias en una familia de emigrantes andaluces y extremeños. Estudiaba y trabajaba en una panificadora. Un chaval cariñoso y muy futbolero. Recibió un balazo en la cabeza a las puertas de la iglesia.

Pedro Mari Martínez Ocio. Ejercía de vitoriano en las fiestas de La Blanca con su cuadrilla de blusas. Muy deportista, hacía valer su corpulencia jugando a balonmano y baloncesto. Un tiro en la espalda acabó con su vida cuando tenía 27 años.

Romualdo Barroso Chaparro. Extremeño de nacimiento, creció en Vitoria. Amante de la montaña y del ajedrez, vivía en el barrio de Errekaleor. Trabajaba de día y estudiaba de noche. Una bala le destrozó la cabeza cuando sólo tenía 19 años.

A José Castillo García y Bienvenido Pereda les unían muchas cosas. Ambos eran emigrantes y vecinos. Habían encontrado en Vitoria el lugar donde crear su hogar. Cuando comenzó el asalto de la iglesia estaban juntos y juntos murieron porque la bala que destrozó el hígado a José, atravesó el pecho y la médula de su amigo.