La música latina rompe el techo de cristal: así acaba la hegemonía del inglés
- En 2023, la música latina alcanzó su marca más alta con 1.400 millones de dólares, un crecimiento del 16%
- La música latina urbana representa casi una cuarta parte de los temas en Spotify y más de una quinta en YouTube
Con el Grammy al Álbum del Año y una actuación que ha batido todos los récords en la Super Bowl, Bad Bunny ha confirmado algo más que un éxito individual: la música en español atraviesa una etapa inédita en la industria global.
No se trata de un caso aislado ni de una racha pasajera. En la última década, el crecimiento sostenido de la música urbana latina ha modificado equilibrios históricos. Más que una acumulación de éxitos puntuales, lo que se observa es una transformación del mercado musical internacional.
Montaje del cantante Bad Bunny durante su actuación en la Superbowl de 2026 RTVE DIGITAL
El reinado del inglés
En 1972, el cantante italiano Adriano Celentano saltó a la fama con Prisencolinensinainciusol, una canción que llevó al joven milanés a las listas internacionales, incluido el Billboard estadounidense. Lo particular es que el tema no está cantado en inglés real, sino en una imitación fonética del inglés. Con ese experimento, Celentano puso el foco en una idea incómoda: en la industria musical global, bastaba con que algo sonara a inglés para aspirar al éxito – incluso en su propia Italia.
El inglés es la lengua franca del éxito internacional. No solo domina el pop, el rock o el hip-hop; funciona como pasaporte al mercado global. Para muchos artistas, cantar en inglés fue una condición para acceder al mainstream. Figuras como Shakira, Enrique Iglesias, Ricky Martin o Gloria Estefan empezaron a existir para el público global tras grabar en inglés y adaptar su repertorio al mercado anglosajón. Quienes no lo hicieron quedaron con frecuencia confinados a categorías secundarias —world music, étnica o latina— que funcionaban, en la práctica, como compartimentos diferenciados del mercado principal.
Sin embargo, hay también una realidad demográfica imposible de ignorar. La población hispana en Estados Unidos no ha dejado de crecer: en 1970 representaba apenas el 4,5% del país; en 2000 ya era el 12,5% y hoy se acerca a una quinta parte de la población. Ese crecimiento no solo tiene consecuencias culturales, sino también económicas. La industria musical —como cualquier sector del entretenimiento— responde a mercados en expansión. Rentabilizar esa audiencia significa producir contenidos en español, invertir en artistas latinos y asumir que lo "latino" no es un nicho exótico, sino un segmento estratégico con capacidad de consumo. La etiqueta "latina" dejó de ser solo una clasificación cultural para convertirse en los años 80 en una de las estrategias de marketing más eficaces del negocio musical estadounidense.
De etiqueta secundaria a fenómeno global
La categoría Latin nació en Estados Unidos como una etiqueta de mercado. En 1986, la revista Billboard incorporó el ranking Hot Latin Tracks para agrupar lo más escuchado en español dentro del país. Bajo esa denominación conviven boleros, rancheras, salsa, merengue o pop comercial. Ese mismo año, Madonna cantó su 'Isla Bonita', una canción que en EE.UU. se presentó al público anglo como latin-pop a pesar de ser cantada en inglés y sin participación de músicos latinos. Un tema que juega con la exotización de este nuevo género latino, cuya popularidad crecía en el país.
"Cuando hablamos de ese conjunto tan enorme que te pone Alejandro Sanz, Shakira, Pastora Soler y el Alfa en la misma conversación solemos ser muchas veces muy, muy simplistas", explica Luis Lozano, cantante del grupo Çantamarta, "y es una etiqueta con la que se nos ha intentado precisamente reducir un espacio chiquitico." Esta clasificación respondía más a una estrategia industrial que a una realidad cultural homogénea.
Durante años, esa clasificación operó como una frontera invisible. Mientras los artistas anglófonos podían circular entre géneros sin cuestionamientos, los músicos en español quedaban encuadrados en un mercado paralelo. La música latina existía, pero en un espacio segregado.
El español: de adaptarse a imponerse
En los años 90, el llamado crossover permitió que algunas figuras latinas entraran en el escaparate global mediante una fórmula que varios estudios han descrito como el Miami Sound: una mezcla de pop anglosajón y ritmos latinos diseñada para el mercado estadounidense. El procedimiento era claro: traducir, suavizar acentos, adaptar producción y estética al canon anglo. Funcionó comercialmente, pero no alteró el equilibrio de poder lingüístico. No fue Suerte la que llevó a Shakira a lo más alto del Billboard, sino su versión en inglés, Whenever, Wherever.
El punto de inflexión llegó cuando el español dejó de adaptarse y empezó a imponerse. El reggaetón (o reguetón) fue el vehículo principal de esa transformación. Nacido en Puerto Rico y Panamá, pasó de género marginal a eje central del pop global con la explosión de Gasolina del puertoriqueño Daddy Yankee a mitad de los 2000. La Cruz, cantante venezolano de reguetón, recuerda esa evolución: "Yo siento que el reggaetón en algún momento se convirtió en el sonido del pop. La música popular fue reggaetón". Lo decisivo fue que el género triunfó sin diluir su identidad lingüística. No se tradujo, no suavizó su acento. Funcionó tal cual era.
La clave del éxito: el streaming y las redes sociales
Para el editor de Darío Manrique, de Spotify en España e Italia, las plataformas de streaming fueron esenciales en este auge de la música en español: "de repente se rompieron todas las barreras geográficas. De repente no había fronteras. De repente tú desde Granada podías ver lo que acababa de sacar el día anterior un artista de Medellín que igual no tenía un contrato." La lógica del streaming desactivó parte de las antiguas jerarquías. Las plataformas no se programan en función del idioma, sino del comportamiento de escucha. Si una canción conecta, escala. El algoritmo no exige traducción.
Si el streaming alteró la distribución, las redes sociales transformaron el punto de partida. La cantante y compositora argentina, Yami Safide, lo vivió en primera persona: "para mí las redes fueron todo, absolutamente todo", afirma. Su carrera no comenzó en un estudio ni en un circuito de conciertos, sino "en mi habitación con mi celular y mi guitarra". "Nunca se me hubiera ocurrido que iba a aparecer una cosa que se llamaba TikTok y que me iba a dar la posibilidad de llegar a literalmente millones y millones de personas", recuerda. Solo después de construir esa comunidad digital llegaron los sellos. Su trayectoria ilustra una nueva realidad: los artistas se crean fuera de la industria y con menos filtros.
Identidad frente a homogeneización
"Había como una homogeneidad. Todo era reguetón en un momento – y es espectacular, a mí me encanta el reguetón – pero llegó un punto en el que todo sonaba igual. Vos escuchabas a un artista y no sabías de dónde era. Era latino, pero no sabías de dónde", explica Yami Safdie. "inevitablemente, los artistas terminamos recurriendo al pasado, volviendo a la raíz, volviendo a las bases y a lo que nos hace únicos, a cada uno con su propia cultura. Y me parece genial. "El crecimiento de la música latina no solo responde a cifras, sino a un cambio cultural más profundo: un retorno a lo identitario —folclore, acentos locales, fusiones propias— no ha reducido el alcance global. Al contrario: lo ha ampliado. Lo latino ya no designa solo un mercado, sino una constelación de sonidos y experiencias atravesadas por migraciones y mezclas. En ese contexto, el éxito global no supone asimilación, sino visibilidad ampliada.
"Hace un tiempo, la vanguardia era buscar lo moderno, buscar afuera. Al contrario, hay mucha, mucha cultura latinoamericana que se ha esforzado en que su raíz fuera la vanguardia" explica Beni Casado, integrante de Çantamarta. De hecho a la pregunta ¿cómo se define vuestra música?, la respuesta es una sonrisa cómplice entre los tres integrantes del grupo. Omar Molina, tercer integrante del grupo, lo resume en una frase: "Çantamarta surge de la mezcla de los tres, que al fin y al cabo eso se refleja en la música, cada uno con su influencia, con su bagaje cultural y social y como una gran licuadora donde echamos todo y ahí surge". Esa dificultad para encajar en una etiqueta concreta no es un problema, sino una declaración de intenciones. Çantamarta ilustra con sus obras cómo la música latina se ha convertido en un epicentro de innovación en el panorama musical global.
¿Fin de la dictadura del inglés?
Hablar de fin quizá sea precipitado. El inglés sigue siendo el idioma más presente en la industria. Pero su monopolio se hace cada vez más débil. Como explica Darío Manrique, "hemos visto un cambio de dinámica en los últimos años y parece que ahora son los artistas anglosajones los que quieren acercarse a los latinos", cuando durante décadas la dirección fue la contraria: eran los artistas en español quienes buscaban validación a través del mercado anglófono. Hoy en día, "les resulta culturalmente influyente, incluso cool, acercarse a lo latino", añade.
La lista de colaboraciones recientes ilustra esa inversión del flujo: Dua Lipa, Drake, Ed Sheeran, Nicki Minaj, The Weeknd, Billie Eilish o Black Eyed Peas han multiplicado sus proyectos con artistas latinos, llegando en algunos casos a cantar en español, "algo impensable poco antes", recuerda Darío. El español no necesita traducirse para ocupar el número uno. Ni el coreano, ni el francés, ni el yoruba. Ya no funcionan como excepciones, sino como parte constitutiva del mainstream.
La actuación de Bad Bunny en la Super Bowl no es un gesto aislado. Es el síntoma más visible de una transformación más profunda: el mercado musical global ya no gira en torno a un único idioma. La dictadura del inglés no ha desaparecido por completo. Pero, por primera vez en décadas, ha dejado de ser la única lengua posible del éxito.